Capítulo 10
Parecía mucho más grande en aquel entonces.
Me encuentro en la puerta de la escuela secundaria Minton Parish, mirando hacia el segundo piso, hacia una ventana en particular: la tercera desde la esquina.
No es que haya crecido; mido un metro cincuenta y siete desde noveno curso, pero, cuando tenía diecisiete, el edificio se sentía más grande e intimidante.
—¿Puedo ayudarla? —La voz de una mujer me sorprende y desvía mi atención del segundo piso. Es baja y unos veinte o treinta años mayor que yo. Lleva gafas oscuras de montura gruesa, demasiado grandes para su rostro, y un corte de pelo sin forma por el mentón.
Ni siquiera sé de dónde ha salido. ¿Ha salido de dentro? Tiene sentido, ya que estamos en la entrada principal, pero la puerta está cerrada y no he escuchado que se abriera ni que golpeara al cerrarse.
Como si leyera mi mente, señala detrás de sí.
—Mi escritorio está en la oficina principal, así que paso mucho tiempo mirando hacia afuera. Bajamos el letrero del nombre de la escuela hace unos días. Por fin vendrá uno nuevo después de treinta y tantos años. Por eso pensé que tal vez no sabría si estaba en el lugar correcto.
Aunque escucho atentamente, tardo unos segundos en procesar lo que dice.
—Ah, sí. Me preguntaba si aún era la escuela secundaria —miento, y la mujer sonríe como si acabara de resolver un acertijo.
—Sí, señora, está en el lugar correcto. Cielos, hace más calor que en el desierto, ¿no cree? —Este calor es algo que no sufro con frecuencia desde que me mudé a Nueva York—. ¿En qué puedo ayudarla?
—Eh… Perdí mi diploma y me preguntaba si podía solicitar uno nuevo. Tengo que demostrar que cursé ciertos estudios avanzados y que me gradué. Volveré a la universidad a mi edad —digo con una sonrisa forzada.
—Pase —indica.
Echo un vistazo al segundo piso, a la tercera ventana desde la izquierda, y trago saliva. No planeaba entrar; de hecho, ni siquiera estoy segura de qué hago aquí, pero se me acelera el pulso ante la idea de acercarme.
—Ah, gracias.
Dentro, recorro con la mirada el mostrador alto que separa al personal de los visitantes, la puerta de vidrio esmerilado en la que se lee «Director» en letras negras y las hileras de buzones con los nombres de los profesores.
Miro uno a uno y deduzco que están en orden alfabético, así que continúo hasta la última fila: Parker, Pearlman, Rojas, Santoro, Tambar.
Me alivia que un nombre no esté, aunque era obvio que no iba a estar.
La mujer se coloca al otro lado del escritorio.
—¿Cómo se llama, querida?
—Elizabeth. Elizabeth Davis.
—¿Los últimos cuatro dígitos de su número de la Seguridad Social?
—Cinco, cuatro, seis, cuatro.
Sus uñas golpean las teclas mientras escribe.
—Aquí está —anuncia—. Pero, para estar segura, ¿cuál es su dirección?
—Ya no vivo aquí, pero era el número 21 de la calle Julep.
—¿Davis, de la calle Julep? ¿Su madre se llama Theresa Davis?
Presiono los labios. En este pueblo, el pasatiempo es jugar con la teoría de los seis grados de separación: si alguien no te conoce a ti, conoce a algún pariente tuyo, o quizá lo conoce su hermana o su hermano.
—Sí, así es.
—Asisto a la iglesia Saint Matthew. Lamento su enfermedad. —Su expresión se entristece—. Su espíritu se mantiene fuerte a pesar de todo.
¿Por qué me sorprende que una desconocida lo supiera antes que yo? No debería extrañarme, así es como trabaja mi madre. Se pone su mejor vestido y chismea con los demás «buenos cristianos». Reserva lo desagradable para casa.
—Gracias.
—¿Vive cerca? —pregunta la mujer—. No recuerdo haberla visto en Saint Matthew con su madre.
—Vivo en Nueva York.
