Capítulo 15
La temperatura de esta habitación de hospital parece haber bajado unos cuantos grados más; tengo las manos frías y los dedos de los pies se me han congelado dentro de los zapatos.
O tal vez es que estoy en estado de shock , mirando a mi madre desde el otro lado de la sala.
Casi cabría decir que mi madre está sin vida, pero no puedo ni siquiera pensarlo; podría hacerse realidad pronto.
Está inerte, con los ojos cerrados, la cabeza en un ángulo algo extraño y un tubo saliéndole de la boca.
Una máquina junto a la cama respira por ella, con inhalaciones mecánicas ruidosas y exhalaciones mezcladas con pitidos.
La pantalla está encendida con cifras azules, blancas, verdes y rojas: miles de números a los que no les encuentro sentido.
No encontré ningún documento que detallara qué tipo de cuidados médicos quería mi madre: una orden de no resucitar, unas indicaciones, un testamento... Pero, cuando llegué al hospital, ya la habían intubado.
La enfermera que ha estado aquí todo el día se detiene en la puerta.
—Hola, señorita Davis. Pronto terminará mi turno. Su enfermero de la noche será Michael, que pasará a presentarse en un momento —explica con una sonrisa—. Quedarán en buenas manos.
—De acuerdo, gracias.
¿Ya es tan tarde? Supongo que sí, ya que el cielo se ve oscuro a través de la pequeña ventana.
Siento que fue hace una hora cuando estaba preparando café y haciendo la maleta, lista para despedirme de mi madre y volver a Nueva York, consciente de que en uno, dos o tres meses alguien me llamaría para anunciarme su partida.
Aún no me he permitido pensar en ello ni en cómo me sentiré.
¿Lloraré? Bebo el café amargo del hospital mientras la miro; debajo de la sábana blanca y la manta verde con el logotipo del hospital, apenas se distingue su piel y sus huesos.
No fue una buena madre; de hecho, fue bastante mala.
Fue en gran parte culpa del alcohol, o al menos eso es lo que quiero pensar, porque es más fácil tener a qué echarle la culpa.
No era que ella no se preocupara por volver a casa o por prepararme la cena; era el vodka.
Las adicciones sacan lo peor de las personas.
De repente, caigo en la cuenta de que debería avisar al enfermero de que es alcohólica.
¿Sufrirá abstinencia incluso en el hospital, sedada y con un tubo en la garganta?
No lo sé.
Sigo mirándola. Tengo algunos recuerdos buenos, aunque tenga que remontarme mucho en el tiempo para encontrarlos, a una época en la que el alcohol no era una prioridad y los hombres no eran más importantes que yo.
Un recuerdo pasa por mi mente: mi madre con un vestido amarillo.
Estábamos en la zona del río, llena de cipreses, ciénagas lentas y olor a pescado.
No recuerdo mucho más, solo que caminábamos por un muelle de madera que se sentía caliente bajo mis pies.
Me levantó en brazos, dio vueltas y nos reímos.
Es uno de los últimos momentos en los que recuerdo haberme sentido segura y amada.
Sin embargo, cuando la imagen se desvanece, me pregunto si todo eso habrá sido solo un sueño.
Quizá mi imaginación llenó los espacios que deberían ocupar los recuerdos positivos.
Cuando despierte, tal vez le pregunte si hicimos ese viaje.
Por ahora, no queda más que esperar que los antibióticos funcionen y que el respirador la alivie lo suficiente como para que su cuerpo pueda descansar y fortalecerse.
Mi mirada se desvía hacia las bolsas del portasuero: ahora hay seis, porque le han añadido algo llamado «norepinefrina» para mantener la presión.
También le están dando sangre por una vía intravenosa nueva.
Suspiro resignada al hecho de que no puedo irme de Luisiana.
Me engañaba a mí misma al pensar que podría hacerlo. Me guste o no, aquí es donde debo estar. Y tal vez haya más de una razón...
Las bolsas de suero se desdibujan cuando pienso en la otra razón: hay demasiadas preguntas sin respuesta.
Preguntas sobre Noah y su padre. Así que busco mi móvil y le envío un correo electrónico a la jefa de mi departamento para informarle de que tengo una emergencia familiar: mi madre está enferma y tendré que tomarme unos días, tal vez una semana.
