Alguien lo sabe Capítulo 4
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Capítulo 4

Los jueves, después de clase, suelo ir al estudio de yoga que hay frente al campus, pero hoy no lo haré.

Tampoco salí a correr como acostumbro. Ya ha pasado casi una semana desde que le escribí ese correo a la estudiante que entregó el temible capítulo, y no puedo calmar la inquietud que me revuelve el estómago.

Pensé en llamar a Ivy. Ella, Jocelyn y yo éramos inseparables en su momento, como las tres mosqueteras.

Un trío de almas perdidas unidas por tener madres solteras y alcohólicas que nunca nos habían cuidado.

En el caso de Ivy, la suya además era drogadicta.

Nos contábamos todo, así que es difícil creer que hace veinte años que no hablamos.

Al menos sé dónde está Ivy, pero Jocelyn desapareció el mismo día que yo, hace veinte años.

Yo me fui al norte y ella al sur, a Florida, y eso fue lo último que supe de ella.

No estoy segura de si debería contactar con alguna de ellas.

¿Y si alguien intenta ponernos en evidencia y hacer que cometamos errores?

No, lo mejor es que me lo guarde por ahora.

Además, podría ser una simple coincidencia.

Una vez leí un artículo sobre gemelos idénticos separados al nacer que nunca se habían conocido, pero que se habían casado con mujeres que se llamaban igual y les habían puesto el mismo nombre a sus hijos y a sus perros.

No es imposible.

Eso me estuve repitiendo. Pero hoy tengo que investigar un poco más, aunque no lo haré desde mi ordenador, pues todo lo que hacemos en el mundo actual deja una huella digital y nunca se es demasiado precavido.

Mi mirada está alerta de camino a la biblioteca, observando rostro por rostro.

A la izquierda, tres chicos recién salidos del colegio juegan con un balón; a la derecha, una pelirroja se toca el cabello mientras mira embobada a un chico de hombros anchos que está sentado en un banco.

Él está demasiado ocupado mirando el trasero de cada mujer que pasa como para notarla.

Hasta hace una semana, no habría mirado ni un solo rostro, pero ahora todos son sospechosos.

Al llegar a la biblioteca, subo al segundo piso y mi corazón se acelera al acercarme a los cubículos con ordenadores de escritorio. Hay más de una docena disponibles para todos, pero solo uno está ocupado. Hoy en día todos tienen un iPad o una computadora portátil.

Elijo el ordenador que está más lejos de la bibliotecaria y echo un vistazo alrededor antes de acercar una silla. Tras comprobar que nadie parece prestarme atención, presiono la barra espaciadora para encender la pantalla y ponerme a trabajar.

Abro Google y escribo: «D-A-M-O-N S-A-W-Y-E-R».

Me tiembla la mano antes de presionar «Enter». Llevaba casi dos décadas sin pensar en ese nombre, hasta la semana pasada.

El primer resultado de la búsqueda es la página web de la funeraria Chapman e Hijos. «Obituario de Damon Sawyer». Ya lo he leído antes, cientos de veces, hace muchos años. Pero lo abro de todas formas.

Damon Sawyer murió trágicamente el 20 de mayo a la edad de treinta y nueve años.

Dejó atrás a su mujer, Candice, y a un hijo de siete años.

Damon nació y creció en Minton Parish. Después de graduarse en Educación Secundaria, volvió a casa para enseñar en la misma escuela en la que había estudiado.

Era un miembro muy apreciado de la comunidad educativa y ganó el premio al Maestro del Año en tres ocasiones, lo que evidencia lo mucho que se entregaba a sus estudiantes.

Lo mucho que se entregaba...

El resto de los resultados son más o menos familiares: algunas menciones a la secundaria Minton, un viejo artículo del Minton Herald y los resultados de un triatlón de hace veinticinco años.

Supongo que no se suma mucho más a tu historia en Google después de morir.

Sin embargo, al final de la página encuentro algo nuevo: otro obituario en la web de Chapman e Hijos. «Obituario de Candice Maynard-Sawyer».

Su esposa. Abro el enlace y veo que el obituario es de hace cinco meses.

Candice Maynard-Sawyer murió el 13 de diciembre a los cincuenta y ocho años.

Conoció al amor de su vida, Damon Sawyer, en la Universidad de Luisiana, y tuvieron un hijo.

Candice fue ministra de la Eucaristía durante más de treinta años y llevó la comunión a los miembros de la iglesia que no podían asistir a misa.

Tras luchar contra una enfermedad cardíaca durante un año, partió para reunirse con su amado esposo y con nuestro Padre en el cielo.

Amado. Qué ridículo.

La ansiedad que sentí al escribir el nombre de Damon se transformó de repente en rabia.

