Alguien cercano Capítulo 5 La disputa de Don Ernesto #3
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Capítulo 5 La disputa de Don Ernesto #3

—Invertí en un proyecto que prometía renovar propiedades antiguas. Era una mentira. Cuando quise recuperar el dinero, ya no quedaba nada.

Lucía recordó las prohibiciones financieras y el pago de Northpine.

—¿Qué relación tiene eso con Clara?

—Ninguna al principio.

—¿Y después?

Ernesto cerró los ojos.

—Mateo se enteró de mis problemas.

—¿Cómo?

—La ciudad es pequeña. Los bancos hablan más de lo que deberían.

—¿Qué le ofreció?

—Quince mil dólares.

—¿A cambio de qué?

Ernesto señaló la caja.

—De continuar la disputa por el terreno.

Lucía lo miró fijamente.

—¿Mateo le pagó para demandar a Clara?

—Dijo que necesitaba mantenerla ocupada. Quería que gastara tiempo y dinero en abogados. Que dejara de revisar tan de cerca las cuentas del negocio.

—¿Sabía que estaba robando?

—No al principio.

—¿Cuándo lo comprendió?

—Cuando Clara encontró el cheque.

—¿Cómo supo que lo había encontrado?

—Me llamó hace tres semanas. Dijo que quería hablar conmigo en privado.

—¿Fue a su casa?

Ernesto asintió.

—Subimos al ático. Me mostró la copia del cheque y las cartas de su padre.

—¿Llevaba el abrigo azul?

—Sí.

—Allí perdió el botón.

—Probablemente.

—¿Qué le dijo Clara?

El rostro de Ernesto se contrajo.

—Que sabía que yo no tenía derecho sobre el terreno. Que todo había sido un engaño.

—¿Admitió que Mateo le pagó?

—Sí.

—¿Qué hizo ella?

—No gritó. Eso fue peor.

Lucía esperó.

—Clara dijo que cancelaría la deuda que yo todavía tenía con su familia. No quería mi casa. Solo quería que dijera la verdad sobre Mateo.

—¿Aceptó?

Ernesto miró el cuaderno dentro de la caja.

—Le prometí que sí.

—Pero no lo hizo.

—Tuve miedo.

—¿De Mateo?

—De perder mi reputación. De que todos supieran que llevaba meses humillando a una viuda por dinero.

—¿Visitó a Clara la noche de su muerte?

—No entré.

—Pero estuvo cerca.

Ernesto asintió lentamente.

—Conduje hasta su casa.

—¿Por qué?

—Quería decirle que hablaría con la policía.

—¿A qué hora?

—Cerca de las siete y cuarenta.

—¿Vio a alguien?

—Había una camioneta saliendo. La de David.

—¿Y después?

—Vi luz en la cocina. Me quedé dentro del automóvil.

—¿Por qué no entró?

—Porque apareció otro vehículo.

Lucía dio un paso hacia él.

—¿De quién?

—No lo reconocí de inmediato. Era oscuro y la nieve empezaba a caer con fuerza.

—¿Vio al conductor?

—Vi a un hombre caminar hacia la puerta.

—¿Era Mateo?

Ernesto negó con la cabeza.

—Era más bajo.

—¿Está seguro?

—Sí.

—¿Quién era?

El anciano miró hacia las tumbas, como si esperara encontrar allí el valor que no había tenido antes.

—Tomás Vidal.

El nombre del contador confirmó una parte de las sospechas de Elena.

—¿Vio a Tomás entrar en la casa?

—Clara abrió la puerta y lo dejó pasar.

—¿Qué hizo usted?

—Me marché.

—¿A qué hora?

—Antes de las ocho.

—¿Por qué no dijo nada a la policía?

Ernesto apretó los labios.

—Porque si contaba que estaba allí, tendría que explicar el pago. Pensé que culparían a Mateo. Todo apuntaba hacia él.

—Y después encontraron el botón de su abrigo.

—Sí.

—¿Qué hay en el cuaderno?

—Cada conversación que tuve con Mateo. Fechas, cantidades, instrucciones.

—¿Por qué lo guardó?

—Porque aprendí demasiado tarde que un hombre que compra tu silencio también puede utilizarlo contra ti.

Lucía tomó la caja.

—Tendrá que acompañarme.

—¿Estoy arrestado?

—Por ahora, quedará detenido mientras verificamos su declaración. También puede enfrentar cargos por fraude, extorsión o conspiración.

Ernesto bajó la cabeza.

—Lo merezco.

—¿Mató a Clara?

El anciano levantó la mirada. Había lágrimas en sus ojos, aunque su voz no tembló.

—No.

—¿La amenazó?

—Sí.

—¿La humilló públicamente?

—Sí.

—¿Aceptó dinero para engañarla?

—Sí.

Ernesto observó la tumba de su esposa.

