Alguien lo sabe Capítulo 18
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Capítulo 18

—No lo necesito. —Mi madre me da una palmada en la mano.

—El médico ha dicho que tienes que usarlo —insisto, acercándole el bastón de nuevo—. Estás fuera de peligro por ahora, pero te tomará tiempo recuperar las fuerzas.

Lo toma como si fuera a aceptarlo, pero lo levanta y lo tira al otro extremo de la habitación del hospital.

Supongo que el médico subestimó tu fuerza .

En cualquier caso, si algo me enseñó mi madre es que no se puede ayudar a quien no quiere ayuda.

Así que, en lugar de acompañarla al baño, decido hacer la maleta.

Han pasado seis largos días desde que fue ingresada y cuatro desde que despertó.

La enfermera llega cuando estoy cerrando el bolso.

—¿La señora Davis se ha escapado antes de tiempo?

—Está en el baño. No me dejó ayudar, por supuesto.

—Es una mujer independiente con un alma hermosa.

Tengo que darme la vuelta para que la amable enfermera no me vea poner los ojos en blanco.

—Elizabeth —dice mi madre al abrir la puerta del baño—, más te vale que… —Se detiene al ver que hay alguien más en la habitación. Que Dios no permita que alguien vea cómo trata a su propia hija.

La enfermera se apresura a tomarla del brazo.

—Señora Davis, no debería caminar sin ayuda.

Por supuesto, no le dice lo que puede hacer con el bastón. Incluso se hace la moribunda: encorva la espalda y arrastra los pies, como si no le quedaran fuerzas para arrojar el bastón al otro lado de la habitación.

Luego, la enfermera la ayuda a volver a la cama y la arropa.

—Ya he comenzado a preparar el papeleo para su alta. Debería estar todo listo en una hora.

—Tómate tu tiempo, querida. —Mi madre le palmea la mano—. Sé que estás ocupada. Estoy agradecida por todo lo que han hecho por mí.

En cuanto la enfermera sale de la habitación, la expresión de mi madre cambia y adopta la mueca miserable que solo reserva para mí. Nunca entenderé qué hice para merecer tanto odio, pero, claro, mi nacimiento ya fue una carga suficiente para ella.

—¿Ni siquiera me has traído ropa interior limpia? No puedo entrar en la casa de Dios con las partes íntimas al aire.

—Casi mueres hace unos días, te conectaron a un respirador. ¿No crees que sería mejor ir a casa a descansar?

—Dios no descansa. Además, es domingo, ¿a dónde iría después de que el Señor salvara mi vida? Saldré de aquí por mis propios medios; es un milagro.

—O los antibióticos —murmuro.

—Te escuché.

Cuarenta y cinco minutos después, estamos en mi automóvil camino a la iglesia. Mi madre me mira cuando salimos a la autopista.

—Es irrespetuoso entrar en la casa de Dios con los zapatos sucios.

—Tus zapatos no se ven sucios.

—Me refiero a los tuyos —replica con los ojos entornados—. ¿Tienes zapatos de repuesto en este elegante coche de alquiler?

Sonrío sin desviar la vista del camino.

—No pienso entrar, mamá. Te llevaré si es lo que quieres y con gusto te ayudaré a entrar, pero después te esperaré aquí.

Ella presiona los labios, pero al menos guarda silencio el resto del viaje. Llegamos a Saint Matthew quince minutos antes de que empiece la misa, pero el padre Preston ya está en la puerta, recibiendo a los feligreses con una sonrisa y apretones de manos. Me detengo junto a la acera.

—¿Quieres que te ayude a bajar o vas a volver a golpearme la mano?

Me ignora, abre la puerta y baja. Teniendo en cuenta que casi muere hace una semana, camina con bastante energía cuando quiere.

Mientras ella desaparece dentro de la iglesia, yo me quedo en el automóvil viendo cómo los vecinos del lugar se reúnen con sus mejores galas dominicales.

Unos minutos después, aburrida, comienzo a mirar mi teléfono, hasta que veo un rostro familiar cruzando la calle.

Es Ivy. Lleva de la mano a un niño y a una niña; el niño lleva una camisa formal y la niña, un vestido azul.

Tienen siete u ocho años, calculo. Sé que debe de tener un bebé también, porque la última vez que la vi compró pañales, pero hoy no está.

