Capítulo 10 La sombra del ático
La alarma silenciosa se activó a las nueve y diecisiete de la noche.
En la pantalla de la comisaría apareció primero una luz roja. Un segundo después, el sistema envió la dirección y el punto exacto de entrada.
Casa de Clara Morales.
Puerta trasera.
El detective Gabriel Rivas se levantó de inmediato.
—Nadie llama a la vivienda —ordenó—. No quiero que sepa que lo detectamos.
Lucía Torres tomó su abrigo y habló por radio con las unidades que vigilaban las carreteras cercanas. Dos patrullas se encontraban a menos de cinco minutos.
Marta seguía de pie junto al escritorio.
—Es Mateo.
Rivas no respondió.
No necesitaba hacerlo.
Elena permanecía junto al mapa recuperado en la casa de alquiler. En él, Mateo había marcado tres posibles rutas de escape y la antigua vivienda de Clara.
—Podría haber dejado a otra persona dentro —dijo Elena.
—Isabel está detenida, Tomás está en el hospital y David sigue bajo custodia —respondió Lucía—. No le quedan muchos aliados.
—Las personas como Mateo siempre guardan uno más —dijo Marta.
Rivas tomó las llaves de un vehículo.
—Usted se queda aquí con Samuel.
—No.
—No es una discusión.
—La última prueba está en esa casa y la pista de Clara estaba dirigida a mí.
—También hay un sospechoso de homicidio dentro.
—Precisamente por eso no puedo quedarme.
Rivas se acercó a ella.
—Mateo la ha estado observando. Tiene una fotografía suya y de Samuel. Regresar a la casa puede ser una forma de atraerla.
—Entonces ya consiguió lo que quería. Sé que está allí.
—Saberlo no significa que tenga que entrar.
Marta miró hacia la oficina donde Samuel dormía.
Había pasado horas sentado junto a él después del rescate. El niño se había resistido al sueño hasta que el cansancio venció al miedo. Incluso dormido, mantenía una mano cerrada sobre la bufanda de Clara.
—No voy a entrar mientras Mateo siga dentro —dijo Marta—. Pero voy con ustedes.
Rivas negó con la cabeza.
—Quédese con su sobrino.
—Él está rodeado de agentes. Por primera vez desde que empezó todo, este es el lugar más seguro para Samuel.
El detective parecía preparado para negarse de nuevo.
Marta dio un paso hacia él.
—Clara me dejó una pista que ustedes no comprenden. Podrían registrar la casa durante días sin encontrar nada.
—Y usted podría morir antes de explicarla.
—Entonces escuche ahora.
Rivas guardó silencio.
Marta intentó ordenar sus pensamientos.
La copia principal.
Solo Marta podrá encontrarla.
El lugar donde Clara dejó de tener miedo.
La cabaña del lago había sido una parte de la respuesta, pero los documentos quemados no eran las pruebas completas. Clara lo había escrito claramente. La memoria que todos buscaban contenía una copia incompleta.
—La cabaña no era el final de la pista —dijo Marta—. Era el principio.
Elena se acercó.
—¿Qué significa?
—Clara escribió que solo yo podría encontrar la verdadera copia. Sin embargo, la escondió en un lugar relacionado con nuestro pasado.
—¿La casa? —preguntó Lucía.
—Crecimos allí. Hay cientos de recuerdos que solo nosotras conocíamos.
Rivas miró el reloj.
—Las unidades ya están llegando. Usted vendrá en un vehículo aparte y permanecerá a distancia hasta que aseguremos la vivienda.
Marta asintió.
Era lo máximo que conseguiría.
Antes de salir, se acercó a la oficina de Lucía.
Samuel continuaba dormido en el sofá. Isabel, la especialista infantil que había ganado su confianza, lo había secuestrado. Mateo había utilizado su nombre, sus recuerdos y el dolor por la muerte de sus padres.
Aun así, Samuel se había salvado a sí mismo.
Marta se inclinó y le apartó un mechón de cabello de la frente.
—Voy a traer la verdad a casa —susurró.
El niño no abrió los ojos.
Pero su mano se cerró con más fuerza alrededor de la bufanda.
La nieve había comenzado a caer otra vez sobre Oakhaven.
No era una tormenta como la de la noche en que Clara murió. Los copos descendían lentamente, casi en silencio, y cubrían las marcas de los vehículos sobre la calle.
Las patrullas se detuvieron a cierta distancia de la casa.
Todas las luces estaban apagadas.
Desde el exterior, no había ninguna señal de movimiento. La vivienda parecía vacía, abandonada a la oscuridad y al frío.
Rivas observó la propiedad desde el interior de su vehículo.
—La puerta trasera fue abierta a las nueve y dieciséis —informó Lucía—. El sistema no registra salida.
—¿Ventanas?
—Todas cerradas. El sensor del ático detectó movimiento hace cuatro minutos.
Marta escuchaba desde el asiento trasero.
—Está buscando la copia.
—O colocando algo —dijo Rivas.
—¿Un incendio?
—Es una posibilidad.
Un agente se acercó a la ventanilla.
—No hay vehículo en la calle ni en el camino lateral.
—¿Huellas?
—Encontramos pisadas desde la propiedad de Don Ernesto.
Lucía miró hacia la casa vecina.
Ernesto continuaba detenido. La vivienda estaba vacía.
—Utilizó la abertura de la cerca —dijo—. Dejó el automóvil en otra calle y llegó caminando.
—Conoce la vigilancia —respondió Rivas—. Está intentando evitar las cámaras.
Marta miró la ventana del ático.
Por un instante creyó ver una sombra detrás del cristal.
Después desapareció.
Rivas se volvió hacia ella.
—Permanezca aquí.
