Alguien cercano Capítulo 8 El diario escondido
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Capítulo 8 El diario escondido

La casa de Clara permanecía cerrada y silenciosa.

La cinta policial seguía colocada alrededor del porche, aunque la mayor parte del equipo forense ya había terminado su trabajo.

Bajo la luz gris de la mañana, la vivienda parecía más antigua que antes.

La nieve acumulada sobre el tejado comenzaba a derretirse y pequeñas gotas caían de los aleros con un ritmo constante.

Marta permaneció frente a la puerta sin atreverse a entrar.

Habían pasado menos de tres días desde que encontró a su hermana bajo las escaleras, pero sentía que había envejecido varios años. Cada ventana, cada tabla del porche y cada marca en la pintura le devolvían una imagen distinta de Clara.

Clara plantando flores junto a la entrada.

Clara recibiendo a Samuel después de la escuela.

Clara riéndose mientras intentaba quitar nieve del camino con una pala demasiado pequeña.

Y Clara, herida, intentando pronunciar una última palabra.

—No tenemos que hacerlo hoy —dijo Lucía Torres.

La agente esperaba junto a ella con una carpeta bajo el brazo. Había acompañado a Marta para recoger ropa y objetos personales de Samuel. La policía había autorizado una visita breve, siempre que ninguna de las dos tocara las zonas todavía marcadas como parte de la investigación.

Marta introdujo la llave en la cerradura.

—Samuel necesita sus cosas.

—Podemos pedirle a un agente que las busque.

—No sabrá cuáles quiere.

Lucía observó su mano.

La llave temblaba entre sus dedos.

—Marta.

—Estoy bien.

—No tiene que demostrarlo.

Marta mantuvo la vista en la puerta.

—No intento demostrar nada.

Pero no era verdad.

Desde la muerte de Clara, todos parecían esperar que se derrumbara. Laura la observaba cada vez que sostenía una taza caliente, como si temiera que Marta la dejara caer. Samuel intentaba esconder sus lágrimas para no preocuparla. Incluso el detective Rivas bajaba la voz cuando hablaba con ella.

Marta estaba cansada de parecer frágil.

Abrió la puerta.

El aire del interior era frío. La calefacción había sido reducida y la casa olía a polvo, madera y productos utilizados por los técnicos forenses.

La sala seguía casi igual que aquella noche. La manta estaba doblada sobre el sofá. El libro de Clara permanecía dentro de una bolsa transparente, sobre una mesa lateral. La taza que había estado tibia cuando Marta llegó ya no estaba.

La habían recogido como prueba.

Marta se quitó el abrigo lentamente.

—Solo tomaremos lo necesario —dijo Lucía—. Después nos marcharemos.

Marta asintió.

No quería mirar hacia las escaleras.

Aun así, lo hizo.

La estructura que conducía al ático estaba vacía. Habían retirado las cajas rotas y limpiado la sangre, pero sobre el suelo quedaba una diferencia de color. Una sombra irregular que ninguna limpieza podría borrar por completo.

Marta apartó la vista.

—La habitación de Samuel está arriba.

Subieron sin hablar.

Cada escalón crujía bajo sus pies. Marta recordaba haber corrido por aquella misma escalera cuando era niña, perseguida por Clara, que siempre terminaba riéndose antes de alcanzarla.

El recuerdo resultaba tan vivo que por un instante esperó escuchar aquella risa.

Solo oyó el viento contra las ventanas.

La puerta de la habitación de Samuel estaba entreabierta.

En el escritorio seguía la maqueta de madera que el niño construía para la escuela. Había formado una pequeña ciudad con casas, una biblioteca y una iglesia. Una de las paredes aún no estaba terminada.

Marta tomó una mochila del armario y comenzó a guardar ropa.

—Dos suéteres —murmuró—. Pantalones, calcetines…

Lucía permaneció cerca de la puerta, dándole espacio.

—¿Cuánto tiempo cree que estará conmigo? —preguntó Marta.

—Eso dependerá de usted, de Samuel y de los servicios familiares.

—Soy su única familia cercana que puede cuidarlo.

—Nadie está cuestionando eso.

Marta dobló una camisa.

—David es familia.

—David está detenido.

—Lo sé.

Había dicho su nombre sin pensar.

Todavía le costaba aceptar todo lo que había descubierto sobre él. David había mentido, ocultado pruebas y participado en las transferencias. También había sujetado a Clara aquella noche.

Sin embargo, insistía en que se marchó mientras ella seguía viva.

La grabación terminaba antes de demostrar lo contrario.

Marta no sabía qué deseaba más: que David fuera el responsable y la búsqueda terminara, o que dijera la verdad y el asesino siguiera libre.

Lucía se acercó al escritorio.

—Es una maqueta muy detallada.

—Samuel la hacía con Clara.

Había pequeñas figuras junto a la biblioteca. Una representaba a una mujer con un abrigo rojo. Otra, a un niño con una mochila.

Marta tocó la figura de la mujer.

—Él le pidió que construyera su casa aquí.

—¿Está?

—Todavía no. Clara dijo que tenían que terminar primero los edificios importantes.

Lucía sonrió con tristeza.

—Parece algo que ella diría.

Marta guardó la figura dentro de un cajón para evitar que se perdiera.

Al cerrarlo, escuchó un pequeño golpe detrás del escritorio.

—¿Qué fue eso?

Se agachó y miró entre el mueble y la pared.

Había un cuaderno delgado en el suelo.

Marta introdujo la mano y consiguió sacarlo. La cubierta era azul oscuro, sin título ni nombre. Estaba cubierta de polvo, excepto en una esquina, donde alguien la había sujetado recientemente.

