Capítulo 20
El corazón de Jocelyn galopaba mientras recorría los pasillos vacíos.
Era la primera vez que el señor Sawyer la citaba tan tarde.
Por lo general, se reunían después de la escuela, cuando todavía había actividades y estudiantes deambulando por allí.
Pero ese día eran las seis de la tarde y el segundo piso estaba tan vacío que sus pasos resonaban en las paredes.
Las horas de espera parecieron no tener fin y le recordaron a una frase que había leído en un libro: «A veces, la anticipación es más emocionante que el acontecimiento».
¿No se aplicaba eso a la mayoría de las cosas de la secundaria?
Al primer beso, al baile de graduación, a la Navidad...
Puras decepciones. Sin embargo, para Jocelyn, el tiempo que pasaba con el señor Sawyer era diferente, probablemente porque nunca podía anticipar lo que él le haría hacer.
En cuanto hacía algo, cambiaba de planes.
Ya llevaban casi un mes viéndose y, durante el último encuentro, él le había leído algo por primera vez.
Poesía escrita por él. Y dijo que no se la había leído a nadie más.
Su voz era baja y áspera, muy sexy. Jocelyn no la entendió mucho; esperaba algún día ser tan lista como para hacerlo, pero, de todas formas, le parecieron palabras hermosas.
—¿Ha movido el escritorio?
El señor Sawyer ignoró la pregunta, caminó hasta el fondo del aula y cerró la puerta.
El ruido del cerrojo hizo vibrar el interior de Jocelyn: amaba estar a solas con él y tener toda su atención.
Sin embargo, ya le estaban sudando las palmas de las manos, y era cuestión de tiempo que se le cerrara la garganta.
—¿Tienes listo el ensayo de hoy?
El señor Sawyer siempre le encargaba escribir sobre su vida de pesadilla, pero el ensayo de esa semana había sido más difícil que los demás porque había tocado una fibra muy sensible. Le había encargado que escribiera sobre su soledad.
Jocelyn se secó las manos en los vaqueros y enderezó la espalda.
—Sí.
—Muy bien. —Él se ubicó detrás del escritorio y señaló el suelo a su lado—. Aquí, de rodillas. Mira al suelo.
Sería la primera vez que no estaría a varios metros de distancia, y la idea de estar tan cerca del profesor la emocionaba y la asustaba a la vez.
Sin embargo, había aprendido que era mejor no mostrar dudas cuando le ordenaba hacer algo.
Así que Jocelyn sacó el cuaderno amarillo con la mariposa de su mochila y se acercó.
Sentía el peso de su mirada mientras caminaba, pero no se atrevió a levantar la vista.
Al llegar al lugar indicado, se arrodilló y movió el peso de un lado a otro para estar más cómoda, aunque sus rodillas eran demasiado huesudas para conseguirlo.
Respiró hondo antes de comenzar, pero al inhalar llegó un aroma que la sorprendió.
Masculino. Amaderado. Tal vez cedro, mezclado con cuero y algo que no identificaba.
También notó una pizca de café en la mezcla.
Nunca antes había percibido el perfume de un hombre, pero le gustó cómo la hizo sentir.
Aunque, al mismo tiempo, le hizo preguntarse qué estaría oliendo el señor Sawyer al estar tan cerca de ella.
La lavadora de su casa se había estropeado otra vez, así que no había podido lavar sus vaqueros después de su turno en McDonald’s el día anterior.
Probablemente olía a aceite quemado de tres días y a patatas fritas.
O peor aún, porque hacía calor ese día y se había aplicado un desodorante casi vacío en las axilas antes de la clase de gimnasia.
—¿Algún problema, señorita Burton?
Jocelyn negó con la cabeza y recorrió la primera línea de texto con la mirada, pero, cuando volvió a inhalar para leer, volvió a sentir el aroma.
—Huele muy bien —susurró.
Hubo una larga pausa y, mientras esperaba una respuesta, le preocupó que su cumplido lo hubiera ofendido, pero, cuando él por fin habló, percibió la sonrisa en su voz, aun sin mirarlo.
—Me alegra que lo notaras. Puedes comenzar.
Jocelyn se aclaró la garganta.
