Alguien lo sabe Capítulo 13
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Capítulo 13

Son casi las cuatro de la madrugada y miro el techo mientras me pregunto qué demonios está pasando.

Porque algo está sucediendo, no me cabe duda.

Esos ojos . No sé cómo no los reconocí de inmediato.

¿Noah Sawyer, su hijo, se encontró conmigo esta noche en un bar por casualidad?

Me muerdo el labio, me doy la vuelta y miro a través de la ventana sucia y manchada de tabaco.

Un árbol delgado se eleva hacia el cielo con dos pájaros posados en él, gorjeándose el uno al otro.

Mi vista se desenfoca mientras los observo.

Este es un pueblo pequeño y solo hay un par de bares.

Tal vez fue una coincidencia. Los otros hombres lo conocían, lo llamaban por su nombre.

La camarera también lo conocía y sabía cuál era su trago habitual. Así que no era la primera vez que iba.

Es verdad que él se me acercó, me compró bebidas y mostró un interés muy marcado por mí.

Tal vez lo habría hecho con cualquier mujer medianamente atractiva que fuera nueva en el pueblo.

Sin duda, es un coqueto arrogante y seguro de sí mismo.

Trago saliva y me obligo a no pensar en él, en cómo rozó mi oreja con sus labios, en la expresión de emoción que se le dibujó en el rostro cuando entré en el baño de hombres.

Me acosté con Noah Sawyer.

Estuve a punto de irme a casa con el hijo del señor Sawyer.

El hijo del hombre al que maté… Es repugnante siquiera pensar que ese monstruo tuvo un hijo.

Pero ¿y si Noah lo sabe? ¿Y si Noah es Hannah?

Dijo que era escritor…

Suelto un largo suspiro y me levanto de la cama.

No puedo seguir recostada; estoy lejos de poder dormir después de lo que estuvo a punto de pasar esta tarde.

Siento que podría estar despierta durante días, tengo los nervios de punta y el efecto del alcohol se desvaneció hace rato.

Saber el apellido de Noah me devolvió la sobriedad de golpe.

Mi mirada se detiene en la maleta. Mi vuelo de vuelta es el sábado, pero quizá pueda conseguir uno mañana.

O más bien hoy, ya que hace rato que pasó la medianoche.

Odio irme y dejar a mi madre así, pero de todas formas tengo que volver al trabajo la semana que viene y, en realidad, ella no quiere que esté aquí.

Además, no le sirvo de nada estando así, al borde de perder el control.

Estoy paranoica, convencida de que todos están involucrados en lo que sea que esté pasando: Noah, mi madre, el maldito sacerdote, Ivy e incluso el comisario Unger.

Si me quedo aquí mucho más tiempo, medio pueblo será sospechoso.

Debería hacer una lista. Podría titularla «Personas que creo que quieren arruinarme la vida».

Necesito café. El café me sacará de esta horrible neblina en la que estoy atrapada. Cuando salgo a la cocina, el olor me golpea. Un olor agrio, a moho y a podredumbre, tanto de la casa como de la vida humana. Mi madre está muriendo.

Trago saliva, tomo la vieja cafetera plateada que mi madre ha usado desde que yo era niña y una marea de emociones me invade de nuevo.

Parecen llegar en oleadas. Aún no he llorado, y creo que es porque ninguno de mis sentimientos es puro.

La tristeza por la salud de mi madre se mezcla con el resentimiento.

La culpa por no haber estado aquí se confunde con la rabia por que ella no me quiera en este lugar.

Es agotador y, aun así, no puedo dormir.

Echo el café molido en la vieja cafetera, la lleno de agua y miro alrededor mientras espero a que hierva.

El suelo tiene una capa de suciedad y el fregadero está manchado con una costra amarillenta.

Ambos necesitan lejía y una buena esponja de acero.

Tal vez podría conseguir que viniera alguien a ayudar, aunque seguro que mi madre diría que es un desperdicio de dinero y que no necesita mi ayuda.

Podría pedirle a la iglesia que se hiciera cargo y darle el dinero para contratar una empresa de limpieza y una asistenta.

Tengo ahorros suficientes. Aunque eso significaría hablar con el padre Preston, ¿no?

Mis pensamientos dan vueltas sin control mientras el olor del café flota por la cocina.

Unos minutos después, con la taza de café en la mano, vuelvo al pequeño dormitorio.

Lanzo la maleta sobre la cama, saco un conjunto limpio, comienzo a doblar camisas y pantalones y lo guardo todo a empujones.

Me daré una ducha rápida y luego podré guardar mis artículos de aseo y llamar a la aerolínea.