Lucía se acercó.

—No lo abra todavía.

—¿Por qué?

—Podría ser relevante.

—Es un cuaderno de Samuel.

Marta lo giró.

En la primera página había una frase escrita con la letra de Clara.

“Hay verdades que solo pueden escribirse cuando todavía no se tiene valor para pronunciarlas.”

Marta dejó de respirar durante un instante.

—Es de ella.

Lucía sacó el teléfono y llamó al detective Rivas.

—Encontramos un posible diario en la habitación de Samuel.

Marta abrió la siguiente página.

—Le dije que no lo tocara.

—Es mi hermana.

—También es una investigación de homicidio.

—No voy a llevármelo.

Lucía terminó la llamada.

—Rivas viene en camino. Hasta entonces, debemos dejarlo donde estaba.

—No.

—Marta.

—Clara lo escondió en la habitación de su hijo. No en una caja de seguridad ni en el ático. Aquí.

—Tal vez porque creyó que nadie buscaría entre las cosas de Samuel.

Marta sostuvo el diario contra su pecho.

—O porque quería que él lo encontrara algún día.

Lucía mantuvo la voz tranquila.

—Comprendo que quiera saber qué escribió, pero si hay huellas o pruebas físicas, podríamos perderlas.

Marta miró la cubierta.

Después se la entregó.

—Quiero estar presente cuando lo lean.

—Se lo diré al detective.

—No. Quiero que me lo prometa.

Lucía tomó el cuaderno con cuidado.

—Se lo prometo.

Samuel esperaba en casa de Laura.

Estaba sentado en la mesa de la cocina, mirando un plato de sopa que se había enfriado. Laura intentaba convencerlo de que comiera, pero él apenas movía la cuchara.

Cuando Marta llegó, levantó la cabeza de inmediato.

—¿Trajiste mi maqueta?

—No cabía sin romperla. La traeremos cuando podamos ir con más tiempo.

—¿Y mi suéter verde?

—Está en la mochila.

Samuel se levantó y revisó las cosas.

Marta observó su rostro mientras sacaba la ropa. Cada prenda parecía recordarle algo. Tocó una camiseta que Clara le había comprado durante un viaje escolar y la dobló cuidadosamente antes de volver a guardarla.

—Encontré algo detrás de tu escritorio —dijo Marta.

Samuel dejó de moverse.

—¿Qué?

—Un cuaderno azul.

El niño la miró.

—¿Lo abriste?

—Solo la primera página.

—Era de mamá.

—¿Sabías que estaba allí?

Samuel bajó la vista.

—La vi escribiendo una vez.

Marta se acercó.

—¿Cuándo?

—Hace mucho.

—¿Cuánto?

—No sé. Antes del verano.

—¿Te dijo qué era?

—Dijo que escribía cosas que no quería olvidar.

—¿Te pidió que lo guardaras?

Samuel negó con la cabeza.

—Lo puso detrás del escritorio cuando escuchó a alguien entrar.

—¿Quién?

—Mateo.

La respuesta hizo que Marta sintiera un peso en el estómago.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Entró en tu habitación?

—No. Mamá salió y cerró la puerta.

—¿Escuchaste de qué hablaron?

—No mucho.

Samuel miró hacia Laura, que fingía ordenar unos platos para darles privacidad.

—Mateo le preguntó si todavía pensaba en lo que le había pasado a papá.

Marta se sentó frente al niño.

—¿Qué respondió tu madre?

—Dijo que pensaba en él todos los días.

—¿Algo más?

Samuel frunció el ceño, intentando recordar.

—Mateo dijo que no era bueno seguir buscando explicaciones.

—¿Explicaciones sobre qué?

—No lo sé.

—Samuel, esto es importante.

—Ya te dije que no lo sé.

El niño elevó la voz y después apretó los labios, como si temiera haber hecho algo malo.

Marta extendió una mano.

—No estoy enfadada contigo.

—Todos me preguntan cosas que no recuerdo.

—Lo siento.

—La policía me pregunta por Mateo. Tú me preguntas por mamá. Isabel me pregunta cómo me siento.

—Solo intentamos entender.

—Yo tampoco entiendo.

Samuel empujó el plato.

—Mamá estaba bien. Después todos empezaron a mentir y ahora ella está muerta.

Se levantó y tomó la mochila.

—Voy a mi habitación.

—Samuel…

El niño se detuvo junto a la puerta.

—¿Van a leer el diario?

—Sí.

—Tal vez escribió por qué no confió en ti.

La frase golpeó a Marta con una fuerza inesperada.

Samuel pareció arrepentirse de inmediato, pero no se disculpó. Subió las escaleras y cerró la puerta.

Laura se sentó junto a Marta.

—Está sufriendo.

—Yo era su hermana.

—Lo sé.

—Clara debió contarme lo que estaba ocurriendo.

—Quizá intentaba protegerte.

—Eso no la protegió a ella.

Marta miró la sopa intacta.

—Samuel tiene razón. No confió en mí.

Laura le tomó una mano.

—Te entregó la responsabilidad de cuidar a su hijo. Te dejó la carta. Le dijo a Samuel que te buscara si algo salía mal.

—Pero no me dijo la verdad cuando todavía podía ayudarla.

—Tal vez ella misma no comprendía toda la verdad.

Marta recordó la frase de la primera página.

Verdades que no tenía valor para pronunciar.

—El diario podría explicarlo.

—O podría darte más preguntas.

—Ya no sé cuál de las dos cosas es peor.

El detective Rivas llevó el diario a la comisaría y pidió que fuera examinado antes de leerlo.