Me aflojo el cuello de la blusa. ¿Por qué hace tanto calor aquí?

Necesito aire fresco, así que cierro la página y guardo mis cosas, pero, cuando voy a levantarme, se me ocurre otra cosa.

Hay algunos nombres que hace mucho tiempo que no investigo, así que escribo: «I-V-Y L-E-I-G-H-T-O-N».

A diferencia del señor Sawyer, el nombre de Ivy arroja cientos de resultados; el primero es el del servicio de protección a menores de Minton Parish.

Hace unos años, tuve una extraña conversación lúcida con mi madre, quien mencionó que Ivy se había convertido en trabajadora social.

Qué irónico. La niña a la que solían retirar de su hogar ahora se dedica a llevarse a otros niños.

Dominada por la curiosidad, entro en la página web y me detengo al ver la fotografía de mi antigua mejor amiga.

Aunque la edad no le ha sentado muy bien, no hay duda de que es ella.

Tiene el mismo rostro redondeado, los ojos cansados, el cabello desaliñado y canoso y la misma sonrisa gruñona que revela el pequeño fragmento de diente que se rompió montando en bicicleta a los siete años.

Tras leer su biografía, me quedo observando su imagen durante un buen rato.

Vive en Clarion, bastante cerca del lugar en el que crecimos.

Al parecer, sigue trabajando allí. Pero no puede ser ella quien me envió ese capítulo, ¿verdad?

Es la única persona en el mundo que tiene tanto que perder como yo si se remueven los fantasmas del pasado.

Además, tiene cinco hijos, así que no creo que tenga tiempo para desenterrar muertos.

De todas formas, anoto su dirección de correo electrónico y su número de teléfono antes de cerrar la página.

Miro a mi alrededor antes de hacer otra búsqueda. La mujer que está en el otro ordenador no me presta atención y no hay nadie más por aquí.

Se me llenan los ojos de lágrimas al escribir el siguiente nombre: «J-O-C-E-L-Y-N B-U-R-T-O-N».

Hay más de diecisiete mil resultados. Añado «Florida», ya que fue allí donde se mudó después de dejar Luisiana, pero eso no reduce demasiado la búsqueda, así que dedico casi tres horas a revisar página tras página en busca de alguien que se le parezca. Pero no encuentro nada.

Me desplomo en la silla y suelto un suspiro. ¿Y ahora qué? Quiero contactar con Ivy y con Jocelyn, pero hicimos un pacto antes de que me fuera: no volver a hablar ni contarle a nadie lo que pasó. Jocelyn fue firme en que nunca volviéramos a cruzarnos y parece que se aseguró de que así fuera.

De pronto, mi móvil vibra. Es un mensaje de Sam. No he sabido nada de él desde que cancelé el encuentro de la semana pasada.

Sam: ¿Por casualidad estarás libre esta noche?

Mi primer impulso es decirle que no, pero luego miro la pantalla otra vez.

Diecisiete mil ciento cuarenta y ocho resultados para Joselyn Burton.

Tiene que haber una forma mejor de encontrarla, así como también a Hannah Greer.

¿Y quién mejor que un detective para guiarme?

Me muerdo el labio durante unos minutos antes de responder.

Elizabeth: Sí. ¿En mi casa o en la tuya?

***

Al final, me encuentro con Sam en un restaurante en lugar de en uno de nuestros apartamentos, como solemos hacer cuando nos vemos.

—Esto es agradable, ¿no crees? —dice sonriente mientras comemos—. Bueno, lo que hacemos siempre también está muy bien, pero me gusta sacarte de paseo. Deberíamos hacerlo más a menudo.

Mierda. Esto fue un error. Lo supe en cuanto sugirió que cenáramos juntos, pero no lo rechacé.

Parece un buen tipo; en los pocos meses que llevamos viéndonos no he detectado ni una sola señal de alerta.

Es un caballero en todos los sentidos, excepto en la cama, donde es agresivo, lo cual me gusta bastante.

Pero aprendí hace años que es mejor ser clara desde el principio sobre lo que espero de un hombre.

A la mayoría le encanta encontrar a una mujer que solo busca sexo, pero una vez que das el siguiente paso, es difícil dar marcha atrás sin herir a la otra persona.

Cuando terminamos, lo miro a los ojos.

—Me caes bien, Sam. Pareces un buen hombre, de verdad.

Él frunce el ceño.

—Siento que viene un «pero».

—Pero no estoy buscando una relación —concluyo con una sonrisa triste.

—Solo fue una cena.

—Lo sé. Pero quiero ser honesta contigo.

—¿Es por mí?

—No. —Niego con la cabeza—. Es por mí.

—No hablamos mucho de nuestras relaciones anteriores. ¿Te pasó algo que te hizo perder la fe?

