Capítulo 9
Tal vez debería haber llevado a Sam de viaje al Caribe.
El calor allí también sería sofocante, pero al menos no estaría lleno de recuerdos como Luisiana.
El Toyota Corolla que alquilé no funciona del todo bien; es un automóvil de aeropuerto típico, que han conducido muchas personas sin preocuparse al pisar el freno o tomar una curva.
Creo que el problema es la alineación, pero ahora lo único que espero es que no se ahogue y me deje tirada en un campo lleno de mosquitos con treinta y dos grados y mucha humedad.
—Odio Luisiana —digo mientras clavo un dedo en la consola de sonido.
Parece que la conexión Bluetooth no funciona, así que no puedo conectar el móvil y escuchar un pódcast. Tengo que conformarme con una emisora de música country distorsionada, en la que un hombre se lamenta por un amor no correspondido.
Inmediatamente después, comienza a hablar sobre su vehículo y su perro.
Resoplo, apago la radio y miro a mi alrededor, intentando relajarme y sentirme como en casa.
Aunque, en realidad, nunca me sentí en casa aquí, ni siquiera cuando era mi casa, así que es inútil.
Pero, a pesar del calor, la humedad y la incomodidad, tengo que llegar al fondo de esto.
No puedo seguir viviendo con tanta incertidumbre, y todos los caminos parecen conducirme a este pueblo: la dirección IP, Ivy, la escena del crimen...
Ni siquiera tengo un plan para cuando esté allí, aparte de hablar con Ivy, pero tengo la sensación de que encontraré pistas sobre quién es Hannah Greer en realidad.
Estoy en el mejor lugar para descubrirlo.
Veinte minutos después, aparco frente a una casa que me es familiar, aunque la pintura amarilla que mi madre juraba que era del color del sol ahora está desteñida y descascarada.
Crece musgo entre las grietas del techo, lo que da la impresión de que se está hundiendo en el medio.
Me bajo del automóvil y estiro los brazos.
El césped, que antes estaba rozagante y recortado, me llega casi hasta las rodillas.
Por un momento, me pregunto si mi madre seguirá viviendo aquí.
El lugar parece abandonado, pero entonces veo el crucifijo que cuelga de la puerta.
Recuerdo cuando lo compró; ese mismo día lo clavó en la puerta y declaró: «Esta casa pertenece a Dios».
Esa no fue la primera señal de que se había obsesionado un poco con la religión, y tampoco sería la última.
Miro el teléfono, pero no tengo mensajes. Estoy desesperada por encontrar una distracción que demore el momento de llamar a la puerta.
Han pasado casi veinte años, pero tristemente no han sido suficientes.
Mi madre y yo hablamos por teléfono de vez en cuando.
Antes hablábamos más seguido, al menos en los días festivos importantes y en cumpleaños, pero con los años fuimos perdiendo el contacto.
Su forma de arrastrar las palabras y de predicar era demasiado para mí, así que dejé de llamar con tanta frecuencia y ella no se dio cuenta o no le importó.
Ahora parece que solo hablamos cuando algún familiar tiene un bebé o cuando alguien muere.
Aun así, sigo enviándole tarjetas de cumpleaños y de Navidad, a pesar de que las suyas dejaron de llegar.
No me importa, porque las últimas que recibí estaban llenas de vergüenza, de críticas, me recordaban de qué se trataba la Navidad o me preguntaban si la vida que llevaba como mujer soltera en la gran ciudad honraba el sacrificio que Cristo había hecho por mí.
Respiro hondo y me obligo a poner un pie delante del otro. La cruz de la puerta está torcida, y no puedo evitar enderezarla antes de llamar.
—¡Pase! —dice alguien desde dentro.
Me detengo, sorprendida. Quizá alguien más vive aquí ahora. O tal vez mi madre comparte la casa o… Giro la manija y abro un poco la puerta.
—¿Hola? Busco a There…
—¿Elizabeth?
Termino de abrir la puerta y veo a una mujer sentada en el mismo sofá que teníamos cuando era niña.
Ahora está sucio y gastado, y el color café parece más bien gris.
La mujer que está sentada en él también es gris, delgada y huesuda.
Santo Dios, es mi madre. Nunca la había visto así, pero es ella.
Se me cae la maleta de la mano y resuena contra el suelo.
—¿Mamá?
—¿Naciste en una carpa? Entra y cierra la puerta. Se escapa el aire frío.
Entro deprisa, como habría hecho cuando vivía aquí, y los antiguos sentimientos resurgen.
