Capítulo 6
—Ay, Dios, suenas exactamente como ella.
Jocelyn cerró su casillero mientras se reía de la broma que Lucas acababa de contar.
No salían, pero habían tenido algo unas semanas antes.
A pesar de que la vida en casa de Lucas era peor que en la suya, él siempre parecía tener una sonrisa en el rostro.
Jocelyn valoraba eso más que la mayoría de las chicas de su edad, más preocupadas por las apariencias.
Para ella, Lucas tenía un atractivo no convencional: el cabello desgreñado, la nariz prominente y el cuerpo flacucho.
—Tengo que apurarme —dijo él—. Mi clase es en la otra punta y Dickson cierra la puerta si llegas un minuto tarde. Esta semana ya me han enviado a detención dos veces.
—Nos vemos después.
Jocelyn acababa de guardar sus libros cuando notó una presencia detrás de ella, justo antes de que una mano pesada se posara en su hombro. Sin verlo, supo quién era.
—Hola, Jocelyn.
—Hola, señor Sawyer.
Se dio la vuelta para mirarlo. Su presencia la hacía sentirse más tranquila y nerviosa al mismo tiempo. ¿Cómo era posible?
—¿Quién era ese? —preguntó él, señalando el pasillo.
—Lucas —respondió. El profesor guardó silencio, pero su mandíbula tensa hablaba a gritos. Esperaba más—. Es solo un amigo. —Un músculo palpitó en la mejilla del hombre—. Eh... Mi amiga se está viendo con él. La estaba buscando.
Con eso, la expresión del señor Sawyer se suavizó.
—Ocúpate de la escuela, no de los chicos.
—Eso hago.
—Bien. —Él sonrió—. ¿Cómo estás hoy?
Jocelyn sintió calidez por dentro, porque nunca nadie se había molestado en preguntarle cómo estaba.
—Estoy bien. —De repente, recordó cómo se había sentido al estar a solas con él en el salón de clases y bajó la vista hacia su camisa.
Una prenda planchada, almidonada, pulcra.
Verla la hizo darse cuenta de que debía esforzarse más, al ser consciente de que su ropa era de segunda mano y estaba un tanto desgastada.
—Bien. Tengo una tarea para ti.
Jocelyn no pudo evitar que la curiosidad la hiciera levantar la vista, llena de emoción. Pero enseguida temió decepcionarlo.
—De acuerdo —respondió con cautela.
—Me gustaría que escribieras un ensayo sobre cómo te hace sentir el alcoholismo de tu madre.
Cómo te hace sentir de verdad. —Hizo una pausa y lo pensó mejor—.
Vuelca tu corazón y tus emociones por completo.
Ve a lo importante, ¿de acuerdo? Quiero todas tus emociones, no dejes nada fuera.
—Volvió a tocarle el hombro y una descarga eléctrica recorrió el cuerpo de la adolescente. Le agradaba, no quería que se fuera.
Pero la mano se apartó en un instante y un aire frío llenó el espacio entre ambos. Entonces, el golpe de un casillero cercano la devolvió a la realidad.
—Sí, señor —balbuceó—. No dejaré nada fuera.
—Bien. Ahora ve a clase. Mantén un perfil bajo y no busques problemas.
***
Esa noche, Jocelyn dejó todo de lado, incluso la cena, para escribir.
Cada vez que se detenía, recordaba la mirada del señor Sawyer, cómo se le enrojecía la piel cada vez que la tocaba y cómo se le erizaba todo el vello del cuerpo.
Se obligó a concentrarse en volcar todas sus emociones en el papel y las palabras le salieron como nunca antes.
Al día siguiente, esperó a que terminaran las clases para ir a verlo. Tocó con cuidado y él abrió de inmediato, como si la hubiera estado esperando.
—¿Sí? —preguntó, estudiándola con ojos oscuros.
—Lo tengo —anunció, mostrando una pila de papeles engrapados—. El ensayo.
—Bien. —Se apartó de la puerta para dejarla pasar.
Jocelyn dio unos pasos y se detuvo al escuchar la traba de la puerta; un escalofrío le recorrió la espalda.
Sentía un alboroto en el estómago, pero esta vez no era por nervios, sino por excitación, aunque no entendía muy bien por qué.
Lo que sabía era que eso significaba que no los interrumpirían y que él solo tendría ojos para ella hasta que le dijera que se fuera.
El señor Sawyer se detuvo frente a ella, quizá demasiado cerca, y Jocelyn sintió calor. Era como estar bajo el sol, y quería tumbarse a disfrutarlo.
Levantó su trabajo entre los dos. Él lo miró, pero, en lugar de tomarlo, se dio la vuelta, se apoyó en el escritorio y la analizó.
Se sonrojó ante la intensidad de su mirada y, de repente, recordó todo lo que había escrito en esos papeles: verdades vergonzosas sobre sí misma.
¿Qué pensaría de ella después de leerlas?
Abrió la boca, decidida a decirle que tenía que editar el trabajo una última vez o que se había dado cuenta de que le faltaba algo.
—Ponte de rodillas, Jocelyn.
Se quedó helada. ¿Que se arrodillara?
—Bromea, ¿verdad? —preguntó con una risa nerviosa.
Pero no había ni una pizca de humor en el rostro de su profesor. Él se despegó del escritorio y, de pronto, le pareció más alto de lo que recordaba.
