Alguien cercano Capítulo 6 Las deudas de David
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Capítulo 6 Las deudas de David

El garaje de David olía a aceite, metal húmedo y madera vieja.

Dos lámparas portátiles iluminaban el suelo de cemento mientras los técnicos forenses trabajaban alrededor de la mancha de sangre. No era grande, pero alguien había intentado limpiarla. Cerca del desagüe quedaban restos diluidos, apenas visibles bajo la luz especial.

El teléfono roto de Mateo permanecía dentro de una bolsa transparente.

La pantalla estaba destrozada y la carcasa tenía una grieta profunda en uno de los bordes. Parecía haber sido golpeado contra el suelo o una superficie dura.

El detective Gabriel Rivas observaba desde la entrada.

—¿Cuánta sangre? —preguntó.

Uno de los técnicos se levantó lentamente.

—No la suficiente para pensar en una herida mortal. Al menos, no aquí.

—¿Han confirmado a quién pertenece?

—El laboratorio está comparando la muestra con la del automóvil. A simple vista, podría ser la misma persona.

Lucía Torres examinaba una mesa de trabajo situada al fondo del garaje. Había herramientas organizadas en paneles, latas de pintura cerradas y varias cajas de piezas para automóviles. Todo parecía cuidadosamente ordenado, salvo un espacio vacío junto a la pared.

—Aquí había algo —dijo.

Rivas se acercó.

Sobre el polvo del suelo se distinguía una forma rectangular.

—¿Una caja?

—O una pequeña caja fuerte.

Lucía señaló varias marcas recientes.

—La arrastraron hacia la puerta.

—¿Encontraron dinero?

—Nada.

—¿Documentos?

—Solo facturas del taller y avisos de cobro.

Rivas miró hacia la casa. La puerta que comunicaba con la cocina estaba abierta. Un agente revisaba los armarios mientras otro fotografiaba un montón de cartas acumuladas sobre la mesa.

—David salió con prisa —dijo Lucía—. Dejó comida en el refrigerador, ropa en la lavadora y la calefacción encendida.

—Pero se llevó el vehículo y la caja.

—También falta su pasaporte.

Rivas apretó la mandíbula.

—Entonces no fue una salida improvisada.

—Tal vez llevaba tiempo preparándose.

Uno de los agentes apareció desde el interior de la casa con una carpeta gris.

—Detective, encontramos esto detrás del horno.

Rivas tomó la carpeta.

En su interior había recibos bancarios, copias de transferencias y varios contratos impresos. En la parte superior de cada documento aparecía el nombre de Northpine Consulting.

Lucía se acercó.

—¿Qué clase de contratos?

Rivas pasó las páginas con cuidado.

—Servicios de transporte, almacenamiento temporal y mantenimiento de vehículos.

—David tenía un taller.

—Uno que casi no funcionaba.

Las cifras eran demasiado altas para trabajos menores. Había pagos de cinco mil, ocho mil y doce mil dólares. Algunos aparecían como ingresos por servicios prestados. Otros eran devoluciones realizadas por David a Northpine pocos días después.

—Estaban moviendo dinero a través de su cuenta —dijo Lucía.

—Y haciendo que pareciera actividad comercial legítima.

—¿David sabía que era dinero robado?

Rivas observó una firma al final de uno de los contratos.

—Firmó cada documento.

Lucía negó con la cabeza.

—Eso demuestra participación, no conocimiento.

—Entonces tendremos que encontrarlo y preguntarle.

Un técnico levantó la voz desde el suelo.

—Detective, encontramos algo debajo de la mesa.

Sacó una pequeña pieza de plástico negro.

Era la tapa de una memoria USB.

Rivas se agachó.

—¿La memoria?

—No está aquí.

Lucía miró hacia el espacio vacío de la pared.

—Podría estar dentro de la caja que se llevó.

Rivas guardó silencio.

Mateo tenía el portátil de Clara.

David podía tener una memoria con información financiera.

Ambos habían desaparecido.

Y alguien parecía estar siguiendo el rastro de las mismas pruebas.

Marta esperaba en la comisaría con una taza de café que no había probado.

Samuel dormía en una pequeña sala contigua, acostado sobre dos sillas unidas. Había pasado la mayor parte de la tarde haciendo preguntas que nadie podía responder.

¿Dónde estaba Mateo?

¿Por qué David había mentido?

¿Quién había estado realmente con Clara aquella noche?

Marta deseaba protegerlo de cada nueva revelación, pero Oakhaven era demasiado pequeño para mantener secretos durante mucho tiempo. Incluso los adultos hablaban sin cuidado delante de los niños.

En la televisión de la recepción aparecía una fotografía de David.

La presentadora informaba que la policía deseaba localizarlo para hacerle preguntas relacionadas con la muerte de Clara Morales y la desaparición de Mateo Álvarez. No utilizaba la palabra sospechoso, pero el significado resultaba evidente.

Marta cambió de canal.

La puerta principal se abrió y Elena Ruiz entró con una bolsa de tela colgada del hombro. Tenía el cabello húmedo por la nieve y sostenía una caja de documentos contra el pecho.

—Traje todo —dijo.

Marta la miró con cansancio.

—Espero que esta vez sea verdad.

Elena aceptó el reproche sin defenderse.

—La libreta también está dentro.

—¿Ya hablaste con Rivas?

—Está en casa de David. Lucía me pidió que esperara.

Elena se sentó frente a ella.

Durante unos segundos, ninguna de las dos habló.

—¿Cómo está Samuel? —preguntó finalmente.

—Durmiendo.

—Lo siento mucho.

Marta observó la caja.

—Todos dicen eso.

—No sé qué más decir.

