Alguien lo sabe Capítulo 5
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Capítulo 5

Ni siquiera me gustan las rosas.

Le arranco un pétalo a una de las flores mientras pienso si escribirle a Sam para decirle lo que opino sobre la originalidad de su regalo, que llegó hace tres días.

Pero eso implicaría responder a uno de sus cuatro mensajes de disculpas, y por el momento no estoy preparada para hacerlo.

Todavía no he superado que me investigara.

—Oye, ¿quieres ir por algo de comer? —El cinturón de Aiden tintinea mientras se lo coloca de camino a la sala. ¿O se llama Cayden? No estoy tan segura.

—No es necesario, puedes irte.

—Cielos, qué fría —se ríe—. No mentías cuando decías que solo querías un revolcón rápido.

—No mentía —respondo con una sonrisa cordial.

—¿Podré verte otra vez?

—Lo dudo. Pero gracias, la pasé bien.

Aiden, Cayden o como se llame niega con la cabeza, pero al menos no discute. Recoge su chaqueta de la silla y se dirige a la puerta.

—Cuídate, Emily.

No me molesto en corregirlo. Cuando se va, pongo el pasador en la puerta y lleno el hervidor con agua del grifo.

El insomnio ha vuelto. Hacía años que no tenía problemas para dormir, pero recuerdo los remedios que solía probar.

Llevo una semana tomando té de lavanda todas las noches; no es tan efectivo como mi cita de Tinder para aliviar la contractura del cuello, pero tal vez juntos por fin me permitan dormir bien.

El sueño me ha estado eludiendo desde que llegó ese capítulo misterioso hace diez días, y no ayuda no haber vuelto a saber de la estudiante que lo envió.

Mientras espero a que el agua hierva, arranco más pétalos de las rosas. A estas alturas, tres flores están totalmente peladas, pero dejo los tallos desnudos en el jarrón y los pétalos desperdigados por la encimera de la cocina. La nueva imagen es más interesante que la original.

Cuando el hervidor silba, preparo el té y concluyo que todavía no estoy tan cansada como para ir a la cama, así que abro el ordenador, tomo una pila de exámenes de Literatura que ya he calificado y me siento en el sofá para introducir los resultados en el sistema de la universidad.

La pantalla se enciende con la última página que abrí, la que estuve revisando toda la semana: mi bandeja de entrada.

No he recibido nada nuevo desde la última vez que la revisé, hace unas horas, o al menos eso parece hasta que la página se actualiza y, de repente, aparece un mensaje nuevo.

Es de Hannah Greer.

Mi corazón galopa con tanta fuerza que tengo que cerrar los ojos y tomar aire varias veces para tranquilizarme y poder abrirlo. Al hacerlo, creo que dejo de respirar por completo.

Profesora Davis:

Le pido disculpas por haber tardado tanto en responder, pero no había revisado esta bandeja de entrada hasta ahora. Supuse que cualquier comunicación me llegaría a través del correo que nos indicaron que utilizáramos, no a mi cuenta privada.

Adjunto el archivo original que había enviado. Hágame saber si tiene alguna dificultad para abrirlo esta vez.

Gracias,

Hannah Greer

Se trata de un mensaje inofensivo, una respuesta que podría enviar cualquier estudiante después de recibir un correo de su profesora.

Pero no es la respuesta que esperaba. Me sé de memoria los pasos necesarios para determinar la ubicación del remitente de un correo electrónico, así que voy directamente al encabezado, presiono «Responder» y selecciono «Mostrar original» para abrir todos los detalles del mensaje.

Al encontrar la dirección IP, la copio y la pego en otra ventana con el buscador de IP que guardé en los marcadores.

El mapa se abre de inmediato con un punto rojo en Estados Unidos.

Enseguida sé que no es de Nueva York porque el punto está muy al sur, pero tengo que agrandar el mapa para ver la ubicación exacta. Al hacerlo, se me para el corazón.

Saint James, Luisiana.

Un grito se forma en mis pulmones, así que trago con fuerza para contenerlo.

Saint James no queda lejos de Minton Parish.

Lo aumento otra vez para ver qué tan lejos está exactamente.