Le tengo un poco de miedo porque sé que no conoce otra cosa que la disciplina dura que recibió de niña.
La luz es tenue, procedente en su mayor parte del televisor y de la pantalla de un viejo ordenador sobre una mesa plegable.
Es el mismo equipo de televisión que teníamos hace más de veinte años, de tubo, no de pantalla plana.
Me detengo a observarlo todo. La casa tiene un olor agrio, como a comida en mal estado y a orina.
—Mamá —repito, porque no puedo creer lo que veo.
Solía ser una mujer orgullosa de sus curvas y decir: «Dios me hizo así, con buenas caderas para traer niños al mundo».
Pero ahora parece la imagen en una revista de un niño desnutrido o de alguien que vive en un lugar azotado por la peste.
Es pura piel y huesos. Tiene las mejillas hundidas y su cabello rubio se ve escaso, descuidado y sucio.
No comprendo qué está pasando, qué le ha pasado, pero lo cierto es que pasó mucho tiempo.
Pueden suceder muchas cosas en veinte años.
—¿Te quedarás ahí parada? —exige.
Parpadeo antes de atravesar la cocina para llegar a la sala.
Camino sobre la alfombra imitación persa, que también tiene más de veinte años, y por poco tropiezo con una botella vacía de lo que debe de ser whisky barato.
Rodeo a mi madre con un brazo y, de cerca, escucho el silbido de su pecho y huelo un aroma enfermizo que no sé bien a qué se debe, pero que me indica que algo no va bien.
Me siento con cuidado en la silla frente a ella.
—¿Mamá? —pregunto. Mis motivos para estar aquí quedaron olvidados—.
Pareces… —Me sonrojo al darme cuenta de que estoy a punto de decirle que está horrible, algo que me habría valido una bofetada cuando era niña.
Pero ya no soy una niña, aunque de pronto me sienta como si lo fuera.
Respiro profundamente y continúo—: Pareces enferma, ¿qué está pasando? ¿Por qué no llamaste?
Me sostiene la mirada un momento, e incluso sus ojos están mal. El blanco ha adquirido un enfermizo tono amarillento.
—Tienes tu propia vida y no quieres formar parte de la mía. Además, tengo mi iglesia, no te necesito.
Auch, directo al hueso.
—Pero ¿qué tienes?
—Estoy muriendo, Elizabeth —suspira—. ¿No es evidente?
Sus palabras resuenan en mi mente y me crean un nudo en el estómago. Es como si me hubieran golpeado. Ya casi no hablamos, pero sigue siendo mi madre. Sin embargo, no encuentro palabras.
—Cáncer de páncreas. Me quedan uno o dos meses como máximo. —Toma un vaso de líquido color ámbar, que estoy segura de que es licor, y bebe un trago como si fuera limonada—. ¿A qué le debo el honor de tu visita?
Va al grano, como si no hubiera soltado una bomba hace un segundo. Abro la boca para decir que he venido a visitarla, pero las dos sabemos que es mentira, así que no digo nada y dejo que el silencio se asiente entre nosotras.
—Si solo vas a estar ahí sentada, al menos pásame eso. —Señala la mesa de centro, donde hay una docena de frascos anaranjados de medicamentos.
Todos tienen nombres largos, de unas doce letras, casi un idioma diferente. Pero reconozco uno de los fármacos: oxicodona.
—Mamá, no deberías mezclar esto con...
—Lo sé, ya me lo dijo el médico. No necesito otro sermón, y menos de ti. Solo dámelo.
Supongo que no puedo culparla. Si va a morir de todas formas, ¿por qué iba a cambiar? Toda la vida hizo cosas que la fueron matando poco a poco, así que le acerco las píldoras.
—¿Pediste una segunda opinión?
—Y una tercera. Ya es tarde, se ha extendido por todo el cuerpo.
Respiro hondo e intento imaginar un mundo sin mi madre. Debería ser fácil, ya que casi no forma parte de mi vida, pero la idea de que se vaya para siempre y no poder llamarla me hace sentir a la deriva. Es todo lo que tengo, aunque ya no nos tengamos la una a la otra, en realidad.
—Tal vez podrías venir a Nueva York y ver a algún médico.
—Cállate, niña, no necesito hacer eso. ¿Te crees mejor que yo por vivir en esa ciudad pretenciosa?
¿Crees que tus médicos saben más porque pagan diez mil dólares al mes por vivir en una caja de zapatos?
¿Sabes lo que son? Tontos. Mis médicos de aquí, donde nos cuidamos unos a otros, son buenos.
