Alguien lo sabe Capítulo 14
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Capítulo 14

—Dejaste esto en el bar. —Noah levanta dos dedos, entre los que sostiene una tarjeta de crédito—. Willow, la camarera, me llamó. Le dije que intentaría devolvértela.

Se me olvidó por completo que le había dado mi Amex a la camarera cuando pedí mi primera copa anoche en el bar. Nos fuimos tan deprisa…

Doy un paso adelante y tomo la tarjeta.

—¿Cómo supiste dónde vivía?

—No fue muy difícil averiguarlo. Mencionaste que tu madre estaba enferma, así que pregunté si alguien conocía a alguna persona con el apellido que aparece en la tarjeta.

—Se encoge de hombros—. Es un pueblo pequeño.

La segunda persona a la que pregunté va a Saint Matthew y sabía de quién hablaba y dónde vivía Theresa Davis.

Exhalo un suspiro entrecortado.

—Bueno, gracias por traerla de vuelta.

—¿Crees en el destino, Elizabeth?

Mis ojos se agrandan. ¿Qué me está preguntando? Niego con la cabeza.

—No. Creo que todos elegimos nuestro propio camino en la vida.

—Entonces, quizá elegiste olvidar esa tarjeta, tal vez incluso de forma inconsciente, para que yo viniera a buscarte.

—Creo que es más probable que me esté volviendo olvidadiza con la edad.

Noah sonríe, mostrando esos hoyuelos encantadores y juveniles.

—¿Por qué huiste de mí anoche, cariño?

—Es que... bebí un poco de más y el aire fresco me espabiló. Me di cuenta de que debía detenerme a tiempo.

—Creí que la estábamos pasando bien, que había buena química.

—La hubo. Pero eres demasiado joven para mí.

—Tengo veintisiete, no diecisiete. Además, para la mayoría de las mujeres, mi juventud es una ventaja, no una desventaja.

Diecisiete.

La edad que yo tenía cuando...

Busco en el rostro de Noah alguna señal de que está jugando conmigo, pero no encuentro nada siniestro.

—No sería buena idea llevar esto más lejos.

—¿Tienes novio en casa?

—No. —Hago una pausa. Debería poner fin a la conversación y marcharme. Pero algo me atrae de este hombre, incluso sobria. Ahora que sé quién es, la curiosidad puede más que yo—. ¿Tú tienes novia?

—Ya no. Terminamos hace dos meses.

—¿Por qué?

—No queríamos lo mismo.

—¿Qué significa eso?

—Ella quería formar una familia, tener hijos.

—¿Y tú no quieres eso ahora?

—No quiero eso nunca.

—¿Por qué no?

—¿Te has casado o tienes hijos? —me pregunta. Niego con la cabeza—. ¿Quieres contarme por qué tomaste esa decisión?

—Entendido. —No puedo evitar sonreír.

Noah baja la mirada y patea el aire en un gesto tímido, casi torpe.

—Me gustas, Elizabeth. No conozco a muchas mujeres como tú por aquí. Me encantaría invitarte a salir.

Hago una pausa. Algo en el fondo de mi estómago me dice que acepte. Sin embargo, vuelvo a negar con la cabeza.

—No es buena idea.

—Tal vez. Pero algunas de las mejores experiencias que he tenido empezaron con ideas que parecían malas.

Suelto una risita. Siempre tiene una respuesta para todo.

Él levanta la vista y me atrapa con la mirada.

—En serio, pareces una mujer que dice lo que piensa. Y no te he oído decir que no quieres salir conmigo. Hay una diferencia entre no querer hacer algo y pensar que es una mala idea.

Anoche no lo noté porque el bar estaba muy oscuro, pero sus ojos son exactamente del mismo color que los de su padre: un verde musgo profundo con destellos dorados.

Hay muchas cosas de hace veinte años que no recuerdo, pero uno no olvida el rostro de una persona cuando está a punto de matarla.

