Capítulo 7
Debería irme a casa, salir a correr o, al menos, ir al gimnasio.
Sin embargo, estoy en el salón de clases vacío, doblando y desdoblando el papel que llevo conmigo desde hace dos días.
Lo doblo hacia un lado y la información desaparece; no hay nombre ni correo electrónico.
Lo doblo hacia el otro lado y los números del teléfono de Ivy se convierten en dos líneas pequeñas.
Le doy la vuelta, lo lanzo al aire y lo dejo caer, pero es inevitable que lo recoja, porque ¿qué más puedo hacer?
Solo tengo una opción.
Me separo del escritorio, levanto el papel, me lo guardo en el bolsillo y tomo mi abrigo.
Una vez fuera, corro al primer tren que sale sin molestarme en ver a dónde va.
Da igual, cualquier lugar lejano servirá.
Las estaciones pasan volando y los neoyorquinos suben y bajan como ganado.
La luz parpadea, alguien pone la música demasiado fuerte y otra persona habla por teléfono en lo que creo que es francés.
Lo ignoro todo. Ser determinada es lo que me ha llevado hasta aquí.
Cuando llegamos a la duodécima estación, bajo del tren en cuanto se abren las puertas y salgo a la calle.
Entro en la tienda de la esquina para comprar un móvil cualquiera y lo pago en efectivo, ya que las tarjetas de crédito se pueden rastrear.
De vuelta en la calle, en el aire fresco y cálido de finales de primavera, saco el papel del bolsillo. Marco el número, presiono «Llamar» y miro alrededor. Hay mucha gente corriendo de un lado a otro, pero nadie está lo suficientemente cerca como para escucharme.
El teléfono suena dos veces antes de que una voz ligeramente familiar conteste. Ha cambiado un poco, se ha hecho más grave con los años.
«Hola, te comunicaste con Ivy Leighton, del Departamento de Servicios Familiares e Infantiles.
Si no es un asunto urgente, deja un mensaje y te devolveré la llamada lo antes posible.
Si es una emergencia, cuelga y llama al 911 o a la línea de emergencias de la Oficina de Protección Infantil: 337-555-0100».
El corazón se me encoge. No puedo dejar un mensaje.
Pero, cuando creo que la cinta está a punto de terminar y tendré que colgar para llamar más tarde, agrega: «También puedes comunicarte a mi teléfono personal», y dicta otro número.
Revuelvo mi bolso en busca de un bolígrafo para apuntarlo debajo de su número de trabajo.
En esta ocasión, en lugar de llamar, escribo un mensaje escueto:
Elizabeth: Llámame a este número desde un teléfono que no se pueda rastrear. —E
Y luego espero. Camino por la calle, compro un café en un puesto callejero y lo bebo mientras alterno entre mirar mi teléfono y mirar alrededor para asegurarme de que nadie me está observando.
También podría esforzarme un poco más en encontrar a Jocelyn.
La búsqueda en Google no sirvió de nada, pero tal vez Sam pueda investigar un poco y conseguir un número de teléfono.
La policía tiene acceso a ese tipo de cosas, ¿no?
Pero solo de pensarlo me entran náuseas.
Cuantas menos personas sepan lo que pasó, mejor.
Además, la dirección IP era de Luisiana, cerca de donde vive Ivy, y nunca escuché que Jocelyn volviera a la ciudad.
Tras veinte minutos de mente acelerada, tengo una revelación.
No sé por qué tardé tanto en pensar en esto, pero ¿y si Ivy no se da cuenta de que soy yo?
Hace veinte años que no hablamos. Tal vez piense que el mensaje es de algún loco cuyo nombre empieza con «E» y lo borre sin pensarlo.
Trabaja en protección infantil, por todos los cielos, se casó, tiene hijos.
Debe de tener miles de cosas más en mente.
Pero no, me reconocerá. Eso espero.
Corro al tren para volver a casa.
Yo sabría que es ella si recibiera un mensaje firmado con una «I».
***
Ya me he bebido una copa de pinot grigio cuando suena el teléfono con un tintineo extraño que me sobresalta, hasta que veo el móvil desechable. Reconocería el código de área en cualquier parte. Acepto la llamada y me lo llevo a la oreja.
