Alguien lo sabe Capítulo 12
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Capítulo 12

—Tengo que hacer una parada.

Miro a mi madre, que va sentada en el asiento del acompañante, y vuelvo a mirar el camino. Volvemos de una cita médica.

—Claro, ¿dónde?

—En la iglesia.

Frunzo el ceño. Qué sorpresa. Pero ¿qué podría hacer a las seis y media de la tarde? Las misas siempre eran a las nueve de la mañana y a las cuatro de la tarde, a menos que Saint Matthew haya cambiado las cosas, algo que dudo. Dios sabe que la Iglesia católica odia el cambio.

—¿Qué tienes que hacer a estas horas?

—Rezar.

—¿La misa no ha terminado ya?

—No necesitamos una ceremonia para dedicar tiempo de nuestro día a hablar con el Señor. Deberías intentarlo; tal vez te conviertas en una mejor persona.

—De acuerdo. —Me muerdo la lengua para no decirle cuál de las dos es peor persona.

Diez minutos después, me detengo junto a la acera de la iglesia, pero no apago el motor.

—¿No me acompañas? —me pregunta mi madre.

—No, a menos que necesites ayuda para entrar. Rezar es lo tuyo, no lo mío. Prefiero esperarte aquí.

Mi madre agacha el mentón, pero abre la puerta.

—No necesito tu ayuda.

Espero media hora, luego quince minutos más y, cuando ha pasado una hora entera sin señales de que salga, me desabrocho el cinturón de seguridad y apago el motor.

Seguro que se está tomando su tiempo para destilar su rencor, pero también está enferma y débil.

Una pequeña parte de mi corazón no se cerró cuando se trata de mi madre, así que no puedo evitar preocuparme, aunque me odie por ello.

Pero también puede ser su forma de hacer que entre.

El vestíbulo de Saint Matthew no ha cambiado en absoluto: aún siguen en pie la cartelera con decenas de anuncios, las mismas sillas de cuero sintético donde los padres sientan a sus hijos cuando hacen demasiado bullicio durante el servicio del domingo y las fuentes de agua bendita a cada lado de la puerta.

Me asomo y veo a mi madre sentada en un banco cerca del altar.

Hay un hombre a su lado; supongo que es el sacerdote.

Pienso en dar la vuelta y subir al automóvil para esperarla fuera, pero necesito dar por terminado este día, así que sigo las enseñanzas de mi madre: levanto el mentón y entro como si cada paso me quemara los pies.

El sacerdote es quien me ve primero, y mis pasos flaquean al ver su rostro. Es el padre Preston, a quien Ivy dijo que le había confesado «algo» hace años. Por los cambios que veo, el pueblo bien podría haber estado congelado las dos últimas décadas.

Desvío la mirada porque no quiero mirarlo a los ojos, pero entonces me encuentro con una estatua que me llama la atención. No estaba ahí hace veinte años. La bilis sube por mi garganta, pero logro seguir dando pasos.

—Elizabeth, es maravilloso volver a verte. —El padre se levanta cuando llego a la banca.

—¿Es nueva? —pregunto, señalando la estatua.

—¿Santa Inés? Sí, lo es —responde con una sonrisa—. Es hermosa, ¿no crees?

—¿Cuándo llegó?

—Un feligrés la donó hace alrededor de un año.

—¿Qué feligrés?

—Fue una donación anónima. —Frunce el ceño—. ¿Por qué lo preguntas?

¿Otra coincidencia? ¿Cómo es posible que haya tantas en un pueblo tan pequeño?

Cuando miro la estatua otra vez, siento frío en todo el cuerpo. Fuera hace más de treinta grados y la iglesia no tiene aire acondicionado, así que solo puede significar una cosa: estoy a punto de tener un ataque de pánico. Tengo que salir de aquí rápido.

Mi madre aún no ha levantado la vista hacia mí. Tiene la cabeza gacha, como si estuviera avergonzada. Creí que este era un lugar al que uno venía a dejar eso atrás.

—Mamá...

Ella se gira y veo que tiene un papel en la mano. Me acerco para verlo mejor.

