Capítulo 5 La disputa de Don Ernesto #2
Sin embargo, Clara había confiado en ella.
—¿Sí?
—Marta, soy Elena.
—Lo sé.
—Necesito hablar contigo.
—Ya hablaste con la policía.
—No les conté todo.
Marta se levantó y salió de la habitación, cerrando la puerta parcialmente.
—Entonces llámalos y cuéntaselo.
—No puedo hacerlo por teléfono.
—Mi hermana está muerta, Elena. No estoy interesada en tus reglas periodísticas.
—No se trata de proteger una historia.
—¿Entonces de qué se trata?
Elena bajó la voz.
—Alguien me amenazó esta mañana.
Marta guardó silencio.
—¿Quién?
—Tomás Vidal, el contador externo del negocio.
—¿Qué dijo?
—Que me alejara de las cuentas de Northpine. Dijo que había personas respetables que podían perder mucho.
—¿Northpine?
—Es una empresa falsa que recibió pagos del negocio de Clara.
Marta apoyó una mano sobre la pared.
—¿Mateo la controlaba?
—No he podido demostrarlo.
—¿Por qué me llamas a mí?
—Porque Clara me entregó una copia de algunos documentos.
—Dáselos a la policía.
—Eso pensaba hacer, pero falta uno.
—¿Qué documento?
—Una lista de pagos. Clara me la mostró la última vez que nos vimos. Había nombres de personas de Oakhaven.
—¿Qué personas?
—No alcancé a leerlos todos. Pero vi uno que reconocí.
Marta esperó.
—Ernesto Navarro.
El nombre le produjo un escalofrío.
—¿Don Ernesto recibía dinero del negocio?
—No directamente. Su nombre aparecía junto a un pago de Northpine.
—¿Por cuánto?
—Quince mil dólares.
—¿Para qué?
—Eso es lo que necesito averiguar.
—Elena, la policía encontró un botón de su abrigo en el ático. Sus botas pueden coincidir con las huellas.
Hubo silencio al otro lado.
—¿Estás segura?
—Eso dijo el detective.
—Entonces Ernesto estuvo en casa de Clara.
—Probablemente.
—Pero quince mil dólares no tienen sentido en una disputa por una cerca.
—Tal vez la disputa nunca fue realmente por la cerca.
Elena respiró lentamente.
—Voy a hablar con él.
—No.
—Clara investigaba ese pago antes de morir.
—Precisamente por eso no deberías acercarte sola.
—No voy a acusarlo. Solo quiero hacer preguntas.
—Elena, una persona está muerta y otra desaparecida.
—Lo sé.
—Entonces deja de actuar como si esto fuera una noticia difícil. Es peligroso.
La voz de Elena se suavizó.
—Para mí tampoco es solo una noticia.
Marta cerró los ojos.
Recordó que Elena había conocido a Clara desde la adolescencia. No eran amigas cercanas, pero compartían recuerdos que existían mucho antes de aquella investigación.
—Dime dónde están los documentos —pidió Marta.
—En un lugar seguro.
—Eso no es suficiente.
—Los entregaré al detective Rivas esta tarde.
—Todos.
—Todos los que tengo.
—¿Y la libreta?
Elena tardó en responder.
—También.
—No ocultes nada más.
—De acuerdo.
Marta colgó.
Cuando volvió a la habitación, Samuel estaba junto a la ventana.
—¿Quién era?
—Elena.
—La periodista.
—Sí.
—Mamá decía que hacía demasiadas preguntas.
—Es parte de su trabajo.
—También decía que era valiente.
Marta se acercó a él.
—A veces hay poca distancia entre ser valiente y ponerse en peligro.
Samuel miró la calle cubierta de nieve.
—Mamá era valiente.
—Sí.
—Y también se puso en peligro.
Marta no supo cómo responder.
A las dos y cuarto de la tarde, el laboratorio del condado envió los primeros resultados.
Lucía los leyó en su vehículo, estacionada frente a la comisaría.
El botón pertenecía al mismo modelo y fabricante que los del abrigo de Ernesto. La fibra azul encontrada en el pasamanos también coincidía con la lana de la prenda.
Sin embargo, el polvo alojado en el botón contenía partículas de madera y aislamiento antiguo. Había estado en el ático durante al menos varias semanas, quizá meses.
Eso significaba que Ernesto había entrado antes.
No demostraba que hubiera estado allí la noche del asesinato.
Las botas ofrecían una respuesta menos clara. La talla coincidía con las huellas, pero el dibujo de la suela no era idéntico. Las marcas de la casa pertenecían a un modelo diferente.
Lucía llamó de inmediato al detective Rivas.
—El botón es suyo —dijo—, pero no cayó anoche.
—¿Y las fibras?
—También son del abrigo.
