Alguien cercano Capítulo 11 Alguien demasiado cercano #3
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Capítulo 11 Alguien demasiado cercano #3

—Entonces ¿por qué pagaste en efectivo y pediste que borraran las imágenes?

Mateo miró hacia la pared.

—Estaba asustado.

El abogado se sentó.

—Esa explicación ya la estás utilizando para Clara, para el portátil, para el incendio y para tu fuga.

—Era verdad.

—Una persona puede entrar en pánico una vez. Tú pareces vivir permanentemente en estado de pánico.

Mateo apretó las manos.

—¿Qué recomienda?

—Aceptar un acuerdo.

—No.

—Podrías enfrentar dos procesos por homicidio, además de secuestro, fraude, incendio provocado, obstrucción y conspiración.

—Yo no secuestré a Samuel.

—Isabel dice que actuó bajo tus instrucciones.

—Está intentando salvarse.

—Tomás dice lo mismo.

—También intenta salvarse.

—Ernesto entregó un cuaderno con tus pagos. David tiene grabaciones. Clara dejó documentos y un audio. Todos señalan hacia ti.

Mateo se inclinó hacia delante.

—Porque Rivas les ofreció acuerdos.

—Todavía no existen acuerdos formales.

—Los habrá.

El abogado suspiró.

—¿Hay algo más que la policía pueda encontrar?

Mateo no respondió.

—Necesito saberlo antes que ellos.

—No.

—¿No hay nada o no vas a decírmelo?

Mateo miró hacia el cristal.

—Quiero hablar con Marta.

El abogado frunció el ceño.

—Eso no ocurrirá.

—Dígales que confesaré.

—¿Confesar qué?

—Todo.

—Entonces dímelo a mí.

—Solo hablaré con Marta.

—No puedes utilizar a la hermana de la víctima para negociar.

—No estoy negociando.

El abogado lo estudió durante varios segundos.

—¿Qué quieres de ella?

Mateo bajó la voz.

—Que escuche cómo ocurrió realmente.

Rivas rechazó la petición de inmediato.

—No hay ninguna razón para que usted se siente frente a él —dijo a Marta.

—Dice que confesará.

—Dice lo que necesita decir para acercarse.

—Puede grabar la conversación.

—No sabemos qué pretende hacer.

—Está esposado y rodeado de policías.

—No me preocupa únicamente que intente atacarla.

Marta comprendió.

—Quiere manipularme.

—Ha utilizado la culpa y el miedo durante años. Puede intentar hacerla responsable de su confesión, pedir perdón o convencerla de que Clara causó el enfrentamiento.

—No podrá convencerme.

—No subestime a una persona que mantuvo engañada a toda una familia durante años.

Marta observó el diario de Clara dentro de una bolsa de pruebas.

—Precisamente por eso quiero escucharlo.

—No necesita hacerlo.

—No se trata de lo que necesito.

—¿Entonces de qué?

—De Clara.

Rivas negó lentamente.

—Clara dejó suficientes pruebas. No necesita que usted termine su trabajo.

—No quiero terminarlo por ella. Quiero impedir que Mateo utilice su última oportunidad para construir otra mentira.

Elena permanecía junto a la puerta.

—Puede que Marta tenga razón —dijo.

Rivas la miró.

—No es una entrevista periodística.

—Lo sé. Pero Mateo piensa que todavía conoce a la familia mejor que ustedes. Si cree que puede controlar la conversación, quizá hable más de lo que debería.

—Eso también pone a Marta bajo una presión innecesaria.

—He estado bajo presión desde que encontré a mi hermana —respondió Marta—. Al menos esta vez podré mirarlo sabiendo la verdad.

Rivas guardó silencio.

Lucía se acercó.

—Podemos hacerlo con una separación física. Mateo esposado a la mesa, dos agentes en la sala y nosotros detrás del cristal.

—No —dijo Marta—. Si ve demasiados policías, hablará como si estuviera ante un tribunal.

—No estará sola.

—Un agente junto a la puerta. Nada más.

Rivas la observó con seriedad.

