Capítulo 7 El socio perfecto #3
Rivas colocó el portátil de Clara sobre la mesa, dentro de una funda transparente.
—El equipo digital encontró una carpeta cifrada. Se llama “Daniel”.
Marta sintió una presión en el pecho.
—El nombre del esposo de Clara.
—Sí.
—¿Intentaron abrirla?
—Todavía no. No queremos bloquear o dañar los archivos.
—¿Qué tiene que ver Samuel?
—Mateo dice que Clara utilizaba una frase que Samuel conocía.
Marta recordó algo.
Una tarde, varios meses atrás, Clara había pedido a Samuel que la ayudara a recordar la contraseña de una cuenta familiar. El niño había reído y le había dicho que utilizaba siempre las mismas palabras.
—Podría saberla —admitió.
—Necesitamos preguntarle.
—No quiero que participe más.
—Puede haber información que identifique al asesino.
Marta miró el portátil.
Todo parecía conducir siempre hacia Samuel. Clara le había entregado la llave. Ahora otra parte de las pruebas dependía de él.
—Hablaré con él —dijo—. Sin policías.
—Marta…
—No voy a obligarlo.
Rivas asintió.
—Está bien.
Antes de levantarse, ella señaló las fotografías de la mesa.
—¿Encontraron a Tomás?
—No está en su casa ni en su oficina.
—¿Su automóvil?
—Abandonado cerca de una estación de autobuses.
—Entonces también huyó.
—O quiere que pensemos eso.
Marta miró una fotografía de Mateo tomada en el hospital. Parecía débil, casi indefenso.
Pero ella recordaba cómo había llegado la noche de la muerte de Clara. Su preocupación parecía perfecta. Su dolor, convincente. Sus preguntas, cuidadosas.
El socio perfecto.
El amigo perfecto.
El hombre que siempre sabía qué decir.
—Mateo sabía que Clara estaba muerta antes de que yo se lo dijera —dijo de repente.
Rivas levantó la vista.
—¿Por qué piensa eso?
—Cuando llegó al hospital me preguntó dónde estaba Clara. Le dije que había muerto. Pareció sorprendido.
—Eso coincide con su declaración.
—No. Antes de eso, dijo que había hablado con ella por la tarde. Después preguntó si había sido una caída.
—La gente de la ciudad ya hablaba del accidente.
—Todavía no. Él llegó pocos minutos después de que la policía entrara en la casa.
Lucía tomó la libreta.
—¿Qué dijo exactamente?
Marta cerró los ojos, intentando reconstruir la conversación.
—Preguntó: “¿Se cayó?”
—Usted pudo haber mencionado que la encontró bajo las escaleras.
—No. Solo le dije que Clara había muerto.
Rivas anotó la frase.
—Tal vez alguien lo llamó.
—Entonces debería decir quién.
—Revisaremos otra vez sus comunicaciones.
Marta observó la imagen.
—Además, cuando dijo que había advertido a Clara sobre la escalera, yo le pregunté si sabía que ella iba a subir al ático. Negó saberlo.
—Podría haber hablado de la escalera en otra ocasión.
—O sabía exactamente dónde la habían encontrado.
El detective guardó la fotografía.
—Es un detalle importante.
—No es un detalle. Es una mentira.
Samuel estaba sentado en el suelo de la sala de Laura, construyendo una torre con pequeñas piezas de madera.
Cuando Marta regresó, él no levantó la cabeza.
—Dijiste que volverías antes del almuerzo.
—Lo siento.
—Siempre dices eso ahora.
Marta dejó el abrigo sobre una silla.
—Necesito preguntarte algo.
Samuel colocó otra pieza sobre la torre.
—¿Sobre Mateo?
—Sí.
La pieza quedó suspendida entre sus dedos.
—¿Confesó?
—No.
—Entonces mintió.
—Dijo algunas cosas que la policía está verificando.
—¿Qué dijo de mí?
Marta se detuvo.
—¿Por qué piensas que habló de ti?
—Porque todos me miran de una forma extraña cuando saben algo que no quieren contarme.
El niño dejó la pieza en el suelo.
—Samuel, encontraron una carpeta protegida en el ordenador de tu mamá.
—¿Y?
—Se llama “Daniel”.
El rostro del niño cambió al escuchar el nombre de su padre.
—¿Necesitan una contraseña?
—Sí.
Samuel bajó la mirada.
—La conozco.
Marta se sentó junto a él.
—¿Estás seguro?
—Mamá me la dijo hace mucho tiempo.
—¿Por qué?
—Porque dijo que algunas cosas de papá también me pertenecían.
—¿Cuál es?
Samuel cerró los ojos.
—“La luz vuelve a casa”.
Marta sintió un nudo en la garganta.
—¿Qué significa?
—Papá se lo decía cuando había tormentas.
Clara había tenido miedo a la oscuridad cuando era niña. Daniel solía encender la luz del porche antes de que ella regresara del trabajo y le decía que, mientras aquella luz estuviera encendida, siempre tendría un hogar al que volver.
Marta tomó la mano de Samuel.
—La policía necesita abrir la carpeta.
—¿Encontrarán al asesino?
—Tal vez.
—Entonces dales la contraseña.
—¿Estás seguro?
Samuel miró la torre incompleta.
—Mamá quería que la encontráramos.
La carpeta se abrió a las dos y dieciséis de la tarde.
Rivas, Lucía, un especialista digital y Marta permanecían frente al monitor. Samuel estaba en una sala cercana con Isabel. Había pedido no mirar los archivos, pero quería estar en la comisaría.
Dentro de la carpeta había documentos antiguos del negocio, contratos firmados por Daniel y copias de cuentas bancarias. También había fotografías familiares y varios mensajes que Clara había guardado después de la muerte de su esposo.
Al principio no parecía haber nada relacionado con Northpine.
El especialista abrió una subcarpeta oculta.
Aparecieron tres archivos.
El primero era una hoja de cálculo con transferencias y nombres codificados.
El segundo, una copia del registro original de Northpine Consulting.
El tercero era un video.
—Abra el registro —ordenó Rivas.
El documento había sido emitido cinco años antes.
Northpine no era una empresa creada recientemente por Mateo.
Había existido cuando Daniel todavía estaba vivo.
Marta se acercó a la pantalla.
—Eso no tiene sentido.
Lucía leyó los nombres.
Mateo figuraba como administrador secundario.
Tomás, como agente financiero.
Pero el propietario original era Daniel Morales.
El difunto esposo de Clara.
Marta sintió que la habitación se inclinaba.
—Daniel no habría hecho esto.
—El documento podría estar falsificado —dijo el especialista.
—Revise la firma.
Amplió la imagen.
Marta reconoció la letra de Daniel.
Aun así, algo parecía extraño.
—La fecha —dijo Lucía—. Fue registrada seis meses antes de su muerte.
Rivas abrió la hoja de cálculo.
Algunas transferencias antiguas iban desde Northpine hacia el negocio familiar. No parecían robos. Eran préstamos internos utilizados para mantener la empresa en funcionamiento.
—Mateo no creó Northpine —dijo Marta.
—Tal vez la reactivó —respondió Rivas—. Después de la muerte de Daniel.
—¿Clara sabía que existía?
—Por su reacción en las grabaciones, no.
Lucía señaló el tercer archivo.
—Abra el video.
La imagen apareció borrosa durante unos segundos.
Después se vio a Daniel sentado en el antiguo despacho de la empresa. Estaba más delgado de lo que Marta recordaba. Parecía cansado.
Miró directamente a la cámara.