—Pero Clara fue la única persona que pudo destruirme y decidió perdonarme. Yo fui demasiado cobarde para ayudarla cuando todavía estaba viva.

Lucía guardó silencio.

No sentía compasión por lo que había hecho. Pero reconocía la diferencia entre la culpa de un hombre corrupto y la culpa de un asesino.

—Vamos —dijo.

Ernesto dejó la pala junto a la tumba y caminó hacia el automóvil policial.

Cuando Marta llegó a la comisaría, Don Ernesto estaba sentado en una sala de entrevistas.

A través del cristal podía verlo con las manos apoyadas sobre la mesa. Parecía haber envejecido diez años desde la mañana.

El detective Rivas había regresado de la búsqueda sin noticias de Mateo.

—¿Entonces Ernesto no la mató? —preguntó Marta.

—Todavía no podemos descartarlo por completo —respondió Rivas—. Pero las huellas del ático no coinciden con sus botas y el botón llevaba semanas allí.

—¿Por qué le pagaron?

—Mateo lo utilizó para distraer a Clara con la disputa legal.

Marta miró hacia la sala.

—Y Ernesto aceptó.

—Sí.

—Ella estaba dispuesta a perdonarlo.

—Eso parece.

Marta sintió una rabia amarga.

—Clara siempre daba otra oportunidad a las personas.

—A veces, la bondad también deja pruebas —dijo Rivas—. La carta que escribió demuestra que conocía el acuerdo.

—¿Qué ocurre con Tomás?

—Estamos buscándolo.

—Elena dijo que la amenazó.

—Ya tenemos su declaración.

—¿Tomás fue la última persona que vio a Clara viva?

—Podría serlo.

—Entonces ¿por qué seguimos buscando a Mateo?

Rivas sacó una hoja de una carpeta.

—Porque la sangre del automóvil abandonado ya tiene una identificación preliminar.

Marta contuvo la respiración.

—¿Es de Clara?

—No.

—¿De Mateo?

—Sí.

—Entonces está herido.

—Probablemente.

—¿Tomás pudo atacarlo?

—Es una posibilidad.

—¿Y después tomó el portátil?

—El portátil estaba en el automóvil que utilizó Mateo. Todavía no sabemos cuándo lo consiguió ni quién lo colocó allí.

Marta observó el tablero de la investigación. Ahora había fotografías de Mateo, Ernesto, Tomás y David unidas por líneas y notas.

—Todo está conectado —dijo.

—Sí.

—Pero no de la forma que pensábamos.

—Los secretos rara vez aparecen en orden.

Samuel estaba sentado cerca, dibujando en una hoja que le había entregado una agente. Levantó la cabeza al escuchar el nombre de David.

—¿Qué pasa con el tío David?

Rivas miró a Marta antes de responder.

—Necesitamos hablar con él otra vez.

—¿Por qué?

El detective colocó otro documento sobre la mesa.

Era un registro bancario.

—Clara le transfirió diez mil dólares hace dos meses.

Marta frunció el ceño.

—Ella me dijo que había dejado de prestarle dinero.

—Eso no fue un préstamo.

—¿Entonces qué fue?

—El pago llegó a una cuenta que David había cerrado poco después. Al día siguiente, casi todo el dinero fue enviado a Northpine Consulting.

—¿David también participaba en el fraude?

—Eso vamos a preguntarle.

Samuel dejó el lápiz.

—Él dijo que mamá no quiso ayudarlo.

Rivas asintió.

—Y mintió sobre la última vez que la vio. También mintió sobre su presencia en la calle.

Marta sintió que el cansancio desaparecía, reemplazado por una nueva inquietud.

—¿Dónde está ahora?

La puerta de la comisaría se abrió.

Un agente entró con el rostro serio y se acercó al detective.

—Fuimos a buscar a David a su casa.

—¿Estaba allí?

—No.

—¿Su vehículo?

—Tampoco.

Rivas miró el reloj.

—Emitan una alerta.

El agente no se movió.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—Encontramos sangre en el garaje.

Marta se llevó una mano al pecho.

—¿De quién?

—Todavía no lo sabemos.

El agente entregó una fotografía a Rivas.

En ella aparecía el suelo del garaje de David. Junto a la mancha de sangre había un teléfono móvil roto.

Rivas lo reconoció.

Pertenecía a Mateo Álvarez.

Marta miró la imagen.

La sospecha que había comenzado con el dinero de Clara acababa de convertirse en algo mucho más oscuro.

Mateo había desaparecido.

Su sangre estaba en un automóvil abandonado.

Su teléfono estaba en el garaje de David.

Y David también había huido.

Por primera vez, Marta comprendió que quizá el hombre al que todos habían considerado el principal asesino no estaba escapando de la justicia.

Tal vez estaba escapando de alguien que quería silenciarlo.

O tal vez ya era demasiado tarde.