Alguien cercano Capítulo 9 Cuentas que no cuadran #4
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Capítulo 9 Cuentas que no cuadran #4

Encontraron a Tomás Vidal en una habitación cerrada bajo el suelo de la oficina. Tenía las manos atadas, una herida en la cabeza y signos de deshidratación, pero estaba vivo.

Había permanecido allí desde la noche posterior a la muerte de Clara.

Cuando los paramédicos lo sacaron, Tomás pidió hablar con Rivas.

—Mateo va a huir —dijo con voz débil.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—Isabel lo ayudó a salir del hospital.

—Ella siempre lo ayudaba.

—¿Mateo mató a Clara?

Tomás cerró los ojos.

—Sí.

—¿Lo vio?

—No.

—Entonces ¿cómo lo sabe?

—Me llamó después.

La misma confesión que había mencionado Isabel.

—¿Qué dijo exactamente?

Tomás respiró con dificultad.

—Dijo que Clara había caído y que todo se había salido de control.

—¿Le pidió ayuda?

—Me ordenó que fuera a la casa y buscara los documentos.

—¿Fue?

—No.

—Ernesto lo vio entrar.

Tomás abrió los ojos.

—Fui antes.

—¿Antes de la muerte?

—Sí. Clara me echó de la casa. Después llamó Mateo.

—¿Regresó?

—No. Tenía miedo.

—¿Dónde estaba cuando Clara cayó?

—En mi oficina.

—¿Puede demostrarlo?

—Las cámaras del edificio.

Rivas había comprobado que las grabaciones habían sido eliminadas.

—Ya no existen.

Tomás soltó una risa dolorosa.

—Mateo.

—¿Por qué lo encerró aquí?

—Porque le dije que hablaría con la policía.

—¿Qué sabe sobre la muerte de Daniel?

El rostro de Tomás cambió.

—Más de lo que debería.

—Empiece a hablar.

Tomás miró hacia los paramédicos.

—Mateo golpeó el automóvil de Daniel para obligarlo a detenerse. No quería matarlo.

—¿Cómo lo sabe?

—Mateo llegó a mi casa después. Tenía la luz trasera rota y sangre en la camisa.

—¿De Daniel?

—No. Se cortó cuando intentó sacar documentos del vehículo.

—¿Daniel seguía vivo?

Tomás bajó la mirada.

—Sí.

—¿Mateo llamó a emergencias?

—No.

—¿Qué hizo?

—Dejó el automóvil en la curva y se marchó.

Rivas sintió que la rabia le tensaba la mandíbula.

—¿Daniel murió porque Mateo lo dejó allí?

—Eso creo.

—Y cuatro años después hizo lo mismo con Clara.

Tomás no respondió.

No era necesario.

Mateo había encontrado a dos personas heridas.

Dos personas que conocían la verdad.

En ambas ocasiones había elegido protegerse.

Pero con Clara había ido más lejos.

La había empujado.

Después había tomado las pruebas y la había dejado morir.

La caja metálica de Isabel contenía la pieza de una luz trasera, fotografías del automóvil de Mateo después de la reparación y varias cartas escritas por Sofía Vega.

También contenía el registro completo de Grey Harbor.

El propietario real de la empresa era Mateo Álvarez.

Las cuentas finalmente cuadraban.

Cada empresa, cada pago y cada identidad falsa conducían hacia él.

Isabel había ayudado a mover dinero después de la muerte de su madre, convencida de que así protegería su nombre y recuperaría parte de lo que Mateo le había prometido. Tomás había falsificado registros. David había prestado sus cuentas. Ernesto había creado una distracción.

Pero Mateo había diseñado el sistema.

Él había elegido a las personas más vulnerables.

Había encontrado sus deudas, sus miedos y sus secretos.

Después los había convertido en herramientas.

A las nueve de la noche, el banco informó que la transferencia realizada esa madrugada había sido congelada.

La cuenta receptora también proporcionó una ubicación reciente.

Alguien había intentado acceder desde una casa de alquiler cerca de la costa.

Rivas envió unidades inmediatamente.

La vivienda estaba vacía.

Sobre la mesa encontraron mapas, dinero en efectivo y documentos de viaje.

También había una fotografía de Marta y Samuel saliendo de la comisaría.

Mateo los estaba observando.

En la parte posterior de la imagen había escrito una sola frase:

“Ella no sabía cuándo detenerse.”

Marta leyó la nota desde el pasillo de la comisaría.

No sintió miedo.

Sintió claridad.

Mateo había pasado años creyendo que podía controlar a todos mediante la culpa y el silencio. Había hecho pensar a cada persona que el verdadero culpable estaba en otra parte.

Pero ya no quedaba nadie a quien señalar.

Las cuentas coincidían.

Las grabaciones coincidían.

Las mentiras coincidían.

Y todas terminaban en él.

Marta miró a Samuel, que dormía envuelto en una manta dentro de la oficina de Lucía. La bufanda de Clara seguía alrededor de su cuello.

—Va a intentar escapar —dijo.

Rivas guardó la fotografía en una bolsa.

—Sí.

—¿Adónde puede ir?

El detective observó el mapa recuperado de la casa.

Había tres lugares marcados.

La frontera canadiense.

El puerto de Portland.

Y la antigua casa de Clara.

—No quiere marcharse sin destruir lo último que queda —dijo.

—¿Qué queda en la casa?

Rivas miró a Marta.

—Eso es lo que él cree que usted sabe.

Marta recordó la entrada final del diario.

La copia principal.

La verdadera.

Clara había escrito que solo ella podría encontrarla.

Las pruebas de la cabaña habían sido destruidas.

Pero quizá no eran las originales.

Quizá Clara había preparado otra pista.

Y Mateo pensaba lo mismo.

La casa donde todo había comenzado permanecía vacía bajo la nieve.

O, al menos, eso suponían.

Entonces sonó la alarma silenciosa instalada por la policía.

Alguien acababa de entrar.