—No lo repetiré, señorita Burton. Cuando estés en esta clase para recibir mi ayuda, harás lo que yo te diga, ¿entendido?
—Eh, sip.
—Se dice «sí», no «sip».
—Sí.
—Sí, ¿qué?
—Sí, señor.
Él le sonrió y ella volvió a mirarlo a los ojos.
Sintió un escalofrío en la espalda, pero no de esos que dan cosquillas, sino de los que provocan una oleada de excitación que recorre el cuerpo.
Le gustaba cómo la miraba. Le gustaba ser el centro de su atención, como si tenerla fuera un honor del que no solía disfrutar.
—Muy bien. Ahora ve allí. —Señaló un punto en el suelo, junto a un escritorio—. Arrodíllate, mantén la mirada baja y lee tu ensayo en voz alta.
Estaba a punto de preguntarle otra vez por qué tenía que arrodillarse, pero él estaba serio y expectante, así que se tragó sus palabras. Al fin y al cabo, había ido a verlo, quería su ayuda y había accedido a escribir aquello, así que no podía echarse atrás.
Arrodillada, sintió el suelo frío. Se aclaró la garganta y siguió con la mirada las primeras palabras. ¿En verdad lo haría?
—El primer recuerdo que tengo de mi madre…
—comenzó y, de pronto, estaba haciéndolo: recordó cada momento que había volcado en ese ensayo y lo que había sentido.
Todas las noches que había llorado hasta quedarse dormida preguntándose si su madre estaría en casa cuando despertara, si seguiría viva o si se habría quitado la vida.
Sin darse cuenta, sollozaba mientras hablaba, con ríos cálidos que bajaban por sus mejillas y que, sin duda, estropearían el delineador que se había puesto solo para el señor Sawyer.
Finalmente, leyó las seis páginas completas. Al llegar a la última línea, contuvo un último sollozo, avergonzada por su propia debilidad, por no poder leer siquiera algo que ella misma había escrito sin llorar como un bebé.
El señor Sawyer permanecía inmóvil en el escritorio, observándola. Tenía un brillo en los ojos que le hizo pensar que le había gustado el ensayo, pero luego tensó la mandíbula.
—¿A dónde debería estar mirando, señorita Burton?
Ella bajó la vista al suelo, donde descansaban sus páginas bañadas en lágrimas.
—Eso estuvo muy bien —dijo él, y a ella se le aceleró el pulso. Pensaba que su trabajo era bueno—. Pero necesitas más disciplina. Mantente de rodillas, mirando el suelo.
Jocelyn esperó más instrucciones, pero no recibió ninguna.
No se atrevía a levantar la vista, pero escuchaba cómo se movía por el salón y ordenaba cosas en el escritorio.
Pasaron cinco minutos y luego diez, quince, veinte.
Le dolían las rodillas, le sudaban las manos y le ardía la garganta.
Sobre todo, quería estirar las piernas, conseguir solo un momento de alivio, pero se quedó donde estaba.
Quería complacer al señor Sawyer.
Tras un rato, aparecieron en su campo de visión unos zapatos de cuero brillante y aspecto costoso. Mucho mejores que los zapatos deportivos desgastados que ella llevaba puestos.
—Levántate, Jocelyn.
La joven obedeció, tambaleante, y una mano la tomó del codo para evitar que cayera. El señor Sawyer le tocó la mejilla con cuidado, pero ella dio un paso atrás, sorprendida. Luego, cuando le acarició la piel con el pulgar, se apoyó en él; se sentía bien, como si la admirara.
—Eres hermosa, Jocelyn, ¿lo sabes? —dijo. Ella no le creía, pero tampoco quería contradecirlo—. Estuviste muy bien hoy. Estoy muy feliz por tus esfuerzos.
—Gracias —respondió ella. Sentía que temblaba por dentro, ¿o también por fuera? Mierda, no quería que el profesor se diera cuenta. Sin embargo, él seguía con la mano en su mejilla; lo que fuera que viera, le gustaba. Y ella quería gustarle.
—Espero con ansias que esto se repita —dijo con voz suave. Jocelyn esperó, con la esperanza de que él dijera algo más, como cuándo lo repetirían. Sin embargo, él metió la mano en el bolsillo y sacó algo pequeño y brillante—. Tengo algo para ti.
—¿Para mí?
La voz del profesor se enfrió:
—No seas un loro, Jocelyn, sé tu propia voz.
—De acuerdo. —Ella no sabía lo que quería decir, pero no quería preguntárselo y parecer tonta.
—De acuerdo, ¿qué?
—De acuerdo, señor.
—Buena chica. —El señor Sawyer colocó un pequeño dije en la palma de su mano y le cerró los dedos alrededor—.
Puedes irte. —Se acercó a la puerta, la destrabó y la abrió para ella.
Pero, cuando estaba a punto de salir, le bloqueó el paso con un brazo—.
La próxima vez no cuestionarás mis instrucciones, ¿entendido?
—Sí —respondió Jocelyn. El profesor la miró hasta que se dio cuenta de lo que esperaba—. Sí, señor —agregó.
Entonces, él movió el brazo para dejarla pasar, pero la miró a los ojos una última vez.
—Bien, porque en el futuro desobedecer tendrá consecuencias, señorita Burton.