Capítulo 8
—Tengo que ser honesto, me sorprendió recibir tu mensaje. —Sam levanta una mano para llamar al camarero—. Pensé que no volvería a saber de ti, y menos esperaba que quisieras cenar.
No es el único sorprendido de que tengamos una cita.
Si nada de esto estuviera pasando, si el pasado no me estuviera acechando y no hubiera descubierto que me investigó, tal vez no habría vuelto a hablar con él jamás.
Pero tengo que ponerlo a prueba y averiguar si tiene algo que ver con lo que está pasando, por eso de mantener a tus enemigos cerca...
La lista de sospechosos creció tan rápido como mi paranoia: Ivy, el comisario Unger, el padre Preston, el hombre que tengo enfrente y la persona a la que nunca debí decírselo. Después de hablar con Ivy hace unos días, decidí que tenía que eliminarlos uno a uno y llegar al fondo de todo esto.
Sam pide una botella de vino y entabla conversación, y unos minutos después el camarero nos sirve una copa de pinot noir a cada uno. Observo el color rojo intenso, le doy vueltas en la copa y veo cómo corren las gotas por ella.
—Dime, ¿qué más averiguaste de mí en tu investigación? —pregunto tras un rato.
—Ya te dije que no te investigué —responde con el ceño fruncido—. Solo corrí un reporte.
—Semántica. ¿Qué decía el reporte?
—Información básica.
—¿Y de dónde proviene esa información?
—De la base de datos del Centro Nacional de Información Criminal.
Me siento más tranquila desde que nos sentamos, a pesar de saber que podría estar frente al hombre que tiene la llave de mi futuro, pero la palabra «criminal» hace que mi sangre corra más rápido; me zumba en los oídos y me saca de quicio al instante.
—¿Y cuál es esa «información básica»? ¿Sabes cuál es la clave de mi tarjeta? ¿Mi talla de sujetador?
—Solo se registra información que podría ser relevante para el departamento de policía. Si has sido arrestada, si has tenido alguna orden judicial, tus direcciones previas, informes de propiedad robada, afiliaciones a pandillas. En tu caso, solo había una lista de direcciones previas.
—¿Así supiste que crecí en Luisiana?
—Sí.
—Dime, Sam, si sabías que crecí en Luisiana desde poco después de conocernos, ¿por qué no lo mencionaste cuando te dije que había nacido y crecido en Nueva York?
—Supuse que tenías tus razones. —Se encoge de hombros—. No hablas de tu familia, así que asumí que tenías recuerdos difíciles de esa etapa de tu vida y preferías no hablar de ello.
—Difíciles, sí. —Y es poco decir.
—No presioné —me señala la frente—, como tampoco lo hice cuando te pregunté cómo te habías hecho esa cicatriz y me ignoraste.
Tienes una forma de dejar las cosas claras sin decir demasiado, Elizabeth.
—Bebe un trago de vino y me observa por encima de la copa—.
¿De eso se trata? ¿No quieres hablar de tu pasado, así que prefieres no abrir esa puerta?
Desvío la mirada mientras pienso cómo abordar la conversación.
—Mi madre es alcohólica, así que sí, es un tema en el que prefiero no ahondar.
Sam extiende la mano sobre la mesa, toma la mía, la aprieta y espera a que vuelva a mirarlo a los ojos.
—Gracias por compartir eso conmigo. De verdad lamento haberte buscado en el sistema; no estuvo bien.
—No, no lo estuvo. Me sentí violada. La confianza entre nosotros se rompió.
Ahora deja caer la cabeza y se frota el cuello. Si está mintiendo, debería ganar un Óscar por fingir culpa.
—Entiendo.
Cuento hasta diez mentalmente, me esfuerzo por mantenerme centrada y respiro hondo.
—Mírame, Sam —le pido. Me mira a los ojos—. Cuando alguien tiene preguntas, prefiero que vaya directo a la fuente. ¿Hay algo de mi pasado que quieras saber y que tu investigación no te haya dicho?
—No. —Niega con la cabeza—. No necesito saber de tu infancia con tu madre ni de tu pasado. No me tienes que contar nada de lo que no quieras hablar.
