Capítulo 10 La sombra del ático #3
El lugar donde Clara dejó de tener miedo no era únicamente la cabaña.
Después del accidente, su padre había construido algo para ella.
Una barandilla nueva junto a la escalera del ático.
Clara temía subir después de caer al lago porque los escalones estrechos le recordaban la sensación de no tener dónde sujetarse. Su padre había colocado un pasamanos de madera y, en la parte inferior, había grabado una pequeña frase.
“Siempre tendrás una mano.”
Marta no había pensado en aquello durante años.
Miró la escalera.
La barandilla.
La misma donde la policía encontró fibras.
—Está dentro del pasamanos —susurró.
Mateo siguió su mirada.
Rivas también.
Marta comprendió demasiado tarde que había pronunciado las palabras en voz alta.
Mateo corrió hacia la escalera.
—¡Deténgase! —gritó Rivas.
Mateo golpeó la barandilla con la barra.
La madera se agrietó.
Volvió a golpear.
Una parte del pasamanos se abrió, revelando un espacio hueco.
Dentro había un tubo metálico.
Mateo lo tomó.
Rivas intentó alcanzarlo, pero una ráfaga de humo descendió desde el ático. El fuego ya había llegado a la escalera principal.
Mateo corrió hacia la habitación de Clara.
Marta lo siguió antes de que Rivas pudiera detenerla.
—¡Marta, vuelva!
Mateo abrió la ventana del dormitorio.
Debajo había un pequeño tejado inclinado que conducía al porche lateral.
—No podrás salir con eso —dijo Marta.
Él se volvió.
Sostenía el tubo contra su pecho.
—No entiendes lo que hay aquí.
—Las pruebas de Clara.
—No solo eso.
—¿Qué más?
Mateo miró hacia la puerta. Rivas todavía no había llegado debido al humo.
—Documentos que demuestran que Daniel también utilizó Northpine.
—Ya sabemos que la creó.
—Firmó transferencias.
—Antes de descubrir que habías alterado las cuentas.
—La policía no verá la diferencia.
—Por eso quieres destruirlos. No porque Daniel fuera culpable, sino porque los documentos demuestran cuándo tomaste el control.
Mateo apretó el tubo.
—Clara siempre creyó que podía ordenar las cosas en buenas y malas decisiones.
—Clara sabía que las personas cometían errores. Lo que no aceptaba era que utilizaran esos errores para seguir haciendo daño.
—No sabes lo que me dijo aquella noche.
—Dijo que te entregaría a la policía.
—Dijo que me quitaría todo.
—No era tuyo.
Mateo miró hacia la ventana abierta.
—Dame las llaves del automóvil.
Marta casi se rio.
—No tengo.
—Tu bolso.
—Está fuera.
El humo entró en la habitación.
Mateo tosió.
—Entonces vienes conmigo.
Se acercó y le sujetó el brazo.
Marta intentó soltarse.
—Déjala.
La voz llegó desde la puerta.
Lucía estaba apoyada contra el marco. Tenía una herida en la frente y respiraba con dificultad, pero sostenía su arma.
Mateo colocó la barra junto al cuello de Marta.
—Baje el arma.
—No saldrá de esta casa.
—Entonces ella tampoco.
Marta sintió la presión del metal.
Lucía no bajó el arma.
—Marta —dijo con calma—, cuando se lo diga, agáchese.
Mateo apretó su brazo.
—No intente nada.
El techo volvió a crujir.
Una viga ardiente cayó en el pasillo, bloqueando parcialmente la puerta.
Mateo miró hacia el ruido.
Marta se agachó.
Lucía avanzó.
La barra golpeó la pared.
Mateo soltó a Marta y empujó a la agente. Lucía cayó sobre la cama.
Él saltó por la ventana.
Aterrizó sobre el tejado lateral y resbaló. Consiguió sujetarse al borde con una mano. El tubo metálico cayó sobre la nieve del jardín.
—¡Las pruebas! —gritó Marta.
Rivas apareció en la habitación.
Vio a Mateo colgando del tejado.
Durante un segundo, el detective pudo haber esperado.
Mateo había dejado morir a Daniel.
Había abandonado a Clara.
Ahora era él quien necesitaba una mano.
Rivas se acercó a la ventana y le sujetó la muñeca.
—No se mueva.
Mateo levantó la vista.
El humo salía detrás del detective. Las llamas comenzaban a extenderse por el techo.
—Va a caer —dijo Rivas.
Mateo intentó buscar apoyo con los pies.
—Sáqueme.
—Suba la otra mano.
—No puedo.
Rivas se inclinó más.
Lucía se acercó y lo sujetó por el cinturón.
Entre ambos consiguieron levantar a Mateo.
En cuanto entró en la habitación, Rivas lo esposó.
Mateo permaneció de rodillas, respirando con dificultad.
