Alguien lo sabe Capítulo 22
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Capítulo 22

—¿Estás bien, cariño?

Siento que estoy a punto de estallar. Llevo casi media hora aquí y Sam todavía no ha mencionado nada sobre Jocelyn. Intento ser paciente y no mostrar lo desesperada que estoy por esa información, pero no es fácil cuando vivo a base de cafeína y adrenalina.

—Estoy bien, ¿por qué lo preguntas? —digo con una sonrisa forzada.

Él analiza mi rostro y, la verdad, desearía que no jugara al detective conmigo.

—Porque te ves cansada. —Se encoge de hombros—. Estresada.

Genial , ahora la tormenta de mierda que ruge dentro de mí está saliendo al exterior.

—El cuello me está molestando otra vez —miento—. Me ha despertado varias veces las últimas noches.

De repente, baja el fuego de la estufa al mínimo, da la vuelta a la isla de la cocina hacia mí y pone sus grandes manos en mis hombros.

—Lo hubieras dicho, sabes que tengo manos mágicas.

Sus dedos son, de verdad, mágicos. Cuando comienza a trabajar en los músculos de mi cuello, mi cabeza cae unos centímetros de inmediato. Siento como si se hubiera desconectado de una cuerda tensa y no puedo evitar gemir.

—¿Se siente bien? —Sam hunde el dedo más profundo.

—Sí —jadeo—. Gracias.

Tras un rato, empiezo a pensar que la tensión del cuello era el verdadero problema, porque ahora siento que podría hacerme un ovillo y dormir. Hasta que Sam vuelve a abrir la boca.

—Bueno, encontré a tres personas con el nombre de tu amiga en el estado de Florida.

Levanto la cabeza y aparto sus manos de mis hombros.

—¿Sí?

—Tengo que revolver la salsa. —Me da un beso en la cabeza, vuelve al otro lado de la isla y comienza a ajustar los controles de la estufa como si yo no estuviera conteniendo la respiración, esperando a que termine de hablar.

Claro que él no sabe lo que está en juego, pero cuando abre el cajón de las especias y comienza a revolver, ya no puedo esperar más.

—¿Y? ¿Has podido averiguar algo de las tres mujeres?

Antes de responder, saca un frasco de orégano, lo destapa y espolvorea un poco sobre la salsa.

—Dos son fáciles de descartar. Dijiste que habían ido juntas a la secundaria, así que supongo que deben de tener más de treinta y cinco años.

—Tenemos la misma edad.

—Eso pensé. Una tiene apenas dieciséis y la otra casi noventa.

—¿Y la tercera?

—Está en prisión. —Me mira a los ojos. Los míos se dilatan.

—¿En prisión? ¿Por qué?

—Homicidio culposo.

—¿Mató a alguien? —Siento que mi corazón intenta escapar de mi pecho.

—Conducía ebria hace cinco años. Chocó contra una señal de tránsito y atropelló a un anciano.

Pensé que tal vez Jocelyn se había casado o incluso que podría haber muerto, pero jamás imaginé que podría estar en prisión.

Aunque tiene sentido, ¿no? La bebida, la imprudencia...

No es de extrañar que acabara así después de lo ocurrido.

Su vida fue difícil desde el principio, por eso dejó que un hombre de cuarenta años se aprovechara de ella.

Proceso la nueva información, la digiero, pero de repente surge una nueva ronda de preguntas.

¿Podría ser ella desde la prisión? Tienen computadoras y acceso a internet, ¿o no?

Al menos eso creo, aunque mi conocimiento al respecto proviene de La ley y el orden.

Sam busca el bolso de cuero que lleva al trabajo, saca un papel y lo desliza por la isla hacia mí.

—Esta es su fotografía del arresto.

Parpadeo varias veces, con alivio y decepción en partes iguales.

—Esta no es Jocelyn.

—¿Segura? Dijiste que no la veías desde la escuela, ¿no? Tuve que comprobar su edad dos veces cuando la vi, porque parece tener casi sesenta en lugar de cuarenta. Pero una vida difícil puede tener ese efecto.

Niego con la cabeza.

