Capítulo 6 Las deudas de David #3
Elena apartó la mirada para darle algo de privacidad, pero nadie abandonó la habitación.
Marta continuó.
“He descubierto que alguien está utilizando nuestra empresa para desviar dinero mediante Northpine Consulting. Al principio pensé que Mateo actuaba solo. Ahora sé que otras personas lo ayudaron, algunas por necesidad y otras por codicia.
No sé hasta dónde están dispuestas a llegar.
Le entregué esta llave a Samuel porque confío en que sabrá buscarte si yo no puedo hacerlo. Perdóname por involucrarlo. Intenté mantenerlo lejos de todo esto.”
Las palabras comenzaron a desdibujarse bajo las lágrimas.
Marta respiró profundamente y siguió leyendo.
“David participó en varias transferencias. Creo que Mateo se aprovechó de sus deudas, pero David continuó incluso después de saber que algo estaba mal. No estoy segura de si me dirá la verdad.
Tomás certificó cuentas falsas. Lo confronté y aseguró que solo obedecía instrucciones. Cuando le pedí nombres, se negó.
Ernesto aceptó dinero para mantener abierta la disputa por el terreno. Ha prometido confesar, aunque no sé si tendrá el valor.
Mateo insiste en que puede explicarlo todo. Ya no confío en él.
Hay algo más que todavía no comprendo. Algunas transferencias aparecen autorizadas en momentos en que Mateo no tenía acceso al sistema. Alguien más utilizó nuestras credenciales.”
Marta levantó la mirada.
—¿Otra persona?
Rivas tomó nota.
—Siga leyendo.
“El archivo completo está en la memoria que acompaña esta carta. También guardé grabaciones de mis conversaciones con Mateo, Tomás y David. Si me ocurre algo, entrega todo a la policía.
No permitas que Samuel piense que lo abandoné. Todo lo que hice fue para proteger su futuro.
Te quiero.
Clara.”
Marta apoyó la carta sobre la mesa.
Durante varios segundos, solo se escuchó el zumbido de las luces.
—¿Dónde está la memoria? —preguntó Lucía.
Revisaron la carpeta.
No había ninguna.
Rivas inspeccionó el interior de la caja.
—Alguien la retiró.
—Pero estaba cerrada —dijo Marta.
Joaquín palideció.
—Se necesitan dos llaves.
—¿Existe una copia de la llave de Clara? —preguntó el detective.
—No debería.
—¿Debería?
—Las llaves se entregan selladas. Nunca conservamos copias.
Elena señaló la grabadora.
—Tal vez las grabaciones sigan ahí.
Rivas la encendió.
La pantalla mostró doce archivos.
El último había sido grabado el día de la muerte de Clara.
A las seis y cuarenta y ocho de la tarde.
El detective conectó unos auriculares, escuchó unos segundos y luego activó el altavoz.
Primero se oyó la voz de Clara.
—No vuelvas a utilizar mi firma.
Después, la voz de un hombre.
Mateo.
—Puedo devolver el dinero.
—No se trata solo del dinero.
—No entiendes lo que ocurrirá si denuncias esto.
—Entiendo que llevas meses mintiéndome.
—Clara, escúchame. David aceptó participar. Ernesto también. Tomás firmó los informes. Yo no fui el único.
—Tú lo organizaste.
—Al principio.
Hubo un silencio breve.
—¿Qué significa “al principio”? —preguntó Clara.
La respiración de Mateo se escuchó cerca del micrófono.
—Alguien tomó el control de Northpine.
—¿Quién?
—No puedo decírtelo.
—Entonces iré a la policía.
—Si haces eso, no solo me destruirás a mí.
—Te destruiste solo.
Se oyó una silla moviéndose.
Después Mateo habló con una voz más baja.
—Hay una cuenta que no reconoces porque nunca apareció en los informes internos. Está vinculada a alguien de tu familia.
Marta dejó de respirar.
Clara también guardó silencio en la grabación.
—¿A quién? —preguntó finalmente.
Mateo respondió, pero un ruido fuerte cubrió el nombre. Parecía una puerta cerrándose o un objeto cayendo.