Miró al detective.
—Podía haberme dejado caer.
Rivas lo levantó.
—No todos toman las mismas decisiones que usted.
Los bomberos controlaron el incendio antes de que destruyera toda la casa.
El ático sufrió daños graves. Parte del tejado se derrumbó y varias cajas familiares se perdieron. La habitación de Samuel quedó cubierta de humo, pero la planta baja permaneció casi intacta.
Marta observó el trabajo desde la calle.
Una manta cubría sus hombros. Samuel había llegado acompañado por Laura después de que la policía confirmara que Mateo estaba bajo custodia.
El niño se acercó a Marta sin decir nada.
Ella lo abrazó.
Samuel miró la ventana rota de la habitación de su madre.
—¿Se quemó todo?
—No.
—¿La maqueta?
Marta recordó las pequeñas casas rotas bajo los zapatos de Mateo.
—Tendremos que reconstruir algunas partes.
Samuel bajó la mirada.
—Mamá iba a ayudarme.
—Lo sé.
—No será igual.
—No.
Marta no intentó prometerle lo contrario.
Algunas cosas podían repararse.
Otras solo podían recordarse.
Lucía salió de la ambulancia con una venda en la frente. Se acercó a ellos sosteniendo una bolsa transparente.
Dentro estaba el tubo metálico recuperado de la nieve.
—Todavía no lo abrimos —dijo—. Pensamos que usted debía estar presente.
Samuel observó el tubo.
—¿Mamá lo escondió?
—Sí —respondió Marta—. Dentro de la barandilla que construyó tu abuelo.
Rivas se acercó mientras un técnico abría el cilindro.
En su interior había una memoria USB protegida contra el agua, varios documentos enrollados y una carta pequeña.
El sobre decía:
“Para Marta y Samuel.”
Marta abrió la carta.
La letra de Clara seguía siendo firme.
“Si encontraron esto, significa que comprendieron la pista.
Papá construyó aquella barandilla después del accidente del lago. Dijo que una mano firme no elimina el miedo, pero evita que tengamos que enfrentarlo solos.
Durante demasiado tiempo intenté enfrentar esto sin pedir ayuda.
Fue un error.
Los documentos del tubo contienen los registros originales de Northpine, las transferencias realizadas por Mateo y una copia de los mensajes que intercambió con Tomás, Isabel, David y Ernesto.
También encontrarán la prueba de que Mateo llamó a Daniel y lo citó en la carretera la noche del accidente.
No sé con certeza qué ocurrió allí. Pero sé que Mateo mintió.
Samuel, nada de esto fue culpa tuya. Todo lo que hice fue para protegerte, aunque ahora comprendo que proteger no significa ocultar la verdad.
Marta, perdóname por no haberte llamado antes. Confié en que podría resolverlo sola porque no quería llevar el peligro hasta ti.
Siempre fuiste la mano que encontré cuando tuve miedo.
Clara.”
Marta dejó de leer.
Samuel se acercó y sostuvo el borde de la carta.
—¿Puedo verla?
Ella se la entregó.
El niño leyó en silencio. Cuando llegó a su nombre, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Sabía que la encontraríamos —dijo.
—Sí.
—Confiaba en ti.
Marta miró la casa dañada.
Durante días había creído que Clara la había excluido porque no confiaba lo suficiente. Ahora entendía que su hermana había cometido un error nacido del amor, no de la falta de confianza.
Había intentado protegerlos.
Y al final había dejado un camino para que encontraran la verdad.
El técnico conectó la memoria a un dispositivo protegido.
Los archivos aparecieron uno tras otro.
Había registros bancarios completos.
Mensajes enviados por Mateo.
Instrucciones para crear empresas falsas.
Pagos realizados a Ernesto.
Transferencias a David.
Conversaciones con Isabel.
Amenazas dirigidas a Tomás.
Y un archivo de audio grabado la noche del asesinato.
La hora indicada era las ocho y treinta y cuatro.
Rivas presionó el botón de reproducción.
Primero se escuchó la voz de Clara.
—No voy a darte el portátil.
Después, Mateo.
—No quiero hacerte daño.
—Ya lo hiciste.
—Puedo explicarlo.
—Explícaselo a la policía.
Hubo un movimiento brusco.
—Clara, espera.
—Suéltame.
—Dame la carpeta.
—No.
El sonido de una lucha.
Una respiración agitada.
Después, la voz de Mateo, más cerca del micrófono.
—No me obligues.
Clara respondió:
—Siempre dices que otros te obligan. Pero esta vez tendrás que aceptar que lo elegiste tú.
Se escuchó un golpe.
Un grito breve.
El ruido de un cuerpo cayendo por la escalera.
La grabación continuó.
Durante varios segundos solo se oyó la respiración de Mateo.
Después, sus pasos descendiendo.