Capítulo 11 Alguien demasiado cercano #4
—Esperabas que la encontrara después de que tú escaparas.
—Sí.
La respuesta salió casi en un susurro.
Marta sintió que algo dentro de ella se detenía.
Mateo acababa de admitirlo.
Había dejado la puerta abierta para que alguien encontrara a Clara, pero no antes de esconderla y recuperar las pruebas.
—¿Por qué la moviste bajo la escalera? —preguntó.
—Necesitaba tiempo.
—¿Para qué?
—Para encontrar la carpeta azul.
—¿Aunque ella muriera mientras la buscabas?
—No pensé que moriría.
—Estaba cubierta de sangre.
—Respiraba.
—Y te pidió ayuda.
Mateo golpeó suavemente la mesa con la mano.
—¡Ya dije que no comprendí lo que decía!
El agente junto a la puerta dio un paso.
Marta no se movió.
Mateo respiró profundamente, intentando recuperar el control.
—Lo siento.
—No me pidas perdón a mí.
—No te lo estoy pidiendo.
—Entonces ¿qué quieres?
Él la miró.
Por primera vez, Marta no vio seguridad en su rostro.
Vio cansancio.
No arrepentimiento.
Cansancio de haber perdido el control.
—Quiero que comprendas que no planeé matarla.
—¿Eso debería cambiar lo que ocurrió?
—No soy un asesino.
—Empujaste a Clara.
—Intenté detenerla.
—Con una mano sobre su hombro.
Mateo se quedó inmóvil.
—La grabación no muestra eso.
—Tú lo dijiste en el ático antes de incendiar la casa.
Él miró hacia el cristal.
Había olvidado que Marta escuchó parte de su confesión.
—La alcancé cuando corría hacia la escalera —continuó ella—. La sujetaste. Cayó.
—No la lancé.
—¿Qué diferencia buscas?
—No quería que muriera.
—Pero cuando pudiste salvarla, elegiste los documentos.
Mateo bajó la mirada.
Marta recordó la pregunta de Samuel.
—¿Por qué seguiste viniendo a la casa después de la muerte de Daniel?
Mateo levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué?
—Samuel quiere saberlo.
Él tragó saliva.
—Clara necesitaba ayuda.
—¿O querías vigilarla?
—Las dos cosas.
La sinceridad inesperada hizo que Marta permaneciera en silencio.
—Al principio iba para comprobar que Daniel no hubiera dejado pruebas —continuó Mateo—. Después…
Se detuvo.
—¿Después qué?
—Me acostumbré.
—¿A mentirnos?
—A estar allí.
—No eras parte de la familia.
—Ellos me trataban como si lo fuera.
—Porque confiaban en ti.
—Samuel era un niño. No tenía culpa de nada.
—Y aun así utilizaste su futuro para asustar a Clara.
—Quería que conservara la casa.
—Querías conservar tu libertad.
Mateo respiró profundamente.
—Cuidé de ellos durante cuatro años.
—Mientras robabas.
—También hice cosas buenas.
—Samuel lo recuerda.
Eso pareció afectarlo más que cualquier acusación.
—¿Qué dijo?
—Que le enseñaste a andar en bicicleta.
Mateo bajó la cabeza.
—Se cayó tres veces.
—Y tú corriste detrás de él.
—Clara tenía miedo de soltar la bicicleta.
—Samuel quiere saber si estabas fingiendo.
Mateo tardó en responder.
—No.
—Entonces ¿cómo podías volver al día siguiente y seguir ocultando lo que hiciste con Daniel?
—Porque no podía cambiarlo.
—Podías confesar.
—Habría perdido todo.
—Daniel perdió su vida.
—Fue un accidente.
—¿Lo golpeaste con tu automóvil?
Mateo guardó silencio.
—Tenemos las fotografías de la reparación —continuó Marta—. Encontraron pintura azul dentro de tu parachoques.
Su rostro perdió color.
—El taller no conservaba nada.
—Conservaba copias automáticas.
Mateo miró hacia el cristal.
—¿Lo golpeaste?
—Intenté obligarlo a detenerse.
—¿Por qué?
—Llevaba documentos de Northpine.
—¿Qué ocurrió después?
—No lo sé.
—Mientes.
—Su automóvil continuó avanzando.
—¿Lo seguiste?
Mateo apretó la mandíbula.
—Sí.
—¿Viste cuando salió de la carretera?
No respondió.
—¿Te detuviste?