—Las personas cambian, pero no de color de piel. Esta sin duda no es Jocelyn.

—Ah, de acuerdo. Supongo que eso es bueno.

Lo es, pero, si no está en Florida, ¿dónde demonios está?

—¿Es posible que la base de datos en la que buscas no la encuentre porque se ha casado y ha cambiado de apellido?

—Todo es posible. —Sam se encoge de hombros—.

Pero es poco probable. He buscado el nombre completo y como alias, así que esas fueron todas las candidatas.

Tal vez tu amiga ya no está en Florida. ¿No tiene familia en Luisiana a la que puedas preguntarle?

Si sabes el nombre de alguno de sus padres o hermanos, podría conseguirte su información de contacto. ¿De qué pueblo dijiste que eras?

No lo dije. Ya compartí demasiado con él y planeo dejarlo así.

—¿Aparecería en los resultados si hubiera muerto?

—Debería. Todas las muertes se notifican a la Seguridad Social y se registran en la base de datos nacional en la que busqué. La información es bastante precisa. Las únicas veces que falla es cuando… —Me mira a los ojos—. Cuando alguien no quiere ser encontrado.

***

—¿Quieres ver una película? —pregunta Sam mientras arroja un trapo de cocina sobre la encimera. Acabamos de terminar de limpiar después de la cena—. También podría trabajar un poco más en los nudos de tu cuello. Aún tengo en la mesa de noche ese aceite que tanto te gusta.

La oferta de un masaje por parte de un hombre nunca es solo eso, y el ambiente está demasiado cargado esta noche. Lo que necesito es ir a casa y tomar una de las píldoras para dormir que recogí en la farmacia y que aún no he sacado de la bolsa blanca. Ya es hora.

—De hecho, dormiré en casa esta noche. Tengo que trabajar en algunas entregas.

—¿No puedes hacerlo aquí? —Mira la silla en la que dejé el bolso, del que asoma el ordenador.

Intento consolar sus sentimientos lastimados pegándome a él, pero entonces me impacta descubrir que hice lo mismo con Noah hace apenas una semana: usé el sexo para salir de una situación difícil. No estoy orgullosa de mí misma, pero no me detengo.

—Es imposible concentrarme cuando estás cerca.

—Iré a la otra habitación.

—Eso no ayudará. Necesito ir a casa.

—De acuerdo. —Hace un mohín—. Como quieras. Te pediré un Uber.

—Tomaré el metro.

—¿Puedes al menos concederme esto? No sabes las cosas terribles que pasan en los trenes por la noche.

—De acuerdo. —Suspiro—. Pero lo pediré yo.

Él niega con la cabeza y hace pucheros. Logro escapar con un beso casto y la promesa de escribirle mañana, algo que seguro que no cumpliré.

En cuanto salgo a la calle, me siento mucho menos oprimida y eso me hace pensar en Noah.

Es mucho más probable que sea él quien envía los capítulos, y no Sam.

Además, no me siento sofocada cuando estoy con Noah.

Me pregunto a qué se debe. Cancelo el Uber que Sam me vio solicitar y voy andando a la estación de metro.

Son cuatro calles de distancia y, al llegar, me percato de que no recuerdo ni un solo paso, ni los edificios, ni los rostros de los demás peatones, ni haberme detenido a cruzar la calle.

Sam tenía razón, estaría más segura en un Uber que aquí sola, pero ya estoy en la estación, así que no veo por qué no seguir adelante.

Cuando bajo algunos escalones, mi móvil comienza a vibrar, así que me detengo para contestar, ya que abajo no suele haber cobertura.

Aunque el número es desconocido, contesto de todas formas.

—¿Hola? —Del otro lado hay silencio. Vuelvo a subir a la calle, porque tal vez sea la conexión—. ¿Hola?

Un taxista toca el claxon y se oye una sirena a lo lejos. Me tapo el oído en el que no tengo el móvil para bloquear los ruidos de Manhattan y estoy casi segura de escuchar una respiración. Es la segunda vez que ocurre esto en los últimos días.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Presiono el móvil contra la oreja y me tapo el oído con la otra mano.

