Alguien cercano Capítulo 10 La sombra del ático #4
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Capítulo 10 La sombra del ático #4

La voz de Clara era débil, casi irreconocible.

—Ayúdame…

Mateo no respondió.

Se oyó el sonido de madera arrastrándose y una puerta pequeña abriéndose.

Había movido a Clara hacia el espacio bajo la escalera.

Después regresó al ático.

La grabación terminó.

Nadie habló.

Samuel escondió el rostro contra el pecho de Marta.

Ella lo abrazó y miró hacia el automóvil policial donde Mateo permanecía sentado, esposado, con la cabeza baja.

Había pasado días construyendo historias.

Había culpado al miedo, a Tomás, a Daniel y a las circunstancias.

Pero la voz de Clara había registrado la verdad.

Mateo tuvo una elección.

Pudo llamar a emergencias.

Pudo intentar salvarla.

Pudo quedarse.

En lugar de hacerlo, ocultó su cuerpo y regresó por las pruebas.

Rivas guardó la memoria.

—Esto bastará para acusarlo formalmente.

—¿De la muerte de Daniel también? —preguntó Marta.

—Los nuevos documentos permitirán reabrir el caso. Pero todavía necesitamos reconstruir lo ocurrido aquella noche.

Samuel levantó la cabeza.

—Mateo mató a los dos.

Rivas se agachó frente al niño.

—Sabemos lo que le hizo a tu madre. Sobre tu padre, encontraremos cada prueba que exista.

Samuel miró el vehículo policial.

—Él venía a nuestra casa después de que papá murió.

—Lo sé —dijo Marta.

—Se sentaba en su silla.

—Sí.

—Me decía que cuidaría de nosotros.

Marta sintió que el dolor del niño no cabía en ninguna respuesta.

—Te engañó —dijo—. Pero el cariño que tú le diste no fue un error. El error fue suyo por utilizarlo.

Samuel apretó la carta de Clara.

—No quiero volver a confiar en nadie.

Marta le sostuvo la mano.

—No tienes que hacerlo hoy.

—¿Y mañana?

—Mañana daremos un paso.

—¿Y después?

—Otro.

El niño miró la casa.

—Como mamá en el lago.

Marta asintió.

—Exactamente.

Mateo fue llevado a la comisaría poco antes de medianoche.

No pidió un abogado hasta que Rivas colocó frente a él una copia de la grabación.

Cuando escuchó la voz de Clara pidiendo ayuda, cerró los ojos.

—No sabía que estaba grabando.

—Ese parece ser el único detalle que lamenta —respondió Rivas.

Mateo no levantó la cabeza.

—Fue un accidente.

—El empujón puede discutirse ante un tribunal. Lo que hizo después no.

—Entré en pánico.

—La arrastró bajo la escalera.

—Escuché un automóvil.

—Era Marta.

—Pensé que podía encontrarla.

—Eso esperaba.

Mateo apretó las manos esposadas.

—No quería que muriera.

—Pero aceptó que podía morir mientras usted buscaba el portátil.

—No fue así.

Rivas reprodujo nuevamente el final de la grabación.

La voz de Clara llenó la sala.

“Ayúdame…”

Después llegaron los pasos de Mateo alejándose.

El detective detuvo el audio.

—Así fue exactamente.

Mateo mantuvo la mirada sobre la mesa.

—Quiero un abogado.

—Es su derecho.

Rivas recogió los documentos.

Antes de salir, Mateo habló.

—No encontrarán todo.

El detective se detuvo.

—¿Qué falta?

—Northpine no era solo mía.

—Los registros dicen lo contrario.

—Los registros que Clara encontró.

—¿Existe otro propietario?

Mateo levantó la cabeza.

Por primera vez desde que había sido detenido, una parte de su antigua seguridad regresó a su rostro.

—Existe una persona que recibió dinero antes de que Daniel muriera. Alguien a quien Clara nunca sospechó.

—Diga el nombre.

—Primero quiero un acuerdo.

Rivas observó al hombre sentado frente a él.

Incluso después de ser descubierto, Mateo intentaba negociar.

Continuaba buscando una forma de mover a los demás como piezas.

—Ya no controla esta conversación —dijo el detective.

Salió y cerró la puerta.

Al otro lado del cristal, Lucía había escuchado todo.

—¿Está mintiendo? —preguntó.

—Probablemente.

—¿Y si no?

Rivas miró los registros recuperados.

Había demasiadas cuentas, fechas y nombres codificados para analizarlos en una sola noche.

—Entonces descubriremos quién falta sin comprar su versión.

Lucía observó a Mateo a través del cristal.

—Elena dijo que la mayoría del dinero terminaba en una cuenta privada protegida por una empresa fiduciaria.

—Creíamos que pertenecía a Mateo.

—Tal vez no.

Rivas revisó una de las hojas.

Junto a varias transferencias aparecía un código repetido.

AC-17.

No era el nombre de una empresa ni una cuenta.

Era una referencia personal.

—Necesitamos saber qué significa esto —dijo.

Lucía tomó la página.

—Mateo dijo que era alguien cercano a la familia.

—Mateo ha dicho muchas cosas.

—Pero Daniel también mencionó a alguien que proporcionaba información desde dentro.

Rivas miró hacia el pasillo.

Marta y Samuel se habían marchado con Laura.

Después de todo lo ocurrido, la última cosa que necesitaban era descubrir otra traición.

Sin embargo, el caso aún no estaba cerrado.

Mateo había empujado a Clara.

Eso ya estaba demostrado.

Pero alguien podía haberlo ayudado durante años sin aparecer en ninguna de las listas conocidas.

Alguien que conocía las contraseñas de Daniel.

Los datos de Clara.

Los hábitos de la familia.

Y quizá incluso el escondite de la cabaña.

En la sala de interrogatorios, Mateo levantó la mirada hacia el cristal.

No podía verlos.

Aun así, sonrió.

Como si supiera que acababa de sembrar la última duda.