Capítulo 7 El socio perfecto #2
—¿Le pidió que fuera?
—Dijo que necesitábamos convencerla juntos.
—¿Por qué no fue directamente desde la tienda?
—Intenté llamar a Clara. No respondió. Llamé a Tomás. Tampoco.
—¿A qué hora llegó?
—No miré el reloj.
—Necesitamos precisión.
Mateo pensó.
—Tal vez a las ocho cuarenta.
Lucía escribió algo.
—Marta encontró a Clara poco antes de las nueve.
—Entonces debió de ser antes.
—¿Qué vio al llegar?
La respiración de Mateo se volvió más rápida.
—La puerta estaba abierta.
—¿Entró?
—Sí.
—¿Llamó a Clara?
—Varias veces.
—¿Dónde la encontró?
—En el piso de arriba.
Rivas mantuvo la voz neutral.
—¿En el ático?
Mateo dudó.
—Cerca de la escalera.
—Marta la encontró debajo de la estructura de la escalera, en un espacio de almacenamiento.
—Alguien debió moverla.
Lucía levantó la mirada.
—¿No fue usted?
—No.
—¿Estaba consciente?
—Sí.
—¿Qué dijo?
Mateo apretó los labios.
—No pude entenderla.
—David asegura que usted le contó que Clara estaba viva.
—Lo estaba.
—¿La tocó?
—Comprobé si respiraba.
—¿Por qué había sangre suya en el ático?
Mateo miró a Rivas.
—No sabía que habían encontrado eso.
—No he dicho que la encontráramos.
El silencio fue inmediato.
Lucía dejó el bolígrafo sobre la mesa.
Mateo comprendió el error.
—Había sangre en mi mano —dijo rápidamente—. Pude dejarla al tocar el suelo o el escritorio.
—Hace un momento dijo que se había cortado en el almacén —respondió Rivas—. Ahora asegura que pudo sangrar en el ático.
—La herida volvió a abrirse.
—¿Dónde exactamente tocó?
—No lo recuerdo.
—Inténtelo.
—El escritorio. La escalera. No lo sé.
Rivas se recostó en la silla.
—¿Por qué no llamó a emergencias?
—Escuché un automóvil afuera.
—¿De quién?
—Pensé que era Tomás.
—¿Lo vio?
—No.
—¿Por qué le asustaba que regresara?
—Porque Clara estaba herida y él había dicho que iría a verla.
—¿Pensó que Tomás la había empujado?
—Sí.
—Entonces ¿por qué no pidió ayuda?
Mateo miró hacia sus manos.
—Entré en pánico.
—Se llevó el portátil.
—Sí.
—Una mujer estaba muriendo y su prioridad fue robar pruebas.
—Pensé que el ordenador contenía todo lo de Northpine.
—¿Quería entregarlo a la policía?
Mateo no respondió.
—Quería destruirlo —dijo Lucía.
—Al principio, sí.
—¿Y después?
—Cuando vi a Clara comprendí lo que habíamos causado. Pensé que podía utilizar el ordenador para descubrir quién había estado allí.
Rivas negó lentamente.
—No revisó el ordenador. Lo dejó dentro de una bolsa en un automóvil robado.
—No tuve tiempo.
—¿Qué hizo después de salir de la casa?
—Conduje hasta el hospital.
Lucía frunció el ceño.
—Llegó al hospital a las diez y cuarenta y cinco.
—Estuve conduciendo.
—El hospital está a quince minutos.
Mateo tragó saliva.
—No sabía qué hacer.
—¿Dónde estuvo durante casi dos horas?
—En el estacionamiento de una iglesia.
—¿Qué iglesia?
—La de San Marcos.
—Verificaremos las cámaras.
—No creo que tengan.
—¿Llamó a alguien?
—A Tomás.
—¿Respondió?
—Una vez.
—¿Qué dijo?
—Que no volviera a llamarlo.
—¿Le preguntó qué había hecho con Clara?
—Sí.
—¿Y?
—Dijo que, cuando salió de la casa, ella estaba bien.
—¿Le creyó?
Mateo miró al detective.
—No.
—¿Qué hizo después?
—Fui al hospital. Quería saber si Clara estaba viva.
—Allí se acercó a Marta.
