Alguien cercano Capítulo 9 Cuentas que no cuadran
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Capítulo 9 Cuentas que no cuadran

La transferencia se realizó a las tres y cuarenta y ocho de la madrugada.

Clara llevaba muerta más de dos días.

Sin embargo, alguien había entrado en la cuenta principal del negocio utilizando sus credenciales, había aprobado un pago de dieciocho mil quinientos dólares y lo había enviado a una empresa llamada Grey Harbor Services.

La operación no quedó pendiente.

No activó ninguna alerta.

El sistema la reconoció como legítima.

Cuando el especialista financiero mostró el registro en la pantalla, nadie habló durante varios segundos.

Marta permanecía de pie detrás de Lucía Torres, con una mano apoyada sobre el respaldo de una silla. Había llegado a la comisaría antes del amanecer, después de recibir una llamada del detective Rivas.

El diario de Clara seguía guardado como prueba.

Mateo y Tomás continuaban desaparecidos.

Y ahora alguien estaba utilizando la identidad de su hermana como si todavía estuviera viva.

—No puede ser Clara —dijo Marta, aunque la respuesta era evidente.

—No —contestó el especialista—. La transferencia se realizó desde una ubicación externa.

—¿Dónde?

El hombre amplió una parte del informe.

—El sistema registra una dirección de internet, pero fue ocultada a través de varias conexiones. Podemos seguir el recorrido, aunque llevará tiempo.

Marta observó la firma digital que aparecía bajo la transferencia.

Era idéntica a la de Clara.

No parecida.

Idéntica.

—¿Cómo consiguieron hacer eso?

—La firma digital puede copiarse si alguien tiene acceso al certificado de seguridad y a la contraseña.

—¿Cuántas personas podían tenerlos?

—Oficialmente, Clara y Mateo.

Lucía miró hacia Rivas.

—Mateo está fuera del hospital.

—Eso no significa que haya realizado esta transferencia —respondió el detective.

—Pero conocía el sistema.

—También Tomás.

El especialista señaló otra columna.

—Hay algo extraño. La operación fue preparada hace seis días.

—¿Antes de la muerte de Clara? —preguntó Marta.

—Sí. Pero quedó programada para ejecutarse esta madrugada.

—Entonces alguien sabía que no podría detenerla.

Rivas se acercó a la pantalla.

—O esperaba que, para entonces, ya no estuviera revisando las cuentas.

La frase hizo que Marta sintiera frío en la espalda.

—¿Está diciendo que planearon la transferencia antes de matarla?

—Estoy diciendo que la fecha pudo elegirse con anticipación.

Lucía abrió una carpeta.

—¿Qué sabemos de Grey Harbor Services?

—Fue registrada hace nueve meses —respondió el especialista—. No tiene empleados, oficinas ni actividad comercial visible.

—Otra empresa fantasma.

—Probablemente.

—¿Quién figura como propietario?

El hombre abrió el registro.

En la pantalla apareció el nombre de una mujer.

Sofía Vega.

Marta no lo reconoció.

—¿Quién es? —preguntó.

—Estamos comprobándolo.

Rivas anotó el nombre.

—¿La transferencia puede detenerse?

—El dinero ya salió de la cuenta. Pero todavía podemos solicitar al banco receptor que lo retenga si no ha sido movido.

—Hágalo ahora.

El especialista comenzó a escribir.

Marta continuó observando la pantalla.

En los últimos días había visto demasiados números. Cuarenta mil. Doscientos mil. Medio millón. Las cifras se habían vuelto tan grandes que resultaba difícil relacionarlas con la vida real.

Pero Clara sí lo habría hecho.

Habría pensado en salarios, facturas, comida, estudios y hogares. Habría visto cada dólar como algo que pertenecía a personas que confiaban en ella.

Eso era lo que Mateo y los demás habían robado realmente.

No solo dinero.

Habían robado seguridad.

Elena Ruiz llegó a la comisaría poco después de las siete.