¿Te refieres a un padre ausente, una sucesión de hombres que usaron a mi madre y un profesor que abusó de la confianza de mi mejor amiga?

Niego con la cabeza.

—No. Solo me gustan las cosas simples.

—Está bien. Si eso es lo que quieres. —Sam se pasa una mano por el pelo.

—Lo siento.

—Está bien —repite, intentando quitarle peso al momento con una sonrisa que, sin embargo, no llega a sus ojos—. La alternativa no está nada mal.

Unos minutos después, la camarera trae la cuenta. Sam saca su tarjeta de crédito y la mete en la carpeta de cuero.

Extiendo la mano.

—Si no te importa, me gustaría pagar la mitad. Te doy efectivo.

—¿De verdad? —Sam frunce el ceño—. ¿No puedes dejarme pagar una cena? ¿También quieres el recibo de los condones? Podríamos calcular cuánto cuesta cada uno, así dejas dinero en la mesilla de noche antes de irte.

—Lo siento. No quería ofenderte. Solo prefiero pagar lo mío.

Sam murmura algo entre dientes, lanza un par de billetes de veinte a la carpeta y saca su tarjeta.

—Como quieras. Está bien.

Abro mi cartera, cuento cincuenta dólares y, al sacar el dinero, cae algo que estaba escondido entre los billetes: un pedazo de papel. Flota hasta el suelo, más cerca de los pies de Sam, así que se agacha, lo recoge y me lo acerca por encima de la mesa.

—¿Luisiana? —dice.

—¿Qué? —Me quedo helada.

Él mira el papel donde escribí el número de teléfono de Ivy.

—El código de área. Es de Luisiana, ¿no? Mi excompañero se jubiló allí. Se mudó para estar cerca de su hijo, que fue a la universidad en Tulane y se quedó. Su código de área es 337.

—Sí, es de Luisiana. —Le arrebato el papel.

—Ahí naciste, ¿verdad?

Parpadeo varias veces. Jamás en la vida le habría dicho eso. No le digo a nadie de dónde soy.

—¿Cómo lo sabes?

Sam desvía la mirada y carraspea.

—Creo que me lo comentaste un día.

—Te aseguro que no te lo dije.

Sus hombros se desploman y también lo hace su cabeza. Sabe que descubrí la mentira.

—Yo... te busqué cuando empezamos a salir.

—¿Me buscaste? ¿Dónde?

—En el sistema. En el trabajo. Lo hago con todas las personas con las que salgo. Uno nunca es demasiado cuidadoso, especialmente en Nueva York.

—¿Me investigaste? —El corazón me empieza a latir con fuerza, no solo por la indignación de haber sido espiada, sino también por el miedo. ¿Y si encontró algo sobre lo que pasó?

—No fue una investigación, solo te pasé por el sistema. Ya sabes, para ver si tenías antecedentes o algo. El sistema también muestra las últimas direcciones conocidas, y decía que habías crecido en Luisiana. Me sorprendió; no tienes acento sureño.

Siento como si me hubieran arrancado la ropa a la fuerza y estuviera completamente desnuda. Debí haber sabido que no era buena idea salir con un detective. Por supuesto que me investigaría.

Me doy cuenta de que Sam supo de dónde soy durante los tres meses que llevamos viéndonos y aun así nunca mencionó que sabía que le había mentido al decir que era de Nueva York.

Me invade la paranoia y empiezo a recordar otras cosas: la vez que estábamos en su apartamento y fui al baño; cuando salí, tenía mi teléfono en la mano.

Dijo que lo había tomado por error, pensando que era el suyo. ¿Me mintió?

En otra ocasión, cuando se quedó a dormir, lo encontré en la sala, revisando el cajón de la mesa auxiliar. Dijo que buscaba el control remoto, pero estaba justo sobre la mesa de centro.

La camarera se acerca para recoger la cuenta, pero yo aún no he puesto mi parte, la sigo teniendo en la mano. Abro la carpeta de cuero y luego levanto la vista hacia Sam.

—Pensándolo bien… —Guardo los billetes de nuevo en mi bolso—. Puedes pagar toda la maldita cuenta.

—Elizabeth...

Sam sigue hablando, pero no me quedo a escucharlo. Ya de pie, avanzo a grandes pasos hacia la puerta del restaurante. Él me alcanza justo cuando levanto el brazo y un taxi se detiene en la acera.

—¡Elizabeth, espera!

—No, Sam. Me voy.

—Ven conmigo, hablemos de esto. No es para tanto.

Lo ignoro, subo al asiento trasero del taxi y cierro la puerta de un golpe.

—A la Veintidós y la Segunda, por favor —le digo al taxista.

Él me mira por el retrovisor.

—Ese tipo todavía le está hablando.

—Arranque, ya terminé de hablar con él.