—Ah, debe de estar feliz de que haya venido —comenta, y vuelve a enfocarse en la computadora.
Tras presionar algunas teclas, la impresora expulsa unas hojas de papel—.
Aquí tiene. —Desliza dos hojas por el mostrador y señala un recuadro en la esquina superior derecha—.
Su graduación está registrada aquí. Si no es suficiente, puede solicitar un diploma nuevo, pero esto debería bastar.
—Gracias, es muy amable.
De repente, suena una campana ensordecedora y, segundos después, aparece una profesora con un estudiante, seguida por otras dos personas. La secretaria, que aún no sé cómo se llama, suspira.
—¿Le molesta si no la acompaño a la salida, señorita Davis?
—Por supuesto que no. Muchas gracias por su ayuda.
Al parecer, la seguridad no ha cambiado mucho por aquí.
¿Quién deja que una desconocida deambule sola por una escuela en estos tiempos?
El pasillo está lleno de adolescentes que caminan en grupos o solos, con la mirada en sus teléfonos.
Podría ser invisible. Eso me da una idea.
Giro a la derecha al salir de la oficina, en la dirección en la que entré, pero, al llegar a la puerta, cambio de dirección y me dirijo hacia la escalera principal mezclándome con la multitud de estudiantes.
Una vez en el segundo piso, miro el pasillo: los profesores están frente a las puertas de sus aulas, recibiendo a los alumnos.
No pasarán por alto a una extraña en los pasillos, así que doy la vuelta y me dirijo de nuevo a la escalera, de espaldas a los estudiantes que corren para llegar a sus clases, y finjo estar mirando mi teléfono.
La campana vuelve a sonar unos minutos después y los pocos adolescentes rezagados se apresuran el resto del camino.
Si no recuerdo mal, sonará otra campana, la de retraso, así que espero.
Como imaginaba, los altavoces vuelven a resonar, las puertas se cierran y el segundo piso queda en silencio.
Espero unos segundos más antes de asomar la cabeza para asegurarme de que el pasillo está despejado y una oleada de adrenalina me acelera el corazón cuando salgo al pasillo vacío.
Respiro hondo y avanzo de puntillas hasta el tercer salón del fondo.
La puerta aún tiene la misma ventanita. Cierro los ojos y recuerdo cómo solía ver al profesor Sawyer al pasar, antes de que todo sucediera.
Pensaba que era muy atractivo, como la mayoría de las chicas, pero ahora eso me revuelve el estómago.
Abro los ojos para volver al presente y mirar por la misma ventana, por la que ahora veo a una mujer, una profesora joven.
Sin embargo, por mucho que lo intente, no puedo evitar ver la representación vívida del último capítulo que me envió Hannah.
De rodillas.
Mirada al suelo.
Una caricia en la mejilla.
«Buena chica».
Cuando reabro los ojos, la profesora ya no está. En su lugar veo al señor Sawyer y a mi mejor amiga, Jocelyn. Sé que no es real, pero aun así me deja sin aire.
—Señora, ¿puedo ayudarla? —pregunta una voz mientras aún los veo. Es la profesora, que ha salido al pasillo y me mira con preocupación. Como no respondo, se acerca—. ¿Se encuentra bien?
—Lo siento. —Respiro hondo—. Sí, ya me iba.
No le doy tiempo a que me responda. Me doy la vuelta de inmediato, corro por las escaleras y salgo disparada de la escuela. Sigo corriendo hasta llegar al estacionamiento y encerrarme en mi automóvil. Me tiemblan las manos al intentar encender el motor y aún no puedo respirar.
Fue un error venir aquí, a la escuela, a Minton Parish y a Luisiana.
Sin embargo, no puedo evitar ir al lugar donde cometí el mayor error de todos.
***
El motel Memory Haven ha cambiado menos que la escuela. Al letrero de neón intermitente aún le falta la mitad de la «M», así que dice «Notel», pero le va bien. Árboles altos lo ocultan de la calle y la pintura marrón descascarillada necesita tanta atención como las personas que lo frecuentan.
Veo a un hombre que aparca frente a la habitación 112, baja del coche, mira a su alrededor y entra mientras cierra las gruesas cortinas.