El hombre que la acompaña debe de ser su marido y, aunque lleva traje, veo que la camisa le queda demasiado ajustada.

La barriga está poniendo a prueba a algunos botones; podría hacer que un feligrés pierda un ojo en la misa de hoy.

Detrás de ellos hay un tercer niño, un adolescente tan concentrado en su dispositivo de juegos que ni siquiera mira antes de cruzar, como todos los de la generación Z en Manhattan.

El rostro del padre Preston se ilumina al ver a la familia.

Se ve confiable, ¿no?

Parece un hombre capaz de convencerte de contarle todo. De convencer a mi madre. A Ivy.

Repiqueteo los dedos sobre el volante mientras observo la escena.

Pero ¿qué hace con la información? Sigo dándole vueltas a la pregunta cuando Ivy y su familia desaparecen dentro y, justo detrás de ellos, veo a un hombre al que no había notado: el comisario Unger, vestido con su uniforme.

Saluda al padre con la cabeza antes de entrar y, unos minutos después, aparece un hombre que no esperaba ver.

Noah.

Camina junto a la chica del vestido amarillo de la otra noche. Hoy lleva el cabello recogido y un vestido rosa, pero no me cabe duda de que es ella. Noah le dice algo que la hace reír y le toma el brazo al cruzar. ¿Cómo se llamaba? ¿Minnie? No, Ginny. Sí, Ginny.

«Solo somos amigos», me dijo Noah.

Cuando llegan a la puerta, le pone la mano en la parte baja de la espalda. Ese gesto me resulta familiar; parece que es algo más que una amiga.

Pasan algunos minutos más. El padre Preston espera a una familia que llega con prisas y luego libera el mecanismo que mantiene la puerta abierta para cerrarla.

Mientras lo hace, echa un vistazo por si hay más rezagados, pero su mirada me encuentra, asiente con la cabeza y espera.

Como no respondo, frunce el ceño y entra en la iglesia.

Observo la puerta cerrada durante un buen rato. Todos los personajes vinieron a la iglesia hoy, ¿no? Mi madre, Ivy, el padre Preston, el comisario Unger, Noah... Recuerdo con fastidio que hay una persona más que, aunque no sea sospechosa, me irrita de todas formas. La acompañante de Noah.

Solo somos amigos.

Me humedezco el labio inferior al recordar el momento en el que mordí a Noah anoche. Dijo que le gustaba, que yo era diferente a las mujeres de aquí, pero ahora no puedo evitar preguntarme si la señorita Vestido Amarillo también lo muerde.

Mi mente gira en torno a todas las personas que he visto en los últimos diez minutos... Tengo tantas preguntas y tan pocas respuestas…

¿Qué sabe el padre Preston?

¿Calenté los motores de Noah para que la señorita Vestido Amarillo aprovechara el viaje?

¿Por qué el comisario Unger aparece siempre donde estoy? ¿Por qué siempre lo hace sin que lo vea?

¿Cederán los botones de la camisa del marido de Ivy? ¿Quién cuida de su bebé mientras todos están aquí?

La curiosidad me puede y, sin pensarlo, apago el motor, bajo del auto y entro en la iglesia. Una vez dentro, me siento en el último banco, que sigue vacío, y observo los que me rodean.

Noah es quien está más cerca de mí. Está a ocho filas de la mía, en el último asiento junto al pasillo, con la rubia sentada a su lado.

Una vez más, me pregunto si será su ex, la que quería casarse y tener hijos.

La chica parece de ese tipo. Noah tiene el brazo extendido sobre el respaldo, detrás de ella, pero no la está tocando.

Una fila más adelante, en diagonal a Noah, están Ivy y su familia.

La niña pequeña está sentada a su lado hurgándose la nariz y, cuando Ivy la ve, le aparta la mano.

El mayor tiene la cabeza gacha; seguro que está jugando a escondidas, disparando a gente y haciendo explotar autos en la iglesia.

Botones Saltones y el otro niño están al final de la fila.

Los ojos del marido parecen cerrados, pero estoy bastante segura de que no está rezando, sino que se está quedando dormido. No puedo culpar al pobre hombre.

