Capítulo 6 Las deudas de David #2
—¿Y si ella no quería que la policía la tuviera?
—Tu madre no sabía lo que iba a ocurrir.
—Tal vez sí.
Marta lo miró en silencio.
—¿Por qué piensas eso?
Samuel tardó varios segundos en contestar.
—Porque cuando me dio la llave dijo que, si algo salía mal, debía confiar en ti.
Marta sintió que la habitación perdía temperatura.
—¿Usó exactamente esas palabras?
El niño asintió.
—Dijo: “Si algo sale mal, busca a la tía Marta”.
Elena se levantó.
—Tenemos que llamar al detective.
David conducía por una carretera estrecha al oeste de Oakhaven.
El limpiaparabrisas se movía con dificultad, apartando la nieve húmeda del cristal. El cielo había comenzado a oscurecer otra vez, aunque apenas pasaban de las cuatro de la tarde.
Llevaba las dos manos sobre el volante.
Una venda improvisada cubría un corte en su palma derecha. La sangre se había secado en la manga de su camisa.
En el asiento del acompañante descansaba una caja metálica.
No era grande, pero contenía todo lo que podía mantenerlo fuera de prisión.
O enviarlo directamente allí.
David miró el espejo retrovisor.
No había vehículos detrás.
Aun así, no conseguía respirar con normalidad.
Había apagado el teléfono y retirado la tarjeta de ubicación del automóvil. Había elegido carreteras secundarias, evitando gasolineras y zonas con cámaras. Conocía aquellos caminos desde su juventud, cuando Daniel y él conducían durante horas sin un destino concreto.
Pensar en su hermano le produjo una punzada de culpa.
Daniel siempre había sido el responsable.
El que encontraba empleo estable.
El que pagaba sus cuentas a tiempo.
El que formó una familia y compró una casa.
David, en cambio, había pasado años comenzando proyectos que nunca terminaban. Un taller. Un servicio de reparación a domicilio. Una pequeña empresa de transporte. Cada fracaso lo convencía de que solo necesitaba una oportunidad más.
Cuando Daniel murió, David prometió ayudar a Clara y a Samuel.
Durante unos meses lo intentó.
Luego comenzaron las deudas.
Primero pidió pequeñas cantidades. Quinientos dólares para una reparación. Mil para pagar una factura atrasada. Clara siempre preguntaba cuándo podría devolverlo, pero nunca lo presionaba.
Después apareció Mateo.
Habían coincidido en el taller una tarde. Mateo llevó una furgoneta del negocio para revisar los frenos y encontró a David discutiendo por teléfono con un acreedor.
—Puedo ayudarte —le dijo.
David debió desconfiar.
En lugar de hacerlo, escuchó.
Mateo necesitaba una empresa registrada que pudiera emitir facturas por servicios logísticos. David solo tendría que recibir pagos, conservar una pequeña comisión y transferir el resto a otras cuentas.
—No es ilegal —aseguró Mateo—. Solo estamos reorganizando gastos entre varias compañías.
David sabía que no era completamente cierto.
Pero necesitaba el dinero.
La primera vez recibió mil dólares.
La segunda, mil quinientos.
Después dejó de hacer preguntas.
Hasta que Clara descubrió las transferencias.
David golpeó el volante con la palma vendada.
La última conversación con ella seguía repitiéndose en su cabeza.
—¿Cuánto tiempo llevas participando? —le había preguntado Clara.
Estaban frente a la casa, bajo una nieve ligera. Ella no gritaba. Su decepción era peor que cualquier insulto.
—No sabes cómo funciona —respondió David.
—Sé que utilizaste tu empresa para ocultar dinero.
—Yo no robé nada.
—Ayudaste a moverlo.
—Mateo dijo que eran pagos legítimos.
Clara lo miró con tristeza.
—No me mientas, David.
—Necesitaba pagar mis deudas.
—Entonces podrías habérmelo pedido.
—¡Te lo pedí!
—Y te ayudé más veces de las que puedo contar.
Aquello lo había enfurecido porque era verdad.
—Nunca quisiste ayudarme de verdad —dijo—. Solo querías sentirte generosa.
La expresión de Clara cambió.
David quiso retirar las palabras, pero el orgullo se lo impidió.
—Daniel se avergonzaría de ti —continuó—. Guardando todo para ti mientras su hermano pierde la casa.
—Ese dinero es de Samuel.
—Siempre dices lo mismo.
—Porque es la verdad.
Clara dio un paso hacia él.
—Tienes hasta mañana para entregar a la policía todos los registros de tus cuentas. Si no lo haces, los entregaré yo.
—No puedes hacerme eso.
—Puedo impedir que sigas ayudando a robar.
David sintió miedo.
No por la prisión.
Por la humillación.
Por la posibilidad de que todos descubrieran que había utilizado el nombre de su hermano muerto para pedir ayuda mientras participaba en un fraude.
—Clara, espera.
Ella abrió la puerta de la casa.
—Mañana, David.
—Si haces esto, muchas personas terminarán perjudicadas.
—Entonces debieron pensarlo antes.
Cerró la puerta.
David permaneció en el porche durante varios segundos.
Después volvió a la camioneta.
Al alejarse, vio el automóvil de Ernesto entrar en la calle.
No vio a Tomás.
Tampoco vio a Mateo.
Y no volvió a ver a Clara con vida.
David parpadeó y regresó al presente.
La caja metálica vibró ligeramente cuando el automóvil pasó sobre un bache.
Dentro había una memoria USB.
También había copias de las transferencias de Northpine, mensajes impresos y grabaciones de varias conversaciones con Mateo.