La única diferencia es que los ojos de Noah tienen una luz propia, un brillo que refleja el sol.

Los del señor Sawyer eran fríos y opacos, incluso cuando aún respiraba.

Igual que anoche, siento una profunda atracción por este hombre.

—¿Cuánto tiempo estarás en el pueblo?

—Ya no estoy segura. Planeaba irme hoy. —Señalo la puerta principal con el pulgar—. Pero mi madre se cayó y ahora está en el hospital.

—Me han hablado de su salud. La mujer que me dijo dónde vivías mencionó que tu madre tiene cáncer.

Asiento con la cabeza.

—Su pronóstico no es bueno.

—Sé lo difícil que puede ser. —Él asiente también—. Mi madre murió hace un tiempo. Enfermedad cardíaca. Fue duro verla pasar por eso.

—Lo siento. —Es verdad, aunque también acaba de abrir una puerta—. ¿Aún tienes a tu padre?

Noah desvía la mirada.

—Murió cuando yo era niño.

Espero que diga algo más, pero no lo hace. Solo gira las llaves entre los dedos, las lanza al aire y las atrapa con un tintineo cuando caen. Debe de ser algo típico del sur.

—Bueno, supongo que debería irme. Me encantaría invitarte a salir, de verdad, pero no insistiré, sobre todo sabiendo por lo que estás pasando.

—Gracias otra vez por devolverme la tarjeta.

—Cuando quieras. Y si alguna vez necesitas compañía, amistad o un hombro en el que llorar porque las cosas se complican con tu madre, llámame. —Me guiña un ojo—. He dejado mi número en la parte de atrás de la tarjeta.

—Gracias, Noah. —Sonrío.

Da un paso hacia mí y me da un beso en la frente. Es un gesto dulce y lo bastante inocente.

—Cuídate, Elizabeth. Te deseo lo mejor.

Lo observo mientras se aleja, pero, a medida que lo hace, me invade una sensación abrumadora de miedo, como si estuviera a punto de perder algo que necesito.

—¡Espera! —grito justo cuando está cerrando la puerta de su camioneta. Se incorpora desde el asiento del conductor y me presta toda su atención—. ¿Por qué no entras un rato?

***

—¿Eres tú? —me pregunta Noah, mostrándome un portarretratos. En la foto, estoy con mi vestido de comunión y las manos juntas, como la buena cristiana que mi madre siempre quiso que fuera.

—Sí.

—¿Eres religiosa?

—No.

Me mira esperando algo más. Tras un minuto, sonríe.

—¿No vas a preguntarme si yo lo soy?

—No. Ese es tu asunto.

—¿Lo ves? —Sonríe y deja la foto sobre la mesa—. Esa es la diferencia entre tú y las mujeres de por aquí. Piensas que está bien mantener algunas cosas en privado.

—Por supuesto que sí.

—Las mujeres con las que salí querían saber todo lo que se me pasaba por la cabeza.

—Suena a que eran inseguras.

—Tal vez. —Se encoge de hombros y mira a su alrededor—. ¿Así que aquí creciste? ¿En esta casa?

—Sí.

—Es bonita.

—Es una pocilga.

—Ahí está otra vez —ríe—. Sin rodeos. Dices las cosas tal como son.

—¿Preferirías que te mintiera?

—Para nada. Aprecio a una mujer que es directa conmigo.

—Entonces, ¿eso significa que tú también eres directo conmigo, Noah? —Inclino la cabeza.

—¿Sobre qué? —replica con el ceño fruncido.

—Sobre todo.

Sus ojos van y vienen entre los míos.

—No te he dicho ni una sola mentira desde que nos conocimos.

Parece sincero de nuevo. Pero ¿y si solo eligió bien sus palabras? No me mintió, pero quizá omitió algo, como que sabe quién soy, que se sentó a mi lado a propósito o que es uno de mis estudiantes.

Aprovecho su atención y le sostengo la mirada.

