Capítulo 9 Cuentas que no cuadran #2
El mundo parecía haberse reducido a una sola necesidad.
Encontrarlo.
—¿Cuánto tiempo pasó?
—Quizá veinte minutos.
Rivas habló por radio.
—Alerta inmediata. Menor secuestrado. Samuel Morales, once años. Sospechosa Isabel Vega. Vehículo gris, modelo desconocido.
Marta miró hacia la mesa.
Había una hoja doblada junto al plato roto.
No estaba allí por accidente.
La tomó.
Era una nota escrita a mano.
“Dejen de buscar las cuentas y Samuel volverá a casa.”
Debajo aparecía una instrucción.
“Entreguen el portátil de Clara y la memoria USB antes del anochecer.”
Marta apretó la hoja.
—Quiere las pruebas.
Rivas la guardó en una bolsa.
—Y sabe que tenemos la memoria.
—David pudo decírselo.
—O Mateo.
—¿Isabel trabajaba con ellos?
—Todavía no lo sabemos.
Laura levantó la cabeza.
—Samuel llevaba la bufanda de Clara.
Marta se volvió.
—¿Por qué?
—Dijo que le hacía sentir que su madre estaba cerca.
Marta cerró los ojos por un segundo.
Clara había intentado proteger a su hijo de todo aquello.
Y ahora el fraude había llegado directamente hasta él.
El apartamento de Isabel Vega estaba vacío.
No había ropa en los armarios ni comida reciente en la cocina. Los cajones habían sido limpiados y el disco duro del ordenador había sido retirado.
Sin embargo, los agentes encontraron algo detrás de una fotografía familiar.
Una llave magnética con el logotipo de Haven Vaults.
La misma empresa donde Clara había alquilado la caja 214.
Joaquín Ferrer fue llevado a la comisaría para responder preguntas.
El anciano parecía profundamente alterado.
—Nunca la había visto —insistió al observar una fotografía de Isabel.
—Tenía una llave de acceso a su edificio —dijo Lucía.
—Esas tarjetas solo se entregan a empleados.
—¿Cuántos empleados tiene?
—Tres.
—¿Alguno se llama Isabel Vega?
—No.
Rivas colocó la tarjeta sobre la mesa.
—Entonces alguien se la proporcionó.
Joaquín miró la llave.
—Podría ser una tarjeta antigua.
—¿Quién trabajaba allí hace tres años?
El hombre pensó.
—Una mujer llamada Sofía ayudaba con los registros durante algunas tardes.
Lucía se inclinó hacia delante.
—¿Sofía Vega?
—Sí.
—Murió hace tres años.
—Lo sé. Era una buena mujer.
—¿Su hija visitaba el lugar?
—A veces venía a buscarla.
Rivas mostró otra vez la fotografía.
Joaquín palideció.
—Sí. Es ella.
—Entonces la había visto.
—Era más joven. No la reconocí.
—¿Pudo conseguir una llave maestra?
—Sofía tenía acceso a las tarjetas antiguas y a algunos moldes de seguridad.
—¿Podía abrir la caja de Clara?
—No sin la llave del cliente.
—Tomás consiguió una impresión de esa llave —dijo Lucía.
Joaquín se llevó una mano a la frente.
—No sabía nada.
Rivas no respondió.
Todos parecían decir lo mismo.
No sabían.
No entendían.
Solo ayudaron una vez.
Solo guardaron silencio.
Y después Clara murió.
Samuel estaba sentado en la parte trasera del automóvil gris.
Tenía las muñecas atadas con una cinta de tela, pero no estaba herido. Isabel conducía sin mirarlo. Había dejado Oakhaven por una carretera secundaria y se dirigía hacia el sur.
La bufanda de Clara cubría el cuello del niño.
Samuel intentaba controlar la respiración.
Su madre le había enseñado qué hacer cuando sentía miedo.
Contar cinco cosas que podía ver.
El respaldo del asiento.
La nieve detrás del cristal.
Una botella de agua.