David había comenzado a guardar pruebas cuando comprendió que el fraude era mayor de lo que le habían contado. No pensaba entregarlas a la policía. Las conservaba como protección.
Si Mateo intentaba culparlo, David podría demostrar que solo seguía instrucciones.
Al menos, eso era lo que se repetía.
La verdad era menos cómoda.
Había seguido participando incluso después de comprender que el dinero no era legítimo.
Una luz apareció en el espejo retrovisor.
Un vehículo se acercaba.
David aceleró.
La luz también.
Tomó una curva demasiado rápido y las ruedas traseras resbalaron sobre el hielo. Consiguió recuperar el control, pero el corazón comenzó a golpearle con fuerza.
El vehículo de atrás encendió las luces largas.
David reconoció la forma del automóvil.
—No —susurró.
Pisó el acelerador.
Rivas regresó a la comisaría cuando ya había oscurecido.
Marta le mostró la llave que Clara había entregado a Samuel. El detective la examinó con guantes.
Era pequeña y tenía un número grabado: 214.
—Parece la llave de una caja de seguridad —dijo.
—¿De un banco?
—O de una empresa de almacenamiento.
Elena abrió su libreta.
—Hay una oficina privada de cajas de seguridad junto a la estación de tren. No pertenece a ningún banco.
—¿Cómo se llama? —preguntó Lucía.
—Haven Vaults.
Rivas buscó el número en su teléfono.
El establecimiento había cerrado a las cinco, pero consiguió localizar al propietario. Tras explicar que investigaban un homicidio, acordaron reunirse allí.
—¿Samuel tiene que ir? —preguntó Marta.
—La caja podría estar registrada a su nombre —respondió Rivas—. Pero preferiría que no estuviera presente cuando la abramos.
Samuel cruzó los brazos.
—Mamá me dio la llave.
—Y gracias a ti la encontramos —dijo el detective—. Pero no sabemos qué contiene.
—Quiero verlo.
Marta se acercó.
—Samuel, podríamos encontrar documentos difíciles de entender o cosas que te hagan sentir peor.
—Todo me hace sentir peor.
La sinceridad de la respuesta dejó a los adultos en silencio.
Rivas se agachó frente a él.
—Te prometo que tu tía te contará lo que podamos compartir. Pero mi trabajo también es protegerte.
Samuel miró a Marta.
—¿Tú vas a ir?
—Sí.
—Entonces llévate la bufanda de mamá.
Se la quitó lentamente y se la entregó.
Marta la recibió con cuidado.
—¿Por qué?
—Para que ella esté contigo.
Marta cerró los dedos alrededor de la tela.
—Volveré pronto.
Haven Vaults ocupaba la planta baja de un edificio antiguo junto a las vías del tren.
El propietario, Joaquín Ferrer, era un hombre delgado de cabello blanco que parecía más preocupado por sus registros que por la presencia de la policía. Abrió la puerta y encendió las luces del vestíbulo.
—Nunca entrego información de los clientes —dijo mientras conducía al grupo hacia una oficina—. La privacidad es la razón por la que existe este negocio.
—Una clienta fue asesinada —respondió Rivas—. Tenemos su llave y el consentimiento de su familiar más cercano.
Joaquín miró a Marta.
—¿Es usted hermana de Clara Morales?
—Sí.
El hombre bajó la voz.
—Lo siento. Era una mujer muy educada.
—¿Venía con frecuencia?
—Alquiló la caja hace dos semanas. Solo vino una vez después.
—¿Estaba sola?
Joaquín abrió un registro.
—La primera vez, sí. La segunda…
Pasó el dedo por una línea.
—Vino acompañada.
Rivas se acercó.
—¿De quién?
—No pedimos identificación a los acompañantes si no acceden solos a la bóveda.
—¿Lo recuerda?
—Era un hombre.
—¿Puede describirlo?
Joaquín pensó.
—De estatura media. Cabello oscuro. Llevaba gafas.
—¿Tomás Vidal? —preguntó Elena.
El propietario negó lentamente.
—No estoy seguro.
Lucía mostró fotografías de Mateo, David, Ernesto y Tomás.
Joaquín examinó cada una.
—Este —dijo finalmente, señalando a Tomás—. Creo que era él.
Marta sintió que la bufanda de Clara se tensaba entre sus manos.
—¿Entró con ella?
—Hasta el pasillo. Clara fue sola a la caja.
—¿Discutían? —preguntó Rivas.
—No. Pero cuando salieron, ella parecía molesta.
—¿Tiene cámaras?
—En el vestíbulo. No dentro de la bóveda.
—Necesitamos las grabaciones.
Joaquín asintió con evidente incomodidad.
Después los condujo por una puerta metálica.
Las cajas estaban organizadas en largas filas. Cada una tenía un número pequeño grabado en el frente.
La 214 se encontraba a la altura de los ojos.
Joaquín introdujo su llave maestra. Marta utilizó la llave que Clara había entregado a Samuel.
La cerradura emitió un clic.
Dentro había una caja alargada.
Rivas la colocó sobre una mesa y abrió la tapa.
No contenía dinero.
Había una carpeta, una grabadora digital y un sobre con el nombre de Marta.
Ella se quedó inmóvil.
—Es para mí.
Rivas observó el sobre.
—Puede abrirlo.
Marta sintió que las manos comenzaban a temblarle.
Reconocía la letra de Clara.
Se sentó y rompió el borde cuidadosamente.
Dentro había una carta.
“Marta:
Espero que nunca tengas que leer esto. Si lo estás haciendo, significa que la situación se volvió más peligrosa de lo que imaginaba.”
Marta tuvo que detenerse.