El archivo terminó.
—¿Eso es todo? —preguntó Elena.
Rivas revisó la pantalla.
—La grabación fue cortada.
—¿Por Clara?
—O por quien retiró la memoria.
Marta miró el sobre.
Alguien había entrado en aquella caja antes que ellos.
Alguien sabía que Clara guardaba pruebas allí.
—David tenía una memoria USB —dijo Lucía—. Encontramos la tapa en su garaje.
Rivas guardó la grabadora en una bolsa de pruebas.
—Podría ser la que falta.
—Entonces David vino aquí —dijo Marta.
Joaquín negó con la cabeza.
—Yo lo habría reconocido.
—Podría haber utilizado a otra persona.
El teléfono de Rivas sonó.
Respondió y escuchó en silencio.
—¿Cuándo?
Su expresión se endureció.
—Envíeme la ubicación.
Colgó.
—Encontraron el vehículo de David.
—¿Está dentro? —preguntó Marta.
—No.
—¿Hay sangre?
—No lo saben todavía.
—¿Dónde apareció?
—En una carretera forestal, a unos cuarenta kilómetros de aquí.
Lucía tomó su abrigo.
—Voy contigo.
Rivas negó con la cabeza.
—Necesito que te quedes y revises las grabaciones.
—Gabriel…
—La llamada no vino de una patrulla.
—¿Entonces de quién?
El detective miró a Marta.
—De David.
—¿Él llamó?
—Desde un teléfono público.
—¿Qué dijo?
—Que alguien intentó sacarlo de la carretera. Abandonó el vehículo y se escondió en una cabaña.
—¿Está herido?
—Dice que no de gravedad.
—¿Y la caja?
—La tiene con él.
Marta dio un paso hacia el detective.
—¿Admitió haber atacado a Mateo?
—Dijo que Mateo apareció anoche en su garaje.
—¿Para qué?
—Para recuperar una memoria USB.
—¿Pelearon?
—Sí.
—¿David lo hirió?
—Según él, Mateo llegó herido.
—¿De dónde venía?
Rivas se puso los guantes.
—Eso es lo que voy a averiguar.
La cabaña se encontraba al final de un camino cubierto por nieve virgen.
Rivas llegó acompañado de dos agentes. Mantuvieron las luces apagadas durante los últimos metros y avanzaron a pie entre los árboles.
Había humo saliendo de la chimenea.
—David Morales —gritó Rivas desde una distancia segura—. Soy el detective Gabriel Rivas. Salga con las manos visibles.
Durante varios segundos no hubo respuesta.
Después, la puerta se abrió.
David apareció lentamente.
Tenía la camisa manchada, el cabello desordenado y una venda sucia alrededor de una mano. Levantó ambos brazos.
—Estoy desarmado.
Los agentes se acercaron y lo registraron.
Rivas entró en la cabaña.
La caja metálica estaba sobre una mesa.
—¿Qué contiene?
—Pruebas.
—¿La memoria de Clara?
David bajó la mirada.
—Sí.
—¿Cómo la consiguió?
—Mateo me la dio.
—¿Cuándo?
—Anoche.
Rivas señaló una silla.
—Siéntese y empiece desde el principio.
David obedeció.
—Mateo llegó a mi casa cerca de la medianoche.
—¿Después de visitar el hospital?
—No lo sabía.
—¿Estaba herido?
—Tenía un corte en la cabeza y sangre en una mano.
—¿Qué dijo que había ocurrido?
—Que alguien había entrado en su casa.
—¿Quién?
—No quiso decirlo.
—¿Por qué fue a verlo?
—Necesitaba un vehículo y dinero.
—¿Para huir?
—Dijo que querían culparlo por la muerte de Clara.
—Tenía el portátil de ella.
David asintió.
—Lo llevaba en una bolsa.
—¿Cómo lo consiguió?
—Dijo que Tomás se lo entregó.
Rivas permaneció en silencio.
—¿Por qué Tomás tenía el portátil?
—No lo sé.
—Continúe.
—Mateo me pidió la memoria USB. Sabía que yo había copiado mensajes y transferencias.
—¿Se la dio?
