Capítulo 16
Mientras tomo el tirador de la puerta, levanto la vista hacia el letrero vinílico desgastado que hay sobre ella. «Damas a mitad de precio y alitas gratis». Supongo que eso explica por qué el aparcamiento está tan lleno en comparación con la última vez que estuve aquí.
Apenas doy tres pasos dentro del bar cuando encuentro a Noah.
Desde la otra punta del lugar, levanta la vista, me ve y me sonríe.
Está hablando con una chica rubia que lleva un vestido amarillo de verano.
Bueno, más bien es ella la que le habla a él, pero ha perdido su atención porque Noah no me quita los ojos de encima.
Me pregunto si ella será la indicada, la que quiere una cerca de madera y un jardín lleno de niños.
Me abro paso hacia dentro, ignorando los hombros que me miran con lujuria y al tipo con gorro de camionero que dice: «Cielos, ¿hace calor aquí o lo caliente eres tú?
». Noah espera a que me abra paso el resto del camino.
Debe de haber un altavoz en la esquina, porque la música es ensordecedora; tanto, que Noah tiene que acercarse a mi oído y gritar por encima de una canción de Luke Combs.
—No tienes idea de lo feliz que estoy de verte.
Siento aún miradas sobre mí y, donde antes estaba Noah, la señorita del vestido amarillo parece irritada. Debo reconocer que, cuando nuestras miradas se cruzan, no desvía la suya, sino que endereza la espalda. Bien por ti . Pero la ignoro de todas formas.
—Creo que no todos están contentos de que esté aquí.
Noah levanta las cejas y sigue mi señal hasta la mujer, que sigue mirándonos.
—Es Ginny, solo somos amigos —dice. No estoy segura de que Ginny piense lo mismo.
—Es muy guapa.
—No te llega a los talones.
La camarera se acerca. Aunque no es la misma que la otra vez, lleva la misma camiseta corta. Debe de ser el uniforme.
—¿Te sirvo algo, Noah?
—¿Hendrick’s otra vez? —me pregunta a mí.
—Solo agua.
Él sonríe y vuelve a dirigirse a la camarera con su botella de Miller Lite en alto.
—Otra de estas y una botella de agua, Kiki, por favor.
—Entendido.
Luego, Noah extiende una mano para apartar un mechón de cabello que me ha caído en la cara.
—Si no has venido por alcohol, debe de ser por algo más.
Conduje hasta aquí con la intención de hacerlo hablar y averiguar algo, pero, al tenerlo tan cerca, ya no quiero información. La química entre nosotros es real, enciende mi cuerpo y me hace sentir como fuegos artificiales el Día de la Independencia.
—Quizá vine por las alitas gratis.
—¿Quieres que pida una ración? —dice con una mueca.
—No, gracias. No tengo hambre.
Le salen los hoyuelos traviesos. Su mano se extiende hacia mi cadera y siento cosquillas en la piel al recordar cómo me tocó hace poco y lo bien que se sentían sus dedos sobre mí.
—¿Aquí pasas todo tu tiempo libre?
—No siempre. Prefiero la ciénaga de Big Devil, en la parte norte del pueblo. ¿La conoces? Voy a pescar al viejo muelle.
—Sí, la conozco. Me sorprende que el muelle siga en pie. No voy desde hace décadas, pero ya estaba podrido entonces.
—Reemplacé las tablas hace unos años —explica después de beber un trago de cerveza—. No mucha gente lo sabe, así que suelo tener el lugar para mí solo. Voy allí para calmar la mente.
—¿Y por qué no estás ahí ahora?
—Porque te conocí aquí y esperaba encontrarte de nuevo.
Siento que el calor aumenta dentro de mí. Es una tentación que no puedo ignorar.
De repente, la música deja de sonar por los altavoces de mierda y es reemplazada por la voz de una mujer.