Imagino el hedor a humo rancio y a humedad del interior.
Poco después, una mujer morena entra al estacionamiento, deja el vehículo a un lado del edificio y luego camina hacia la misma habitación con la cabeza gacha.
Cuando llama, la cortina se mueve antes de que el hombre le abra la puerta.
Unos minutos más tarde llega un camión de carga, pero en lugar de que el conductor baje, una mujer aparca junto al camión y sube a la cabina. Desde mi posición, puedo ver cómo su cabeza sube y baja sobre el regazo del conductor.
Es bueno saber que sigue siendo tan elegante como cuando estaba en la secundaria.
Me quedo en el estacionamiento con el motor encendido durante unas horas, mirando la última habitación del segundo piso, la más alejada de la triste oficina diminuta de abajo.
Es probable que pronto se me acabe la gasolina, pero no puedo irme y hace demasiado calor para apagar el motor.
Nadie ha entrado ni salido de la habitación 212 y estoy tentada de entrar y decir que necesito una habitación, a ver si me dan esa.
Pero, en realidad, no quiero hacerlo. Ya he dejado entrar suficientes recuerdos estas últimas semanas.
Cuando estoy a punto de dar por terminado el día, alguien me toca la ventanilla. Me sobresalto y lo primero que veo es el uniforme marrón de policía y la pistola enfundada.
—Mierda —jadeo mientras me llevo una mano al pecho.
El hombre se inclina para asomarse por la ventana. ¿Es Wendell Unger, el comisario?
No lo he visto en veinte años. Su rostro está más envejecido, con la piel curtida y arrugada, pero creo que es él. Me hace señas para que baje la ventanilla y siento que se me sale el corazón del pecho mientras presiono el botón para bajar el cristal.
¿De dónde diablos salió? No vi a nadie acercarse.
—Buenas tardes —dice con un gesto de cabeza—. No quise asustarla, pero noté que llevaba un rato aquí y quise asegurarme de que todo estuviera bien.
—Todo está bien, oficial —respondo, y bajo la mirada hacia su placa: Unger.
—Bien. ¿Podría ver su identificación, por favor?
—¿Hice algo malo?
—Es solo precaución —dice—. Tiene matrícula de otro estado y está aparcada al fondo, como si quisiera observar algo sin ser vista. Solo hago mi trabajo, señora.
Tomo mi bolso del asiento del copiloto.
—Por supuesto. —Busco mi cartera, saco la licencia de conducir y la extiendo por la ventana. El comisario Unger la toma y la sostiene con los brazos estirados, como si no llevara gafas para leer.
—¿Nueva York, eh? Está bastante lejos de casa, ¿no cree? ¿Qué la trae a Minton Parish?
—He venido a visitar a mi madre.
—¿Elizabeth Davis? —dice, con la mirada fija en mi licencia—. ¿La hija de Theresa?
—Sí, señor.
Sus ojos recorren mi rostro.
—Claro que sí. Ha pasado mucho tiempo, pero me acuerdo.
—¿De verdad?
Se inclina hasta quedar a la altura de mis ojos, separados solo por la puerta del automóvil, y me devuelve la licencia.
—Lamento lo de su madre.
—Gracias —respondo. Trago saliva y tomo mi identificación.
—Debería volver a su casa pronto. Esta parte del pueblo no es la más segura.
Desvío la mirada hacia la última habitación de la derecha, en el segundo piso, y vuelvo a mirar al comisario Unger. Me observa en silencio, atento, muy parecido a como siempre lo hacía Sam. Nunca le había prestado atención hasta ahora. Me hace sentir inquieta.
—Ya estaba por irme de todas formas.
Él asiente con un leve movimiento de cabeza.
—Que tenga buenas noches, señorita Davis.
Subo la ventanilla y salgo del estacionamiento lo más rápido posible.
Recién cuando estoy en la calle me permito mirar por el retrovisor.
Ojalá no lo hubiera hecho, porque me recorre un escalofrío la espalda al ver la forma en que el comisario me observa alejarme del lugar que alguna vez fue la escena del crimen.