Mientras pasan las horas, cierro los ojos, inhalo profundamente, exhalo y trato de silenciar mis pensamientos desbocados. Sin embargo, Noah vuelve a aparecer en mi mente. Lo invité a entrar. Lo besé de nuevo. Tal vez incluso...
—¿Señorita Davis? —Todo mi cuerpo se sobresalta—. Lo siento, ¿está…? —Al levantar la vista, veo a una médica de bata blanca y baja estatura, con el cabello corto y un rostro pequeño—. ¿Se encuentra bien? —pregunta preocupada.
—Sí, lo siento, estoy bien.
—¿Quiere que le pida a la enfermera que traiga ropa de cama? El sofá se convierte. —Señala un sofá azul debajo de la diminuta ventana.
—No, gracias. —Dirijo la mirada hacia mi madre y luego vuelvo a mirar a la doctora—. ¿Cómo está?
—Por ahora se encuentra estabilizada. Sus signos vitales han mejorado desde que le administramos los antibióticos y le colocamos el tubo respiratorio.
La mantendremos sedada durante la noche.
Con suerte, mañana veremos algún tipo de evolución.
Sé que ahora mismo da miedo, pero está recibiendo todo lo que necesita.
—De acuerdo. —Asiento con la cabeza—. Gracias.
Me quedo una hora más, pero al tercer bostezo decido dar el día por terminado. No recuerdo cuándo fue la última vez que dormí. Antes de irme, paso por el puesto de enfermería para avisarles que volveré mañana y para asegurarme de que tengan mi número de teléfono por si hay alguna emergencia.
Afuera, el aire es húmedo y pesado, pero ya no siento la claustrofobia de la pequeña habitación de Cuidados Intensivos. Bajo las estrellas que brillan en el cielo, me concentro en respirar mientras camino hacia mi coche de alquiler. En cuanto arranco el motor, mi móvil vibra. Es un mensaje de Sam.
Sam: Hola. ¿Has vuelto de tu viaje a Luisiana? ¿Nos vemos el fin de semana?
Lo deslizo hacia un lado y conduzco. Ya tengo suficientes complicaciones en este momento.
Al llegar a casa, me ducho, busco mi ordenador y me lo llevo a la cama.
Tengo que revisar mi correo para ver si Maryellen, la jefa de mi departamento, ha respondido.
Suele tardar unos días en leer los correos, así que, si no ha respondido, tendré que llamarla para que tenga tiempo de buscar un profesor que me sustituya.
Pero el primer correo de mi bandeja de entrada es el último que recibí de Hannah Greer, y no puedo resistirme a presionar «Responder».
Hannah:
Tu historia logró llamar mi atención. Me gustaría concertar una reunión por Zoom para hablar sobre los próximos pasos. Por favor, dime qué día te viene bien.
Gracias,
Profesora Davis
Después de enviar la respuesta, mi dedo se detiene sobre el último capítulo que envió.
Pienso en releerlo en busca de cualquier cosa que pueda haber pasado por alto y que me dé una pista sobre quién demonios me está haciendo esto, pero hoy ya he tenido suficiente, así que cierro la pantalla de un golpe.
No voy a releer nada ahora. Pero tal vez mañana sea el momento de hablar con la única persona, además de mí, que debería saber lo que pasó hace veinte años.
***
Al día siguiente, en lugar de esperar durante horas en el aparcamiento, detengo el vehículo, bebo el tercer café del día y, en cuestión de minutos, Ivy aparece caminando hacia mi automóvil.
Camina con determinación, como si me hubiera visto por la ventana y supiera por qué estoy aquí.
El sol radiante resalta las gotas de sudor que se forman en su ceño.
—¿Qué haces aquí? —exige después de subir al asiento del acompañante. Le ofrezco un café, pero pone los ojos en blanco—. ¿Me llamas de sorpresa después de veinte años y luego te apareces en mi oficina con un café como si nos sentáramos a conversar todos los días?
—Hola a ti también. ¿Eso significa que no lo quieres? —pregunto, y ella suspira.
—Si bebo café después de las dos de la tarde, no puedo dormir. Además, hace como cien grados.
—De acuerdo, yo lo beberé. —Lo dejo en el portavasos.
—¿Por qué estás aquí, Elizabeth?
—Tú sabes por qué.
—No. Le he dado muchas vueltas y creo que es solo una coincidencia y que estás paranoica. Ya no quiero pensar en eso.
