Capítulo 2
Jocelyn miraba por la ventana a un pinzón amarillo que llevaba carne regurgitada para su nido lleno de polluelos.
Se suponía que la alimentación, el aseo y el afecto paternal eran algo innato, ¿no?
Sin embargo, esa mañana ella había despertado a su madre, le había preparado el desayuno y la había ayudado a ducharse.
Pero, claro, los pinzones no pueden ir a una licorería y comprar una botella de plástico de vodka que les haga olvidar su papel en la vida.
—Señorita Burton... —dijo el profesor de Literatura, deteniéndose frente a ella—. ¿Está con nosotros esta mañana?
Jocelyn pestañeó varias veces, sonrojándose, y se aclaró la garganta.
—Sí, lo siento.
El señor Sawyer dejó una pila de papeles grapados sobre su mesa (la tarea calificada) y esperó a que ella levantara la vista otra vez.
—La espero después de clase.
Genial. Perfecto.
Jocelyn le echó una última mirada al pinzón amarillo antes de volver su atención al frente de la clase.
Al hacerlo, su mirada se detuvo en el trasero del profesor que avanzaba por la fila entregando los trabajos.
No era culpa suya; el hombre tenía buen cuerpo, incluso mucho mejor que el de los chicos de su edad.
Se mordió el labio mientras pensaba en cuántas horas de ejercicio debía hacer para estar así de en forma.
El trasero firme y musculoso complementaba los hombros anchos, la cintura marcada y la sonrisa que contrastaba con la seriedad de su voz.
Su amiga Ivy se acercó y le susurró:
—Cierra la boca, estás babeando.
—Mentira. —Jocelyn entornó los ojos.
Ivy rio por lo bajo y dio la vuelta a su trabajo. «C-».
El señor Sawyer no le había dicho que pasara por su despacho después de clase...
Jocelyn creía haber hecho un buen trabajo, así que respiró hondo para prepararse antes de dar la vuelta a los papeles. En la primera página decía «A+», en tinta roja y dentro de un círculo generoso.
Vaya .
Ivy se asomó para espiar y puso los ojos en blanco.
Después de eso, Jocelyn logró prestar atención al resto de la clase y, al final, se acercó al escritorio del señor Sawyer. Él movió algunos papeles sin mirarla y señaló la primera fila de asientos.
—Siéntate.
Cuando todos los demás salieron, cerró la puerta y se apoyó en el escritorio. Jocelyn se enderezó un poco más en la silla.
—Dime —empezó, con los brazos cruzados sobre el pecho—, ¿te interesa estudiar escritura en la universidad?
—Ni siquiera sé si iré a la universidad. —Ella se encogió de hombros.
—¿Por qué no?
Jocelyn desvió la vista hacia la ventana. Ya no podía ver al pinzón, pero seguía en su mente. No quería decir que lo único que quería era conseguir un trabajo que le permitiera independizarse de su madre, así que no dijo nada.
—Jocelyn —dijo el profesor, y ella levantó la vista—, mírame cuando te hablo.
Asintió con la cabeza, pero el instinto la llevó a bajar la vista de nuevo. No era tan simple como sonaba, sobre todo cuando el señor Sawyer, su enamorado secreto, la miraba en silencio durante un minuto entero.
Finalmente, él sonrió.
—Gracias. Creo que eres una narradora excelente. ¿Disfrutas escribiendo?
Jocelyn asintió.
—Hable, señorita Burton, use su voz. No eres un muñeco cabezón.
—Sí —dijo, mirándolo a los ojos.
—Sí, ¿qué?
—Sí, disfruto escribiendo.
—Excelente. Cuéntame qué haces en tu tiempo libre. ¿Escribes por diversión? ¿Llevas un diario?
—No tengo un diario en el que escriba todos los días, pero tengo un cuaderno en el que me gusta escribir lo que se me ocurra.
—¿El cuaderno amarillo con una mariposa en la tapa que a veces usas en clase?
—Lo siento. —Jocelyn agachó la vista.
—No esperaba una disculpa. Los buenos escritores escriben cuando les llega la inspiración. Dime, ¿qué escribes en tu cuaderno?
—No sé, cosas. —Ella se encogió de hombros.
—¿Escribes sobre chicos?
—No mucho —respondió sonrojada.
—¿Tienes novio?
—No.
—¿Alguna vez has tenido?
—No he tenido uno del que merezca la pena escribir.
El profesor torció los labios.
—¿Escribes sobre tus amigos?
—No.
—Entonces preguntaré otra vez, señorita Burton. ¿Sobre qué escribes en tu diario si no es sobre novios o amigos?
—No lo sé. Supongo que escribo sobre todo lo que siento.
—¿Y qué es lo que sientes?
Las mejillas rosadas de Jocelyn se tornaron carmesí.
—Rabia.
—Bien, ya estamos llegando a algo. ¿Rabia por qué?
—Por mi madre. Es alcohólica.
—¿Y tu padre?
—Nunca lo conocí.
El señor Sawyer se frotó el labio inferior con el pulgar mientras la miraba.
Sus ojos, de un verde profundo e intenso, oscurecieron con el paso de los segundos.
Hacían que Jocelyn quisiera removerse en la silla, pero sabía que él la vería y, seguramente, también lo señalaría, así que decidió que lo mejor era quedarse quieta.
—La Universidad Williamsburg no está muy lejos y tiene un concurso de escritura creativa.
El primer puesto recibe una beca completa.
El segundo y el tercero reciben una beca parcial.
Puedo ayudarte a mejorar tu escritura. No lo hago con muchos estudiantes, pero creo que tú podrías ser especial.
Sin embargo, tienes que aprender a ser más disciplinada. Te distraes con facilidad.
—¿Y cómo lo hago? ¿Estudiando más?
—La disciplina no solo consiste en estudiar. —Los ojos del profesor se iluminaron—. También es aprender a controlarse. Por ejemplo, tú te mueves demasiado y sueles mirar por la ventana.
—¿Y cómo lo soluciono?
—Trabajaremos en eso. Si estás interesada en que te ayude, claro.
—Estoy interesada —afirmó Jocelyn de inmediato.
El rastro de una sonrisa curvó los labios del señor Sawyer, que señaló el fondo de la clase.
—Bien. Te veré aquí el viernes a las cuatro en punto.