Traía dos cafés, una carpeta llena de notas y el rostro de alguien que tampoco había dormido.

Entregó uno de los vasos a Marta.

—No sabía cómo lo tomabas.

—No importa.

Elena se sentó a su lado.

—Lucía me contó lo de la transferencia.

—Alguien sigue utilizando la cuenta de Clara.

—Eso podría ayudarnos.

Marta la miró.

—¿Cómo puede ayudarnos?

—La persona cree que todavía tiene el control. Cada movimiento nuevo deja un rastro.

—También se está llevando más dinero.

—Sí.

Elena bajó la voz.

—Pero las personas que se sienten seguras cometen errores.

Marta sostuvo el vaso sin beber.

—Mateo se sentía seguro durante años.

—Porque nadie estaba mirando.

—Clara miró.

—Y encontró demasiado.

Marta no respondió.

Elena abrió la carpeta.

—He reconstruido parte del recorrido del dinero.

—¿La policía te pidió que lo hicieras?

—No.

—Entonces ¿por qué?

—Porque Clara me lo pidió.

La respuesta fue sencilla y sincera.

Marta observó las páginas.

Había nombres de empresas, fechas, cantidades y flechas que conectaban unas cuentas con otras.

—Explícamelo sin palabras de contabilidad.

Elena giró la carpeta hacia ella.

—Northpine recibía dinero del negocio de Clara mediante facturas falsas. Después enviaba ese dinero a varias empresas intermedias.

Señaló tres nombres.

Grey Harbor Services.

Pine Crest Logistics.

Vega Consulting Group.

—Cada empresa retenía una pequeña cantidad y enviaba el resto a otra cuenta.

—¿Para ocultar el origen?

—Sí. Cuantos más movimientos, más difícil resulta seguir el dinero.

—¿Y al final?

Elena señaló un círculo rojo.

—La mayoría terminaba en una cuenta privada.

—¿De quién?

—Eso es lo que no sabemos. El banco está fuera de Maine y la cuenta aparece protegida por una empresa fiduciaria.

—Otra capa.

—Exacto.

Marta pasó la vista por los nombres.

—¿Qué relación tiene Sofía Vega?

—Grey Harbor está registrada a su nombre. Vega Consulting también.

—Entonces controla dos empresas.

—Legalmente, sí.

—¿Y nadie la ha visto?

—Encontré una antigua dirección en Bangor.

—¿La policía ya fue?

—Rivas envió agentes.

Marta levantó la mirada.

—¿Crees que es real?

Elena dudó.

—Creo que Sofía Vega existió.

—¿Existió?

—Murió hace tres años.

Marta dejó el café sobre la mesa.

—¿Estás segura?

Elena sacó una copia de un obituario.

Sofía Vega había fallecido a los sesenta y ocho años después de una enfermedad. Había trabajado durante décadas como administrativa en una empresa de seguros.

—Entonces alguien utilizó su identidad.

—Sí.

—¿Tenía familia?

—Una hija.

Elena señaló un nombre en el recorte.

Isabel Vega.

Marta frunció el ceño.

—¿La mujer que habló con Samuel?

Elena se quedó inmóvil.

La especialista infantil de la comisaría se llamaba Isabel.

—No sabemos si es la misma persona —dijo rápidamente.

Marta ya se había levantado.

—¿Dónde está Samuel?

—Con Laura.

—¿Isabel sabe dónde vive Laura?

—Participó en su entrevista. Pudo ver los datos de contacto.

Marta sacó el teléfono.

Llamó a Laura.

Nadie respondió.

Marcó otra vez.

La llamada pasó al buzón de voz.

—Detective —gritó Elena.

Rivas salió de una oficina.

—¿Qué ocurre?

Marta le mostró el obituario.

—Sofía Vega era la madre de Isabel.

Rivas tomó el documento.

—¿Qué Isabel?

—La especialista que entrevistó a Samuel.

El rostro del detective cambió.

—Lucía.

La agente apareció desde el pasillo.