Me giro para fulminarla con la mirada. La última vez que hablamos parecía convencida con el dije de santa Inés, pero ahora veo la resolución con la que mira hacia delante y evita mi mirada.
No quiere que esto sea real, así que ha decidido que no lo es.
Mientras pueda mantener la cabeza enterrada en la arena y continuar con su pequeña vida feliz en medio de la nada, en Luisiana, todo irá bien.
O al menos eso es de lo que quiere convencerse.
—De acuerdo... —Me extiendo hacia el asiento trasero, saco el ordenador de mi bolso, presiono algunas teclas y abro los capítulos—. Lee esto.
—No quiero leer esta estú…
—Si estás tan segura de que es una coincidencia, no tienes nada que perder. Léelos, Ivy.
Tras un suspiro más exagerado que el anterior, toma el ordenador, ajusta el ángulo de la pantalla y entrecierra los ojos como si necesitara gafas. Dios, estamos envejeciendo . Me quito las gafas de lectura que tengo en la cabeza y se las ofrezco.
—Gracias —balbucea antes de ponérselas y volver a mirar la pantalla. Mientras espero, bebo mi café, pero ya sé lo que viene a continuación y lo que va a decir—. Santo Dios. —Su voz es baja y afectada—. Tenías razón.
—¡Por supuesto que tenía razón!
—Esto es... —Se lleva una mano al pecho y, tras un momento, cierra el ordenador rápidamente, como si no pudiera seguir leyendo—. ¿Lucas? ¿Leer de rodillas? ¿El dije? Pero ¿quién lo sabe, Lizzie? ¿Quién?
Lizzie, mi antiguo sobrenombre que ya nadie más usa, me inquieta más de lo que estoy dispuesta a admitir.
—No lo sé.
—¿Y por qué ahora? Han pasado veinte años. —Silencio. Luego se gira hacia mí y me sujeta el brazo—. Has estado viendo a ese tipo, ¿no? A su hijo, Noah.
Siento el impulso de poner los ojos en blanco. Pueblos .
—No, solo nos encontramos en el Liars.
—¿Es él?
Por supuesto que me he estado haciendo la misma pregunta desde que salí de ese bar, pero, por más increíble que haya sido que nos encontráramos, las entrañas me dicen que no fue más que una coincidencia.
—No lo creo, pero no estoy segura.
—Bueno, tenemos que saberlo.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que se lo pregunte? «Oye, ¿estás fingiendo que eres mi estudiante y enviándome una historia retorcida porque maté a tu padre?».
Ivy mira alrededor, preocupada.
— Shhh , baja la voz.
No hay nadie cerca del automóvil, pero tiene razón; solo Dios sabe quién puede escucharnos. El comisario Unger apareció de la nada el otro día. Así que bajo la voz.
—No creo que sea él.
—¿No puedes volver al bar? Tal vez puedas hacer que se emborrache y suelte la lengua.
—Su voz va bajando y se muerde el labio, perdida en sus pensamientos—.
Aunque no sea él, tal vez sepa algo que nosotras no.
Debe de haber conocido a su padre mejor que cualquiera que siga con vida.
—Estudia mi rostro con la mirada—. Sigues siendo tan bonita como antes, y él es un hombre y está soltero, por lo que sé.
—Me mira a los ojos—. Acércate a él, haz lo que sea necesario.
Tenemos que descubrir quién está detrás de todo esto.
La miro, sorprendida por su ingenio. No habría pensado que Ivy, de todas las personas (Ivy, la del pueblo pequeño, que se casó poco después de terminar la escuela y nunca salió de Luisiana), sugeriría algo así.
Pero sé una cosa: tiene razón.
—Trabajaré en ello —afirmo, y sus hombros se relajan.
—Tengo que volver. Vendrá un padre adoptivo para una reunión de seguimiento.
—De acuerdo, te llamaré —le digo. Ivy abre la puerta, baja las piernas y, cuando está a punto de irse, le toco el hombro—. Ivy, espera. —Ella se da la vuelta—. Me alegra verte. Y lamento haberte acusado.
—También me alegra verte, Lizzie —dice con una sonrisa triste—. En verdad, te ves increíble.
—Tú también.
—Mentira —resopla—. Pero gracias por mentir.
—Te avisaré si descubro algo.
Veinte minutos después, estaciono frente al Liars, trabo las puertas y miro alrededor hasta que encuentro lo que busco.
Una camioneta roja. La camioneta de Noah.