Alguien lo sabe Capítulo 17
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Capítulo 17

Con la cabeza de lado, entrecierro los ojos en un esfuerzo por parecer confundida.

—¿Dijiste «Damon Sawyer»? Pensé que tu apellido era Mayer. —Es lo mejor que se me ocurre bajo presión. Es una enorme mentira, pero la incertidumbre en su mirada me dice que no está seguro, lo que también implica que no termina de creerme.

Cuando está a punto de dar un paso atrás, lo que indica desconfianza, actúo sin pensar. Otra vez.

—Odio admitirlo y darte la oportunidad de calcular mi edad, pero pasaron como veinte años desde la secundaria; ni siquiera recuerdo los nombres de los profesores.

—Me acerco otra vez, lo tomo del brazo y pego su cuerpo al mío.

Bajo los dedos por su pecho duro como una roca, por la cresta de su cadera y sigo bajando.

Él sisea cuando le meto la mano bajo la camiseta y le rasguño la piel suave—.

Se me ocurren cosas más entretenidas que hurgar en recuerdos —susurro—. ¿A ti no?

La sonrisa vuelve a su rostro y apuesto a que, en unos minutos, podría conseguir que me dijera que su apellido es Mayer.

El sexo siempre ha sido mi método para olvidar, y está claro que él está aquí para eso.

La conversación sobre su padre está a punto de convertirse en un recuerdo lejano.

Pero ya no se trata solo de distraerlo; mi propio cuerpo arde de deseo real.

Le rodeo el cuello con un brazo y lo atraigo para besarlo. Él no se resiste, más bien todo lo contrario. Usa la lengua y toma el control, como en casa de mi madre. Gime cuando rodea mi espalda y me presiona contra su cuerpo.

Nos separamos para respirar un momento, en el que el calor crece entre los dos, con nuestras frentes unidas. Nuestras miradas se encuentran, y en sus ojos veo una familiaridad escalofriante. Me acerco, tomo su labio inferior entre los dientes y muerdo con fuerza.

—Me gusta eso —gruñe—. Me gusta cuando haces eso, cuando… —Bajo los labios para morderle el cuello—. Cuando tomas el control —jadea.

—Qué bueno, porque es justo lo que necesito en este momento. —Le sonrío, bajo la mano hasta la protuberancia que se le marca entre las piernas y la acaricio. Siento lo duro que está a través de los vaqueros. Él aprieta los dientes y sus ojos se encienden.

¿Realmente quería hablar del señor Sawyer?

Noah da un paso al frente con una mano extendida hacia mí, pero le doy una palmada y lo empujo con fuerza.

No lo esperaba, así que choca contra la pared y, con el impacto, se cae uno de los portarretratos del estante.

El rostro del señor Sawyer me mira desde el suelo y hace que mi corazón, que latía desbocado, se detenga de golpe.

Doy un paso atrás, con la mano en el pecho, esforzándome por respirar.

—¿Estás bien, Elizabeth?

Desvío la mirada y niego con la cabeza.

—Es solo que... Lo siento, estamos yendo demasiado rápido otra vez.

—Te estaba siguiendo...

—Lo sé, lo siento. No quiero jugar contigo.

—Está bien. —Se pasa una mano por el pelo y resopla—. Entiendo. ¿Qué te parece si nos sentamos? ¿Quieres una cerveza?

Asiento con la cabeza y él se dirige a la cocina. Un momento después, reaparece con una sonrisa y me entrega una botella, pero ahora me siento ansiosa y tensa, como una serpiente a punto de atacar. Es solo que no sé a quién o qué atacar.

—Así que... —Bebe un trago, me sonríe con amabilidad y comienzo a pensar que debería haber seguido adelante. Hablar es peligroso cuando no estoy preparada—. ¿Por qué te mudaste al norte?

Observo la etiqueta de la cerveza con demasiada intensidad. Es una calcomanía dorada de Shiner Bock que se está despegando en las esquinas.

—Por problemas familiares, ¿por qué si no? —Bebo un trago y arrugo la nariz al saborearla. En realidad, no me gusta la cerveza y, en este momento, me vendría bien algo más fuerte.

—Sí, lo entiendo. —Suspira con pesadez y espero a que continúe, a que explique cómo lo entiende, pero no dice nada más, así que lo observo un momento.

Incluso ahora, que dudo de mi cordura por estar aquí, hay algo en él que me gusta.

Su facilidad para hablar y su tranquilidad son contagiosas.

Es como si se filtraran en mí y también me transmitieran tranquilidad.

Ya no quiero salir corriendo y escapar de él lo antes posible, sino que siento atracción por él, física o de otro tipo.

Sin embargo, debo mantener el foco y recordar la conversación que tuve con Ivy.

Estoy aquí para acercarme a este hombre y descubrir la verdad; tal vez aún pueda salvar la noche.