—La soledad no es la ausencia de compañía. Es un vacío que te acecha desde dentro aunque estés en un lugar abarrotado.
Durante los diez minutos siguientes, Jocelyn leyó las ocho páginas en las que se describía una noche en la que su madre estaba trabajando y ella estaba sola en casa.
Era una noche tormentosa, en la que el viento silbaba con tonos altos y bajos de forma impredecible, lo que la hacía temblar de miedo.
Tanto miedo que había tomado el arma que su madre guardaba en la mesilla de noche y la había metido bajo la almohada.
Se le humedecieron las mejillas con lágrimas al leer sobre una ocasión en la que había ido con la familia de su amiga a la playa, se había escabullido cuando todos dormían y se había parado en la escollera preguntándose si alguien notaría si caía y la tragaban las olas gigantes.
Pronunciar esas palabras en voz alta le revolvía el estómago, pero leer lo escrito nunca era lo peor; lo peor era cuando terminaba, cuando tenía que bajar la vista porque todos los sentimientos que habían salido a la superficie se atascaban.
Deseaba poder mirar por la ventana y ver, tal vez, un pinzón o un azulejo y dejar que su mente se fuera a otro lugar.
Pero no quería decepcionar al señor Sawyer y, en algún momento, cuando estuviera listo, él la elogiaría, y eso la haría sentir mejor.
Así que esperó. Y esperó. Hasta que el ruido de los papeles y del bolígrafo arrastrándose por el cuaderno en el que escribía se detuvo y el señor Sawyer le tendió una mano. Le tomó el mentón y la hizo levantar la vista hasta que sus ojos se encontraron.
—¿Disfruta nuestras sesiones, señorita Burton?
—No me siento sola cuando estoy con usted —respondió ella.
Los labios del señor Sawyer se curvaron en una sonrisa.
—Excelente. ¿Y has pasado tiempo últimamente con el chico con el que a veces te veo en el pasillo?
—¿Lucas?
—Sí, él. —La sonrisa del profesor se desvaneció.
—No, no he visto a Lucas. —Ella negó con la cabeza.
El señor Sawyer entrecerró los ojos y apretó los labios. No hacía falta que lo dijera: no estaba seguro de creerle.
—No lo he visto. —Jocelyn tragó saliva—. Lo juro.
El señor Sawyer analizó sus ojos, pero no encontró nada; Jocelyn no le mentía.
Había estado evitando a Lucas. Antes solían pasar tiempo juntos después de clase y, a veces, se besaban detrás del gallinero, junto a la casa de sus padres, pero en esos días ella pasaba la mayor parte de su tiempo libre con el señor Sawyer o trabajando en alguna de sus tareas.
Él inclinó la cabeza.
—¿Algún chico te ha tocado, Jocelyn?
El rubor carmesí en sus mejillas respondió por ella.
—Señala dónde —le ordenó con seriedad—. Muéstrame dónde te han tocado.
Jocelyn pensó en mentir, pero, por la forma en que la miraba, estaba segura de que lo notaría, así que tomó aire, lo retuvo y señaló sus pechos.
—¿En algún otro sitio? —preguntó él. Ella negó con la cabeza. Los ojos del señor Sawyer se oscurecieron—. ¿Estás lista para más disciplina?
Jocelyn no dudó, sino que asintió con entusiasmo.
—Sí. Estoy lista.
—Sabes que, si alguien se enterara de nuestras sesiones, no podría seguir ayudándote y perderías tu oportunidad de obtener una beca, ¿verdad?
—No se lo diré a nadie.
El señor Sawyer se frotó el labio inferior con el pulgar durante un momento. Finalmente, tomó su bolígrafo y escribió una dirección en su bloc de notas. Luego arrancó el papel y se lo extendió a Jocelyn.
—Jueves. Seis de la tarde.
Ella quiso tomar la nota, pero él no se la dio. Sus miradas se encontraron.
—Los chicos te usarán. Nunca te querrán de verdad, porque no verán el potencial que yo veo en ti.
Solo verán a una chica pobre con ropa sucia y usada y con una madre fracasada.
—Le acarició el pelo con suavidad y luego jugueteó con las puntas abiertas—.
Una chica que ni siquiera se corta el pelo.
Eres afortunada de que te esté ayudando.