Alguien lo sabe Capítulo 3
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Capítulo 3

Es un día radiante de primavera. El aire cálido corre entre los edificios de la universidad y las banderas azules y doradas de Pace ondean con el viento.

En otras circunstancias, iría por un café y me sentaría en un banco a disfrutar del sol o, tal vez, a terminar de corregir trabajos. Pero hoy tengo un solo objetivo.

La oficina principal está diseñada como una agencia estatal, con asientos para esperar, puestos numerados y personal que llama a los estudiantes.

Miro a mi alrededor en busca de alguien que me ayude.

Por supuesto, solo hay personal en dos de los doce puestos.

Reconozco a uno de los empleados, un chico de unos veintitantos años que no solo trabaja aquí, sino que también es estudiante.

Me sonríe al verme. He tratado con él en algunas ocasiones, cuando tuve problemas con los horarios o con mi cronograma de clases, y es de los que te sostienen la mirada durante demasiado tiempo y se acuerdan de tu nombre y de tu clase aunque no deberían.

Cada vez que hablo con él me hace algún cumplido, y eso es algo que hoy podría servirme.

Cuando termina con un estudiante, me acerco.

—Hola, Eric.

—Aaron —me corrige sin dejar de sonreír—. ¿Cómo estás, Elizabeth? Hace tiempo que no te veía por aquí.

Debería recordarle que soy la profesora Davis, no Elizabeth, pero solo sonrío.

—Claro, Aaron. Estoy bien, ¿y tú?

—No puedo quejarme —responde, y luego observa mi cabello—. Siempre quise preguntarte si ese es tu color natural. En general, el pelirrojo tiende a ser anaranjado, pero el tuyo es más como canela.

¿Quién le pregunta a una mujer si se tiñe el pelo? Un estudiante no lo haría, sin duda. Sin embargo, enrosco el cabello en mi dedo como una adolescente coqueta, porque hoy no puedo ser quisquillosa.

—Lo es, ¿te gusta?

—Es hermoso. —Él también se acerca—. Resalta tus ojos verdes.

Santo Dios. Es difícil no poner los ojos en blanco. Tengo que ir al grano.

—Escucha, Aaron, necesito ayuda. ¿Crees que podrías ayudarme?

—Por supuesto, lo que necesites.

Perfecto.

—Estoy teniendo problemas para comunicarme con una estudiante. No responde al correo institucional, así que me preguntaba si tendría otro correo electrónico registrado, un número de teléfono o una dirección. Tal vez otro medio de contacto.

—Eso es... —Baja la vista a sus manos y la vuelve a levantar, pero evita mirarme a los ojos—. Me temo que va en contra de nuestras políticas. No podemos facilitar esa información a nadie, ni siquiera a los profesores. Lo siento.

—Es muy importante —insisto en voz más baja—. Podría reprobar la materia si no consigo contactarla. Me sentiría terrible. Aaron...

—¿Sí? —Entonces, me mira a los ojos.

—Esta vez podríamos hacer una excepción, ¿no crees? Ayudarás a una compañera y le harás un favor a una amiga. ¿Qué dices?

—Bueno... De acuerdo. Pero no se lo digas a mi jefe.

—Ah, creí que tú estabas a cargo. —Le acerco un papel en el que escribí todo lo que sé sobre Hannah Greer—. Este es su nombre y su número de estudiante.

—Déjame ver… —Escribe, pulsa el ratón, luego toma el papel y escribe una dirección de Gmail—. Interesante —balbucea—. Debe de ser por eso por lo que no puedes comunicarte.

—¿Por qué? —Mis oídos se agudizan—. ¿Hay algún problema?

—No, pero es oyente, no está matriculada. Al parecer, solo está tomando tu clase.

Las alarmas se encienden en mi mente. Así que «Hannah» podría ser cualquiera; alguien que solo se ha inscrito a mi clase.

—Muchas gracias, Aaron, estoy en deuda contigo.

Me resulta más fácil respirar una vez fuera, pero no por mucho tiempo, ya que mis nervios vuelven a dispararse al mirar el papel.

Hannah Greer . Ahora tengo una cuenta de Gmail, aunque hubiera preferido una dirección.

Me detengo en el camino, perdida en mis pensamientos, mientras miro el papel, y de repente alguien me choca.

—Disculpe —dice el hombre. Es alto, lleva una chaqueta oscura y no deja de caminar mientras se disculpa.

Levanto la vista para verlo y me resulta familiar, pero hay cientos, miles de estudiantes aquí; no es de extrañar que reconozca a algunos.

Miro sobre el hombro y cruzo la calle deprisa hacia mi oficina, pero no puedo evitar mirar atrás otra vez después de cruzar.

El hombre de la chaqueta oscura se ha detenido.

Y está mirando en mi dirección. ¿Me estará mirando a mí?

¿Me chocó a propósito? ¿Él podría ser Hannah?

No, no, no. Estoy paranoica desde que leí ese maldito capítulo. Tiene que ser una coincidencia. Una muy grande, pero coincidencia al fin y al cabo. Tiene que serlo. Cuando descubra quién es la estudiante, lo sabré con certeza.

