Capítulo 8 El diario escondido #2
No encontraron huellas desconocidas en la cubierta. Solo las de Clara, Samuel y, en una esquina, una impresión parcial que no podía identificarse. No había sangre ni fibras relacionadas con la noche del asesinato.
A las cuatro de la tarde, Marta se sentó en la sala de reuniones junto a Rivas y Lucía.
El diario estaba colocado sobre la mesa.
—Algunas partes pueden contener información personal que no tenga relación con el caso —dijo Rivas—. Intentaremos respetar la privacidad de su hermana.
Marta miró el cuaderno.
—Clara está muerta. Lo único que puedo hacer por ella es descubrir la verdad.
El detective abrió la primera página.
Las anotaciones no tenían una frecuencia regular. Algunas estaban separadas por semanas. Otras habían sido escritas en días consecutivos.
La primera entrada era de casi cuatro años antes, unos meses después de la muerte de Daniel.
Rivas comenzó a leer en silencio.
Marta extendió la mano.
—Quiero leerla yo.
El detective le entregó el diario.
La letra de Clara era firme, aunque algunas palabras parecían escritas con demasiada presión.
“Hoy Mateo vino a ayudarme con las cuentas. No se lo pedí, pero dijo que Daniel habría querido que el negocio siguiera funcionando.
Samuel preguntó otra vez por qué su padre conducía aquella noche. Le dije que iba a revisar unos documentos del almacén. Eso fue lo que me contó Mateo.
Sin embargo, hoy encontré el calendario de Daniel. No tenía ninguna reunión anotada.”
Marta levantó la mirada.
—Mateo dijo que Daniel iba al almacén.
—¿Eso fue parte de la investigación del accidente? —preguntó Lucía.
—No lo sé. En aquel momento nadie pensó que fuera importante.
Rivas tomó nota.
Marta continuó.
“Pregunté a Mateo si estaba seguro. Se enfadó. No gritó, pero dijo que revolver el pasado solo haría daño a Samuel.
Quizá tenga razón.
Pero Daniel nunca conducía sin avisarme.”
La siguiente entrada era de tres días después.
“Encontré una llamada de Mateo en el teléfono de Daniel. Fue realizada veinte minutos antes del accidente.
Mateo dijo que no la recordaba.”
Marta cerró los ojos.
Daniel había muerto en una carretera a las afueras de Oakhaven. Su automóvil salió de una curva y chocó contra un árbol. No había testigos. El informe concluyó que perdió el control sobre una zona con hielo.
Mateo había llegado al hospital antes que casi todos.
Había sido él quien abrazó a Clara cuando el médico anunció la muerte.
—¿Por qué Clara nunca dijo nada? —preguntó Lucía.
—Porque estaba destruida —respondió Marta—. Samuel tenía siete años. El negocio estaba en crisis. Mateo se convirtió en la persona que resolvía todo.
La siguiente entrada confirmaba sus palabras.
“No quiero sospechar de Mateo. Ha estado aquí todos los días. Ayudó con el funeral, las cuentas y los papeles del seguro. Samuel confía en él.
Yo también quiero confiar.
Pero cuando mencioné la última llamada de Daniel, Mateo me pidió que borrara el registro.
Dijo que mirar aquella hora una y otra vez no cambiaría nada.”
Marta apretó el borde de la página.
—Siempre tenía una explicación —dijo.
—Las explicaciones pueden parecer convincentes cuando vienen de alguien cercano —respondió Rivas.
El diario continuaba con anotaciones sobre el duelo, Samuel y las dificultades para mantener el negocio. Durante varios meses, Clara apenas mencionó a Mateo. Cuando lo hacía, era para agradecer su ayuda.
Después, casi dos años más tarde, su tono volvió a cambiar.
“Hoy encontré una caja de Daniel en el almacén. Mateo intentó llevársela antes de que pudiera revisarla. Dijo que contenía documentos viejos sin valor.
¿Por qué tenía tanta prisa?”
La siguiente página había sido arrancada.
Lucía examinó el borde.
—No es reciente. El papel fue retirado hace bastante tiempo.
—¿Por Clara? —preguntó Marta.
—O por alguien que encontró el diario antes.
Marta recordó a Samuel diciendo que Clara lo había ocultado cuando llegó Mateo.
—Él sabía que escribía.
—Tal vez —dijo Rivas—. Continúe.
La siguiente anotación era de hacía siete meses.
“Las cuentas no coinciden.
Mateo dice que el nuevo sistema está duplicando pagos, pero las transferencias son reales. Algunas van a Northpine Consulting.
El nombre me resulta familiar.”
Dos días después, Clara escribió:
“Northpine aparece en los papeles de Daniel.
La empresa existía antes de su muerte.
Mateo me mintió.”
Marta respiró profundamente antes de continuar.
“Lo confronté. Dijo que Daniel creó Northpine para proteger el negocio. Según él, todo era legal y no me lo contaron porque yo estaba cuidando a Samuel y atravesando una etapa difícil.
Utilizó la palabra ‘proteger’.
Empiezo a odiar esa palabra.
Las personas la usan cuando deciden que no mereces conocer la verdad.”
Lucía miró a Marta, pero no dijo nada.
La siguiente entrada estaba fechada tres semanas antes de la muerte.
“Encontré el video de Daniel.
Mateo aparece solo como una voz, pero sé que es él.
‘Vine a asegurarme de que no cometas un error.’
No puedo dejar de escuchar esa frase.
La noche en que Daniel murió, Mateo dijo que no había hablado con él durante varios días. El registro telefónico demuestra lo contrario.