Un golpe me interrumpe.

Se me cae un zapato de las manos, giro para mirar sobre mi hombro y escucho con atención. Silencio.

—¿Mamá? —llamo.

Nada.

Pienso en ignorarlo; seguro que se emborrachó y se le cayó la botella de la mano. Pero el ruido fue demasiado fuerte, más que el de una botella.

—¿Mamá? —Esta vez, salgo al pasillo para que me oiga. Otra vez, no hay respuesta. El corazón me empieza a latir con fuerza—. ¿Hola? —digo con cautela, avanzando hacia la cocina.

Lo primero que veo es su pie. Un calcetín blanco de algodón con un agujero en el talón y casi desaparecido por el uso.

—¡Mamá! —Caigo de rodillas a su lado al instante, toco su rostro gris y le busco el pulso con los dedos.

Al principio no siento nada, solo su piel caliente y febril (al menos no está fría), pero luego lo encuentro.

Un latido lento y constante . Pum, pum, pum .

Tiene los ojos cerrados y la boca entreabierta, pero su mano se mueve; al menos es una señal de vida.

¿Se cayó? Siento cómo se me frunce el ceño. Probablemente estaba borracha y por eso se tropezó.

Luego veo la sangre que le corre por detrás de la cabeza.

Mierda.

Corro de vuelta a la habitación y busco mi móvil con desesperación por todas partes hasta que lo encuentro en el bolsillo. Marco el 911.

Le doy la dirección a la operadora y le digo que mi madre se ha caído, que está inconsciente y sangrando.

El resto es una nebulosa, pero me dice que me quede en la línea.

Espero quince largos minutos, sosteniendo la mano de mi madre, con miedo de moverla.

¿Y si tiene una lesión en la médula espinal?

Recuerdo un episodio de Grey’s Anatomy en el que juraría que dijeron que nunca hay que mover a alguien si no estás seguro.

Pasada una eternidad, alguien llama a la puerta y dos hombres entran deprisa.

Hacen preguntas con voces tranquilas y, de alguna manera, logro responderlas en el mismo tono, aunque por dentro no me siento nada tranquila.

—Mi madre se ha caído —les digo, y les explico lo poco que sé.

Que me estaba preparando un café, que estaba haciendo la maleta, que escuché un golpe—.

Dios, ¿y si no hubiera estado aquí? —Mis ojos, abiertos por la emoción, se encuentran con la mirada del paramédico más alto, que ignora mi pregunta y dice algo así como «Cuidaremos bien de ella» mientras bloquea la camilla con ruedas a la altura de la cintura.

—La llevaremos al Hospital Memorial. ¿Sabe cómo llegar?

Niego con la cabeza.

—No lo recuerdo. Hace mucho que no vivo aquí.

—Puede seguirnos.

—De acuerdo. —Subo al automóvil sin tener ni idea de lo que está pasando. Pero hay una cosa que sé con absoluta certeza: ahora no puedo irme del pueblo.

***

—La medicación que toma puede comprometer su sistema inmune, por eso la infección se ha aferrado.

—El médico baja la vista hacia mi madre y se levanta las gafas con el dedo índice—.

Pero los antibióticos que le administramos deberían funcionar.

También añadiremos una profilaxis antifúngica por si acaso.

Está débil, pero es probable que podamos recuperarla de esta recaída.

No paso por alto que no usa afirmaciones, sino potenciales: la medicación debería funcionar. Mi madre debería salvarse. Respiro hondo.

—De acuerdo. Gracias.

El médico sale de la sala y solo quedamos mi madre y yo.

Está cubierta por una sábana, con la cabeza elevada y una vía intravenosa en la mano por la que le administran líquidos transparentes procedentes de cuatro bolsas diferentes.

Las máquinas emiten un ruido mecánico y están conectadas al monitor que hay sobre su cabeza.

No es solo una habitación de hospital; está en Cuidados Intensivos: un lugar frío y espeluznante lleno de enfermeras serias que no parecen saber sonreír.

Claro, no deberían tener que hacerlo; están manteniendo a personas con vida.

Por lo pronto, a mi madre, aunque esté destinada a morir.

Seis horas y veinte minutos después (lo sé porque estuve alternando la mirada entre mi madre y el reloj de pared), una de las enfermeras entra en la habitación y me pone una mano en el hombro.

—No creo que haya cambios en las próximas veinticuatro horas. La medicación tiene que hacer su trabajo y le estamos dando sedantes para que descanse. Sus signos vitales son estables. Puede irse a casa si quiere.

