Capítulo 10 La sombra del ático #2
—Mateo —dijo—. No hagas esto.
—Diles que se marchen.
—Quemar la casa no cambiará las grabaciones.
—Las grabaciones no demuestran que la empujara.
—Entonces sal y cuenta tu versión.
—Ya han decidido que soy culpable.
—Tú decidiste eso cuando huiste.
—Hui porque sabía lo que pensarían.
—No. Huiste porque sabías lo que encontrarían.
Rivas hizo una señal a Lucía.
La agente se alejó hacia un lateral de la propiedad. Otro equipo comenzó a acercarse desde la casa de Ernesto, fuera de la vista de las ventanas principales.
Marta debía mantener a Mateo hablando.
—¿Por qué regresaste? —preguntó—. Podías haber cruzado la frontera.
—Necesitaba los documentos originales.
—¿Qué contienen que no esté en las otras pruebas?
—Nombres.
—Ya tenemos los nombres.
—No todos.
Marta sintió que aquella respuesta podía ser otra distracción.
—¿Quién falta?
—No importa.
—Entonces no arriesgarías tu libertad por esos documentos.
—No lo entiendes.
—Explícamelo.
Mateo soltó una risa breve y cansada.
—Siempre fuiste como Clara. Creías que todo podía dividirse entre personas buenas y malas.
—No. Clara creyó durante años que eras bueno. Ese fue su error.
La respiración de Mateo volvió a acelerarse.
—Yo cuidé de ella.
—La engañaste.
—Mantuve abierto el negocio después de que Daniel murió.
—Con dinero robado.
—Pagué empleados. Protegí la casa. Ayudé a Samuel.
—Y utilizaste todo eso para hacerte indispensable.
—Clara me necesitaba.
—Confiaba en ti. No es lo mismo.
Mateo permaneció callado.
Marta recordó la última palabra de su hermana.
Traicionada.
No había dicho “Mateo” porque quizá ya no tenía fuerza.
Pero había elegido una palabra que explicaba más que un nombre.
Solo podía traicionar alguien a quien se había permitido acercarse.
—Ella te consideraba familia —dijo Marta.
—Yo era su familia.
—No. Eras un hombre al que dejó entrar.
La llamada terminó.
Dentro de la casa, Mateo bajó el teléfono.
Estaba de pie en la habitación de Samuel.
Había abierto los cajones, retirado los libros de los estantes y volcado la maqueta sobre el suelo. Las pequeñas casas de madera estaban rotas bajo sus zapatos.
Durante años, había entrado en aquella habitación sin llamar.
Había ayudado a Samuel con tareas escolares y reparado una lámpara junto a la cama. Había llevado regalos en cumpleaños y se había sentado en el suelo para construir la maqueta.
Ahora cada objeto parecía acusarlo.
Mateo salió al pasillo.
En una mano sostenía un encendedor. En la otra, una pequeña botella de combustible que había encontrado en el cobertizo.
No había llenado el ático de gasolina.
Era otra mentira.
Había rociado una parte de la escalera y varios documentos sin importancia. Suficiente para crear humo. Suficiente para obligar a la policía a mantenerse lejos.
Subió.
El ático estaba vacío, salvo por unas cajas que la policía había devuelto después de examinarlas. Habían retirado los documentos financieros, pero el escritorio antiguo seguía en su lugar.
Mateo abrió un cajón.
Nada.
Golpeó la madera con frustración.
Clara había escondido las pruebas en alguna parte de la casa. Estaba seguro. Las copias encontradas en la cabaña eran demasiado evidentes. Ella había querido que él creyera que todo estaba allí.
Pero Clara siempre había tenido una segunda intención.
Durante años, Mateo había confundido su bondad con ingenuidad.
Solo comprendió su error cuando ella le mostró las transferencias y dijo que iría a la policía.
Aquella noche había intentado convencerla.
Después había intentado asustarla.
Finalmente, había intentado quitarle los documentos.
No había planeado empujarla.
Al menos, eso era lo que se repetía.
Mateo miró hacia la parte superior de la escalera.
Volvió a verla allí.
Clara sostenía la carpeta azul contra su pecho. Tenía los ojos llenos de decepción, no de miedo.
—Pensé que eras diferente —le había dicho.
Aquellas palabras le dolieron más que la amenaza de la policía.
—Puedo arreglarlo.
—No puedes devolver cuatro años de mentiras.
—Daniel también participó.
—Daniel intentó detenerte.
—Daniel iba a destruir todo lo que construimos.
—No digas “construimos”. Tú tomaste lo que era nuestro.
Mateo había intentado arrebatarle la carpeta.
Clara retrocedió.
Él le sujetó un brazo.
Ella lo golpeó con el borde de los documentos y corrió hacia la escalera.
Mateo la alcanzó.
Después todo ocurrió demasiado rápido.
Una mano sobre su hombro.
Un grito.
El cuerpo de Clara cayendo contra los escalones.
El golpe final.
Y el silencio.
Mateo cerró los ojos.
No la había empujado con intención de matarla.
Pero tampoco había llamado a emergencias.
Había bajado, comprobado que respiraba y escuchado el automóvil de Marta acercándose. Entonces arrastró a Clara hacia el espacio bajo la escalera para ganar tiempo.
Después regresó al ático por el portátil.
Aquella parte no podía llamarla accidente.
Había elegido.
Como eligió abandonar a Daniel.
Como eligió utilizar las cuentas de Sofía.
Como eligió pagar a Ernesto, manipular a David y amenazar a Tomás.
Siempre parecía existir una explicación.
Hasta que las explicaciones se convirtieron en una vida entera.
Mateo encendió el mechero.
La pequeña llama tembló frente a su rostro.
