Capítulo 19
Pensé que volver a casa sería un alivio, que al bajar del avión en el JFK, tomar el tren hacia casa y atravesar las puertas de mi edificio, por fin me sentiría tranquila, que volvería a respirar sin la humedad de Luisiana.
Extrañaba poder entrar en una tienda y que nadie me conociera, en lugar de toparme con gente con la que crecí y de la que sospecho.
Pero, mientras me dirijo a la universidad, no desaparece ese cosquilleo en la nuca, ni siquiera después de dos días.
Me asomo por las esquinas o miro por la ventana de un café para ver si alguien me sigue.
Por supuesto, no hay nadie, o más bien hay mucha gente: una multitud de personas de todas las formas y tamaños que van camino de la biblioteca, a clase o a encontrarse con alguien.
Sin embargo, nadie me mira, nadie me sigue. Al menos, nadie que yo vea.
Estoy siendo ridícula.
Suelto un suspiro y me abrocho el suéter; es una mañana bastante fría para estar en la tercera semana de junio.
Sostengo con fuerza mi segundo café del día, intentando relajarme lo suficiente para no apretarlo hasta hacerlo estallar.
No dormí bien anoche; solo pude dormir unas pocas siestas de quince o veinte minutos, seguidas de horas despierta mirando una planta muerta que me regaló Sam la primera vez que vino a mi casa. No paso por alto el simbolismo.
Como si el pensamiento lo invocara, mi teléfono vibra en el bolsillo y, al sacarlo, veo que es Sam quien me llama.
No he respondido a sus últimos mensajes.
Sé que tengo que hablar con él y terminar las cosas de forma amable; siempre fue bueno conmigo y le debo eso, pero ahora mismo no estoy para nadie.
Me cuesta concentrarme siquiera en llegar a mi oficina a tiempo para dar mi primera clase.
El bullicio del campus suele llenarme de energía, pero hoy... hoy hay demasiada gente.
Por fin llego a mi despacho, donde mi calendario me observa desde la pared y veo que mañana recibiré más capítulos. Se me revuelve el estómago solo de pensarlo... Aunque tal vez sea por todo el café que he tomado sin comer nada.
Me siento en mi escritorio, pero me levanto de un salto al instante. Alguien ha usado mi silla; está ajustada de otra manera. Me obligo a volver a sentarme con cautela para notar la posición distinta de los apoyabrazos y la profundidad del asiento. Quien se ha sentado aquí es más alto que yo.
Recorro el escritorio con la mirada, pero no veo nada fuera de lugar. ¿Alguien ha estado revisando mis cosas? Pienso en Sam, en algún estudiante o…
Bebo otro trago de café y ajusto la altura de la silla mientras escaneo la habitación en busca de algún otro cambio.
No veo nada fuera de lo común, así que abro un cajón, luego otro y otro más.
Mi mano se detiene sobre el frío metal del tirador mientras intento pensar.
¿Había algo aquí que alguien pudiera encontrar?
No, por supuesto que no. Ya no tengo ninguna conexión con mi vida anterior. No hay fotografías, ni un diario con entradas privadas, ni siquiera un número de teléfono garabateado por ahí. Mi única conexión es la historia. Hannah Greer. Pero todo eso está en formato digital y guardado en un servidor.
Aun así, no me deja tranquila. Y, mientras recojo mis cosas para ir al salón de clases, mi mente se desvía hacia Jocelyn.
Jocelyn, que no estaba en Luisiana y de quien no encuentro ni una mención en internet.
Tal vez ha llegado el momento de buscarla.
Ella es la pieza que falta en este rompecabezas.
Algunos estudiantes ya están sentados cuando entro en el aula; me coloco delante y saco las notas de la clase de hoy.
Por suerte, he impartido esta asignatura un millón de veces y puedo hacerlo sin preparación.
Antes de empezar, pongo el móvil en modo silencioso y veo en la pantalla la vista previa del último mensaje de Sam.
Sam: ¿Nos vemos esta noche?
Suspiro, pero entonces se me ocurre una idea: ¿y si le pido ayuda a Sam para encontrar a Jocelyn?
¿Sería abusar de él? Tal vez. Probablemente sí.
Sí, lo sería . Pero ya estoy más allá de todo.
Me muerdo el labio mientras sopeso hacer algo que sé que está mal y que, además, es arriesgado.
Los últimos estudiantes entran en el aula y tengo que empezar, así que me obligo a decidir y respondo antes de silenciar el teléfono.
Elizabeth: Claro, suena bien.
***
La noche empieza con vino. Como si no me sintiera ya lo bastante mal, Sam se esmeró: abrió una botella cara, que dijo que era una combinación de variedades de reserva.