—Sí.
Marta sintió que las lágrimas comenzaban a llenar sus ojos, pero no apartó la mirada.
—¿Daniel estaba vivo?
Mateo cerró los ojos.
—Sí.
Detrás del cristal, nadie se movió.
—¿Habló contigo?
—No podía salir del automóvil.
—¿Qué hiciste?
—Busqué los documentos.
Marta dejó escapar una respiración quebrada.
La historia se repetía.
Daniel herido.
Mateo buscando pruebas.
Clara herida.
Mateo buscando pruebas.
—¿Te pidió ayuda? —preguntó.
—No podía hablar bien.
—Pero estaba vivo.
—Sí.
—¿Llamaste a emergencias?
Mateo negó lentamente.
—¿Por qué?
—Mi automóvil estaba dañado. Los documentos estaban en el suelo. Si llegaba la policía…
—Descubrirían el fraude.
—Sí.
—Entonces lo dejaste.
Mateo abrió los ojos.
—Pensé que otro conductor pasaría.
—Igual que con Clara.
—No fue igual.
—Fue exactamente igual.
Marta se puso de pie.
—En ambos casos tuviste una elección. En ambos elegiste protegerte.
—Marta…
—No pronuncies mi nombre como si todavía me conocieras.
Mateo levantó la mirada.
—Dile a Samuel que lo siento.
—No.
—Por favor.
—No voy a convertir a un niño en el lugar donde escondas tu culpa.
Él permaneció inmóvil.
—¿Le dirás que no fingía? —preguntó—. Cuando estaba con él.
Marta pensó en Samuel, sentado en las escaleras, intentando comprender cómo una persona podía hacer algo bueno y después cometer algo terrible.
—Le diré la verdad —respondió—. Que pudiste sentir cariño y aun así elegiste traicionarlo. Una cosa no borra la otra.
Mateo cerró los ojos.
—Clara tenía razón —dijo.
Marta se detuvo junto a la puerta.
—¿Sobre qué?
—Siempre decía que llegaría un día en que ya no podría culpar a nadie más.
Marta sostuvo su mirada.
—Ese día llegó antes de que muriera. Tú solo tardaste más en aceptarlo.
Golpeó la puerta.
El agente la abrió.
Antes de salir, escuchó la voz de Mateo detrás de ella.
—No planeé matarla.
Marta se volvió una última vez.
—Pero elegiste dejarla morir.
La puerta se cerró entre ambos.
Rivas esperaba en el pasillo.
—Consiguió una confesión sobre Daniel —dijo.
Marta se apoyó contra la pared.
Las piernas le temblaban.
Durante la conversación había mantenido el dolor bajo control. Ahora regresaba con una fuerza insoportable.
Daniel había estado vivo después del accidente.
Mateo pudo ayudarlo.
Clara había estado viva después de la caída.
Mateo pudo ayudarla.
Dos veces encontró a una persona herida.
Dos veces eligió el silencio.
Lucía se acercó.
—¿Quiere sentarse?
Marta negó con la cabeza.
—Necesito ver a Samuel.
—Antes debe saber algo —dijo Rivas—. La confesión sobre Daniel puede cambiar los cargos. Mateo admitió haber provocado el contacto entre los vehículos, haberlo seguido y haberlo abandonado con vida.
—¿Eso basta?
—Junto con las pruebas físicas y el testimonio del mecánico, es suficiente para presentar el caso ante la fiscalía.
—¿Y Clara?
—Admitió que la sujetó antes de la caída, que la escondió y que retrasó deliberadamente la ayuda. Con el audio, los documentos y el incendio, la defensa tendrá muchas dificultades para sostener que solo fue un accidente.
Marta cerró los ojos.
—No quiero que Samuel tenga que declarar.
—Intentaremos evitarlo.
—Él escuchó a Isabel. Sabe cosas.
—Podemos utilizar las grabaciones, los registros y las declaraciones de otros adultos. Protegerlo será una prioridad.
Marta miró a través del cristal.
Mateo continuaba sentado frente a la mesa, con la cabeza baja.
—Durante años pensé que el peligro venía de alguien que odiaba a Clara —dijo—. Ernesto, un ladrón, una persona del negocio…
—Pero venía de alguien a quien ella quería.
—Eso es lo que hace que todo duela más.
Rivas asintió.
—Los extraños pueden hacernos daño. Pero una traición necesita cercanía.
Marta pensó en la última palabra de Clara.