—No te acercaste tanto para detenerte ahora.
La voz llegó desde la entrada del ático.
Mateo se volvió.
Lucía Torres apuntaba hacia él.
Había subido por la escalera trasera que conectaba con un antiguo cuarto de almacenamiento. La entrada estaba oculta detrás de un panel de madera. Marta la había mencionado antes de que el equipo entrara.
—Suelte el encendedor —ordenó Lucía.
Mateo levantó la botella.
—Un paso más y lo dejo caer.
—No hay suficiente combustible para quemar toda la casa.
Él la miró.
—No necesita quemarse toda.
—Solo las pruebas.
—Exacto.
—Entonces todavía no las encontró.
La agente observó las cajas abiertas y el escritorio.
Mateo se dio cuenta de que ella tenía razón.
—Marta sabe dónde están —dijo.
—Marta no entrará.
—Entrará si cree que puedo destruir la casa.
—Clara murió aquí. ¿De verdad piensa que Marta le permitirá utilizar ese dolor otra vez?
Mateo sonrió sin alegría.
—Todos entran cuando se utiliza a la persona correcta.
—Así controló a Isabel.
—No sabe nada de ella.
—Sé que secuestró a un niño por usted.
—Lo hizo por su madre.
—Usted utilizó la culpa que sentía por Sofía.
—Yo no obligué a nadie.
Lucía sostuvo el arma con firmeza.
—Esa es la historia que se cuenta. David eligió. Ernesto eligió. Tomás eligió. Isabel eligió. Todos tuvieron opciones, excepto usted.
Mateo apretó la botella.
—No sabe lo que es perderlo todo.
—Usted no perdió todo. Se lo quitó a otras personas.
Desde el piso inferior se escuchó un ruido.
Rivas y otros agentes habían entrado.
Mateo miró hacia la escalera principal.
Lucía avanzó medio paso.
—Suelte el encendedor.
Él lo dejó caer.
La llama tocó la madera húmeda de combustible.
El fuego se extendió en una línea rápida.
Lucía retrocedió mientras Mateo empujaba el escritorio hacia ella. La agente perdió el equilibrio, pero consiguió sujetarse del marco.
Mateo corrió hacia la escalera.
El humo comenzó a llenar el ático.
Marta vio la primera luz naranja detrás de la ventana.
—¡Fuego!
Los agentes activaron la alarma y solicitaron a los bomberos que esperaban a dos calles de distancia.
Rivas ya estaba dentro.
Marta permaneció junto al vehículo durante unos segundos, cumpliendo su promesa.
Entonces escuchó dos disparos.
No sabía si provenían del ático o del pasillo.
Abrió la puerta.
Un agente intentó detenerla.
—Señora Morales, vuelva al vehículo.
—Conozco una entrada lateral.
—La casa no es segura.
—Lucía utilizó la escalera trasera. Si el fuego bloqueó el ático, puede quedar atrapada.
—El equipo está dentro.
Marta miró hacia la ventana.
El humo se acumulaba detrás del cristal.
No podía perder otra persona en aquella casa.
Corrió hacia la propiedad de Ernesto.
El agente la siguió, hablando por radio.
Marta atravesó la abertura de la cerca y llegó a la puerta trasera de Clara. Estaba abierta.
El olor a humo ya llenaba la cocina.
—¡Lucía! —gritó.
Un policía apareció desde el pasillo.
—¡Salga de la casa!
—Hay una escalera detrás del armario del segundo piso.
—Ya la encontramos.
—¿Está Lucía abajo?
El agente no respondió.
Marta subió.
El humo descendía desde el ático en nubes oscuras. En el segundo piso, Rivas luchaba con Mateo junto a la puerta de la habitación de Samuel.
Mateo tenía una barra metálica en la mano.
Rivas intentaba sujetarle el brazo herido.
Marta se quedó inmóvil.
Mateo la vio.
Su expresión cambió.
Durante un segundo dejó de luchar.
Rivas aprovechó la distracción y lo empujó contra la pared. La barra cayó al suelo.
Mateo golpeó al detective con el codo y corrió hacia Marta.
Ella retrocedió.
—¡No se mueva! —gritó Rivas.
Mateo se detuvo a pocos metros de ella.
Tenía sangre en la frente y los ojos enrojecidos por el humo.
—Dime dónde están —exigió.
—No lo sé.
—Clara te dejó la pista.
—Y tú no la entendiste.
—La casa se va a quemar.
—Entonces también perderás los documentos.
—No me importa destruirlos si no puedo tenerlos.
Marta miró detrás de él.
Rivas se estaba levantando.
—Eso es lo único que sabes hacer —dijo ella—. Cuando no puedes controlar algo, lo destruyes.
Mateo dio un paso.
—Dime dónde están.
—¿También le dijiste eso a Clara?
Su rostro se endureció.
—No la menciones.
—Esta era su casa.
—Yo la mantuve en pie.
—Era la casa de su familia mucho antes de que aparecieras.
—Sin mí, Clara habría perdido el negocio después de la muerte de Daniel.
—Sin ti, Daniel quizá seguiría vivo.
Mateo levantó la barra que había recuperado del suelo.
Rivas apuntó hacia él.
—Suéltela.
Mateo no apartó la mirada de Marta.
—Daniel iba a entregarnos a todos.
—Porque estabas robando.
—Porque no entendía lo que había costado mantener el negocio.
—Tú no querías mantenerlo. Querías poseerlo.
El techo crujió sobre ellos.
Una pequeña parte del yeso cayó al pasillo.
—Todos abajo —ordenó Rivas—. Ahora.
Mateo avanzó hacia Marta.
—La pista.
Marta pensó en Clara.
En el lago.
En la frase de su padre.
En la casa donde ambas habían crecido.