Capítulo 9 Cuentas que no cuadran #3
Las mismas palabras que Mateo había utilizado sobre el dinero.
Temporal.
—¿Su madre sabía para qué se usarían? —preguntó Rivas.
—Al principio no.
—¿Y después?
—Intentó salir.
—¿Mateo la amenazó?
—Le dijo que enviaría todos los documentos a la policía y que ella iría a prisión.
Rivas miró a Lucía.
—¿Qué tiene que ver esto con la muerte de Daniel?
La voz de Isabel bajó.
—Daniel iba a reunirse con mi madre la noche del accidente.
Marta dejó de respirar.
—¿Para qué?
—Ella quería entregarle pruebas.
—¿Llegó a verlo?
—No.
—¿Por qué?
—Mateo la detuvo.
—¿Cómo?
—Le dijo que Daniel había cambiado de opinión. Después salió a buscarlo.
Rivas guardó silencio.
—¿Está diciendo que Mateo provocó el accidente?
—Mi madre siempre lo creyó.
—¿Tenía pruebas?
—Una pieza del vehículo de Mateo.
—Explíquelo.
—Encontró parte de una luz trasera rota en el lugar del accidente. Mateo reparó su automóvil al día siguiente.
Lucía anotó rápidamente.
—¿Dónde está esa pieza?
—Mi madre la guardó.
—¿Usted la tiene?
—Sí.
—Entréguela y podemos investigar.
—No confío en ustedes.
—Secuestró a un niño.
—Porque nadie escucha sin tener algo que perder.
Marta tomó el teléfono de manos de Rivas.
—Mi hermana murió por buscar la verdad sobre tu madre.
—Tu hermana murió porque no sabía cuándo detenerse.
—No vuelvas a culparla.
—Clara creyó que podía amenazar a Mateo y salir caminando.
—¿Viste lo que ocurrió?
Isabel guardó silencio.
—Estuviste en la casa —dijo Marta.
—No.
—Entonces ¿cómo sabes lo que pensaba Clara?
La respiración de Isabel se escuchó al otro lado.
—Mateo me llamó después.
—¿Después de empujarla?
—Él dijo que fue un accidente.
Marta cerró los ojos.
—¿Te pidió ayuda?
—Me pidió que limpiara el dinero y sacara los archivos de la ciudad.
—¿Fuiste al bosque?
—Sí.
—¿Lo ayudaste a escapar del automóvil?
—Lo saqué antes de que llegara la policía.
Rivas escribió: Confirma cómplice.
—¿Por qué dejó el portátil en el vehículo? —preguntó Marta.
—Porque ya había copiado lo que necesitaba.
—¿Y Tomás?
—Tomás quiso negociar con la policía. Mateo lo detuvo.
—¿Dónde está?
Isabel no respondió.
—¿Está vivo?
—Traigan las pruebas.
La llamada terminó.
Dentro del almacén, Samuel había escuchado cada palabra.
Isabel lo había sentado junto a una oficina de cristal. Sobre una mesa cercana había un ordenador, varias carpetas y una pequeña caja de metal.
La mujer caminaba de un lado a otro.
Parecía menos segura que antes.
—Mateo mató a mi mamá —dijo Samuel.
—No sabes eso.
—Acabas de decirlo.
—Dije que él afirmó que fue un accidente.
—Empujar a alguien no es un accidente.
Isabel se volvió hacia él.
—No estuviste allí.
—Tú tampoco.
La mujer abrió la boca, pero no respondió.
Samuel miró la caja de metal.
—¿Ahí está la pieza del automóvil?
Isabel siguió su mirada.
—No es asunto tuyo.
—Mi papá murió en ese automóvil.
—Tu padre tomó decisiones que pusieron a muchas personas en peligro.
—Intentó decir la verdad.
—Quería salvarse a sí mismo.
—Eso es lo que hacen ustedes.
La frase la golpeó.
Samuel continuó.
—Todos dicen que tenían miedo. David, Ernesto, Tomás, tú. Pero mi mamá también tenía miedo y no secuestró a nadie.
Isabel se acercó.
—Eres demasiado joven para entender.
—Y tú eres demasiado adulta para seguir diciendo que no fue tu elección.
La mujer lo miró durante varios segundos.
Después apartó la vista.
Samuel notó algo.
La mano de Isabel temblaba.
No era una persona completamente tranquila.
Estaba asustada.
—Mateo va a culparte —dijo el niño.
—Cállate.
—Culpó a mi papá. Culpó a Tomás. Culpó a tu mamá.
—Cállate.
—También te culpará por secuestrarme.
Isabel golpeó la mesa con la palma.
—¡Dije que te calles!
Samuel se estremeció, pero no lloró.
La bufanda de Clara seguía alrededor de su cuello.
—Mi mamá escribió todo —dijo.