—Localiza a Isabel. Ahora.

—¿Qué pasó?

—Grey Harbor está registrada a nombre de su madre fallecida.

Lucía tomó el teléfono.

Marta ya caminaba hacia la salida.

—Voy por Samuel.

Rivas le bloqueó el paso.

—No irá sola.

—Laura no responde.

—Enviaremos una patrulla.

—Es mi sobrino.

—Precisamente por eso necesita dejar que hagamos nuestro trabajo.

—Su trabajo permitió que una persona vinculada al fraude entrevistara a Samuel.

La acusación golpeó al detective.

Rivas no se defendió.

—Tiene razón —dijo—. Pero ahora necesitamos actuar con cuidado.

Marta lo miró, respirando con dificultad.

—No me pida calma.

—No se la estoy pidiendo. Le estoy pidiendo que no corra hacia una situación que todavía no entendemos.

Lucía regresó.

—El teléfono de Isabel está apagado. No se presentó esta mañana en la oficina.

—¿Dirección?

—Tiene un apartamento en el centro.

—Envía agentes.

Rivas tomó las llaves de un vehículo.

—Nosotros iremos a casa de Laura.

Laura vivía a menos de diez minutos de la comisaría.

La patrulla llegó primero.

La puerta principal estaba cerrada. No había señales de entrada forzada. El automóvil de Laura seguía estacionado frente a la casa.

Marta bajó del vehículo antes de que Rivas pudiera detenerla.

Golpeó la puerta.

—¡Laura!

Nadie respondió.

Uno de los agentes probó la manija.

Cerrada.

—Rodeen la casa —ordenó Rivas.

Marta caminó hacia una ventana lateral.

Las cortinas estaban abiertas.

La sala estaba vacía.

Sobre la mesa había una taza volcada y un plato roto en el suelo.

—Entren —dijo Marta.

Rivas vio los mismos objetos.

El agente forzó la puerta.

La casa estaba demasiado silenciosa.

—¡Policía! —gritó Rivas—. ¡Identifíquense!

Avanzaron por la sala.

Marta vio la mochila de Samuel junto al sofá.

La bufanda de Clara no estaba.

—Samuel —llamó.

Desde la cocina llegó un sonido débil.

Encontraron a Laura sentada en el suelo, apoyada contra un armario. Tenía las manos temblorosas y una pequeña herida en la frente.

Marta cayó de rodillas junto a ella.

—¿Dónde está Samuel?

Laura la miró sin comprender durante un instante.

—Se lo llevó.

—¿Quién?

—Isabel.

Rivas se agachó.

—¿Qué ocurrió?

Laura intentó respirar con normalidad.

—Llegó hace una hora. Dijo que necesitaba hablar con Samuel sobre algo que había recordado.

—¿La dejó entrar?

—Trabajaba con la policía.

Marta sintió rabia, pero no contra Laura.

Isabel había sido elegida precisamente porque parecía segura.

—¿Qué pasó después? —preguntó Rivas.

—Samuel no quería hablar con ella. Dijo que estaba cansado de responder preguntas.

Laura se llevó una mano a la cabeza.

—Isabel empezó a preguntarle por la contraseña del ordenador de Clara.

Marta cerró los ojos.

—¿Qué le dijo Samuel?

—Nada. Dijo que ya se la había dado a la policía.

—¿Y después?

—Ella se enfadó. No gritó. Eso fue peor. Cerró la puerta de la cocina y me dijo que solo necesitaba llevarlo a la comisaría.

—¿La creyó?

Laura comenzó a llorar.

—Al principio.

—Esto no es culpa suya —dijo Marta, aunque las palabras le costaron.

—Cuando intenté llamar, me golpeó con algo.

—¿Vio un arma?

—No.

—¿Qué vehículo utilizó?

—Un automóvil gris.

—¿Matrícula?

Laura negó con la cabeza.

—Samuel gritó mi nombre cuando lo sacó.

Marta se levantó.