Alguien cercano Capítulo 7 El socio perfecto
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Capítulo 7 El socio perfecto

Mateo Álvarez llevaba casi veinte horas desaparecido.

Durante ese tiempo, la policía había revisado carreteras, estaciones, refugios y varias propiedades abandonadas en los alrededores de Oakhaven. Los agentes habían seguido sus huellas hasta el bosque, pero el rastro terminaba junto a un arroyo parcialmente congelado.

No encontraron un cuerpo.

Tampoco encontraron señales claras de que hubiera cruzado la frontera.

A las seis y doce de la mañana, cuando la comisaría comenzaba a despertar después de otra noche sin descanso, sonó el teléfono de emergencias.

La llamada duró menos de un minuto.

Un conductor que repartía suministros había visto a un hombre caminando junto a la carretera estatal. Estaba desorientado, tenía sangre seca en el rostro y apenas llevaba protección contra el frío.

El hombre había dicho llamarse Mateo Álvarez.

Marta estaba en la cocina de su casa cuando recibió la llamada del detective Rivas.

No había dormido. Había pasado la noche sentada junto a la habitación de Samuel, escuchando su respiración y observando la luz débil que entraba bajo la puerta.

Cada vez que cerraba los ojos, oía la grabación.

La voz de David.

«Solo quiero la llave».

La voz de Clara.

«Suéltame».

Y después, el silencio.

Marta había intentado convencerse de que David era el responsable. Todo parecía señalarlo. Había mentido, había sujetado a Clara y había regresado a la casa para buscar la memoria.

Sin embargo, seguía existiendo una parte de la noche que nadie podía explicar.

Mateo había llegado después.

Había entrado en la casa.

Había encontrado a Clara todavía con vida.

Y había salido con su ordenador.

Cuando el teléfono vibró sobre la mesa, Marta respondió antes del segundo tono.

—¿Lo encontraron?

—Sí —dijo Rivas—. Está vivo.

Marta cerró los ojos.

No supo si lo que sintió fue alivio o miedo.

—¿Dónde?

—En el hospital del condado.

—¿Está herido?

—Tiene hipotermia leve, un corte en la cabeza y una lesión en el brazo. Los médicos dicen que podrá declarar.

—¿Lo arrestaron?

—Está bajo custodia.

—Quiero hablar con él.

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Detective, él estuvo en casa de mi hermana la noche que murió.

—Precisamente por eso no puede acercarse.

—También estuvo conmigo en el hospital y me mintió.

—Lo sé.

—Quiero mirarlo a la cara cuando explique por qué dejó a Clara allí.

Rivas guardó silencio unos segundos.

—Primero tenemos que escuchar su versión sin ninguna interferencia.

—¿Interferencia?

—Si la ve, podría adaptar su historia a su reacción.

Marta apretó el teléfono.

—Ya ha tenido tiempo suficiente para preparar una historia.

—Por eso necesitamos ser cuidadosos.

Desde el pasillo llegó el ruido de una puerta.

Samuel apareció en la cocina.

Tenía el cabello desordenado y los ojos hinchados. Se detuvo al ver el teléfono en la mano de Marta.

—¿Encontraron a Mateo?

Ella no respondió de inmediato.

Samuel comprendió por su expresión.

—Está vivo.

—Sí.

—¿Dijo quién mató a mamá?

Marta miró hacia la ventana.

La nieve seguía cubriendo la ciudad, pero el cielo estaba despejado por primera vez desde la muerte de Clara. La luz de la mañana se reflejaba sobre los tejados con una claridad casi dolorosa.

—Todavía no ha hablado con la policía.

—Quiero ir.

—No puedes.

—Él me conoce.

—Precisamente.

Samuel se acercó a la mesa.

—Tal vez me diga la verdad.

—Los adultos no siempre dicen la verdad cuando tienen miedo.

—Tú dijiste que mamá confiaba en él.

Marta bajó el teléfono.

—Tu madre confiaba en muchas personas.