La chaqueta negra de Isabel.
Una mancha en la alfombra.
Cuatro cosas que podía tocar.
La bufanda.
El asiento.
La cinta alrededor de sus muñecas.
El suelo bajo sus zapatos.
Tres cosas que podía escuchar.
El motor.
Los limpiaparabrisas.
La respiración de Isabel.
No consiguió continuar.
—Mi tía te encontrará —dijo.
Isabel no respondió.
—La policía también.
—La policía está buscando a Mateo y Tomás.
—Ahora te buscan a ti.
Isabel apretó las manos sobre el volante.
—No quería llevarte.
—Entonces déjame bajar.
—No puedo.
—Sí puedes.
La mujer lo miró por el espejo.
—No entiendes lo que está en juego.
Samuel pensó en las grabaciones de su madre, aunque nunca las había escuchado completas.
Todos utilizaban frases parecidas.
No entiendes.
Intentamos protegerte.
No tuvimos elección.
—Mi mamá decía que siempre hay una elección.
La expresión de Isabel cambió.
—Tu madre no sabía lo que decía.
—Sí sabía.
—Clara destruyó muchas vidas.
Samuel sintió rabia.
—Tú la llamas Clara como si la conocieras.
Isabel miró otra vez la carretera.
—La conocía.
—¿Cómo?
No respondió.
—¿Tú la mataste?
El automóvil se movió ligeramente hacia el borde antes de regresar al carril.
—No.
—Entonces ¿quién?
—Cállate.
—Mateo.
Isabel no habló.
—Fue Mateo —continuó Samuel—. Todos creen que fue él.
—Todos creen lo que les muestran.
—¿Qué significa eso?
Isabel respiró profundamente.
—Significa que tu madre encontró una parte de la verdad y pensó que era suficiente.
—¿Qué parte no encontró?
La mujer lo observó por el espejo.
—La razón por la que empezó todo.
En la comisaría, Elena buscaba conexiones entre Isabel y las empresas falsas.
Había encontrado que Sofía Vega trabajó durante años en una aseguradora que administraba pólizas comerciales. Entre sus clientes estaban la empresa de Daniel y Clara y varias compañías vinculadas a Tomás.
Después de la muerte de Sofía, su identidad comenzó a aparecer en los registros de Grey Harbor Services.
Pero Isabel tenía algo todavía más importante que un nombre utilizable.
Tenía acceso a expedientes antiguos.
Firmas.
Números de identificación.
Preguntas de seguridad.
Información familiar.
—Ella era la fuente de los datos —dijo Elena.
Lucía observó la pantalla.
—Daniel dijo que alguien cercano a la familia proporcionaba contraseñas y documentos.
—Isabel no era cercana a la familia.
—Su madre sí tenía acceso profesional.
Elena abrió otro archivo.
—Isabel trabajó en la misma aseguradora durante cuatro años.
—¿Cuándo?
—Hasta seis meses después de la muerte de Daniel.
Rivas se acercó.
—¿Por qué se marchó?
—Fue despedida por acceder a expedientes sin autorización.
Marta permanecía junto a la ventana, escuchando.
—¿Clara sabía quién era?
—Probablemente no —respondió Elena—. Isabel empezó a trabajar como orientadora infantil años después.
—¿Cómo pasó de seguros a trabajar con niños?
—Estudió psicología comunitaria. Tenía las acreditaciones necesarias.
Marta se volvió.
—Eligió esa profesión para parecer confiable.
—No podemos saber por qué la eligió —dijo Rivas.
—Pero utilizó esa confianza para llevarse a Samuel.
El detective no discutió.
El teléfono de Lucía sonó.
Respondió y activó el altavoz.
—Torres.
—Encontramos el vehículo de Isabel en una cámara de tráfico —informó un agente—. Tomó la carretera hacia Portland.
—¿A qué hora?
—Hace treinta y cinco minutos.
—Envíen la imagen.
Unos segundos después, apareció una fotografía borrosa.
El automóvil era gris.