—¿Tu madre volvió a casarse alguna vez?

Noah bufa antes de beber otro trago de cerveza.

—No. Mi madre, que en paz descanse, era muy devota de mi padre. Nunca superó su muerte.

—Eso debió de ser difícil.

Él guarda silencio durante un buen rato, hasta que asiente y pregunta:

—¿Tus padres siguen juntos?

Desvío la mirada, pensativa.

—No, mi padre se largó cuando era niña. Crecí sola con mi madre.

Es alcohólica. —Hago una pausa y lo miro, mientras él mira su botella.

Parece pensativo, como si algo que he dicho le hiciera reflexionar, así que sigo hablando—: No recuerdo a mi padre, la verdad.

Un día se fue sin más. Y mi madre... Cuando llegaba del colegio, ya estaba inconsciente.

Eso en las mejores noches, porque cuando se desmayaba no se iba con el acompañante de esa semana y me dejaba sola toda la noche.

Nunca hablo de esto. Lo tuve guardado durante tanto tiempo que no creí que pudiera ver la luz. Sin embargo, las palabras salen con demasiada facilidad, como si ahora que me he abierto y alguien por fin me escucha, los recuerdos no pudieran detenerse.

—Bueno, eso también debió de ser difícil —dice Noah tras un largo silencio, moviéndose con incomodidad—. Al menos uno de mis padres fue bueno.

Parpadeo, esperando que diga algo más, pero no lo hace.

—¿Cuál de ellos? —pregunto con voz suave, como si me importara. Y, aunque suene extraño, tal vez me importa.

Él no responde, sino que se da una palmada en el muslo y se pone en pie.

—Voy al baño.

Cuando sale de la habitación, suelto el aire que tengo contenido en el pecho. Miro a mi alrededor y me detengo en el amplio escritorio de madera que hay debajo de la única ventana. Sin pensarlo, me lanzo sobre él y abro un cajón tras otro en busca de... No sé de qué.

De lo que sea.

¿Un cuchillo ensangrentado?

Tengo que ser silenciosa y rápida.

—Elizabeth —dice Noah. Está a unos metros, acercándose por el pasillo—. ¿Quieres otra cerveza?

Cierro el último cajón y pienso en una excusa para estar aquí parada, porque no tengo tiempo para moverme. Presa del pánico, saco el móvil del bolsillo, me lo llevo al oído y asiento como si alguien me estuviera hablando.

—Entiendo —digo justo cuando él entra en la oficina. Se detiene en la puerta y me mira con preocupación.

—¿El hospital? —balbucea Noah.

Asiento con la cabeza, desvío la mirada y me concentro en la conversación falsa mientras miro por la ventana.

Antes de fingir que cuelgo, me tomo un momento para pensar en esta noche.

Noah no parece cuestionar por qué estoy frente al escritorio ni darse cuenta de que acabo de revisarlo, pero estuvo muy cerca otra vez, y es mejor que me vaya rápido y sin preguntas.

Y sin dar lugar a otro encuentro de labios, porque lo deseo con desesperación y sé que es una pésima idea. En especial en casa del señor Sawyer.

—Tengo que irme, lo siento.

—¿Tu madre se encuentra bien?

—No —digo, y niego con la cabeza.

—Lo siento. —Frunce el ceño; parece sincero—. ¿Quieres que te lleve al hospital? No deberías conducir estando tan preocupada.

Cielos, es muy dulce. No hice más que dejarlo con las ganas, pero aquí está, preocupado y ofreciéndose a llevarme.

—Estaré bien —respondo con una sonrisa forzada—. Pero gracias.

—Te acompaño. —Cuando llego al auto, me acuna el rostro con las manos—. Sé lo difícil que es perder a una madre. Llámame si necesitas algo, ¿de acuerdo? De verdad.

—Buenas noches, Noah.

A un kilómetro de distancia, en lugar de girar a la derecha hacia el hospital, giro a la izquierda, en dirección a casa.

Me castigo en mi mente por haber estado a punto de ser atrapada y por haber disfrutado con él.

Aunque sea una locura, mi cuerpo sigue ardiendo por él, incluso cuando me mira con los ojos del señor Sawyer.

Demonios, ¿qué me pasa que sigo atraída por Noah, aun sabiendo que es su hijo?

Apenas entro en casa de mi madre, el hedor a alcohol y a suciedad me impacta, y recuerdo que he dejado el bolso en el auto.

Puede que este sea un pueblo pequeño, pero yo vivo en Nueva York y allí no dejas nada importante en ningún sitio, así que vuelvo a salir hacia la noche oscura.

Me inclino por la puerta del conductor para tomar mi bolso del asiento del acompañante y, justo cuando me levanto, un vehículo pasa deprisa por la calle detrás de mí.

Giro justo a tiempo para ver las luces traseras de una camioneta roja.