—Está bien. Gracias.

Cuando la enfermera se va, miro a mi madre.

Supe que estaba grave cuando entré en la casa y la vi por primera vez (su complexión y su rostro escuálido lo delataron antes de que lo dijera), pero recién ahora he tomado conciencia de que se irá pronto, muy pronto.

Si no es en esta hospitalización, será en la próxima o en la siguiente, pero no le queda mucho tiempo.

—Adiós, mamá —le digo, tomándole la mano—, volveré pronto.

Salgo de Cuidados Intensivos sumida en mis pensamientos, bajo a la recepción y salgo por la puerta giratoria. Alguien entra al mismo tiempo, pero no le presto atención hasta que escucho mi nombre.

—¿Elizabeth?

Lo miro y parpadeo varias veces.

—¿Lucas?

—Me parecía que eras tú. —Sonríe y me envuelve en un abrazo que me toma por sorpresa—. ¿Cómo estás? Han pasado años. —Al soltarme, niega con la cabeza y me dice—: Cielos, estás genial.

Sigue negando con la cabeza mientras se aparta.

—Te ves increíble.

—Tú también —respondo con una sonrisa. Y es verdad; Lucas era delgado en la escuela secundaria, pero ahora está más fornido, ha madurado y tiene un aspecto muy masculino.

Solía coquetear con Jocelyn, pero a mí también me gustaba.

Hoy lleva puesto un uniforme médico negro, como el de algunas de las personas que vi en la UCI.

—¿Trabajas aquí?

—Sí, soy asistente médico. ¿Y tú? ¿Estás visitando a alguien?

—A mi madre.

—Escuché que estaba enferma —admite con el ceño fruncido—. Ya sabes cómo es este pueblo, nada es privado. Lo siento. ¿Todo anda bien?

—Lo estará. —Me obligo a sonreír.

—Bien. —Niega de nuevo con la cabeza y luego sus ojos recorren mi rostro—. Realmente te ves increíble.

—Gracias. —El cumplido me hace sentir calor en el estómago.

—Vives en Nueva York, ¿verdad? Siempre le pregunto a tu madre cómo estás cuando la veo. Presume mucho de que eres profesora.

—¿En serio?

—Sí. ¿Estás casada?

—No. ¿Y tú?

Lucas niega con la cabeza.

—Estuve comprometido hasta hace unos seis meses, pero no funcionó.

Se oye un pitido breve, un sonido electrónico. Lucas baja la mirada y pulsa un botón del localizador que lleva enganchado al pantalón del uniforme. Frunce el ceño y señala hacia atrás.

—Tengo que irme. ¿Cuánto tiempo vas a estar en el pueblo?

—No estoy segura.

—Tal vez podamos tomar algo y ponernos al día. Déjame tu número.

Dudo un momento, no porque no quiera salir a tomar algo, sino porque últimamente desconfío de todo el mundo y Lucas fue mencionado en uno de los capítulos que me envió Hannah. Aunque en este caso parece que una coincidencia es solo una coincidencia, así que sonrío y asiento.

—Claro.

—Bueno, tendremos que hacerlo a la antigua porque me olvidé el teléfono en casa. Me di cuenta cuando estaba estacionando. —Abre su morral de cuero, arranca una esquina de una hoja de papel y me entrega un bolígrafo—. Como en los viejos tiempos.

Anoto mi número y se lo devuelvo con una sonrisa.

—Gracias —dice—. Trabajo tres turnos de doce horas, tres días seguidos, y luego tengo cuatro libres. Hoy es mi último día, pero pasaré a ver a tu madre esta tarde.

—Te lo agradezco.

—¿Te llamo?

—De acuerdo —respondo con una sonrisa.

El hospital está a solo veinte minutos de la casa de mi madre, pero bostezo dos veces por el camino; no haber dormido en toda la noche empieza a pasarme factura.

Necesito al menos una siesta y también debería comer algo; tal vez lo haga después porque estoy demasiado cansada para cocinar o ir a la tienda.

Estaciono en la entrada con grandes planes en mente, pero parece que tendrán que esperar, porque ya hay otro vehículo allí.

Una camioneta roja desconocida y algo oxidada. Típica de Luisiana.

Un hombre baja del vehículo, más bien se contonea, y sé quién es de inmediato, incluso antes de que cierre la puerta y vea su rostro apuesto.

—Noah —murmuro. Si me quedara algo de emoción, creo que estaría nerviosa. Enojada. Desconfiada. Sin embargo, me siento un poco ebria, aunque esta vez el alcohol no tiene nada que ver—. ¿Qué haces aquí?