Una vez en mi oficina, me saco el abrigo y la bufanda, que dejo en un perchero, y luego cierro las persianas para bloquear el exterior, como si alguien quisiera espiar lo que estoy haciendo.

Me siento frente al ordenador y escribo la dirección de correo en el buscador de Google.

Gracias a mi investigación de esta mañana, ya sé que el nombre por sí solo arroja millones de resultados, ya que es bastante común.

Tal vez por eso lo eligió . Pero la cuenta de Gmail tampoco ayuda.

No tiene redes sociales asociadas ni imágenes.

Tras resoplar, frustrada, repito la búsqueda añadiendo el nombre de Hannah Greer a la dirección de correo, pero no obtengo ningún resultado. En ese momento, mi móvil vibra en el bolso, así que lo saco, molesta por la interrupción.

Sam.

Otra vez.

Tengo que cancelar la cita de esta noche, así que le contesto.

—Hola, Sam. —Observo el cactus diminuto que hay sobre mi escritorio, que se ha marchitado y ahora es un conjunto de espinas oscuras y muertas, lo que demuestra que no debería encargarme del cuidado de ninguna criatura viva.

—¡Hola! Perdón por interrumpirte, pero pensé que tal vez querrías venir a mi casa esta noche. Puedo prepararte la cena. Me han dicho que hago un pollo piccata increíble.

Sam y yo no tenemos esa clase de relación.

Es un buen hombre, un detective atractivo que, sin duda, algún día será un gran novio o marido para alguna mujer afortunada, pero no es lo que yo busco y se lo dejé claro desde el principio.

Y él estaba de acuerdo con nuestro arreglo.

Pero últimamente sospecho que quiere más.

—De hecho, creo que tengo que cancelar. Tengo mucho trabajo.

—Ah, está bien. Entonces podríamos vernos como siempre y dejar la cena para otra noche. —La puerta de un automóvil se cierra y silencia el ruido de la ciudad que se oía de fondo—. Anoche me asignaron un caso que me mantendrá ocupado por un tiempo una vez que llegue la autopsia mañana.

—¿Alguien ha muerto? —La palabra «autopsia» me deja helada.

—Sí. Estamos en Nueva York, en promedio hay más de un homicidio al día.

—Eso es... horrible —digo, y mi voz se agudiza una octava.

—Es triste, pero te acostumbras. Esta vez se trata de un hombre mayor que se involucró con una mujer joven.

—¿Qué ocurrió? —Mis ojos se abren de par en par.

—La sospechosa es su amante. No podemos encontrarla, pero nadie más tendría un motivo.

—¿Cuánto más joven es? —pregunto, tras contener el miedo.

—No te estará dando ideas, ¿no? —ríe Sam—. Como asesinar a un hombre mayor con el que duermes…

—Claro que no. —Intento darle un toque de humor y ligereza a mi voz, aunque por dentro me estoy hundiendo en un lugar oscuro. En este momento, nada de lo ocurrido en las últimas veinticuatro horas parece una coincidencia—. ¿Cómo probaría esa cena casera si lo hiciera?

—Podría prepararla en tu casa mientras terminas el trabajo. Tienes que tomarte un descanso para comer, ¿no?

Abro la boca para decirle que no, porque lo último que necesito es pasar tiempo con un detective, pero el trozo de papel sobre mi escritorio me da una idea.

—Oye, tengo una pregunta.

—Dime.

—¿Es posible rastrear una dirección de correo electrónico?

—¿Solo con la dirección o con un correo recibido?

—Con la dirección.

—Eso sería difícil. Se puede rastrear un correo electrónico hasta la ubicación probable del remitente a través de la dirección IP, siempre y cuando no utilice una VPN, pero necesitarás un correo recibido para eso. —Hace una pausa y luego me pregunta—: ¿Necesitas rastrear a alguien?

—No, solo me lo preguntaba. —Casi puedo oír su curiosidad al otro lado de la línea mientras mastico la punta de un bolígrafo—. Un estudiante de mi clase de escritura hizo que un personaje rastreara la ubicación de alguien usando la dirección de correo electrónico. No sabía si era verosímil.

—Ah, entiendo.

—Sam, alguien acaba de entrar en mi despacho, así que debo irme —miento—. Podríamos vernos la próxima semana, ¿qué te parece?

—Sí, de acuerdo.

—Buena suerte con tu... homicidio.

Después de colgar, la información que me dio sigue dando vueltas por mi mente. Quiero pensar en la mujer joven que asesinó a un hombre mayor, pero tengo que ocuparme de otras cosas.

Inicio un correo nuevo, escribo la dirección que Aaron me dio y elaboro una nueva mentira:

Hannah:

He recibido el capítulo que me enviaste por la plataforma de la universidad, pero no he podido abrirlo. Debe de ser un problema del sistema; suele suceder. ¿Podrías reenviármelo por correo? A esta dirección está bien.

Contemplo la pantalla un momento y presiono «Enviar». Y así comienza la espera de una respuesta.