—Sí.
—Le preguntó qué sabía la policía.
—Quería saber qué había ocurrido.
—También mintió sobre su visita a la casa.
—Tenía miedo de que me culparan.
Lucía cerró la carpeta.
—Y tenía razón.
—No la maté.
Rivas guardó silencio.
Mateo volvió a mirar la fotografía de Clara.
—Cuando salí del hospital, fui a casa. Alguien había entrado.
—¿Faltaba algo?
—Documentos. Dinero. Un disco duro.
—¿Llamó a la policía?
—No.
—Otra vez.
—Sabía que no me creerían.
—¿Quién lo atacó?
—No vi su rostro. Entró por detrás mientras revisaba el despacho.
—¿Cómo escapó?
—Lo golpeé con una lámpara. Después tomé una maleta y salí.
—¿Con el portátil de Clara?
—Sí.
—¿Por qué fue a casa de David?
—Necesitaba dinero, un automóvil y la memoria que él guardaba.
—¿Para qué quería la memoria?
—Contenía registros de Tomás.
—¿O pruebas contra usted?
—Ambas cosas.
—¿Qué ocurrió en el garaje?
Mateo movió con cuidado el brazo lesionado.
—David se negó a entregarla. Discutimos. Me golpeó con una herramienta.
—¿Intentó quitarle la caja?
—Sí.
—Después robó un automóvil.
—David me dio las llaves.
—¿Se dirigió a Canadá?
—No.
—La carretera conducía hacia la frontera.
—Era una distracción.
Rivas levantó una ceja.
—Explíquelo.
—Sabía que la policía buscaría mi vehículo. Dejé el mío en casa y utilicé otro. Conduje hacia el norte para que pensaran que intentaba salir del país.
—¿A dónde quería ir realmente?
—A una cabaña que Mateo…
Se detuvo.
Lucía lo miró con atención.
—¿Una cabaña que quién?
Mateo cerró los ojos.
—Que Tomás utiliza cerca del lago.
—¿Por qué iría allí?
—Para encontrar los documentos que me habían robado.
—¿Cómo sabía que estaban allí?
—Había visto la cabaña en un recibo.
Rivas anotó la ubicación que Mateo proporcionó.
—¿Qué ocurrió en la carretera?
—Un automóvil empezó a seguirme.
—¿Tomás?
—No estoy seguro.
—David afirma que Tomás también lo persiguió.
—Entonces probablemente era él.
—¿Intentó sacarlo de la carretera?
—Sí. Golpeó la parte trasera del automóvil. Perdí el control y terminé junto a los árboles.
—¿La sangre del volante provino del accidente?
—Sí.
—¿Y las huellas hacia el bosque?
—Escuché al otro vehículo detenerse. Tomé el portátil y corrí.
—El portátil quedó en el asiento trasero.
Mateo se quedó inmóvil.
—No.
—Lo encontramos allí.
—Lo llevaba conmigo.
—¿Está seguro?
—Sí.
Rivas y Lucía intercambiaron una mirada.
—Entonces alguien lo devolvió al automóvil —dijo Lucía.
Mateo respiró con dificultad.
—Tal vez lo perdí cuando salí.
—Estaba dentro de una bolsa cerrada.
—No lo sé.
—¿Qué recuerda después de entrar al bosque? —preguntó Rivas.
—Corrí. Caí cerca del arroyo. Alguien me alcanzó.
—¿Lo atacó?
—Me golpeó en la cabeza.
—¿Vio su rostro?
—No.
—¿Cómo escapó?
—Desperté solo.
—¿Cuánto tiempo después?
—No lo sé. Ya era de noche.
—Permaneció en el bosque hasta esta mañana.
—Encontré un cobertizo abandonado. Me protegí allí.
Rivas se levantó.
—Vamos a verificar cada parte de su declaración.
—Detective.
—¿Sí?
Mateo miró directamente a Lucía y después a él.
—Tomás no actuaba solo.
—Ya nos lo dijo.
—No me refiero a David ni a Ernesto.
—Entonces ¿a quién?
—A alguien que podía acceder a la casa de Clara sin despertar sospechas.
—¿Quién?
Mateo respiró lentamente.