—¿Hola?
—Elizabeth...
—Espera. —Las palabras quieren escapar de mi boca, pero primero tengo que estar segura—. ¿Es una línea segura?
—He tomado prestado el teléfono de mi suegra. Es casi una santa.
Se me baja un poco la presión arterial, pero bebo un trago de vino para subirla.
—¿Qué ha pasado? ¿Por qué...? —Hace una pausa—. ¿Por qué? Hicimos un pacto.
Otro trago de vino. Agradezco haber abierto una botella nueva. Controlo los nervios y le digo lo que tengo que decir.
—Alguien lo sabe. Además de nosotras.
—Alguien... —No termina la frase, y el silencio se vuelve pesado—. Es imposible, lo sabes. Solo éramos tú, yo y... Bueno, él sin duda no pudo decírselo a nadie. —Un niño grita de fondo y me recuerda que ella tiene una vida. Una vida que quiere proteger. No se lo hubiera dicho a nadie, ¿no?
—Hasta hace unas semanas habría dicho lo mismo.
—Le cuento la versión abreviada: que doy clases, que los estudiantes me entregaron los primeros capítulos de sus novelas y que Hannah Greer «casualmente» escribió la historia de Jocelyn, que sucedió hace tantos años, con los mismos detalles, incluido el pinzón amarillo.
Es exactamente igual. Palabra por palabra.
Busqué su dirección IP; con ella puedes ver desde dónde se envió un correo.
La ciudad es cercana al lugar donde vivíamos.
Más silencio.
Mi copa está vacía y mi mirada se dirige al refrigerador, donde está el resto de la botella.
—Creo que... —Ivy se detiene para aclararse la garganta—. Creo que tu imaginación está descontrolada. Los detalles no tienen por qué ser exactos. ¿Cómo puedes recordarlo todo después de más de veinte años?
—¿Tú te has olvidado de algo, Ivy?
—No, pero...
—No estoy imaginando nada. Incluso los nombres de los personajes coinciden. Ivy, señor Sawyer, Jocelyn... Todo. Alguien lo sabe.
—Pero es imposible. —Suspira al otro lado—. Espera un segundo. —Un niño vuelve a chillar, ahora más cerca. Se cierra una puerta y los ruidos de fondo se silencian—. Si algo nos enseñó el movimiento #MeToo es que casi todas las mujeres fueron acosadas, atacadas o...
—Esos capítulos van más allá. Tienen detalles. Muchos detalles.
—Pero... ¿Quién haría algo así después de veinte años? ¿Y por qué? ¿Y cómo pudo descubrirlo? No tiene sentido. ¿Por qué se inscribiría en tu clase para enviarte la historia? ¿Por qué no llamó a la policía?
Se me seca la boca. Sus preguntas tienen sentido y es probable que yo suene paranoica, pero ¿quién se tomaría tantas molestias?
Alguien busca venganza.
Las palabras resuenan en mi mente y me hacen jadear.
—¿Qué? ¿Qué ocurre?
—Nada. —Me levanto para ir a la cocina y sacar el vino del refrigerador. Escucho cómo gorgotea cuando lo sirvo en la copa mientras miro por la ventana, perdida en mis pensamientos. Estoy segura de que hay algo más, pero necesito convencer a Ivy.
—No es una coincidencia —afirmo, sin dejar de mirar por la ventana, aunque mi mente imagina otra cosa.
Algo pequeño que cabría en la palma de la mano y que mi amiga usó todos los días de su último año de escuela—.
Es la misma historia, Ivy. No es solo la fantasía del profesor y la estudiante que muchas personas deben de tener.
Te lo aseguro, tiene demasiados detalles.
Incluso... —Tomo aire—. Incluso el dije de plata...
Ahora es ella quien jadea.
—¿Santa Inés?
—Sí. —Me muerdo el labio—. Ivy…
—¿Qué? —responde con voz distante, como si estuviera procesando lo que he vivido las últimas semanas.
—¿Eres tú?
Un segundo de pausa.