—No.
—¿Por qué?
—Era mi única protección.
—¿Entonces pelearon?
—Intentó quitarme la caja.
David miró su mano vendada.
—Le golpeé con una herramienta.
—¿Dónde?
—En el brazo. Tal vez en la cabeza. Todo ocurrió muy rápido.
—¿La sangre del garaje es suya?
—De Mateo.
—¿Por qué estaba allí su teléfono?
—Cayó durante la pelea.
—¿Y después?
—Mateo escapó por la puerta trasera. Yo recogí la caja y me fui.
Rivas lo observó.
—¿Lo siguió?
—No.
—Su teléfono apareció roto, su sangre en el suelo y usted huyó. ¿Esperaba que creyéramos que no intentó matarlo?
—No intenté matarlo.
—Abandonó la escena y ocultó pruebas.
—Tenía miedo.
—Clara también tenía miedo y aun así reunió pruebas.
David apretó la mandíbula.
—No soy Clara.
—Eso está claro.
El comentario lo golpeó con más fuerza de la que Rivas esperaba.
David bajó la cabeza.
—¿Dónde está Mateo? —preguntó el detective.
—No lo sé.
—Su sangre apareció en un automóvil abandonado.
—No fui yo.
—¿Quién intentó sacarlo de la carretera hoy?
David miró hacia la ventana.
—Tomás.
—¿Lo vio?
—Sí.
—¿Está seguro?
—Conozco su automóvil. Me siguió durante varios kilómetros. Intentó golpearme por un costado.
—¿Por qué?
—Quiere esta caja.
Rivas señaló el objeto metálico.
—Ábrala.
David sacó una llave de su bolsillo.
Dentro había dinero en efectivo, documentos, una grabadora pequeña y una memoria USB plateada.
—¿Esta pertenece a Clara?
—Sí.
—¿Cómo llegó a manos de Mateo?
—Él tenía una copia de la llave de la caja de seguridad.
Rivas se inclinó hacia delante.
—Joaquín aseguró que no existían copias.
—Mateo no necesitaba una copia oficial. Tomás consiguió una impresión de la llave cuando acompañó a Clara. Después hicieron otra.
—¿Cómo sabe eso?
—Mateo me lo contó anoche.
—¿Por qué confiaría en usted?
David soltó una risa amarga.
—No confiaba. Estaba desesperado.
Rivas guardó la memoria en una bolsa.
—¿Mateo mató a Clara?
David levantó la vista.
—Dijo que no.
—¿Le creyó?
—No al principio.
—¿Y ahora?
David miró hacia el fuego.
—Dijo que llegó a casa de Clara después de recibir una llamada de Tomás. Cuando entró, Clara ya estaba herida.
—¿A qué hora?
—No lo sé.
—La cámara de la tienda lo registró a las ocho y cinco.
—Pudo ir después.
—¿Qué hizo al verla?
—Entró en pánico. Encontró el portátil en el ático y se lo llevó.
—Eso lo hace parecer culpable.
—Lo sé.
—¿Por qué no llamó a emergencias?
—Dijo que escuchó un automóvil fuera y pensó que Tomás regresaba.
—¿Vio a Clara con vida?
David cerró los ojos.
—Dijo que sí.
—¿Habló con ella?
—No quiso decírmelo.
—¿Y después fue a comprar medicamentos?
—Para sus heridas.
Rivas se levantó.
—¿Por qué le contó todo esto?
—Porque necesitaba que lo ayudara a salir de la ciudad.
—Y usted lo atacó.
—Intentó quitarme lo único que podía evitar que todos me culparan.
—¿Dónde consiguió el automóvil robado?
—Yo se lo di.
—¿Robó el vehículo?
David guardó silencio.
—Pertenecía a un antiguo cliente —admitió—. Todavía conservaba una llave.
—¿Lo condujo hasta la carretera del norte?
—No. Se fue solo.
—¿Entonces cómo llegó su sangre al volante?
—Ya estaba herido.
—¿Quién conducía el automóvil que lo seguía?
David respiró profundamente.
—Tomás.
Rivas se dirigió hacia la puerta.