—No sé el nombre. Tomás nunca lo decía. Solo lo llamaba “el beneficiario”.
—¿Qué significa eso?
—La persona que recibía la mayor parte del dinero.
Lucía abrió de nuevo la libreta.
—Clara escribió que algunas transferencias se autorizaban cuando usted no tenía acceso al sistema.
—Porque el beneficiario tenía sus datos.
—¿Cómo los consiguió?
—Conocía a Daniel.
Marta había escuchado algo similar en la grabación.
Alguien conocía las contraseñas antiguas de Clara, las preguntas de seguridad y hasta la firma de su esposo fallecido.
—¿David? —preguntó Rivas.
Mateo negó con la cabeza.
—David sabía cosas de Daniel, pero no tenía acceso a los archivos originales del negocio.
—¿Tomás?
—Sabía de contabilidad, pero no conocía a Daniel lo suficiente.
—Entonces ¿quién?
Mateo miró hacia la fotografía de Clara.
—Alguien que estuvo cerca de la familia desde antes de que Daniel muriera.
Rivas recogió la fotografía y la guardó.
—Necesitamos algo más concreto.
—Hay un registro de beneficiarios reales de Northpine.
—Clara lo mencionó.
—Estaba en el portátil.
—El portátil está bajo custodia.
Mateo negó lentamente.
—No encontrarán el archivo.
—¿Por qué?
—Porque estaba protegido con una contraseña.
—¿La conoce?
—No.
—¿Quién la conoce?
—Clara.
—Clara está muerta.
Mateo sostuvo la mirada del detective.
—Y Samuel.
A las diez de la mañana, Marta llegó a la comisaría.
Había dejado a Samuel con Laura después de prometerle que regresaría antes del almuerzo. No le contó que Mateo había mencionado su nombre.
Cuando entró en la sala de reuniones, Rivas y Lucía ya estaban allí. Sobre la mesa había varias fotografías, mapas y una copia impresa de la declaración de Mateo.
—Quiero verlo —dijo Marta.
—Todavía está en el hospital —respondió Rivas.
—Entonces quiero escuchar la grabación del interrogatorio.
—Hay partes que no podemos compartir.
—Él estuvo con mi hermana antes de que muriera.
—Sí.
—Se llevó sus pruebas.
—Sí.
—Huyó.
—Sí.
Marta cruzó los brazos.
—Entonces deje de hablarme como si fuera una persona ajena a esto.
Lucía le acercó una silla.
—Mateo admitió el fraude.
Marta tomó asiento.
—¿Admitió matar a Clara?
—No.
—¿Qué dijo?
Rivas le explicó la primera visita, la llamada de Tomás y el regreso a la casa. Le contó que Mateo aseguró haber encontrado a Clara herida y que se llevó el portátil.
Marta lo escuchó sin interrumpir.
Cuando terminó, permaneció en silencio durante varios segundos.
—Está mintiendo.
—¿Sobre qué parte? —preguntó Lucía.
—Sobre casi todo.
—Algunas cosas han podido verificarse. Estuvo en la tienda. La llamada de Tomás aparece en su registro. También existe una interrupción de casi dos horas antes de que llegara al hospital.
—Eso no demuestra dónde estaba.
—No.
—David dijo que vio a Mateo llegar a la casa.
—Sí.
—Y Mateo admite que entró.
—Sí.
—Entonces tuvo la oportunidad.
Rivas se sentó frente a ella.
—También la tuvieron David y Tomás.
—David dejó las marcas en los brazos de Clara.
—Probablemente.
—Tomás había salido antes.
—Según él.
Marta apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Mi hermana dijo “traicionada”. Mateo era la persona en quien más confiaba.
—Eso lo convierte en un sospechoso importante. No en el único.
—¿Qué dijo sobre Samuel?
Rivas y Lucía intercambiaron una mirada.
Marta lo notó.
—¿Por qué mencionó a Samuel?
Lucía habló con calma.
—Mateo asegura que un archivo importante del portátil está protegido con una contraseña que Samuel podría conocer.
—Samuel tiene once años.
—Tal vez sea una palabra o una fecha familiar.
—¿Mateo quiere que interroguen a un niño que acaba de perder a su madre?
—No utilizó esas palabras.
—Pero eso es lo que pretende.