Alguien lo sabe
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Capítulo 1
La fecha que aparece en la esquina superior del periódico me deja perpleja y hace que lo deje caer como si fuera una brasa caliente que me quema las manos. Aterriza entre un desparramo de historias en tinta y el hombre que está detrás del mostrador frunce el ceño.
—Lo siento —digo, mientras me inclino para intentar recolocar las hojas y devolverlas a la pila del New York Post antes de pasar al escaparate de revistas.
En la portada de Sports Illustrated hay un caballo de carreras.
Al señor Hank, mi antiguo casero, le gustaría verlo, así que tomo un ejemplar de la pila y voy a pagar a la caja.
Al salir de la tienda, decido caminar las quince calles que me separan del centro de vida asistida del señor Hank en lugar de tomar el metro, porque es un día hermoso y todavía tengo que detenerme a comprar donas.
Además, no quiero llegar sin antes haber aclarado mi mente, porque sufre demencia y lo último que necesita es que le transmita mi ansiedad.
Sin embargo, mi cabeza no deja de dar vueltas mientras camino; ni siquiera los pimpollos rosados de la magnolia del parque Union Square logran calmar la melancolía que se apodera de mi corazón.
Paso frente a High Note, el bar en el que conocí a Derek, el tipo con el que me veía antes de empezar a salir con Sam, y miro hacia dentro.
Derek era bombero. Veo a algunos hombres, que probablemente también sean bomberos y que parecen estar aquí la mayoría de las noches.
No quiero entrar, pero se me ocurre una idea: hay una forma de aflojar el nudo que siento en el cuello y liberar la tensión que me oprime.
Entonces, saco el teléfono del bolsillo y escribo un mensaje mientras camino.
Elizabeth: ¿Quieres salir esta noche?
«Salir» suena mucho mejor que «tener sexo hasta que ya no pueda pensar».
Pero correr siete kilómetros esta mañana no ha servido para despejar mi mente y, además, estoy segura de que a Sam no le importará.
Él siempre dio el primer paso para nuestros encuentros, y mencionó más de una vez que yo también podía escribirle.
Quince minutos más tarde, llego al centro de vida asistida Park Home. Aunque todavía no me siento bien, la respuesta entusiasta de Sam ayudó a calmar mis nervios. Sin embargo, tiene trabajo esta noche, así que no lo veré hasta mañana.
Después de registrarme, la enfermera del tercer piso pulsa el botón para abrir la puerta de acceso al área de atención de la memoria.
No tardo en encontrar al señor Hank, que se está riendo a carcajadas frente al televisor de la sala de esparcimiento.
Su risa alegre me levanta el ánimo más que cualquier otra cosa.
Me reconoce al instante y sus ojos destellan al verme.
—¡Elizabeth! Ven aquí, jovencita —dice.
La calidez de su recibimiento me emociona porque, a pesar de haber salvado mi vida cuando llegué a Nueva York (hace veinte años dentro de dos días), al hacerme un descuento en el alquiler y decirme dónde podía conseguir trabajo, a veces no recuerda quién soy.
Corro hacia él para darle un fuerte abrazo y entregarle la bolsa de donas de su vendedor ambulante preferido.
Son de chocolate, su sabor favorito, algo que nunca olvida.
—Ah, no era necesario.
—Pero quería hacerlo —respondo con una sonrisa, mientras le entrego la revista y el formulario de carreras que recogí de la casa de apuestas más temprano. No debería alentar su hábito, pero pensé que esto también podría gustarle.
El señor Hank ha apostado toda su vida, sobre todo en ponis.
Ahora ya no puede salir sin un asistente y se resiste a usar algo más que un teléfono fijo, pero de alguna forma logró descubrir cómo crearse una cuenta de FanDuel en su iPad para poder apostar diez dólares diarios en carreras de caballos.
—Eres demasiado buena para mí. —Saca una rosquilla de la bolsa y se relame—. Yo hacía rosquillas como estas, ¿sabes? Eran iguales, pero mejores, claro.
—Por supuesto —respondo con una sonrisa—. Su pastelería ganó el premio a las mejores rosquillas de la ciudad de Nueva York durante dieciocho años seguidos.
Toma un bocado y lo saborea con gusto.
—Fui el único del vecindario que siguió haciéndolas a mano después de que aparecieran las máquinas. —Come otro bocado y, esta vez, gime de felicidad mientras mastica.
Se lo ve bien hoy. Por fuera no parece muy diferente a como era hace veinte años, salvo por algunas arrugas más profundas.
Desearía haber apreciado lo especial que era cuando me mudé aquí.
Sí, sabía que me estaba ayudando y le di las gracias, un agradecimiento sincero, pero nunca sabes cuánto valoras a alguien hasta que ya no está.
Aunque él sigue aquí, claro. O la mayor parte de él.
—¿En qué calle estaba su pastelería? —le pregunto, a pesar de conocer la respuesta.
Sigue masticando hasta terminar el último bocado de la rosquilla y algo en sus ojos cambia. De repente, me mira a la cara y ladea la cabeza.
—¿Qué pastelería?
—Ah, no importa. ¿Qué tal la dona?
—Deliciosa. ¿Quieres una? Las hice yo mismo. Las amasé a mano, no a máquina.
En general, diría que no, pero no puedo rechazarla al ver la esperanza en sus ojos.
—Me encantaría. Gracias.
—¿Cómo van tus estudios, jovencita?
Le sonrío y le respondo que van bien, aunque hace quince años que soy profesora, no estudiante.