—Lo haré.
—No abra la puerta, aunque escuche disparos.
Marta no respondió.
El detective sostuvo su mirada.
—Necesito que me lo prometa.
—Lo prometo.
Rivas y Lucía bajaron del vehículo.
Los agentes se dividieron en dos grupos. Uno avanzó hacia la entrada principal. El otro rodeó la propiedad para cubrir la parte trasera.
La nieve amortiguaba sus pasos.
Marta observó cómo Rivas subía al porche y probaba la puerta. Estaba cerrada.
Lucía se colocó junto a una ventana mientras otro agente preparaba una herramienta para forzar la cerradura.
Entonces se encendió una luz en el segundo piso.
No la del ático.
La del dormitorio de Samuel.
Marta se inclinó hacia delante.
Una figura apareció detrás de la cortina.
Mateo.
No podía distinguir su rostro, pero reconoció la forma de sus hombros. Se quedó inmóvil unos segundos, mirando hacia la calle.
Después levantó una mano.
Sostenía algo pequeño y rectangular.
Un teléfono.
La pantalla se iluminó dentro del vehículo de Marta.
Número oculto.
Marta observó a Rivas, que continuaba junto a la puerta principal. Él no podía ver la llamada.
El teléfono dejó de sonar.
Un segundo después volvió a hacerlo.
Marta respondió.
—¿Qué quieres?
Hubo silencio al otro lado.
Después escuchó la voz de Mateo.
—Sabía que vendrías.
Marta miró hacia la ventana.
La figura seguía allí.
—La casa está rodeada.
—Lo sé.
—Entonces sal.
Mateo soltó una respiración lenta.
—No puedo hacerlo hasta encontrar lo que Clara escondió.
—Lo destruiste en la cabaña.
—Eso era una copia.
Marta no respondió.
—Tú también lo sabes —continuó él—. Por eso estás aquí.
—Estoy aquí porque asesinaste a mi hermana.
La figura desapareció de la ventana.
—No quería matarla.
—La empujaste.
—Fue una discusión.
—Una discusión no arroja a una persona por unas escaleras.
—Clara intentó quitarme el teléfono. Perdió el equilibrio.
—Mientes.
Hubo una pausa.
—No viste lo que ocurrió.
—Escuché sus grabaciones. Leí su diario. Vi lo que hiciste durante años.
—El diario solo contiene lo que Clara creía.
—También contiene tus mentiras.
—Todo lo que hice fue para salvar el negocio.
—Robaste casi medio millón de dólares.
—Northpine existía antes.
—Y tú la convertiste en una red de fraude.
Mateo guardó silencio.
Desde el porche, Rivas hizo una señal. Los agentes estaban a punto de entrar.
—Diles que se detengan —pidió Mateo.
—No.
—Hay gasolina en el ático.
Marta sintió que el frío la atravesaba.
—Estás mintiendo otra vez.
—Puedo encenderla antes de que lleguen a la escalera.
Marta miró hacia Rivas y abrió la puerta del vehículo.
El detective se volvió inmediatamente.
Ella levantó el teléfono.
—¡Gasolina en el ático!
Rivas ordenó a los agentes que retrocedieran.
Marta había roto su promesa, pero no avanzó hacia la vivienda.
—Escúchame —dijo Mateo—. Solo quiero los documentos.
—Para quemarlos.
—Para proteger a personas que no tienen nada que ver con la muerte de Clara.
—Ya no queda nadie a quien proteger. Isabel fue arrestada. Tomás está hablando. David entregó la memoria. Ernesto confesó.
La respiración de Mateo cambió.
No parecía sorprendido por todos los nombres.
Solo por uno.
—¿Tomás está vivo?
—Sí.
—Eso no es posible.
Marta miró a Rivas. Él se acercó lo suficiente para escuchar la conversación a través del altavoz.
—¿Por qué no debería estarlo? —preguntó ella.
—Isabel dijo que se ocuparía de él.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Mateo guardó silencio al comprender lo que acababa de admitir.
Rivas tomó nota.
—Tú sabías que estaba encerrado —continuó Marta.
—No sabes lo que hizo Tomás.
—Sé lo que hiciste tú.
—Tomás utilizó Northpine para sus propios clientes. Desvió más dinero del que yo había tomado. Cuando intenté detenerlo, amenazó con culparme por todo.
—Porque tú lo empezaste.
—Daniel la creó.
—Daniel descubrió el fraude e intentó denunciarte.
—Daniel no comprendía el peligro.
—Dijiste exactamente lo mismo de Clara.
Mateo respiró con fuerza.
—Daniel quería destruir el negocio por un error que todavía podía corregirse.
—¿También perdió el equilibrio?
El silencio fue largo.
La nieve se acumulaba sobre el cabello de Rivas y los hombros de los agentes. Nadie se movía.
—No maté a Daniel —dijo Mateo finalmente.
—Lo sacaste de la carretera.
—Quería obligarlo a detenerse.
—Y lo dejaste herido.
—Pensé que alguien lo encontraría.
—Tú lo encontraste. Y decidiste marcharte.
—No sabes cómo fue.
—Sé que cuatro años después tomaste la misma decisión. Clara estaba herida y tú elegiste llevarte el portátil.
—Ya estaba herida cuando regresé.
Marta cerró los ojos.
—Acabas de decir que perdió el equilibrio durante una discusión contigo.
Mateo no respondió.
Rivas la miró.
La contradicción había quedado grabada.
—¿Cuál de tus historias es la verdadera? —preguntó Marta—. ¿La encontraste herida o estabas allí cuando cayó?
La llamada quedó en silencio.
Por un momento Marta creyó que había colgado.
Después oyó un sonido débil.
El chasquido de un encendedor.