Beber.

Tener sexo.

Cierro los ojos. Es su lista . Ahora entiendo por qué tardaba tanto.

Ella sigue mi mirada y se lleva el papel al pecho para que no pueda verlo, lo que hace que me pregunte qué más habrá escrito.

Debería haber leído la lista completa cuando tuve la oportunidad.

¿Está aquí para confesar solo sus pecados o para confesar todo lo que considera un crimen contra el Señor, aunque esos pecados no le pertenezcan?

***

—¿Qué le sirvo? —La camarera, una chica que parece tener poco más de dieciocho años, coloca una servilleta frente a mí. Aunque es joven, llena muy bien la camiseta que lleva, y supongo que eso es más importante por aquí.

—Un whisky. Si tienen Macallan Double Cask, mejor.

—No es de aquí, ¿verdad? —pregunta con una mueca.

—Ya no. ¿Eso significa que no tienen Macallan?

—No, no tenemos.

—¿Y cuál tienen?

—Hendrick’s.

No me molesto en decirle que el Hendrick’s es ginebra, no whisky. A estas alturas, bebería queroseno.

—Sírveme una copa. Gracias.

Mientras la chica busca la botella, saco mi tarjeta de crédito, la dejo sobre la barra y miro alrededor.

Este local era un bar cerrado cuando era niña; no recuerdo cómo se llamaba, pero sin duda no era Liars.

Es una pocilga típica, oscura para que los clientes no vean que los vasos están sucios, con taburetes de madera inestables que necesitan almohadones y un cuarto trasero con dos dianas y una mesa de billar vieja.

Un hombre con corte mullet y entradas se inclina sobre la mesa para tirar en una de las dianas y, cuando se encuentra con mi mirada, me sonríe con lujuria.

Me giro rápidamente, con la esperanza de que no lo interprete como una invitación.

Me bebo el primer trago a los pocos minutos de que me lo sirvan.

El gin arde al bajar por mi garganta hasta el estómago.

A veces bebo un trago de vino con la cena, pero casi nunca me emborracho; esta noche voy a hacer una excepción.

Debe de haber poco más de un kilómetro hasta la casa de mi madre y el coche de alquiler puede quedarse en el aparcamiento, así que levanto la mano para llamar a la camarera.

—¿Otro trago?

—Sí, por favor.

Una voz me toma desprevenida:

—Agrégalo a mi cuenta, Willow.

Espero ver al hombre de las dianas, pero me encuentro con una grata sorpresa: un hombre alto y apuesto (muy joven para mí) con una encantadora sonrisa de lado. Cuando la sonrisa se amplía, se le forman dos hoyuelos profundos. Santo Dios.

—Sin duda, no eres de aquí —dice, arrastrando las palabras.

—¿Eso crees? —Me giro para verlo mejor—. ¿Por qué?

—Porque las chicas de aquí solo beben tres cosas: aperitivos, vodka con soda o whisky con cola. De las terceras me mantengo alejado, porque eso significa que acabarán demasiado borrachas.

—Supongo que ya no bebo nada de eso porque soy una mujer, no una chica.

Hoyuelos me mira de arriba abajo. Sus ojos brillan al encontrarse con los míos.

—Sí que lo eres.

Me hace reír. Es cursi y exagerado, pero tiene algo que me gusta. Tal vez sea su confianza. Nada me atrae más que un hombre seguro de sí mismo. Por eso Sam no es el primer policía con el que salgo.

—¿Cómo te llamas? —Ladeo la cabeza—. ¿O debería llamarte «Hoyuelos»?

—Me llamo Noah. —Sonríe y usa su encanto como un arma—. ¿Y tú? —Me extiende una mano.

—Elizabeth. —Le doy la mano, pero en lugar de estrechármela, se la lleva a los labios y me da un beso en los nudillos.

—Es un placer. ¿De dónde eres, cariño? Espera. —Mueve la cabeza de un lado a otro—. Déjame adivinar.

—Esto será interesante... —Cruzo una pierna sobre la otra. Noah sigue el movimiento y, sin pudor, levanta la vista y me señala con un dedo.