Aunque no hay marcas de escala, conozco los caminos y las ciudades de los alrededores, así que sé que no están a más de diez minutos en coche.

Trazo el camino con la mirada y me detengo en la ciudad en la que no quería volver a pensar jamás, pero otra ciudad llama mi atención: está a la misma distancia de Saint James, pero en la dirección opuesta.

Clarion . Ahí es donde la biografía de Ivy dice que vive.

Me muerdo el labio, pensativa, cuando veo un anuncio en la página.

Es de un servicio de VPN (red virtual privada).

Hace poco leí al respecto: por diez dólares al mes, cualquiera podría haberme enviado ese correo desde cualquier lugar del mundo y hacerlo parecer como si fuera de Luisiana.

La VPN establece una conexión digital entre un ordenador y un servidor remoto y oculta la dirección IP real.

Hacerlo es tan fácil como marcar una casilla y elegir una ciudad.

Por lo que sé, el remitente podría estar sentado en el apartamento de al lado.

O en Clarion, Luisiana.

O en la comisaría, a unas pocas calles.

Sam.

No dejo de pensar en él. Un investigador experimentado sabría cómo esconder cualquier cosa.

Y, al parecer, Sam siempre supo que era de Luisiana.

¿Formará parte de una investigación interestatal en la que el brazo de Nueva York apoya a los dos hombres del Departamento de Policía de Minton Parish?

Recuerdo el día en que nos conocimos. Estaba sola en el cine viendo Ciudadano Kane cuando él inició una conversación en el puesto de comida y pagó por mis palomitas.

Después de la película, me encontró de nuevo y me preguntó si quería tomar algo.

¿Me habría estado siguiendo? Llevamos tres meses viéndonos una vez a la semana y nunca mencionó haber visto otro clásico.

De hecho, la mayoría de las películas que dijo haber visto son todo lo contrario a películas antiguas en blanco y negro.

Parece aficionado a las películas de acción y ciencia ficción.

Observo la taza que tengo delante (un té que no me está calmando) y me levanto para vaciarla en el fregadero.

Situaciones como esta requieren whisky, así que me sirvo dos dedos en la taza, que sigue caliente, y bebo el líquido como si fuera medicina.

Quema al bajar por la garganta, pero me gusta la sensación.

El dolor y el placer son como la oscuridad y la luz: uno precede al otro.

Recuerdo que Jocelyn lo repetía una y otra vez cuando la encontré golpeada y ensangrentada.

Es increíble cómo resurgen los recuerdos cuando menos los esperas. Me sirvo más whisky, vuelvo a sentarme frente al ordenador y hago lo mejor que sé: tranquilizarme para no tomar decisiones precipitadas.

Ese capítulo fue solo una enorme coincidencia.

Apuesto a que, tristemente, que un profesor acose a una alumna no es nada raro. Incluso debe de haber un manual que detalla todos los pasos.

Paso 1: formar un vínculo. Encontrar intereses y pasatiempos en común; por ejemplo, escribir.

Paso 2: despojar de la dignidad y reducir al estado más vulnerable; hacer que se arrodille mientras lee en voz alta sus mayores temores es una buena estrategia.

Paso 3: satisfacer una necesidad, ofrecer consuelo.

Pasos 4, 5 y 6: aislar, controlar, iniciar siguiente nivel de abuso.

No es más que una enorme coincidencia macabra. Es el producto de la imaginación retorcida de alguien. Cuando lleguen los próximos capítulos, el camino de los personajes se desviará y me castigaré por haber sido tan paranoica y por todo el tiempo y la energía que perdí en algo que no existe.

Cierro los ojos y tomo aire. Solo es casualidad.

La historia, la ubicación del remitente, un detective que sabe más de lo que dice...

Todo es casualidad. Tras un tiempo, comienzo a sentirme un poco mejor, más tranquila, pero, de repente, suena una alerta en mi ordenador que indica la llegada de otro correo.

Cuando lo abro, toda la tranquilidad que había logrado se esfuma más rápido que el color de mi rostro.

Profesora Davis:

Le envío la siguiente entrega unos días antes, por si tiene problemas con el portal de estudiantes otra vez.

Espero que la historia le haya llamado la atención y que disfrute con su desarrollo.

Gracias,

Hannah Greer