—En cuanto dé una señal, terminaremos la conversación.

—De acuerdo.

—No le entregue información sobre las pruebas que todavía no conoce.

—De acuerdo.

—Y no haga promesas sobre cargos, condenas o acuerdos.

—No quiero ofrecerle nada.

El detective respiró profundamente.

—La conversación será mañana por la mañana.

—No. Ahora.

—Marta…

—Mateo ha pasado toda su vida utilizando tiempo para cambiar las historias. No le dé otra noche.

Antes de entrar en la sala de entrevistas, Marta fue a buscar a Samuel.

El niño estaba en una oficina con Elena, dibujando la antigua casa. Había incluido la parte quemada del tejado, pero también había dibujado una luz encendida en el porche.

—Voy a hablar con Mateo —dijo Marta.

Samuel dejó el lápiz.

—¿Por qué?

—Dice que contará la verdad si habla conmigo.

—Está mintiendo.

—Puede ser.

—Entonces no vayas.

Marta se sentó a su lado.

—Hay preguntas que quizá solo responda cuando no pueda esconderse detrás de otras personas.

—Puede seguir escondiéndose detrás de palabras.

La frase la sorprendió.

—Tienes razón.

—¿Qué vas a preguntarle?

—Qué ocurrió con tu madre. Y con tu padre.

Samuel miró el dibujo.

—Pregúntale por qué siguió viniendo a casa.

Marta no había pensado en ello.

—¿Después de la muerte de tu padre?

—Sí.

—Creo que quería vigilar lo que Clara sabía.

—No solo venía por eso.

—¿Qué quieres decir?

—Hacía cosas normales.

—Lo sé.

—Comía con nosotros. Me llevaba a la escuela cuando mamá estaba enferma. Arregló el tejado.

Samuel apretó el lápiz.

—Pregúntale cómo podía hacer eso y después mirarnos sin decir la verdad.

Marta le tomó la mano.

—Se lo preguntaré.

—Y no le digas que lo perdono.

—No lo haré.

—Porque no lo perdono.

—Nadie va a obligarte.

—¿Tú lo perdonarás?

Marta miró hacia la puerta.

—No lo sé.

—No deberías.

—Perdonar no significa decir que lo que hizo estuvo bien.

—Pero puede hacer que él se sienta mejor.

—Mi decisión nunca tendrá como objetivo hacer sentir mejor a Mateo.

Samuel asintió.

—Vuelve pronto.

—Lo haré.

—No creas nada solo porque llore.

Marta le acarició el cabello.

—Tú tampoco tienes que ser fuerte todo el tiempo.

—No estoy siendo fuerte.

—Sí lo estás.

—Solo estoy enfadado.

—A veces la fuerza empieza así.

Mateo estaba sentado al otro lado de una mesa metálica.

Llevaba un uniforme de detenido y tenía una muñeca esposada a una barra fija. Los cortes de su rostro comenzaban a sanar. Sin su abrigo elegante, su teléfono y la seguridad que mostraba en reuniones familiares, parecía más pequeño.

Pero sus ojos seguían siendo los mismos.

Atentos.

Calculadores.

Buscando la primera debilidad que pudiera utilizar.

Marta entró y tomó asiento.

Un agente cerró la puerta y permaneció junto a ella.

Detrás del cristal, Rivas, Lucía y el abogado de Mateo observaban.

Durante unos segundos, ninguno habló.

Mateo fue el primero en romper el silencio.

—¿Cómo está Samuel?

—No tienes derecho a preguntar.

Él bajó la mirada.

—Me importa.

—Lo utilizaste para amenazar a Clara.

—Nunca habría permitido que le hicieran daño.

—Isabel lo secuestró por orden tuya.

—No le pedí que lo secuestrara.

—Le dijiste que recuperara las pruebas.

—Ella tomó esa decisión.

Marta sintió que la rabia comenzaba a crecer, pero recordó la advertencia de Samuel.

Mateo se escondía detrás de las palabras.

—Ya empezaste a culpar a otra persona —dijo.