—Hola a todos. Estamos a punto de empezar. La primera valiente de esta noche es Tonya Woodsman, que nos cantará Before He Cheats . Démosle una cálida bienvenida.
El bar estalla en una ovación con silbidos y hurras.
Por desgracia, lo único que odio más que la música country es la música country en un karaoke.
Sin embargo, la mujer toma el micrófono y empieza a cantar una canción sobre rubias decoloradas, y no lo hace nada mal.
Su voz profunda y áspera suena mucho mejor que lo que sonaba hace unos minutos.
Noah y yo la miramos durante un rato, hasta que, a mitad de la canción, él se acerca para decirme algo, pero hay tanto ruido que no lo oigo.
—¿Qué?
—Pregunté cómo está tu madre —grita más fuerte.
—No está bien. —Niego con la cabeza y frunzo el ceño—. Tuvieron que conectarla a un respirador.
Intentamos mantener una conversación durante unos minutos más, pero tenemos que repetir lo que decimos la mitad de las veces.
Entonces, Noah dice:
—¿Qué te parece si nos largamos de aquí para no tener que gritar?
Podríamos ir a mi casa —sugiere, y nota la alarma en mi rostro sin que tenga que decir nada—.
Prometo que me comportaré. No intentaré nada si no es lo que quieres.
Podemos hablar sin necesidad de gritar. —Se aleja para guiñarme un ojo—.
A menos que decidas que quieres algo más.
Me gusta cuando tomas la iniciativa, es muy sexy.
Cuando nos conocimos, tuvimos sexo y casi nos vamos juntos. La segunda vez que lo vi, estuve sobre él apenas diez minutos después de entrar en la casa. ¿Qué probabilidades hay de que solo hablemos? Aunque necesito acercarme a él…
—¿Y si vamos a tomar un helado o a dar un paseo?
—Si eso es lo que quieres. —Se encoge de hombros—. Pero me encantaría enseñarte el trabajo que estoy haciendo en casa; la estoy reformando entera. Tardaré una eternidad, pero lo estoy haciendo todo yo solo. Hago muebles como pasatiempo, pero este es mi primer proyecto de construcción real.
Aunque suena sincero, no es en él en quien no confío, sino en mí, porque he tomado algunas malas decisiones últimamente, incluida mi compañía actual. Mientras sigo pensándolo, a punto de rechazarlo, él mejora la oferta.
—Solo está a unos tres kilómetros. Fue la casa de mis padres durante treinta años, así que intento modernizarla y hacerla mía.
La casa de mis padres.
Sé dónde vivía el señor Sawyer. Pasé por allí con Jocelyn muchas veces por aquella época, pero nunca entré. Tal vez allí residan las respuestas a todas mis preguntas. ¿Cómo decir que no?
—Te seguiré en mi auto.
—Excelente. —Noah sonríe como si hubiera ganado un premio.
El viaje de cinco minutos me pone los nervios de punta.
Pienso en llamar a Ivy durante el trayecto para decirle que entraré en su casa, pero su marido probablemente le preguntaría quién ha llamado y quedaría una huella digital que nos relaciona, porque no llevo encima el móvil desechable.
No puedo ser tan descuidada ahora, después de tantos años.
Cuando giramos en Glenn Oak, tengo las manos bañadas en sudor.
La calle es ancha y tiene cipreses calvos a ambos lados, de los que cuelgan tentáculos fantasmales de musgo español que dan la sensación de conducir bajo un túnel.
Durante el día es bonito, pero por la noche resulta espeluznante, sobre todo cuando voy en dirección a un lugar que temo tanto como deseo.
Me detengo en la entrada, detrás de la camioneta roja de Noah, y observo la casa con los nudillos blancos sobre el volante. Se ve igual que como la recuerdo.
Tranquila, Elizabeth, él no está ahí.
Está muerto y enterrado.
Noah se acerca a mi automóvil, abre la puerta y me tiende una mano. Respiro hondo antes de aceptarla.