—¿Qué te hizo acercarte a mí anoche?

—Eras la chica más guapa del lugar.

—«Mujer», no «chica», Noah.

Sus ojos recorren rápidamente mi cuerpo y luego sonríe.

—Tienes razón. Toda una mujer. De eso no hay duda. —Da un paso más cerca. Mi corazón late con fuerza, pero no me muevo. Noah aparta un mechón de mi hombro—. Eres muy hermosa.

Hay algo en su voz, ese acento sureño que no había escuchado en años, que hace que me recorra un cosquilleo el estómago y un poco más abajo también.

—Gracias.

Se inclina e inhala profundamente.

—También hueles muy bien.

—Debe de ser el olor del hospital.

No se deja disuadir, sino que sonríe y me recorre el cuello con la nariz.

—Anoche, cuando volví a casa, no podía dejar de pensar en ti.

Lo que hicimos en ese baño fue de otro planeta.

—Suspira. Cierro los ojos e inclino la cabeza hacia atrás para darle mejor acceso.

Asciende hacia mi oído, y su respiración me produce cosquillas en la piel—.

¿Puedo besarte otra vez, Elizabeth? ¿Tocarte otra vez?

Quiero decirle que no, pero también quiero olvidar a mi madre muriéndose, a Hannah Greer, a todo Luisiana.

Además, quiero sentir su cuerpo contra el mío otra vez, pero, como mi vida está tan fuera de control, necesito ser yo quien tome la iniciativa.

Entonces, sin decir nada, llevo una mano a su pecho y lo empujo, sin demasiada delicadeza.

Él da un paso atrás, luego dos y tres, hasta que choca el sofá con la parte de atrás de las rodillas.

Entonces le doy otro empujón y cae de espaldas.

Luego me subo a su regazo y cubro su boca con la mía.

La suavidad de sus labios me deja perpleja por un momento, pero luego introduce su lengua en mi boca, entierra los dedos en mi cabello, cierra la mano en un puño y me aferra con fuerza una vez más.

Con eso, la suavidad se esfuma. Aunque yo di el primer paso y estoy sobre él, de algún modo se siente como si él me estuviera besando a mí y no al revés.

Y me gusta. Me gusta lo agresivo que es y lo firmes que son sus manos sobre mí.

Cuando empuja hacia arriba y siento su erección a través de los vaqueros, pongo los ojos en blanco de placer.

Luego lleva una de sus grandes manos a mi cadera para moverme adelante y atrás, lo que genera una fricción que se siente muy bien, en el lugar perfecto.

Pero entonces suena un teléfono móvil. Intento ignorarlo y bloquearlo profundizando el beso, pero Noah se aparta.

—¿No deberías contestar? Podría ser del hospital.

Parpadeo varias veces. Mierda, tiene razón . ¿Y qué demonios estoy haciendo? Me levanto y miro a mi alrededor en busca de la fuente del sonido. La cocina. Mi bolso.

—¿Hola?

—¿Hablo con Elizabeth Davis?

—Sí.

—Soy Kate Stern, enfermera del Hospital Memorial.

—¿Qué ha pasado?

—Los signos vitales de su madre han bajado y es posible que tengamos que intubarla. Nuestros registros indican que no sabe si su madre tenía un testamento o había tomado decisiones sobre el tratamiento que quería recibir.

—Pensaba buscarlo al llegar a casa, pero aún no he tenido oportunidad.

—¿Podría hacerlo ahora e informarme de lo que encuentre?

—Por supuesto.

—Gracias.

Dejo el móvil, voy a la habitación de mi madre y busco el archivador que solía tener en el armario. Ni siquiera sé si sigue ahí. De repente, una voz masculina me sorprende; olvidé por completo que Noah estaba aquí.

—¿Qué ocurrió? ¿Todo está bien?

—No. —Sigo caminando por la habitación—. Lo siento, tienes que irte. Tengo que volver al hospital.