—Apuesto a que eres de Nueva York.

—De hecho, sí, lo soy. ¿Qué me ha delatado?

—Das esa impresión.

—¿Cuál?

—De que puedes comerte a un hombre vivo —dice con una sonrisa.

—Dado que estás aquí de pie y me has comprado una copa, supongo que te gusta que te coman vivo.

—No me molesta. —Se acerca a mi oído y murmura—: Pero soy un caballero, así que siempre como primero.

La camarera nos interrumpe, lo cual agradezco, porque este chico me está poniendo en un aprieto. Después de dejar otro trago frente a mí, se dirige a Noah.

—¿Lo de siempre?

—Sí, por favor.

—Enseguida —responde con dos golpecitos en la barra.

Noah se sienta a mi lado y se acerca tanto que nuestras rodillas se tocan.

—¿Qué trae a una citadina por aquí?

—Visito a mi familia. —Bebo un buen trago y observo al hombre por encima del vaso—. Dime, ¿qué edad tienes, Noah?

—La suficiente.

—¿Suficiente para qué?

—Para lo que quieras. —Me sonríe otra vez.

—Debí esperar esa respuesta —digo entre risas.

Hablamos durante la siguiente hora. Para mi sorpresa, tenemos mucho en común, aunque hice el cálculo cuando mencionó el año en que se graduó y resulta que es diez años menor que yo.

Es escritor y redacta una columna de deportes para el Louisiana Post , pero su sueño es escribir una novela.

Tiene un título en Periodismo de Tulane, corre medias maratones y está dispuesto a viajar para disfrutar de una buena comida.

Ha leído a Tolstói y a Faulkner, pero prefiere a Stephen King en noches ventosas.

Y está reformando su casa él mismo en lugar de contratar a alguien.

Después de mi tercer trago, me relajo lo suficiente como para olvidar por primera vez por qué estoy aquí desde que crucé la frontera interestatal.

Y mi instinto me dice que el hombre que tengo enfrente podría hacerme olvidar hasta mi nombre, así que, aunque no suelo involucrarme con hombres menores de cuarenta años, decido hacer una excepción.

Noah se disculpa para ir al baño y, después de unos segundos, bajo del taburete para seguirlo. Miro a mi alrededor para ver si alguien me está mirando antes de abrir la puerta y entrar. Noah está frente al mingitorio y no se gira hasta que oye el cerrojo. Cuando me ve, sus ojos se dilatan.

—Puedes terminar.

—Ni siquiera empecé. —Ríe y se da la vuelta—. Pero, de repente, creo que puedo esperar. ¿Qué haces en el baño de hombres, hermosa?

—Estoy comprobando si merece la pena ir a casa contigo.

—¿Y qué dices? —pregunta con una ceja en alto.

Cuando asiento con la cabeza, se acerca hasta que nuestras narices se tocan.

No deja de mirarme a los ojos mientras me toma de la cintura y me aprieta contra él.

La otra mano baja a mi trasero, me lo masajea y luego me levanta del suelo.

Entonces, le rodeo la cintura con las piernas, como si ya hubiéramos estado juntos antes, y él sella sus labios contra los míos.

Camina hasta que golpeo la puerta que hay detrás de mí.

Entonces, ambos abrimos la boca y nuestras lenguas se enredan con frenesí.

Noah se pega a mí y frota su prominente erección arriba y abajo. Como llevo un vestido, el contacto es casi directo y la fricción me provoca una descarga eléctrica que me llega hasta los pies. Sin duda , merece la pena ir a casa con él .

Enreda los dedos en mi cabello, cierra la mano en un puño y me hace jadear al llevar mi cabeza hacia atrás y bajar los labios a mi cuello.

Desciende succionando y me excita tanto que ni siquiera me importa estar en este baño asqueroso.

Bajo la mano entre los dos y le doy un apretón firme a su entrepierna.

—Me estás matando, cariño —gime—. Estás empezando algo que no podremos terminar ahora.

—¿Quién dijo que no? Te deseo. Dime que tienes un condón, por favor.