—Y todas le mintieron.

No había acusación en su voz. Solo tristeza.

Eso hizo que las palabras dolieran más.

Marta se acercó y le colocó una mano sobre el hombro.

—No todos participaron de la misma manera.

—Pero nadie la ayudó.

Marta pensó en Ernesto, que se marchó sin entrar. En David, que la sujetó y luego huyó. En Tomás, que conocía el fraude y guardó silencio. En Mateo, que encontró a Clara herida y decidió llevarse un ordenador en lugar de llamar a emergencias.

Samuel tenía razón.

Clara había estado rodeada de personas que pensaron primero en protegerse a sí mismas.

—Esta vez la policía conseguirá respuestas —dijo Marta.

—Eso dijeron ayer.

El niño se apartó y abrió el refrigerador, aunque no tomó nada.

—Samuel.

—No tengo hambre.

—Necesitas comer algo.

—Mamá también decía eso.

Cerró la puerta y volvió a su habitación.

Marta permaneció en medio de la cocina, sintiendo que cada conversación con él terminaba abriendo una herida nueva.

En el teléfono, Rivas seguía esperando.

—¿Señora Morales?

—Estoy aquí.

—La llamaré cuando terminemos el interrogatorio.

—No me oculte nada.

—Le contaré lo que podamos compartir.

Marta miró hacia el pasillo.

—Eso ya no es suficiente.

Colgó antes de que el detective respondiera.

Mateo estaba acostado en una habitación vigilada del hospital.

Una venda le cubría el lado izquierdo de la frente. Tenía los labios agrietados, el rostro pálido y una vía intravenosa conectada al brazo. Su mano derecha estaba inmovilizada por una lesión en la muñeca.

Dos agentes permanecían fuera de la puerta.

Dentro, el detective Rivas y Lucía Torres se sentaron frente a la cama.

Una pequeña grabadora descansaba sobre la mesa.

—La entrevista está siendo registrada —dijo Rivas—. ¿Comprende?

Mateo asintió.

—¿Desea que un abogado esté presente?

—No.

—Podemos esperar.

—No quiero esperar más.

Lucía abrió una carpeta.

—Ha estado desaparecido desde la madrugada de ayer. Su vehículo apareció abandonado junto a la carretera del norte. Había sangre en el volante.

—Mía.

—También encontramos el portátil de Clara en el asiento trasero.

Mateo cerró los ojos.

—Lo sé.

—¿Cómo llegó allí?

—Yo lo puse.

Rivas se inclinó ligeramente hacia delante.

—Empiece por la tarde en que Clara murió.

Mateo respiró profundamente.

—Fui a verla antes de que llevara a Samuel a casa de su amigo.

—¿A qué hora?

—Poco después de las cuatro.

—Le dijo a Marta que la última vez que estuvo en esa casa fue una semana antes.

—Mentí.

—¿Por qué?

—Porque Clara y yo discutimos.

—¿Sobre el fraude?

Mateo miró hacia la ventana.

—Sí.

—¿Usted robó dinero de la empresa?

Tardó varios segundos en responder.

—Sí.

Lucía no cambió de expresión, pero dejó de escribir por un instante.

—¿Cuánto?

—Al principio, cuarenta mil dólares.

—Los movimientos sospechosos superan los cuatrocientos mil.

—Yo no moví todo ese dinero.

—Explíquelo.

Mateo cerró la mano sana sobre la sábana.

—El negocio estaba perdiendo clientes. Teníamos deudas y dos contratos importantes se habían cancelado. Clara no quería solicitar otro préstamo.

—¿Así que decidió robarle?

—Pensé que sería temporal.

—El dinero robado siempre parece temporal para quien lo toma —dijo Rivas.

Mateo aceptó el golpe sin responder.

—Creé Northpine para enviar pagos falsos —continuó—. Utilicé facturas por servicios que nunca existieron. Mi intención era devolverlo cuando el negocio mejorara.

