Alguien cercano Capítulo 11 Alguien demasiado cercano
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Capítulo 11 Alguien demasiado cercano

A la mañana siguiente, Oakhaven despertó bajo un cielo despejado.

La tormenta había terminado, pero la nieve seguía cubriendo las calles, los tejados y los árboles. Desde lejos, la ciudad parecía tranquila. Solo las marcas negras alrededor de la ventana del ático recordaban que la casa de Clara había estado a punto de desaparecer entre las llamas.

Marta observaba la vivienda desde el otro lado de la cinta policial.

La parte superior del tejado se encontraba cubierta por una lona. Varias ventanas habían quedado abiertas para expulsar el humo y una de las paredes mostraba manchas oscuras. Los bomberos habían conseguido salvar la estructura, pero el olor a madera quemada podía percibirse desde la calle.

Samuel estaba junto a ella.

Llevaba el abrigo cerrado hasta el cuello y sostenía en una mano la carta que Clara había dejado dentro del pasamanos. La había leído tantas veces que el papel comenzaba a doblarse por los bordes.

—¿Podremos volver a vivir aquí? —preguntó.

Marta no quiso mentirle.

—No lo sé.

—¿Y mis cosas?

—Algunas se salvaron.

—¿La maqueta?

Marta recordó las pequeñas casas de madera destrozadas sobre el suelo de su habitación.

—Tendremos que revisar qué partes pueden repararse.

Samuel miró la ventana del segundo piso.

—Mateo la rompió.

—Sí.

—No hablo de la maqueta.

Marta volvió la cabeza hacia él.

El niño observaba la casa con una seriedad que no correspondía a sus once años.

—Rompió todo —continuó—. La casa, el negocio, la familia…

—No pudo romperlo todo.

—Mamá no va a volver.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire frío.

Marta se inclinó para quedar a su altura.

—No. Tu mamá no va a volver.

Samuel bajó la mirada.

—Entonces sí ganó una parte.

Marta buscó una respuesta que no sonara vacía.

—Mateo nos quitó algo que nunca podrá devolver. Pero no consiguió borrar lo que tu madre hizo, lo que enseñó ni el amor que dejó en nosotros.

—Eso no parece suficiente.

—Hoy no.

—¿Algún día lo será?

Marta miró hacia la ventana quemada.

—No reemplazará a tu madre. Pero algún día los recuerdos no dolerán de la misma manera.

Samuel guardó la carta dentro de su abrigo.

—No quiero olvidar cómo hablaba.

—No la olvidarás.

—Ya no recuerdo la última cosa que me dijo antes de dejarme en casa de Daniel.

Marta le tomó una mano.

—Eso puede pasar cuando estamos sufriendo. Tu mente intenta guardar demasiadas cosas al mismo tiempo.

—¿Y si empiezo a olvidar más?

—Entonces recordaremos juntos.

Samuel asintió, aunque no parecía convencido.

Un vehículo se detuvo junto a la acera. Lucía Torres bajó con una carpeta bajo el brazo. La herida de su frente estaba cubierta por una pequeña venda.

—El detective Rivas las está esperando en la comisaría —dijo.

—¿Encontraron qué significa AC-17? —preguntó Marta.

Lucía miró a Samuel antes de responder.

—Creemos que sí.

El niño dio un paso hacia ella.

—¿Es otra persona?

—No exactamente.

—Mateo dijo que había alguien más.

—Mateo ha dicho muchas cosas para confundirnos.

Samuel apretó la mandíbula.

—Entonces volvió a mentir.

—Eso parece.

Lucía abrió la puerta trasera del vehículo.

—Pero necesitamos revisar toda la información antes de llegar a una conclusión definitiva.

Samuel soltó un suspiro.

—Los policías siempre dicen eso.

Por primera vez desde el incendio, Lucía sonrió ligeramente.

—Y los niños inteligentes siempre se cansan de escucharlo.

En la comisaría, el código AC-17 ocupaba el centro de una pantalla.

Elena Ruiz había pasado toda la noche revisando documentos junto al equipo financiero. Había círculos oscuros bajo sus ojos y una pila de vasos de café vacíos junto al ordenador.

Rivas esperaba al otro lado de la mesa.

—El código aparece en treinta y siete transferencias —explicó—. Todas terminaban en la cuenta fiduciaria que creíamos perteneciente a un segundo beneficiario.

—¿Y no pertenece a otra persona? —preguntó Marta.

—No.

Elena abrió un documento antiguo.

—AC no son las iniciales de un nombre. Significa “Acceso de Contingencia”.

—¿Qué es eso?

—Un perfil de emergencia creado cuando Daniel y Mateo fundaron Northpine —respondió Rivas—. Permitía mover dinero si las cuentas principales quedaban bloqueadas.

—¿Y el diecisiete?

—Era el número del dispositivo de seguridad asignado al perfil.

Marta observó la pantalla.

—Entonces alguien utilizaba ese dispositivo.

Lucía colocó una pequeña fotografía sobre la mesa.

Mostraba un aparato rectangular parecido a una memoria USB, con una pantalla diminuta y varios números.

—Cada vez que alguien autorizaba una transferencia, el dispositivo generaba un código temporal —dijo—. Sin él, las operaciones no podían aprobarse.

—¿Quién lo tenía?

Rivas abrió otro archivo.

—Originalmente estaba registrado a nombre de Daniel.

Samuel, sentado junto a Marta, levantó la cabeza.

—Entonces pertenecía a mi papá.

—Al principio, sí.

—¿Y después?

El detective miró a Marta.

—Tres semanas antes de la muerte de Daniel, el dispositivo fue reasignado.

—¿A quién?

Rivas giró el documento.