—No mires el exterior; es lo último que renovaré —dice.
Aunque ya estoy de pie en la acera, no suelta mi mano, sino que enlaza sus dedos con los míos para guiarme hasta la puerta. No suelo caminar de la mano, pero no lo suelto porque me temo que me desmayaré antes de llegar a la puerta. Respiro superficialmente y me siento mareada.
Noah abre la puerta, entra y enciende la luz; luego me extiende la mano para que pase.
—Las damas primero...
Logro poner un pie delante del otro. No sé qué esperaba encontrar dentro: tal vez habitaciones oscuras y sombrías llenas de muebles viejos cubiertos con sábanas, pero no es como lo imaginaba.
La primera habitación es luminosa y ventilada, con techos altos, paredes de color crema y suelo de tablones de roble anchos.
Hay una escalera ancha a un lado y un candelabro grande de aspecto rústico en el centro.
—Solía tener techos de casi tres metros en cada piso, pero abrí la primera y la segunda planta para crear un solo espacio. Probablemente me arrepentiré cuando tenga que pagar el aire acondicionado de agosto, pero me gusta la sensación al entrar.
—Es precioso.
Señala un tragaluz gigante que no había notado.
—Durante el día entra muchísima luz natural, así que no tengo que encender la luz eléctrica.
—Con una mano en mi cintura, me guía hacia las siguientes habitaciones.
Hay una cocina grande con una isla nueva, un lavadero, un comedor formal y dos dormitorios, cada uno en una fase diferente de la reforma.
En el piso de arriba hay dos dormitorios más; uno de ellos es la única habitación que no está en reformas.
Duerme ahí, pero solo tiene un colchón en una cama básica porque guardó todos los demás muebles.
Continuamos el recorrido hasta la última puerta, a la izquierda.
—Además de mi cuarto, esta es la única habitación que no he reformado. Era la oficina de mi padre —dice al encender la luz.
Tres de las paredes están ocupadas por bibliotecas que van del suelo al techo. Me acerco a la que está más cerca y recorro con los dedos los lomos de cuero de los libros antiguos.
—Era coleccionista. Mi madre siempre decía que, si entraban ladrones, les dejaría llevarse sus joyas, pero que no tocaran los libros. Al parecer, valen más.
Recorro los estantes y me quedo paralizada al llegar a una zona con fotografías enmarcadas; es posible que hasta mi corazón se detenga al ver esos ojos.
Son fríos y distantes, a pesar de que el hombre mira a la cámara.
En ese momento, Noah se acerca por detrás, me levanta el mentón y señala la fotografía central.
—Tenía tres años en esa foto.
Estaba tan perpleja al ver al monstruo en la imagen que ni siquiera había notado al niño con un pez en las manos que estaba junto a él.
—Tal vez conociste a mi padre, Damon Sawyer. Enseñaba Literatura en la escuela secundaria.
—No. —Niego con la cabeza.
—¿Segura? ¿Profesor Sawyer? No es una escuela muy grande; los estudiantes suelen conocer a todos los profesores, incluso a los que no tienen en sus clases.
Percibo su mirada y tengo que esforzarme por mantener la compostura.
Fue estúpido decir que no lo conocía; aquí todo el mundo se conoce, en especial si se trata de un profesor que murió.
Pero el instinto de autoconservación respondió antes de que pudiera pensarlo, como si decir que nunca había oído ese nombre lo hiciera realidad.
—No me suena familiar —niego otra vez.
—¿En qué año te graduaste?
Trago saliva mientras pienso en una forma de salir de esto.
—En 2005.
Entonces, toma un marco del estante que estaba boca abajo, lo da vuelta y me lo entrega. Me encuentro con un primer plano del señor Sawyer mirándome y, por un momento, creo que voy a vomitar.
—¿Estás segura de que no te resulta familiar? 2005 es el año en el que murió.