Alguien cercano Capítulo 8 El diario escondido #3
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Capítulo 8 El diario escondido #3

—Tenemos que ir.

Rivas miró por la ventana. El cielo empezaba a oscurecer y se esperaba otra nevada durante la noche.

—Primero enviaremos una patrulla.

—Yo voy con ustedes.

—No.

—La pista está dirigida a mí.

—Y eso podría significar que solo usted sabe dónde buscar. Pero también podría ser una trampa.

—Clara confiaba en mí.

—Entonces permita que la protejamos mientras seguimos su pista.

Marta sostuvo el diario.

—Esperé demasiado para ayudarla una vez.

Rivas comprendió que no conseguiría hacerla cambiar de opinión.

—Salimos en veinte minutos.

El camino hacia el lago Merritt estaba parcialmente cubierto.

Rivas conducía el primer vehículo. Lucía viajaba a su lado. Marta iba en la parte trasera, sosteniendo el diario de Clara dentro de una bolsa protectora.

Otros dos agentes los seguían.

A medida que se alejaban de Oakhaven, las casas desaparecieron. Los árboles se cerraron alrededor de la carretera y la señal telefónica comenzó a fallar.

—¿Cuándo estuvo aquí por última vez? —preguntó Lucía.

—En el funeral de mi padre —respondió Marta—. Clara y yo vinimos a recoger algunos objetos.

—¿Mateo conocía la cabaña?

—Sí. Daniel también.

—¿Y Tomás?

—No lo sé.

El vehículo pasó junto a un cartel de madera casi oculto por la nieve.

Lago Merritt, 3 kilómetros.

Marta recordó aquel día de su infancia.

Clara tenía ocho años. Había insistido en caminar sobre una parte congelada cerca de la orilla. El hielo se quebró antes de que Marta pudiera detenerla.

Su hermana desapareció bajo el agua.

Marta se lanzó al suelo, sujetó una rama y consiguió agarrarla por el abrigo. Durante años, Clara decía que la mano de Marta había sido la primera cosa que vio cuando volvió a abrir los ojos.

Después de aquel día, había confiado en ella para todo.

Hasta que decidió enfrentarse sola a Mateo.

—Debí saberlo —murmuró Marta.

—¿Qué cosa? —preguntó Lucía.

—Que el mensaje hablaba de este lugar.

—Ha recibido demasiada información en muy poco tiempo.

—Eso no cambia nada.

—La culpa tampoco.

Marta miró por la ventana.

—Todos me dicen que no me culpe. Samuel, Laura, usted… Pero Clara necesitaba ayuda y yo no vi lo que ocurría.

—Su hermana ocultó deliberadamente el peligro.

—Porque pensó que podía controlarlo.

—Porque quería proteger a su familia.

—Y ahora Samuel no tiene madre.

Lucía guardó silencio durante un momento.

—Mi hermano murió cuando yo tenía diecinueve años —dijo finalmente.

Marta la miró.

Era la primera vez que la agente compartía algo personal.

—Sufrió una enfermedad durante varios meses. Me pidió que no le contara a nuestra madre cuánto había empeorado.

—¿Le hizo caso?

—Sí.

—¿Se arrepiente?

—Todos los días.

Lucía mantuvo la vista en la carretera.

—Después de su muerte, comprendí que había pasado meses intentando respetar su decisión mientras él intentaba protegernos. Ninguno consiguió decir lo que realmente sentía.

—¿Por qué me cuenta esto?

—Porque el amor no siempre nos vuelve más sabios. A veces nos hace guardar silencio cuando deberíamos hablar.

Marta observó el perfil de la agente.

—Clara debió contármelo.

—Sí.

La respuesta sincera la sorprendió.

—Y usted debió preguntar más cuando notó que algo le preocupaba —continuó Lucía—. Pero ninguna de esas cosas convierte a las dos en responsables del crimen.

Marta apretó la bolsa que contenía el diario.

—Solo la persona que la empujó es responsable.

—Exactamente.

La cabaña apareció entre los árboles poco antes de las seis.

Era una construcción pequeña, de madera oscura, situada a pocos metros de la orilla congelada. Parte del tejado estaba cubierta por nieve y una contraventana colgaba de una bisagra.

Rivas detuvo el vehículo a cierta distancia.

—Nadie baja todavía.

Los agentes comprobaron el exterior con linternas. No había luz en las ventanas ni humo en la chimenea.

Uno de ellos regresó.

—Hay huellas recientes.

—¿Cuántas personas? —preguntó Rivas.

—No está claro. La nieve las cubrió parcialmente.

—¿Vehículos?

—Marcas de neumáticos detrás de la cabaña.

Rivas miró a Marta.

—Se queda en el automóvil hasta que aseguremos el lugar.

Esta vez ella no discutió.

Los agentes avanzaron hacia la entrada. Rivas abrió la puerta con la llave que Marta le había entregado.

El interior estaba oscuro.

Durante varios minutos, Marta solo vio luces moviéndose detrás de las ventanas.

Finalmente, Lucía regresó.

—Está vacío.

Marta bajó del vehículo.

El aire junto al lago era más frío. La superficie helada se extendía bajo la luz del atardecer, rodeada de pinos y montañas bajas.

La cabaña olía a madera húmeda.

Los muebles estaban cubiertos con sábanas. Había una vieja estufa, una mesa y dos habitaciones pequeñas. En las paredes colgaban fotografías de la infancia de Marta y Clara.

Marta se acercó a una imagen tomada después del accidente del lago.

Clara aparecía envuelta en una manta, sentada junto a su padre. Tenía los ojos hinchados, pero sonreía.