Al final de la página aparecía una firma.

Mateo Álvarez.

Marta la observó en silencio.

—¿La firma es auténtica? —preguntó.

—Sí —respondió Lucía—. El laboratorio la comparó con documentos oficiales.

Elena señaló una fecha.

—Mateo tuvo control de AC-17 antes de que Daniel muriera. Continuó utilizándolo después, pero hizo que las transferencias parecieran autorizadas por otras personas.

—Por Clara —dijo Marta.

—Y por Daniel, incluso después de su muerte.

Samuel se levantó de la silla.

—Utilizó el nombre de mi papá cuando ya estaba muerto.

Nadie respondió inmediatamente.

—¿Por qué? —preguntó el niño.

Rivas mantuvo la voz tranquila.

—Porque las transferencias realizadas con el perfil de Daniel parecían antiguas o relacionadas con acuerdos anteriores. Eso hacía más difícil que alguien sospechara de Mateo.

—Pero mamá sospechó.

—Sí.

Samuel miró hacia la pantalla.

—Por eso la mató.

Marta le puso una mano sobre el hombro.

—La investigación todavía tiene que demostrar todo lo ocurrido.

El niño se volvió hacia ella.

—Escuchamos la grabación.

—Lo sé.

—La empujó y no la ayudó.

—Sí.

—Entonces ya está demostrado.

La voz de Samuel comenzó a temblar.

—¿Por qué todos hablan como si todavía pudiera no haberlo hecho?

Rivas se acercó lentamente.

—Porque demostrar que una persona causó una muerte no es lo mismo que demostrar exactamente qué delito cometió.

—No entiendo.

—El abogado de Mateo puede decir que la caída fue accidental. Puede asegurar que él solo intentaba quitarle la carpeta y que nunca quiso empujarla.

—Pero la dejó morir.

—Y eso también es un delito grave.

—¿Entonces puede decir que fue un accidente y recibir menos castigo?

El detective no quiso engañarlo.

—Su abogado puede intentarlo.

Samuel se apartó de la mesa.

—Eso no es justo.

—No —dijo Marta—. No lo es.

—Mamá dijo que la justicia siempre encontraba la verdad.

Marta sintió un dolor profundo al escuchar la frase.

—La justicia necesita que las personas luchen por esa verdad. Eso es lo que estamos haciendo.

Samuel miró a Rivas.

—Entonces no permitan que vuelva a mentir.

Salió de la sala antes de que Marta pudiera detenerlo.

Lucía fue tras él.

Marta permaneció de pie junto a la mesa, observando la puerta cerrada.

—Está perdiendo la confianza en todo —dijo.

—No es extraño —respondió Elena—. Las personas en quienes confiaba le ocultaron la verdad.

—Yo también.

—Intentaste protegerlo.

—Clara pensó lo mismo.

Rivas cerró el archivo de AC-17.

—Ocultar información para proteger a un niño no es lo mismo que utilizarlo para cometer un fraude.

—Para Samuel, ahora mismo todo silencio parece una mentira.

Marta se sentó.

—¿AC-17 demuestra que Mateo era el beneficiario principal?

—Demuestra que controlaba el acceso —respondió Rivas—. También encontramos la conexión con la cuenta final.

Elena abrió el registro de una empresa llamada Álvarez Capital Holdings.

—AC también formaba parte del nombre de esta compañía. Mateo la registró en Delaware utilizando un representante legal. Después colocó las acciones dentro de un fideicomiso.

—¿Quién figuraba como beneficiario?

—Durante cuatro años, nadie podía consultarlo públicamente. Pero los documentos de Clara contenían el acuerdo original.

Elena giró la pantalla.

El beneficiario único era Mateo Álvarez.

Marta dejó escapar el aire lentamente.

—Nunca hubo otra persona.

—Hubo cómplices —dijo Rivas—. Pero no otro propietario.

—Entonces, cuando Mateo dijo que faltaba alguien…

—Intentaba sembrar una duda.

—Quería que sospecháramos de otra persona cercana a Clara.

—Exacto.

Marta pensó en todos los nombres que habían aparecido durante la investigación.

David.

Ernesto.

Tomás.

Isabel.

Incluso Daniel.

Cada vez que las pruebas se acercaban a Mateo, él señalaba hacia otra persona. Siempre encontraba una culpa ajena que utilizar.

—¿Por qué mencionó a alguien cercano a la familia? —preguntó Marta.

Elena abrió una lista de accesos al sistema.

—Porque la mayoría de los datos utilizados para falsificar la identidad de Clara procedían de ordenadores de su casa.

—¿Alguien entraba sin que ella lo supiera?

—No era necesario.

—No entiendo.

—Mateo configuró el sistema informático de la familia después de la muerte de Daniel. Instaló programas, recuperó archivos y creó copias de seguridad.

Marta recordó haberlo visto trabajando durante horas en el despacho de Clara. Todos lo habían agradecido. Daniel acababa de morir y Clara no sabía cómo acceder a varias cuentas.

Mateo había aparecido con respuestas para cada problema.

—Tenía acceso desde el principio —dijo.

—Sí —respondió Elena—. No necesitaba una persona dentro de la familia. Él era la persona dentro de la familia.

Alguien demasiado cercano.

Marta cerró los ojos.

La explicación era sencilla.

Tan sencilla que resultaba dolorosa.

Durante años habían buscado señales de un intruso, cuando el intruso se sentaba a su mesa, conocía el código de la alarma y ayudaba a Samuel con sus tareas.

—Daniel intentó quitarle ese acceso —dijo Rivas—. Encontramos una solicitud enviada al banco la mañana del accidente.

Colocó una copia frente a Marta.