Me estoy muriendo y no hay nada que se pueda hacer.
Ni siquiera me importa, porque pronto estaré con Jesús y nada volverá a doler.
¿Cuándo fue la última vez que fuiste a la casa de Dios?
Ya lo metió a Dios . Me parece bien que la gente tenga su religión, pero una cosa es ir a la iglesia todos los domingos y otra muy distinta es ser una fanática religiosa que predica con todo el mundo pero no mira hacia dentro para examinar su propio comportamiento.
Menos mal que cree que Dios salvará a todos, porque nunca hizo absolutamente nada para cuidarse a sí misma ni a su hija.
La acompañaba a la iglesia todas las semanas cuando era niña, con mi mejor vestido, y la ayudaba a llegar tambaleándose hasta el banco.
La misma mujer que no venía a casa la mayoría de las noches porque se acostaba con cualquier perdedor del pueblo.
La iglesia me parecía una estafa, una forma de que la gente se desprendiera del dinero que tanto le costaba ganar.
El sacerdote tenía una casa nueva dentro de los cuidados terrenos de la iglesia.
Mientras tanto, la mayoría de sus feligreses vivía en lugares como este: una casa de dos habitaciones al final de un camino de tierra con perros encadenados fuera, porches que se caían a pedazos y niños que vestían ropa usada que casi nunca les quedaba bien.
Nunca vi al sacerdote preocuparse por si yo comía o no, y desde luego Dios no salvó a mi amiga cuando más lo necesitó en la secundaria.
—No voy a la iglesia, mamá.
—Nunca tendrás nada bueno en tu vida sin Dios.
—¿De verdad? ¿Y has pensado que tu Dios te hizo alcohólica y ahora te deja morir sola en esta casa?
Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas.
Nunca fui buena callándome lo que pienso, y estar en Nueva York, lejos de este lugar, solo lo ha reforzado.
Nueva York y yo hacemos buena pareja: allí la gente valora la honestidad cruda.
Aquí, en cambio, se espera que te calles y te guardes tus pensamientos. A menos que seas mi madre, claro.
—Niña ingrata. Dios me ama a pesar de mis pecados. Me perdona —afirma—. El padre Preston me lo aseguró. ¡Mira, anoté todos mis pecados para no olvidarme de confesar ninguno!
Me acerca un trozo de papel arrugado. Está escrito con lápiz y con letras torcidas, temblorosas como las de un niño.
Beber.
Tener sexo.
Dejo de leer. Viví con sus pecados; no necesito recordarlos.
—Mamá, mira, lo siento, pero…
—Deberías reconciliarte con tus errores antes de que llegue tu hora, jovencita, para poder pasar también la eternidad en el cielo. Mira esa lista, todas las cosas que nunca compartí con nadie. Todos tenemos secretos, ¿verdad?
Mi cuerpo se tensa al oír la palabra «secretos». Cuando levanto la vista, ella me está observando. Me fulmina con la mirada.
—Sé que tú también has pecado. Nunca se sabe cuándo te llegará la hora. Deberías arrepentirte y pedir perdón. Nunca se sabe cuándo el pasado puede volver a acecharte.
A pesar de que el viejo aire acondicionado mantiene la casa por debajo de los veinticinco grados, empiezo a sudar. Se me humedecen las manos y mi piel se vuelve pegajosa.
Siempre juré que no se lo había contado a nadie, pero sí se lo conté a una persona.
A mi madre, la noche en que ocurrió. Volví a casa temblando y llorando, y por una vez me abrazó y me sostuvo con fuerza, y todo salió a la luz. Es uno de los pocos recuerdos que tengo de ella mostrándome cariño. Solo era una niña que había hecho algo impensable, y no pude evitar confesarlo.
A la mañana siguiente, me desperté de golpe, consciente del error que había cometido. Cuando fui a verla, estaba dormida, todavía bajo los efectos del alcohol. Lo que significaba que también lo estaba la noche anterior. Intenté hablar del tema cuando se levantó más tarde ese día.
«Sobre lo que hablamos anoche», empecé a decirle, pero no pareció recordar nada. Era lo normal en ella. Los apagones eran algo común. No volví a mencionarlo; asumí que el alcohol lo había borrado. Tenía sentido. Al fin y al cabo, había estado lo bastante ebria como para fingir que me quería.
Ahora, mientras la observo desde el otro lado de la mesa de centro y sugiere que todos tenemos secretos, no puedo evitar preguntarme si le habrá contado a alguien los míos.