—No tienes que decir nada.

Elena bajó la mirada.

—Clara me llamó la noche antes de morir.

Marta se tensó.

—No lo mencionaste.

—Porque pensé que era una conversación privada.

—Ya no existen conversaciones privadas relacionadas con mi hermana.

—Lo sé.

—¿Qué te dijo?

Elena dejó la caja sobre la mesa.

—Estaba asustada.

—Clara no se asustaba fácilmente.

—Por eso me preocupó.

Marta esperó.

—Dijo que el fraude era mayor de lo que había pensado. Ya no se trataba solo de Mateo. Había varias personas utilizando Northpine para mover dinero.

—¿Mencionó a David?

—No directamente.

—Entonces ¿por qué crees que estaba involucrado?

Elena abrió la caja y extrajo una copia de los registros de la empresa.

—Porque encontré pagos entre Northpine y un taller registrado a su nombre.

Marta tomó las páginas.

Reconoció la dirección de David.

—Él dijo que su negocio había cerrado.

—Legalmente, nunca lo cerró. Dejó de atender clientes, pero mantuvo activa la empresa.

—¿Para recibir dinero?

—Eso parece.

—¿Cuánto?

—Más de sesenta mil dólares durante el último año.

Marta levantó la cabeza.

—David le pidió treinta mil a Clara hace tres días.

—Tal vez ya no podía acceder al dinero de Northpine.

—O quería más.

Elena señaló una serie de movimientos.

—Mira las fechas. Recibía una transferencia y uno o dos días después enviaba casi todo a otra cuenta.

—¿Se quedaba con una parte?

—Entre quinientos y dos mil dólares cada vez.

Marta sintió un sabor amargo en la boca.

—Le pagaban por prestar su nombre.

—Probablemente.

—Y después se presentaba ante Clara diciendo que no podía pagar la casa.

Elena guardó silencio.

—¿Sabes qué era lo peor? —continuó Marta—. Ella se sentía culpable cada vez que le decía que no. Pensaba en Daniel. Pensaba que tenía la obligación de ayudar a su hermano.

—Clara veía lo bueno en la gente.

—Incluso cuando no estaba allí.

Elena juntó las manos.

—Eso no significa que David la matara.

—Pero sí significa que tenía una razón para impedir que hablara.

—También tenía una razón para temer a Mateo y a Tomás.

Marta la miró.

—¿Crees que Mateo atacó a David?

—No lo sé.

—El teléfono de Mateo estaba en su garaje.

—Eso puede significar que se encontraron. No sabemos quién llevó a quién hasta allí.

—Y David desapareció después.

—Sí.

La puerta de la sala contigua se abrió.

Samuel apareció con la bufanda de Clara alrededor del cuello. Miró primero a Marta y después a Elena.

—Escuché el nombre del tío David.

Marta se puso de pie.

—Deberías seguir descansando.

—No tengo sueño.

—Samuel…

—¿Él robó el dinero de mamá?

Elena apartó la mirada.

Marta se acercó al niño.

—La policía está investigando algunas transferencias.

—Eso significa que sí.

—Significa que todavía están reuniendo pruebas.

Samuel apretó los labios.

—Los adultos siempre dicen eso cuando no quieren responder.

—No quiero darte una respuesta incorrecta.

—¿El tío David le hizo daño?

Marta sintió la misma impotencia que había sentido cuando él preguntó por Mateo.

—No lo sabemos.

Samuel observó las páginas que llevaba en la mano.

—Mamá decía que él tenía problemas.

—Sí.

—Pero también decía que los problemas no te daban derecho a hacer daño a otras personas.

Marta se agachó frente a él.

—Tu madre tenía razón.

—Entonces ¿por qué todos hicieron cosas malas a su alrededor?

La pregunta quedó suspendida entre ellos.

Marta buscó una respuesta que no destruyera aún más la confianza del niño.

—Porque tu mamá era una persona generosa y algunas personas se aprovecharon de eso.

—¿Ser bueno es peligroso?

—No.

—A mamá le pasó algo por confiar.

Marta tomó sus manos.

—Ser bueno no significa ignorar el mal. Tu madre descubrió lo que estaba ocurriendo y decidió enfrentarlo. Eso fue valiente.

—Y murió.

Elena cerró los ojos.

Marta sintió que la garganta se le cerraba, pero mantuvo la voz firme.

—Lo que le ocurrió fue culpa de la persona que la atacó. No fue culpa de su bondad.

Samuel miró hacia el suelo.

—No quiero ser como ella si eso significa que todos pueden engañarme.

Marta lo abrazó.

—No tienes que decidir ahora qué clase de persona serás. Solo tienes que pasar este día.

El niño permaneció inmóvil al principio. Después apoyó la frente en el hombro de Marta.

—Quiero irme a casa.

Marta sabía a qué casa se refería.

No a la suya.

A la de Clara.

—Todavía no podemos.

—Quiero mis cosas.

—La policía terminará pronto.

—También quiero buscar algo.

Marta se apartó un poco para mirarlo.

—¿Qué cosa?

Samuel dudó.

—Mamá me dio una llave.

Elena y Marta intercambiaron una mirada.

—¿Qué llave? —preguntó Marta.

Samuel metió la mano bajo su suéter y sacó una cadena fina. De ella colgaba una pequeña llave plateada.

—Me la dio la semana pasada.

—¿Te dijo qué abría?

—No. Dijo que debía guardarla y no contárselo a nadie.

Marta sintió un escalofrío.

—¿Por qué no la mencionaste antes?

—Porque prometí no hacerlo.

—Samuel, tu madre murió. La policía necesita saber todo lo que pueda ayudar.

El niño cerró la mano sobre la llave.