Él levantó la vista.

—No vine a discutir.

—Tú pediste verme.

—Quería explicarte.

—No necesito una explicación del fraude. Tenemos los registros.

—No entiendes cómo empezó.

—Daniel creó Northpine para conseguir financiación.

Mateo pareció sorprendido.

—Encontramos el video.

—Entonces sabes que él también participó.

—Sé que intentó detenerte.

—Después de beneficiarse durante meses.

—Porque descubrió que utilizabas identidades y cuentas sin autorización.

Mateo se recostó en la silla.

—Daniel no era tan inocente como Clara creía.

—No estamos aquí para hablar de sus errores.

—Todo está relacionado.

—Habla de lo que hiciste tú.

Mateo apretó los labios.

—El negocio estaba a punto de cerrar. Daniel tenía miedo de perder la casa. Yo encontré una forma de conseguir dinero.

—Robando.

—Al principio eran préstamos internos.

—Utilizaste datos de otras personas.

—Sofía me los dio.

—Después de que la engañaras.

—Ella sabía lo que hacía.

Marta negó lentamente.

—Eso es lo único que tienes. Cada vez que cuentas la historia, alguien más eligió por ti.

—Todos tomaron decisiones.

—Tú también.

Mateo guardó silencio.

—¿Por qué querías hablar conmigo? —preguntó Marta.

—Porque Clara nunca te contó cómo era realmente el negocio.

—Clara me dejó su diario.

La expresión de Mateo cambió apenas.

—¿Lo leíste?

—Sí.

—Entonces también sabes que dudaba.

—Dudaba de ti.

—Dudaba de todos.

—Porque todos le mentían.

Mateo miró hacia el cristal.

—Clara creyó que podía entregar los documentos y conservar su vida igual que antes. No entendía lo que ocurriría.

—Irías a prisión.

—El negocio cerraría. Los empleados perderían sus trabajos. Samuel perdería su futuro.

—Otra vez Samuel.

—Era una realidad.

—No. Era la amenaza que utilizabas para que Clara guardara silencio.

—Intentaba hacerla pensar.

—Ella pensó. Y decidió denunciarte.

El rostro de Mateo se endureció.

—Siempre fue obstinada.

—Fue honesta.

—La honestidad no paga facturas.

—Tampoco justifica un asesinato.

Mateo apartó la vista.

—No fui a la casa para matarla.

—Fuiste por los documentos.

—Quería hablar.

—Llevabas años hablando.

—Aquella noche era diferente.

—Porque ya no te creía.

Mateo respiró lentamente.

—Cuando regresé, David acababa de salir.

—¿Lo viste?

—Su camioneta estaba al final de la calle.

—David dejó marcas en los brazos de Clara.

—Sí.

—Y tú pensaste que podrías culparlo.

—No sabía que la había sujetado.

—Pero viste las marcas.

—No las noté.

Marta lo observó.

—Dijiste que Clara ya estaba herida cuando llegaste.

Mateo no respondió.

—Después dijiste que cayó durante una discusión contigo.

—No recuerdo las palabras exactas.

—Yo sí.

Marta inclinó ligeramente la cabeza.

—“Clara intentó quitarme el teléfono. Perdió el equilibrio”.

—Eso fue lo que pensé que había ocurrido.

—¿Pensaste?

—Todo pasó muy rápido.

—No tan rápido como para impedir que arrastraras su cuerpo.

Mateo cerró los ojos.

—Escuché un automóvil.

—Marta estaba llegando.

—No sabía quién era.

—Entonces la escondiste.

—Entré en pánico.

—Y volviste por el ordenador.

—Sí.

—Clara te pidió ayuda.

Mateo abrió los ojos.

—No la escuché.

—La grabación demuestra que sí.

Él miró la mesa.

—Había ruido.

—Pronunció tu nombre.

—No lo recuerdo.

—Dijo “ayúdame”.

Mateo apretó la mano libre.

—Pensé que llegaría una ambulancia.

—No habías llamado a nadie.

—La persona del automóvil encontraría la puerta abierta.