Hay tres hornallas encendidas en la estufa y me ha traído flores.
Bebo un largo trago del vino, que resulta afrutado y espeso, y dejo que se deslice por mi lengua.
—¿Cómo está tu madre? —pregunta.
Levanto la vista de la copa, apoyada en la barra de la cocina. Él utiliza unas pinzas para mezclar hojas verdes silvestres y las rocía con aceite de oliva, vinagre y condimentos. Dios mío, este hombre convierte la cocina en un arte . Lo aprecio, aunque yo no tenga ningún interés por la cocina.
—Eh... Está bien. —Intento recordar si le conté que estuvo en el hospital, que se está muriendo. ¿Le envié un mensaje? ¿Se lo dije? Probablemente no.
Se da la vuelta, se acerca a la estufa y gira las chuletas de cerdo. Abro la boca y estoy a punto de decírselo, pero me detengo. Sería abrir una caja de emociones que prefiero mantener guardada y no tener que pensar en ellas.
—Fue bueno verla —concluyo, porque es lo que se espera que digas cuando vuelves a casa a ver a tu madre.
—¿Y Luisiana? ¿Cómo estuvo? —pregunta, con las manos en las caderas. Mi mirada recorre las líneas firmes y atractivas de su rostro y no puedo evitar compararlo con Noah, a pesar de que hay veinte años de diferencia entre ellos. Los dos son seguros de sí mismos, casi arrogantes.
—Bien. Húmeda. Muy religiosa.
La mirada de Sam es intensa. Asiente despacio, como si intentara descifrar qué me ocurre. O tal vez es solo paranoia mía.
—Es bueno estar de vuelta —añado con una sonrisa forzada. Sé que lo interpretará como que me alegra estar de vuelta con él, y así es. Sus labios se curvan, se inclina y me besa. Dejo que el beso se prolongue y luego le devuelvo la sonrisa, aunque por dentro me siento fatal. Es un buen hombre.
Bebemos más vino y vaciamos la botella. Después de cenar, terminamos en su cama y no paramos hasta la una de la madrugada.
Sam parece satisfecho, incluso pleno, y me alegra poder darle eso al menos.
Yo también me siento bastante relajada, y creo que esta noche sí podré dormir. Pero antes tengo algo que hacer.
Me acerco a él y me recuesto en su pecho, con la cabeza sobre mi mano. Su corazón late con fuerza bajo sus costillas.
—Tengo un favor que pedirte —le digo.
—¿Sí? —responde somnoliento.
—Cuando estuve en Luisiana, no pude encontrar a alguien.
Era una de mis mejores amigas en la secundaria.
Con mi otra amiga, Ivy, éramos inseparables.
Pero Ivy tampoco ha podido comunicarse con ella.
Pensé que se había mudado al sur, quizá a Florida, pero estoy un poco preocupada porque he intentado buscarla en internet y no he encontrado nada.
—¿Tal vez se ha casado y ha cambiado de apellido? —sugiere.
—Puede ser, pero... —me incorporo y frunzo el ceño— ¿no debería quedar algún registro de eso?
Sam busca mi mirada y asiente.
—Sí, debería estar registrado.
—¿Crees que podrías buscarla en ese sistema tuyo?
—Claro. ¿Cuál es su nombre?
Lo observo. Aun con la luz tenue, distingo sus rasgos y lo miro con atención mientras respondo.
—Jocelyn Burton.
En el fondo, ya casi no puedo imaginar que él tenga algo que ver con todo esto, y ahora no pone una expresión rara ni parece sorprendido. Solo lo piensa un momento y se encoge de hombros.
—Seguro, puedo buscarla por ti. ¿Tienes algo más? ¿La fecha de nacimiento? ¿La ciudad donde nació?
—Puedo anotártelo todo por la mañana.
—Perfecto. Lo revisaré a primera hora. No quiero que te preocupes. —Acaricia mi cabello—. Haré todo lo que pueda.
—Gracias —respondo, pero su dulzura me hace sentir aún peor.
Nos acomodamos debajo de las sábanas y pronto su respiración adquiere ese ritmo constante y parejo del sueño.
Espero quedarme dormida también, pero no puedo.
Es como las últimas noches: me quedo mirando el techo y me pregunto en quién puedo confiar, si es que hay alguien.
Mi mente se desvía hacia el día siguiente, hacia los próximos capítulos que deben llegar.
¿Hannah enviará más de su historia? Todavía no ha respondido a mi correo.
Y, si lo hace, ¿qué secretos revelará a continuación?