En la parte trasera podía distinguirse la silueta de Samuel.
Marta se apoyó en la mesa.
Estaba vivo.
—Amplíen la matrícula —ordenó Rivas.
—Está cubierta con nieve. Solo vemos los dos últimos caracteres.
Elena miró el mapa.
—Grey Harbor tiene una dirección registrada cerca de Portland.
—Pensé que no tenía oficinas —dijo Lucía.
—La dirección corresponde a un almacén cerrado.
Rivas tomó su abrigo.
—Envíen unidades estatales. Nosotros iremos también.
Marta caminó detrás de él.
—Voy con ustedes.
—No.
—Es Samuel.
—Y la sospechosa lo utiliza para conseguir pruebas. Verla puede alterar la situación.
—No me quedaré aquí.
—Marta, si Isabel llama, necesitaremos que esté disponible.
—Tengo teléfono.
Rivas se detuvo.
—No puedo detenerla físicamente sin perder tiempo. Pero se quedará dentro del vehículo hasta que digamos lo contrario.
—De acuerdo.
Ninguno de los dos creyó completamente aquella promesa.
El almacén de Grey Harbor estaba situado cerca de un antiguo muelle.
Era un edificio largo de metal, rodeado por cercas oxidadas y contenedores vacíos. La nieve se había convertido en lluvia fría cerca de la costa.
El automóvil gris estaba estacionado detrás.
Las puertas delanteras se encontraban cerradas.
Rivas observó el edificio desde el interior de un vehículo sin identificación. Varias unidades estatales habían bloqueado discretamente las salidas.
—Hay cámaras exteriores —dijo Lucía—. Probablemente ya sabe que estamos aquí.
—No podemos entrar sin saber dónde está Samuel.
Marta sostenía el teléfono con ambas manos.
La llamada llegó a las cinco y veintisiete.
Número oculto.
Rivas activó la grabación antes de indicarle que respondiera.
—¿Samuel?
—Está bien —dijo Isabel.
Marta cerró los ojos al escuchar la voz de la mujer.
—Quiero hablar con él.
—Primero quiero saber si trajeron el portátil y la memoria.
—Sí.
Rivas negó con la cabeza, indicándole que no proporcionara más detalles.
—Déjame escuchar a Samuel.
Hubo un ruido.
Después, la voz del niño.
—Tía Marta.
—Estoy aquí.
—No le des nada.
La llamada se movió bruscamente.
—Samuel —dijo Isabel—, basta.
—¿Te hizo daño? —preguntó Marta.
—No.
—Voy a sacarte de ahí.
—Lo sé.
La conexión volvió a cambiar.
—Tiene diez minutos —dijo Isabel—. Una persona entrará sola por la puerta lateral con las pruebas.
—Voy yo.
Rivas escribió rápidamente en una libreta: No.
Marta lo ignoró.
—No —respondió Isabel—. Quiero al detective Rivas.
El detective tomó el teléfono.
—Estoy escuchando.
—Traiga el portátil y la memoria. Sin armas.
—Primero libere al niño.
—Cuando compruebe que los archivos están completos.
—No puedo permitir que revise pruebas de un homicidio.
—Entonces Samuel no saldrá.
Rivas mantuvo la voz firme.
—Isabel, todavía puede terminar esto sin que nadie resulte herido.
La mujer soltó una risa sin alegría.
—Eso debieron decirle a mi madre.
—¿Qué le ocurrió a Sofía?
Hubo silencio.
—Mateo la utilizó —dijo Isabel—. Después la dejó asumir la culpa.
—¿La culpa de qué?
—De crear las primeras cuentas falsas.
Elena, que escuchaba desde otro vehículo, comenzó a escribir.
—Daniel descubrió el fraude —continuó Isabel—. Amenazó con denunciar a mi madre.
—¿Sofía trabajaba con Mateo?
—Mateo le pidió documentos para salvar el negocio. Firmas, números de póliza, identidades de clientes fallecidos. Dijo que sería temporal.