—¡¿Qué?! ¿Por qué lo preguntarías? ¿Por qué te haría algo así? ¿Por qué nos lo haría a nosotras?
—Nadie más lo sabía. ¿Quién podría ser?
—¿Eres tú? —retruca.
—¡Claro que no!
—Entonces, ¿quién demonios es? —Su voz se agudiza, cargada de temor—. Tengo tanto que perder como tú. Tengo una familia, una vida, una carrera.
Presiono los labios y evito señalar que yo también tengo una vida y una carrera, y que mi vida no vale menos por no tener hijos.
—La prescripción no se aplica a... —Comienzo a recordarle por qué estoy tan alterada, lo que está en juego, pero no puedo terminar la idea.
—Santo Dios.
—Tenemos que pensar, Ivy. ¿Quién más estaba ahí?
—No lo sé. —Está enfadada y, aun por teléfono, sé que las lágrimas le recorren las mejillas. Ella fue la última persona que de verdad me importó, a la que de verdad quise, y me destroza el corazón hacerle daño.
—¿Qué hay de Wendell Unger? ¿Sigue en activo? —arriesgo.
—¿El comisario?
—Sí. Él investigó el caso. Tal vez descubrió algo que nosotras no sabemos.
—Ni siquiera ha vuelto a interrogarnos en estos veinte años. Directamente nos hubiese arrestado en lugar de fingir ser un estudiante. No tiene sentido.
Es cierto.
—¿Nunca se lo contaste a nadie? —indago.
Se produce un silencio, pero de los que significan algo. Me invade la ansiedad, acompañada de rabia. Prometimos y juramos que nunca se lo diríamos a nadie.
—¿A quién se lo dijiste? —Necesito que me responda—. ¿Con quién hablaste?
—Hablé con el padre Preston —dice con voz temblorosa—. ¡No le di detalles! Solo confesé mis pecados un año después.
—¿Estás bromeando? ¿Por qué lo hiciste, Ivy?
¡Nuestras vidas están en juego! —Presiono el teléfono con tanta fuerza que el plástico cruje; luego, le doy un golpe a la mesa, lo que hace que la copa se sacuda y se creen ondas en el vino.
Me levanto de nuevo y me pongo a caminar de un lado a otro—. ¿Qué le dijiste?
—¡Lo siento! No le di nombres ni detalles de lo que pasó. Solo le dije que una amiga había hecho algo malo y que yo la había ayudado a encubrirlo. Ni siquiera le dije por qué lo hicimos.
Me froto el rostro y me obligo a respirar para tranquilizarme. No le dio detalles, eso es bueno. Eso significa que, en realidad, no sabe nada, ¿o no?
—¿Mencionaste el dije de santa Inés, el nombre de Jocelyn o al señor Sawyer?
—No, claro que no.
—¿Cómo puedes estar tan segura? ¡Fue hace veinte años, Ivy!
—Porque fui cuidadosa. Y porque recuerdo todos los detalles de esa conversación. Te juro que no le dije nada concreto. No mencioné ni nombres ni lugares. Tampoco mencioné qué fue lo que encubrí.
Sus sollozos me rompen el corazón. No habría sobrevivido a ese día de no haber sido por ella. La arrastré a este desastre.
—Está bien, está bien. Ahora no hagas nada raro, como ir a ver al padre Preston y preguntarle al respecto. No hables con nadie, ¿de acuerdo? Yo… tengo que resolver esto.
—¿Qué vas a hacer?
—No lo sé, pero estaré en contacto.
Cuelgo, dejo el teléfono y lo observo. Supongo que le creo a Ivy, pero, si solo habló con una persona, un sacerdote que hizo el juramento sagrado de no revelar secretos de confesión y al que no le dio detalles, tiene que haber alguien más.
Como Sam, un hombre que estuvo hurgando en mi vida con disimulo. Tengo que investigar un poco más ese asunto. Y, además de él, la única persona sospechosa es la única que no me permití considerar capaz de hacer algo así. Pero tal vez deba hacerlo.
Le mentí a Ivy. No fue la única que le contó a alguien lo que pasó hace veinte años.