Mis ojos van de la fila de Noah a la de Ivy, de un lado a otro. ¿Se conocen? ¿Se han visto antes? Están sentados a menos de tres metros de distancia. Si él es Hannah, también debe de tener planes para ella.

El comisario Unger está sentado más cerca del altar, una fila detrás de mi madre. ¿Qué está tramando? Ya me lo he encontrado demasiadas veces. ¿Podría estar colaborando con las autoridades de Nueva York?

Recorro el resto de la iglesia con la mirada.

A medida que mis ojos pasan de un pasillo a otro, se me erizan los vellos de la nuca al sentir que me están observando.

Al levantar la vista, constato que, efectivamente, me están mirando: es el padre Preston.

Cuando nuestros ojos se encuentran, él sonríe y sigue predicando.

Unos minutos después, todos se ponen de pie para rezar. El padre camina hasta su púlpito, abre una Biblia y dice algo sobre el perdón y el matrimonio. No es hasta que oigo la palabra «ramera» cuando vuelvo a prestarle atención.

—No castigaré a vuestras hijas cuando se prostituyan ni a vuestras nueras cuando cometan adulterio, porque los mismos hombres van con las rameras.

Parpadeo varias veces. ¿De verdad eso está en la Biblia? Escucho fragmentos de lo que dice; es como si pronunciara ciertas palabras con más claridad que otras.

Bla, bla, bla, desviados sexuales. Bla, bla, bla, infidelidad.

¿Y ahora está mirando a Ivy? ¿Predicando para ella?

¿O me lo estoy imaginando? Tal vez me estoy volviendo loca.

Estar en este lugar es suficiente para hacerme dudar de mi cordura.

Pero, cuando todos se arrodillan para la oración eucarística, no puedo hacerlo.

Miro a Ivy, que está de rodillas como los demás.

Mis ojos se desvían hacia la gran estatua nueva que hay al otro lado de la iglesia: santa Inés.

La patrona de las vírgenes y de las víctimas de abuso sexual.

Ya no puedo más. Me da vueltas la cabeza, siento que se me cierra la garganta y estoy casi segura de que se avecina otro ataque de pánico.

Me pongo de pie de repente, desesperada por respirar aire fresco, pero tropiezo con mis propios pies y caigo con un fuerte estruendo.

Algunas cabezas se giran hacia mí, incluida la de Noah, pero no les hago caso. Me levanto y voy directa hacia la puerta.

Afuera, me inclino con las manos en las rodillas y respiro hondo varias veces.

Cuando por fin puedo caminar, me encierro en la seguridad de mi automóvil alquilado.

Necesito irme a casa, hoy mismo si es posible.

Estar aquí es demasiado. Tal vez la distancia me dará claridad o, al menos, calmará mi paranoia.

La misa parece tardar una eternidad en terminar después de eso, pero en realidad solo deben de haber pasado quince o veinte minutos más.

Por fin sale mi madre y camina hacia el coche.

No sé si está actuando para su rebaño o si está cansada, pero ahora no parece muy firme, así que bajo y la tomo del brazo.

Para mi sorpresa, esta vez no me rechaza.

Quizá quiere dar la imagen de hija devota.

En cualquier caso, me alegra poder ayudarla, aunque sea un poco.

Cuando estoy cerrando la puerta del lado de mi madre, Noah se acerca trotando, pero sin la señorita Vestido Amarillo.

—Hola —dice. Rodeo rápidamente el vehículo; no quiero detenerme a conversar. Él se aparta un mechón rebelde del rostro—. Me alegra que todavía estés en el pueblo.

—No por mucho tiempo —respondo frente a la puerta del conductor—. Voy a hacer las maletas ahora mismo.

—¿Volverás a Nueva York?

—Mi madre ya ha salido del hospital y tengo que volver al trabajo.

—¿Puedo tener tu número, al menos?

—No lo creo. —Le sonrío con tristeza.

—¿Volverás?

Desvío la mirada hacia mi madre, dentro del coche, y luego vuelvo a mirarlo a él, sin responder. Me observa durante un momento.

—De verdad me gustó conocerte, Elizabeth.

¿De verdad? Parece sincero. Pero ¿qué puedo saber a estas alturas?

Suelto un suspiro profundo y subo al auto.

—Cuídate, Noah.

Mientras me alejo, miro por el retrovisor. Noah sigue ahí, mirándome.