—¿Y mejoró?

—No.

—Entonces involucró a David.

—Necesitaba cuentas intermedias.

—¿Y a Ernesto?

—Necesitaba que Clara dejara de revisar cada movimiento.

Lucía levantó la mirada.

—Le pagó para mantener abierta la disputa por el terreno.

—Sí.

—¿Y Tomás?

—Él descubrió irregularidades durante una revisión.

—¿Lo sobornó?

Mateo apretó la mandíbula.

—Le pagué para corregir algunos informes.

—¿Corregir?

—Para ocultar movimientos.

—Eso se llama falsificar —dijo Lucía.

Mateo bajó la mirada.

—Sí.

Rivas colocó una fotografía de Clara sobre la mesa.

No era una imagen de la escena del crimen. Mostraba a Clara en un evento del negocio, de pie junto a Mateo. Ambos sonreían.

—Ella confiaba en usted.

Mateo miró la fotografía durante demasiado tiempo.

—Lo sé.

—Lo consideraba parte de su familia.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué siguió robando?

Mateo levantó la cabeza. Sus ojos estaban enrojecidos.

—Porque cada vez que tomaba dinero pensaba que sería la última. Después necesitaba más para cubrir lo anterior. Luego otras personas comenzaron a utilizar Northpine.

—¿Qué personas?

—Tomás tomó el control de algunas cuentas.

—Él dice que obedecía instrucciones.

—Está mintiendo.

—Todos dicen que alguien más tenía el control —respondió Rivas—. Necesitamos nombres, no excusas.

Mateo respiró con dificultad.

—Tomás descubrió que Northpine podía utilizarse para recibir dinero de otras empresas. No solo de la nuestra. Comenzó a ofrecer el sistema a personas que querían ocultar pagos o evitar impuestos.

—¿Usted participó?

—Al principio no lo sabía.

Lucía cerró la libreta.

—¿Cuándo se enteró?

—Hace cuatro meses.

—¿Y denunció el fraude?

Mateo no respondió.

—Continuó utilizando la empresa —dijo ella—. Eso lo convierte en participante.

—Tomás tenía documentos que podían enviarme a prisión.

—Documentos verdaderos.

Mateo miró hacia la fotografía de Clara.

—Sí.

Rivas retiró la imagen.

—Volvamos a la noche del asesinato. ¿Qué ocurrió durante la primera visita?

—Clara me mostró varias transferencias. Me dijo que sabía lo de Northpine y que iría a la policía.

—¿La amenazó?

—No.

—Hay una grabación.

Mateo palideció.

—¿Qué grabación?

—Clara registró la conversación.

El monitor junto a la cama emitió un pitido regular. Mateo miró hacia la puerta, como si considerara dejar de hablar.

—Le dije que muchas personas resultarían perjudicadas —admitió—. Pero no la amenacé.

—¿Le pidió que destruyera las pruebas?

—Le pedí tiempo.

—¿Para devolver el dinero?

—Para descubrir cuánto había hecho Tomás.

—¿Clara aceptó?

—No.

—¿Cómo terminó la conversación?

—Me dijo que me marchara.

—¿Se marchó?

—Sí.

—Samuel lo vio salir.

—Lo sé.

—Después, según las cámaras, estuvo en una tienda a las ocho y cinco.

—Sí.

—¿Por qué compró medicamentos?

Mateo miró la venda de su mano.

—Me había cortado antes, en el almacén.

Lucía consultó una nota.

—El empleado de la tienda dijo que parecía nervioso.

—Mi vida estaba a punto de terminar.

—La de Clara terminó esa misma noche.

Mateo cerró los ojos.

Rivas dejó pasar unos segundos antes de continuar.

—¿Cuándo regresó a la casa?

—Poco después de las ocho y media.

—¿Por qué?

—Tomás me llamó.

—¿Qué dijo?

—Que Clara había encontrado los documentos originales de Northpine. Dijo que iría a hablar con ella.