Sin duda hay alguien ahí; puedo escuchar inhalaciones y exhalaciones lejanas, y por más ridículo que suene, algo me dice que son de Noah.

Pero ¿por qué? ¿Acaso su respiración tiene un patrón único?

No recuerdo haberlo notado cuando estuvimos juntos.

Pasé más tiempo con Sam y tampoco sé si tiene una forma particular de respirar.

Debo de estar perdiendo la cabeza, porque ahora me doy cuenta de que no le di mi número a Noah.

Necesito dormir . Finalizo la llamada, miro a mi alrededor para ver si alguien me está mirando y luego vuelvo a bajar las escaleras del metro. Cuanto antes llegue a mi casa, antes podré tomarme una píldora y dormir. Veré las cosas con más claridad cuando haya descansado.

Por fortuna, el resto del viaje a casa transcurre sin inconvenientes, al menos hasta que cierro la puerta y el teléfono vuelve a vibrar. Esta vez es un mensaje, no una llamada. No tengo agendado el número, porque no veo un nombre, solo «Desconocido» y un número con la característica de Luisiana.

Abro el mensaje con el pulso acelerado.

Desconocido: ¡Hola! Soy Lucas. Perdón por tardar tanto en escribir, pero había perdido tu número.

Lo estuve buscando desde que nos vimos en el hospital y por fin lo encontré esta noche.

Lo había puesto en mi lonchera para no perderlo y se quedó pegado al bloque de hielo.

Al parecer, ha estado en mi congelador una semana.

Nunca se me ocurrió buscarlo ahí; me estaba reprendiendo por haberlo perdido.

En verdad quería volver a verte. ¿De casualidad sigues en el pueblo?

Suelto un suspiro pesado y considero no responder, pero Lucas es inofensivo y lo de que haya encontrado mi número en el congelador es bastante gracioso.

Elizabeth: Hola, Lucas. Ya estoy de vuelta en Nueva York.

Veo los puntos suspensivos rebotando en mi pantalla y agradezco la distracción. Lucas siempre me ha caído bien.

Desconocido: Mierda. ¿Crees que volverás pronto?

Elizabeth: No estoy segura.

Recibo un emoji con el ceño fruncido antes del siguiente mensaje.

Desconocido: Qué pena. Avísame si vuelves. Me gustó verte. Siempre odié que nos distanciáramos el último año.

Yo odio muchas cosas de ese año...

Me muerdo el labio mientras pienso. Jocelyn solía tontear con Lucas; tal vez él sepa dónde está o tal vez se mantuvieron en contacto.

Sin embargo, no me gusta la idea de hablar con nadie de nuestro pueblucho sobre ella y, por alguna razón estúpida, no quiero dejar huella digital preguntando por Jocelyn.

Es de lo más ridículo a estas alturas, dado que le pregunté a un detective de la policía, pero no quiero tratar el tema con nadie relacionado con Minton Parish. Así que respondo con la verdad.

Elizabeth: Yo también. Siempre fuiste un buen amigo, Lucas.

Él responde de inmediato.

Desconocido: No tiene por qué quedar en tiempo pasado. Llámame si alguna vez vuelves al pueblo. Me encantaría verte.

Elizabeth: De acuerdo. Cuídate, Lucas.

Desconocido: Tú también, Elizabeth.

Suspiro y miro a mi alrededor. Normalmente no me acuesto hasta las once, pero la bolsa de la farmacia me está llamando desde la encimera.

Así que la abro, destapo el frasco y me tomo dos píldoras de Ambien sin agua.

Estoy decidida a dormir esta noche, tanto que conecto el móvil al cargador de la sala en lugar de al de la habitación.

Lo último que necesito es que me despierte la llamada de un extraño respirando y me mantenga en vilo toda la noche.

Diez minutos más tarde, me meto en la cama y espero a que la medicación haga efecto. Tengo demasiados pensamientos dando vueltas por la cabeza.

¿Noah sabe quién soy?

¿Quién donó la estatua de santa Inés?

¿Cuánto tiempo le queda a mi madre?

Tengo que romper con Sam.

Pero hay una pregunta que resuena todavía más fuerte.

¿Dónde demonios está Jocelyn?