En el reverso, escrito con la letra de su padre, aparecía una frase:

“El miedo pierde fuerza cuando dejamos de huir.”

—Eso es —dijo Marta.

—¿La pista? —preguntó Rivas.

—El lugar donde dejó de tener miedo.

Retiró la fotografía de la pared.

Detrás había una pequeña cavidad en la madera.

Vacía.

—Alguien llegó antes —dijo Lucía.

Marta tocó el borde.

Había marcas recientes alrededor del compartimento.

—Clara escondió algo aquí.

Uno de los agentes llamó desde la parte trasera.

—Detective, encontramos papeles quemados.

En una pequeña fogata improvisada había cenizas, restos de carpetas y fragmentos de plástico derretido.

Rivas se agachó.

—Alguien destruyó los documentos.

Marta sintió que todo el viaje perdía sentido.

—Llegamos tarde.

Lucía examinó el suelo alrededor de la fogata.

—No destruyeron todo.

Entre las cenizas encontró una esquina de papel protegida por una piedra. Solo podía leerse una parte de una frase.

“…Álvarez como beneficiario principal…”

Mateo.

Marta cerró los ojos.

No era una sorpresa, pero aquella pequeña prueba confirmaba que Clara había tenido razón.

—¿Hay algo más? —preguntó Rivas.

El agente señaló unas huellas que conducían hacia el lago.

—La persona salió por detrás y caminó hasta la orilla.

Las siguieron con las linternas.

A pocos metros del hielo encontraron una caja metálica abierta. Estaba vacía.

Junto a ella había un guante de cuero negro.

Lucía lo recogió con cuidado.

—¿Lo reconoce?

Marta negó con la cabeza.

Rivas examinó las huellas.

—Alguien llegó en un vehículo, entró en la cabaña, quemó los documentos y caminó hacia el lago.

—¿Por qué? —preguntó Marta.

El detective iluminó la superficie congelada.

Las pisadas continuaban varios metros sobre el hielo.

Después desaparecían.

—Tal vez arrojó algo al agua.

—El lago está congelado.

—Hay una abertura más adelante.

Avanzaron por la orilla hasta encontrar un agujero irregular en el hielo. Parecía haber sido abierto con una herramienta.

Lucía iluminó el agua negra.

—Pudo arrojar una memoria, un teléfono o cualquier otro objeto pequeño.

—¿Podrán recuperarlo? —preguntó Marta.

—Necesitaremos un equipo especializado.

Rivas se volvió hacia la cabaña.

—Quien hizo esto conocía el escondite exacto.

—Mateo vio el diario —dijo Marta.

—No sabemos si leyó la última entrada.

—Samuel dijo que Clara lo escondió cuando él llegó.

—Eso significa que ella no quería que lo viera. No que él nunca lo encontrara.

Lucía levantó el guante.

—Buscaremos ADN.

Marta miró el lago.

Treinta y dos años atrás, había sacado a Clara de aquellas aguas.

Ahora, el mismo lugar guardaba las pruebas que su hermana había intentado dejarle.

—Mateo estuvo aquí —dijo.

Rivas no la contradijo.

Cuando regresaron a Oakhaven, ya había comenzado a nevar.

El teléfono de Rivas recuperó la señal cerca de la carretera principal. Recibió varias llamadas seguidas.

Escuchó la primera en silencio.

Después miró a Lucía.

—Mateo salió del hospital.

—¿Con autorización?

—No.

—¿Cómo?

—Un agente encontró la puerta de su habitación abierta. El otro estaba inconsciente en el pasillo.

—¿Lo atacaron?

—Alguien le dio un sedante.

Marta se inclinó hacia delante.

—¿Mateo escapó?

—Eso parece.

—¿Hay cámaras?

—Una persona con uniforme médico entró en la habitación. El rostro estaba cubierto con una mascarilla.

—Tomás —dijo Lucía.

—Tal vez.

Rivas respondió otra llamada.

—Rivas.

Escuchó durante varios segundos.

—¿Está seguro?

Su expresión cambió.

—Cierren la zona. No toquen nada hasta que lleguemos.

Colgó.

—¿Qué encontraron? —preguntó Marta.

El detective tardó un momento en responder.

—Un trabajador municipal vio un vehículo abandonado cerca del antiguo almacén del negocio.

—¿De quién?

—De Tomás.

—¿Está dentro?

—No.

—¿Entonces qué hay?

Rivas miró hacia la carretera.

—Sangre en el asiento del acompañante.

—¿De Mateo?

—Todavía no lo sabemos.

Marta apretó los dedos alrededor del diario.

Mateo había desaparecido otra vez.

Tomás tampoco aparecía.

Y alguien había destruido las pruebas que Clara dejó en la cabaña.

—Mateo sabía que íbamos a encontrar el diario —dijo Marta.

—No podía saber cuándo.

—Pero sabía lo que contenía.

—Es posible.

—Por eso escapó.

Rivas guardó el teléfono.

—O alguien lo sacó del hospital porque teme lo que pueda decir.

Marta recordó la advertencia escrita por Clara.

Todos señalaban a otra persona.

Todos culpaban al miedo, a las deudas o a las órdenes recibidas.

Pero solo uno había estado presente desde el principio.

Mateo.

La nieve caía cada vez con más fuerza mientras regresaban a Oakhaven.

Dentro de la bolsa, el diario de Clara permanecía cerrado sobre las rodillas de Marta.

Su hermana ya no podía hablar.

Pero página tras página, había dejado una voz que se negaba a desaparecer.

Y esa voz conducía siempre al mismo hombre.