Veo en su rostro cómo debate si decir algo más o no. El miedo a lo que pueda salir de su boca me provoca escalofríos y me eriza el vello de la nuca. ¿Es Hannah Greer o es solo un policía cuyo trabajo le ha hecho sospechar de todos y pensar que está bien investigar a todas las mujeres que conoce?
Tras treinta segundos que parecen media hora, respira profundamente.
—Para concluir, me gusta la mujer en la que te has convertido y me gustaría compartir algo más que encuentros ocasionales contigo.
Has dejado claro que no es lo que quieres, pero me has pedido que sea sincero y esa es la verdad.
Me gustas, Elizabeth. Eres lista, divertida e independiente, y todo eso dentro de un envoltorio deslumbrante.
Creo que aquí hay algo más que buena química en la cama.
Sin embargo, si las opciones son tener algo casual o no tener nada, no te presionaré. Podemos seguir como hasta ahora.
Lo miro a los ojos en busca de rastros de deshonestidad, pero no veo ninguno. Está diciendo la verdad, estoy casi segura. Debería sentir alivio, pero eso significa que el enemigo es alguien a quien no conozco bien, o al menos ya no.
—Entiendo que hoy tengo que suplicarte tu perdón, y tal vez mañana y pasado también, porque la cagué. En grande. Pero, si quiero volver a ganarme tu confianza, debo ser claro con esto.
No estoy segura de que pueda recuperar mi confianza.
Tengo conflictos internos que nada tienen que ver con lo que él hizo y, para mí, la confianza es como un cristal: una vez roto, aunque vuelvas a pegar todos los fragmentos, nunca vuelve a ser igual.
En cierto sentido, podría entender por qué lo hizo.
Cielos, yo misma busqué en Google a algunos de los hombres con los que salí.
¿No es casi lo mismo? La diferencia es que yo no tenía acceso a la misma base de datos que él.
Sin embargo, dejando el problema de la confianza a un lado, es inevitable que las cosas se compliquen cuando dos personas quieren cosas diferentes en una relación. Pero... mi instinto me dice que lo mantenga cerca un poco más, aunque retenerlo esté mal.
—Necesito tiempo para pensarlo, Sam. Hemos llegado a un obstáculo que no sé si podré superar.
—Lo entiendo. Tómate todo el tiempo que necesites.
El resto de la noche transcurre sin mayores problemas. Cenamos y hablamos de política, del impacto que tiene en el departamento de policía y en la financiación escolar. En poco tiempo, el camarero trae la cuenta.
—Sé que te gusta dividir la cuenta, pero ¿me dejas pagar esta vez como parte de mi disculpa?
Niego con la cabeza y saco dos billetes de veinte dólares de mi cartera.
—Dejaré que pongas cinco dólares extra porque no tengo cambio, ¿qué te parece?
Él sonríe, saca su tarjeta American Express y la deja en la carpeta.
—Es un comienzo. Tomaré lo que pueda.
El camarero vuelve un minuto después y se marcha con la tarjeta. Mientras esperamos a que la devuelva, se enciende la pantalla del teléfono de Sam y vibra.
—Es mi jefe —dice al ver el mensaje—. Me recuerda que entregue el papeleo para mis vacaciones. Los que llevamos más tiempo podemos elegir antes que los nuevos. Siempre lo olvido.
—Mis vacaciones son cuando la universidad lo disponga.
—¿Cuánto dura el período de verano?
—Empieza a finales de julio, pero tengo un pequeño receso dentro de una semana.
—¿Tienes planes? Creo que podría tomarme unos días. Tal vez podríamos ir al Caribe o algo así y aprovechar para recuperar la confianza mientras bebemos margaritas. —Al ver mi expresión, levanta una mano—. Eso no cuenta como darte tiempo, olvídalo.
Le sonrío.
—De hecho, estuve pensando en ir a casa.
—¿A Luisiana?
—Sí, hace tiempo que no voy.
Cuando ya estamos afuera, camino hacia la esquina y paro un taxi.
—¿A tu casa o a la mía? —pregunta Sam.
—Creo que esta noche iré a casa sola.
—De acuerdo —acepta, a pesar de la decepción—. ¿Puedo llamarte en unos días?
—Claro —respondo con una sonrisa forzada.