—Lo tengo, pero no podemos hacerlo aquí.

—¿Por qué no? —Comienzo a bajarle la cremallera—. ¿Nunca has tenido sexo en un baño público?

—No. ¿Y tú? —Me mira a los ojos.

Desvío la mirada y no respondo, pero deslizo la mano debajo de su ropa interior. Su piel es caliente y suave. Acaricio la punta de su miembro con movimientos circulares hasta que se humedece. Él sisea y mece las caderas contra mí.

—Tendré que bajarte para buscar un condón.

—De acuerdo, pero date prisa.

Me baja al suelo para buscar un condón en su bolsillo trasero y lo abre con los dientes. Una vez se lo ha puesto, me doy la vuelta y apoyo las manos en la pared. No hace falta que le diga qué hacer: desliza los dedos debajo de mi ropa interior, acaricia mi centro húmedo y suelta un gemido.

—Ni siquiera te he tocado y ya estás lista para mí.

—Entonces, ¿qué estás esperando?

—Mierda. Me encantan las neoyorquinas. —Noah me levanta el vestido, me rodea con un brazo por la cintura y me pone de puntillas. Con la otra mano, alinea su miembro con mi centro, empuja y me penetra por completo.

Jadeo con una chispa de incomodidad, pero es justo lo que necesitaba. De hecho, es lo mejor que he sentido en años.

—¿Estás bien? —Sus dedos presionan mi cadera. Mi respuesta es adelantarme hasta sacarlo casi por completo de dentro de mí y luego empujar hacia atrás con fuerza para recibirlo otra vez—. Tomaré eso como un sí —gime.

A continuación, todo sucede muy rápido. Noah me embiste con fuerza y rapidez.

Se siente desesperado y casi furioso, y yo necesito más.

Me muevo con él, acompañando cada embestida, hasta que mi interior comienza a tensarse, a tener su propio pulso.

Y, cuando lleva una mano hacia delante para frotarme el clítoris, pierdo el control.

El orgasmo me atraviesa con tal intensidad que me hace olvidarlo todo. Es justo lo que buscaba.

Cuando termina, todavía jadeantes, empiezo a ver el espacio con claridad por primera vez.

El lugar está sucio y maloliente, y de pronto necesito largarme de aquí.

Busco las toallas de papel, que están sobre el lavabo en lugar de en el contenedor de la pared, y me limpio antes de acomodarme la ropa.

Ni siquiera han pasado dos minutos y ya quiero a este hombre dentro de mí otra vez.

Pero no aquí.

—¿Te gustaría llevarme a tu casa para tener sexo otra vez?

—Dios, realmente amo a las neoyorquinas —dice sonriente—. Sin rodeos, directo al grano.

—¿Has estado con muchas mujeres de Nueva York?

—Con ninguna —admite con chispas en los ojos.

—¿Eso es un sí?

—Un claro sí. Larguémonos de aquí. —Abre la puerta, pero lo detengo.

—¿No necesitas ir al baño?

—Aguantaré. —Me guiña un ojo, toma mi mano y me lleva de vuelta a la barra, donde deja algunos billetes de veinte.

Estoy tan desenfrenada que no me importa que pague él la cuenta. De todas formas, no tengo suficiente efectivo y pagar con tarjeta de crédito tomaría demasiado tiempo. Luego, Noah me toma de la mano otra vez y casi me arrastra hacia la puerta.

Hay más gente que cuando llegamos y algunos hombres lo saludan, pero él responde con un ligero movimiento de cabeza y sigue caminando. Al llegar a la puerta, me pone una mano en la espalda y me guía hacia el exterior sin dejar entrar primero al nuevo cliente.

—¿Algo se incendia, Sawyer? —exige el hombre.

Me quedo helada.

Noah no se da cuenta de que me he detenido hasta que me empuja suavemente con la mano porque estoy rígida.

—¿Qué tienes?

—¿El hombre te llamó Sawyer?

—Sí, ¿por qué? —Se encoge de hombros—. Muchas personas lo hacen.

—¿Por qué?

—Porque es mi apellido.