—Siempre supe que eras una buena chica, desde el día en que te conocí.
Mi corazón se encoge, porque era el único que pensaba eso en aquel entonces.
—¿Cómo están las cosas con Walter?
Cielos, la mente es un laberinto complejo.
Los recuerdos preciados se desvanecen como susurros en el viento, mientras que los hechos insignificantes se graban en la memoria.
Walter fue un idiota con el que salí un tiempo cuando llegué aquí, pero aprendí que lo mejor con el señor Hank es no contradecirlo y continuar con la conversación, así que le ofrezco una sonrisa forzada.
—Todo va bien.
Él emite un gruñido.
—Creo que sería mejor que salieras con hombres de tu edad. Los mayores tienen dobles intenciones.
Esta vez, mi sonrisa es genuina. Algunas cosas no han cambiado en dos décadas: Sam es diez años mayor que yo.
Cuarenta y cinco minutos después, es la hora de cenar del señor Hank. Me abraza para despedirse y me sumerjo en sus brazos, donde inhalo el aroma a donas de chocolate y a colonia Old Spice, su esencia característica. Cuando me alejo, me sujeta el brazo un momento más y me sonríe.
—Te quiero, niña.
—Yo también lo quiero —respondo, y le doy un beso en la mejilla.
***
Dos horas después, estoy sumergida en la bañera con una copa de vino, y el estrés que he sentido todo el día se disuelve como un terrón de azúcar en un té caliente.
Apenas recuerdo mi nombre, mucho menos la cita de hoy.
Debería haber hecho esto antes, tal vez así habría terminado el trabajo a tiempo.
Solo doy dos clases en la Universidad Pace en verano, pero una de ellas es un seminario anual a distancia de escritura de ficción que acaba de comenzar y que requiere mucho más tiempo que el curso de Literatura 101, que tiene dos encuentros presenciales a la semana.
Tengo que leer y criticar dos docenas de primeros capítulos.
Hace una década, cuando la universidad comenzó a ofrecerlo, fui la única que se postuló como docente y, si bien ahora me arrepiento, en ocasiones encuentro un diamante en bruto; un estudiante prometedor que hace que las horas extras merezcan la pena.
Mi iPad está sobre la alfombra del baño, así que me extiendo en la bañera para tomarlo junto con mis gafas de lectura.
Me gustaba más cuando los estudiantes entregaban sus trabajos en papel; era mucho más cómodo para la vista y para escribir notas marginales con bolígrafo rojo.
Pero a mis treinta y siete años soy un dinosaurio.
Abro la primera entrega y leo el capítulo. Está bastante bien escrito, pero no me atrapa, no me genera emoción por leer la página siguiente ni el libro completo. No creo que pulirlo lo convierta en un diamante, pero añado algunos comentarios y sugerencias para mejorar el ritmo y los envío.
Paso al siguiente archivo, bebo un trago de vino y me hundo un poco más en la bañera caliente.
La primera página contiene el nombre del documento: La hora de la verdad , de Hannah Greer.
El programa del curso sugiere que no intenten ponerle un título al libro hasta terminar el primer borrador, para poder captar así el verdadero espíritu de la novela.
Sin embargo, todos los años hay un estudiante que lo intenta de todas formas.
La siguiente página incluso tiene una dedicatoria; eso sí que es nuevo.
A quien haya hecho algo malo en las sombras y crea que nunca saldrá a la luz. Te equivocas. Se acerca la hora de la verdad.
Vaya, es oscura. Sin duda, ha llamado mi atención como lectora.
Al pasar la página, espero que siga el tono espeluznante, pero no es así.
En su lugar, continúa con un prólogo, un debate encantador sobre cómo madurar cuando la vida no es fácil.
Aunque no es lo que esperaba después de ese título y dedicatoria, es un comienzo potente.
Me da una idea inmediata del personaje: una mujer joven que duda de su propio valor cuando está a punto de salir al mundo.
Me identifico con eso. Hago un breve comentario, sugiriendo a la estudiante que describa la expresión de la protagonista en lugar de limitarse a decir que está triste.
Sigo leyendo. Se trata de una chica que está en el último año de secundaria y que ve a su profesor de un modo diferente al de sus compañeros. Suena como si le gustara. Está soñando despierta, mirando por la ventana a un pinzón amarillo…
Un pinzón amarillo.
Se me corta la respiración.
Se me acelera el corazón.
Cierro los ojos y logro tranquilizarme; incluso me río de mí misma. Estoy siendo ridícula, es solo un pájaro. Y todos los estudiantes de secundaria han mirado alguna vez por la ventana al soñar despiertos. Solo es paranoia.
Leo otro párrafo, uno más y, cuanto más leo, más consciente soy de que no puedo ignorarlo. Tengo la frente cubierta de sudor, a pesar de que el agua de la bañera ya se ha enfriado. Leo rápido hasta el final y trago saliva.
No es ficción.
Es una historia real.
Pero es imposible, ¿no? Tal vez solo sea una historia... similar.
Me seco la frente y me bebo de un trago la copa de vino. Después vuelvo al principio para leerla otra vez. Solo es un capítulo, pero los nombres y lo que hace el profesor es…
No es ficción, sin duda.
Y, aunque este es solo el comienzo de la historia, ya sé cómo termina. El señor Sawyer tiene una aventura con mi mejor amiga, Jocelyn, y termina muerto.
Porque yo lo maté. Y hoy se cumplen exactamente veinte años.