Alguien lo sabe Capítulo 25
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Capítulo 25

Apenas llego al baño para vomitar la cena. Jadeo, doblada sobre la taza de porcelana, con las rodillas en la fría cerámica. Busco papel para secarme la boca, pero me viene una nueva arcada. Nunca vomito así, sin advertencia, sin malestar estomacal ni náuseas.

Recuerdo la habitación que describió Hannah: paredes insípidas de color beige , cortinas pesadas de color musgo que ocultaban lo que sucedía en el interior, olor a moho por años de descuido, luz tenue incapaz de proyectar sombras y una alfombra vieja y humedecida.

Solo he estado ahí una vez: la noche en que Jocelyn llamó llorando y me dijo que necesitaba ayuda. Sin embargo, la imagen es muy vívida gracias a la descripción del capítulo y a lo que ella me relató cuando decidió contarme lo que había estado viviendo durante meses.

Tiro de la cadena del inodoro y me arrastro hasta el lavabo para mojarme la cara y lavarme la boca. Apenas reconozco el rostro que me mira en el espejo: estoy demacrada, con ojeras, las mejillas ahuecadas y los ojos llorosos.

El pequeño baño comienza a oprimirme, así que salgo a la sala, abro una ventana para que entre aire fresco y deambulo por la alfombra persa que no podía permitirme pero que compré de todas formas porque quería una auténtica, no una réplica barata como la de la sala de mi madre.

Ya no puedo seguir así, en un limbo, a la espera de que ocurra algo.

Solo quiero que esta persona acabe con lo que sea que tiene planeado para mí y me entregue, si eso es lo que quiere.

Al menos así podría planificar y definir mis próximos pasos.

Pero esperar, la incertidumbre, imaginar miles de escenarios posibles…

Me hace sentir indefensa, sin control. Y necesito control; de lo contrario, no tengo nada.

Sigo caminando de un lado a otro de la alfombra, diez pasos en total, cinco de ida y cinco de vuelta. Tal vez, si sigo moviéndome, si sigo avanzando, mi mente me seguirá el ritmo, porque ahora mismo está estancada. Se quedó pensando en esa habitación.

¿Dónde demonios está Jocelyn?

Me duele la cabeza. Intento recordar la imagen de cuando la encontré esa noche, pero es borrosa, como si hubiera bebido y tuviera que entrecerrar los ojos para distinguir sus facciones; aunque, al hacerlo, estas se vuelven más difusas.

En cambio, puedo ver esa maldita habitación con total claridad.

Sucede lo mismo cuando intento ver al señor Sawyer: también es una nebulosa, aunque vi una fotografía suya en casa de Noah hace poco.

Mi mente debe de estar intentando protegerme, teniendo en cuenta lo que sucedió la última vez que los vi juntos, pero deseo ver sus rostros con desesperación.

De repente, se me ocurre una idea y dejo de caminar: puedo ver sus rostros. Están en mi anuario, olvidado en una caja en el estante superior de mi armario, junto con otras cosas inservibles que no pude tirar cuando me mudé. Por ejemplo, la Biblia que me dio mi madre cuando era niña.

Corro a mi habitación, arrastro la silla del escritorio y subo para alcanzar las cajas.

No sé en cuál está el anuario y no puedo bajar solo una con cuidado porque están amontonadas como un castillo de naipes que se desmoronaría al bajar la primera.

Así que no me molesto en ser cuidadosa. Muevo una caja hacia fuera y me alejo cuando las dos que tenía encima se caen.

Llevo la tercera conmigo cuando bajo de la silla.

Con el corazón desbocado y la sangre resonando en los oídos, abro la primera caja, llena de polvo.

Encuentro cosas que no necesito: fotografías viejas, una manta de bebé harapienta, un elefante de felpa morado que no reconozco.

Llego hasta el fondo, pero no encuentro el anuario, así que voy por la siguiente caja.

Tampoco lo encuentro ahí. Cuando estoy a punto de rendirme con la tercera, llena de suéteres viejos, levanto el último y mi corazón se detiene.

Veo un destello de los antiguos colores de la escuela: naranja y negro.

S ECUNDARIA M INTON P ARISH

A NUARIO 2004- 2005

Me siento temblar al sacar el anuario de la caja.

No es más que un libro lleno de fotografías, por el amor de Dios.

Contrólate, Elizabeth. Pero reprenderme a mí misma no sirve de nada, así que lo abro sin más.

Empieza por los profesores, así que paso las imágenes ordenadas alfabéticamente y de aspecto actual hasta llegar a la «S».

En cuanto doy la vuelta a la página, mis ojos se encuentran con los suyos.

O los de Noah.

Sus iris verdes son idénticos, de la misma forma y color, con las mismas pintas doradas alrededor de las pupilas.

Odio a ese hombre, lo aborrezco con todo mi ser.

Me arrebató demasiado, y también a Jocelyn.

Han pasado veinte años y aún no he podido escapar de él.

Sin embargo, a pesar de lo mal que está todo, no puedo evitar notar lo atractivo que es.

O que era. Tiene la mandíbula angulosa, una estructura ósea imponente y unos labios por los que las mujeres pagarían hoy en día.

La masculinidad de sus facciones es innegable.

Mis pensamientos son un torbellino mientras lo miro; la rabia me invade y paso la página con tanta furia que se rompe en dos.

En fin. Arrojo el papel a un lado sin comprobar si su fotografía se ha roto y paso a la sección de estudiantes.

Las fotografías del último año son de buen tamaño, dispuestas en tres filas de tres, lo que hace un total de nueve rostros por página.

Solo tengo que pasar una para encontrar los apellidos que empiezan por «B», pero no está.

Repaso los apellidos: Ballard, Bloom, Byson...

No hay ninguna Jocelyn Burton. Reviso la página por segunda vez, releo todos los nombres y vuelvo a la «A», por si su fotografía está fuera de orden.

No encuentro nada, así que hago lo mismo con la «C».

¿Habrá estado ausente el día que se hizo la foto?

Pero, hacia el final de la página que termina con Daniel Cullen, hay un recuadro gris donde debería estar la fotografía de Monique Carter, en el que dice «Pánico escénico».

Debajo está la misma información que en los recuadros con fotografía.

MONIQUE CARTER

Apodo:

Moni, MC.

Deportes y actividades:

Club del anuario, cuarto año.

Fútbol, primer año.

Club de fotografía, tercer y cuarto año.

Cita preferida:

«El cielo está lleno de estrellas. Todos tenemos un lugar para brillar».

Por tanto, aunque Jocelyn no hubiera ido el día de la foto, su información debería estar debajo de un recuadro vacío como el de Monique, ¿no?

Tal vez está en la página equivocada o algo así.

Vuelvo al principio de las fotografías del último año para mirar rostro por rostro y, unas páginas después de donde debería estar la foto de Jocelyn, me encuentro con mi propio rostro, que me toma por sorpresa.

Cielos, me veía muy joven, con una sonrisa inocente.

Las fotos se tomaron a mitad del año escolar, y me invade la angustia al pensar que no tenía ni idea de lo que me esperaba, de lo poco inocente que sería al final.

Me observo durante un buen rato, sin darme cuenta siquiera de que estoy llorando, hasta que una lágrima gruesa cae sobre el anuario, sobre mi fotografía, justo en medio de la mejilla. Qué apropiado.

Me seco el rostro y los ojos lo suficiente como para poder leer la cita que hay debajo de la foto. No recuerdo cuál elegí, pero no llego a leerla porque la segunda línea pone mi mundo patas arriba.

ELIZABETH DAVIS

Apodo:

Jocelyn.