Isabel se quedó quieta.
—¿Qué escribió?
—Que Mateo estaba detrás de Northpine.
—Eso ya lo sabemos.
—También escribió dónde estaba la prueba real.
La mujer se acercó más.
—Los documentos fueron quemados.
—No todos.
Isabel lo observó.
Samuel no sabía si era verdad.
Pero había aprendido algo escuchando a los adultos.
Las personas culpables temían más lo que no conocían que lo que ya había sido encontrado.
—¿Dónde están? —preguntó ella.
Samuel bajó la mirada.
—Solo mi tía lo sabe.
Isabel tomó el teléfono.
Aquello era lo que él esperaba.
Mientras marcaba, Samuel movió lentamente las manos.
La cinta de tela estaba floja en una muñeca. Había trabajado sobre ella durante todo el trayecto, utilizando el borde metálico del asiento.
La mano derecha quedó libre.
La ocultó detrás de su espalda.
Rivas se preparó para entrar.
La policía había creado una copia del portátil y de la memoria USB. Los originales permanecían protegidos. El dispositivo que llevaría parecía auténtico, pero contenía un sistema de rastreo y bloqueo remoto.
—Entraré por la puerta lateral —dijo.
—Isabel espera una sola persona —respondió Lucía—. Tendremos equipos en ambos extremos.
Marta seguía dentro del vehículo.
—Quiero hablar con Samuel otra vez.
—No sabemos si llamará.
El teléfono sonó.
Isabel.
Marta respondió.
—¿Sí?
—Samuel dice que existen más documentos.
Marta comprendió de inmediato que el niño estaba intentando ganar tiempo.
—Es verdad.
Rivas la miró con sorpresa.
—¿Dónde? —preguntó Isabel.
—Suelta a Samuel.
—Primero dime dónde están.
—Clara dejó una segunda copia.
—Mientes.
—Tú misma dijiste que no encontró toda la verdad.
Marta miró al detective y comprendió que él también había entendido.
—Mi hermana desconfiaba de todos —continuó—. No habría dejado una sola copia en la cabaña.
—¿Dónde está la otra?
—Samuel sale primero.
Hubo silencio.
Después se oyó un golpe al otro lado.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Marta.
Una alarma comenzó a sonar dentro del almacén.
Samuel había presionado un botón rojo junto a la oficina.
—¡Corre! —gritó Isabel.
La llamada se cortó.
—Entren —ordenó Rivas.
Los agentes avanzaron hacia las puertas.
Marta salió del vehículo.
Lucía intentó detenerla.
—Quédese aquí.
Entonces una puerta lateral del almacén se abrió.
Samuel apareció bajo la lluvia.
Corría con las manos todavía parcialmente atadas y la bufanda de Clara volando detrás de él.
—¡Samuel!
Marta corrió hacia el niño.
Un agente lo alcanzó primero y lo protegió detrás de un vehículo. Marta se arrodilló y lo abrazó con tanta fuerza que apenas podía respirar.
—Estoy bien —dijo Samuel.
—¿Te hizo daño?
—No.
—Gracias a Dios.
El niño enterró el rostro en su hombro.
Dentro del almacén se escucharon gritos.
Después, un disparo.
Marta cubrió la cabeza de Samuel.
—¿Tiene un arma? —preguntó.
—No vi ninguna.
Pasaron varios segundos.
Rivas apareció en la puerta.
—La tenemos.
Marta cerró los ojos.
—¿Está herida?
—No. El disparo fue de advertencia cuando intentó escapar por la parte trasera.
Samuel levantó la cabeza.
—Hay una caja metálica en la oficina.
—La encontramos —respondió Rivas—. También documentos y varios discos duros.
—Dijo que tenía una pieza del auto de papá.
—La recuperaremos.
Samuel miró a Marta.
—Mateo mató a mamá.
Ella le sostuvo el rostro entre las manos.
—La policía va a demostrarlo.
—No. Ella dijo algo más cuando pensó que yo dormía.
Rivas se acercó.
—¿Qué escuchaste?
—Hablaba con Mateo por teléfono.
—¿Cuándo?
—En el automóvil.
—¿Qué dijo?
Samuel cerró los ojos para recordar.
—Mateo le preguntó si la transferencia había salido bien.
—La de esta madrugada —dijo Lucía.
—¿Algo más?
—Ella dijo que Tomás seguía vivo y que no podrían ocultarlo por mucho tiempo.
Rivas se tensó.
—¿Mencionó dónde estaba?
Samuel asintió.
—En el antiguo almacén del negocio.
Todos miraron hacia el edificio de Grey Harbor.
No hablaba de aquel almacén.
Hablaba del almacén de Clara y Mateo en Oakhaven.
La policía llegó al antiguo almacén poco después de las siete.