¿Fue una mentira por miedo?
¿O porque tenía algo que ocultar?”
Marta se detuvo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero siguió leyendo.
“Quise llamar a Marta.
No lo hice.
Ella amaba a Daniel como a un hermano. Si mis sospechas están equivocadas, le abriré una herida innecesaria. Si son ciertas, no sé cómo decirle que el hombre que estuvo a nuestro lado durante el funeral pudo saber más de lo que contó.”
Marta apoyó el diario sobre la mesa.
—Intentaba protegerme.
Rivas esperó.
Ella se secó las lágrimas.
—Laura tenía razón.
—Puede detenerse —dijo Lucía.
—No.
Volvió a tomar el cuaderno.
“Hoy pregunté a Mateo directamente si vio a Daniel la noche del accidente.
Dijo que no.
Entonces le mostré la grabación.
Su rostro cambió.
No parecía sorprendido de que existiera. Parecía sorprendido de que yo la hubiera encontrado.
Dijo que fue a hablar con Daniel porque quería impedir que denunciara a Tomás antes de reunir pruebas suficientes.
Le pregunté por qué había mentido durante cuatro años.
No respondió.”
Debajo de aquella entrada había una frase escrita con tinta diferente.
“Mateo no tiene miedo de Tomás.
Tomás tiene miedo de Mateo.”
Rivas tomó nota inmediatamente.
—Eso contradice la versión que Mateo nos dio.
—Él aseguró que Tomás tomó el control de Northpine —dijo Lucía.
—Clara pensaba lo contrario.
Las entradas siguientes relataban cómo Clara contactó con Elena y comenzó a copiar documentos. También mencionaban las transferencias realizadas a David y el pago entregado a Ernesto.
Una semana antes del asesinato, escribió:
“Todos señalan a alguien más.
David culpa a sus deudas.
Ernesto culpa a Mateo.
Tomás dice que solo firmaba lo que recibía.
Mateo afirma que Tomás lo controlaba.
La verdad es que todos eligieron participar.
Pero solo uno de ellos estaba presente desde el principio.”
Marta sintió que sabía cuál era el nombre antes de leerlo.
“Mateo.”
La página siguiente contenía una lista.
Northpine creada con Daniel.
Documentos originales alterados.
Credenciales de Clara utilizadas.
Llamada antes del accidente.
Mentira sobre la reunión con Daniel.
Presión para abandonar la investigación.
Acceso completo a la casa.
Acceso al código de seguridad.
Marta señaló la última línea.
—Mateo conocía el código.
—Él dijo que Clara le abrió la puerta durante su primera visita —respondió Rivas.
—Podía entrar sin que ella lo ayudara.
Lucía revisó los registros de la alarma.
—El código utilizado a las siete y cuarenta y dos era el personal de Clara.
—¿Mateo lo conocía?
—Podría haberlo visto muchas veces.
Marta volvió al diario.
La penúltima entrada estaba fechada el día anterior a la muerte de Clara.
“Mañana entregaré las pruebas.
Mateo vino esta tarde. Le dije que todo había terminado. Por primera vez, no intentó parecer arrepentido.
Dijo que no comprendía lo que estaba a punto de destruir.
Le respondí que él lo había destruido cuando decidió robarnos.
Entonces mencionó a Samuel.
Dijo que el escándalo podría quitarle el negocio, la casa y el futuro.
No sé si intentaba asustarme o si era una amenaza.
Le pedí que nunca volviera a utilizar el nombre de mi hijo para protegerse.”
La última entrada había sido escrita el día del asesinato.
La letra era menos uniforme. Algunas palabras se inclinaban hacia abajo, como si Clara hubiera escrito deprisa.
“Esta noche hablaré con todos por última vez.
David debe entregar sus registros.
Ernesto prometió confesar.
Tomás vendrá para explicar las cuentas que firmó.
Mateo dice que puede demostrar que alguien más utilizó Northpine.
No confío en ninguno de ellos.
He guardado la copia principal fuera de la casa. La memoria que todos buscan no contiene los documentos completos. Es una copia incompleta.
Solo Marta podrá encontrar la verdadera.”
Marta levantó la cabeza.
—¿Yo?
—¿Sabe a qué se refiere? —preguntó Rivas.
—No.
Continuó leyendo.
“Si algo ocurre, debe recordar el lugar donde Clara dejó de tener miedo.”
La frase estaba escrita en tercera persona.
Como un mensaje preparado exclusivamente para Marta.
Debajo aparecía una fecha.
El 14 de febrero de hacía treinta y dos años.
Marta la reconoció inmediatamente.
—Era el día en que Clara cayó al lago.
Lucía frunció el ceño.
—¿Qué lago?
—El lago Merritt. Éramos niñas. El hielo se rompió y ella cayó al agua.
—¿Cómo salió?
—Yo la saqué.
Marta volvió a mirar la frase.
El lugar donde Clara dejó de tener miedo.
—Después del accidente, no quería acercarse al lago —continuó—. Nuestro padre nos llevó allí cada semana durante meses. Le enseñó a caminar sobre la orilla, a reconocer el hielo seguro y a no dejar que un momento terrible controlara toda su vida.
—¿Hay alguna propiedad de su familia allí? —preguntó Rivas.
—Una pequeña cabaña. No la usamos desde que murieron nuestros padres.
Lucía se puso de pie.
—Mateo mencionó una cabaña cerca de un lago.
—Dijo que pertenecía a Tomás —recordó Rivas.
—Tal vez mintió.
Marta cerró el diario.
—Clara escondió allí los documentos originales.
—Es posible.