—Entonces estuvo en el ático en algún momento.
—Eso parece. Pero las botas no coinciden.
Rivas miró hacia el bosque, donde los agentes seguían buscando.
—¿Tienes una teoría?
—Ernesto entró antes, perdió el botón y rozó el pasamanos. La noche del crimen, otra persona dejó las huellas.
—¿Por qué mentiría sobre una visita anterior?
—Porque estaba haciendo algo que no quiere admitir.
—O porque esa visita está relacionada con el fraude.
Lucía recordó la reacción de Ernesto cuando mencionó el polvo.
—Voy a volver a hablar con él.
—Espera. Elena Ruiz acaba de llamar. Está camino de la comisaría con documentos sobre Northpine.
—¿Aparece Ernesto?
—Según ella, sí.
—¿Por qué una empresa fantasma le pagaría quince mil dólares?
—Descúbrelo.
Ernesto no estaba en casa cuando Lucía regresó.
Su automóvil tampoco estaba.
La agente llamó dos veces y observó el interior a través de la ventana. La sala parecía igual que antes, pero el bastón había desaparecido.
Un vecino que retiraba nieve del camino levantó la vista.
—¿Busca a Ernesto?
—¿Lo vio salir?
—Hace unos veinte minutos.
—¿Sabe adónde fue?
El hombre apoyó la pala contra una cerca.
—No. Pero llevaba una caja en el asiento trasero.
—¿Qué clase de caja?
—De madera. Pequeña.
Lucía regresó a su vehículo y solicitó por radio que localizaran el automóvil de Ernesto.
Después miró hacia la casa de Clara.
Había un camino estrecho entre ambas propiedades. La nieve lo había cubierto, pero debajo todavía se distinguía una línea hundida, como si alguien lo hubiera utilizado muchas veces.
Lucía caminó hasta la cerca.
Una parte de la madera estaba suelta.
La empujó y descubrió una abertura suficientemente grande para que pasara una persona.
Desde allí podía llegar a la puerta trasera de Clara en menos de un minuto.
La agente cruzó.
La cinta policial rodeaba la casa, pero el equipo forense le permitió entrar. Se dirigió a la cocina y observó la puerta trasera.
No había señales de entrada forzada.
Junto al marco encontró un pequeño teclado antiguo.
—¿La alarma también controlaba esta puerta? —preguntó a un técnico.
—Sí.
—¿Se puede abrir con una llave aunque la alarma esté activa?
—Se puede abrir, pero sonaría.
—A menos que alguien conozca el código.
Lucía pensó en Ernesto. Había vivido junto a la familia durante años. Tal vez conocía el sistema desde la época de los padres de Clara.
Subió al ático.
La habitación estaba casi vacía ahora. Los documentos habían sido retirados, pero los contornos de las cajas permanecían marcados sobre el polvo.
Lucía examinó el lugar donde se había encontrado el botón.
Estaba lejos del escritorio y cerca de un armario empotrado.
Abrió las puertas.
Dentro había mantas, libros y dos cajas viejas. Una de ellas estaba cerrada con un pequeño candado oxidado.
—¿Esto ya fue revisado? —preguntó.
El técnico consultó su lista.
—No pudimos abrirla sin dañarla. Esperábamos autorización de la familia.
Lucía llamó a Marta.
—Necesito permiso para abrir una caja del ático.
—¿Qué caja?
—De madera, con un candado antiguo.
—No sé qué contiene.
—¿Era de sus padres?
—Probablemente. Clara guardaba allí documentos familiares.
—Tenemos razones para creer que Don Ernesto pudo intentar acceder a ella.
Marta guardó silencio.
—Ábranla.
El técnico cortó el candado.
Dentro no había dinero ni objetos de valor.
Había carpetas con escrituras de propiedad, mapas antiguos del terreno y varias cartas enviadas entre el padre de Clara y Ernesto hacía más de veinte años.
Lucía tomó una de ellas.
El contenido no hablaba de una cerca.
Hablaba de un préstamo.
El padre de Clara había prestado dinero a Ernesto cuando este estuvo a punto de perder su casa. A cambio, Ernesto había firmado un acuerdo temporal sobre una pequeña parte del terreno que separaba ambas propiedades.
El préstamo nunca fue pagado completamente.
Pero también había otro documento.
Una carta reciente escrita por Clara.
“Señor Navarro:
He encontrado la copia del acuerdo firmado con mi padre. No deseo quedarme con ninguna parte de su propiedad. Estoy dispuesta a cancelar la deuda pendiente y corregir los registros, siempre que retire la demanda y deje de amenazar a mi familia.”
Lucía leyó la carta dos veces.
Clara había intentado terminar el conflicto sin exigir dinero.
Entonces ¿por qué Ernesto continuaba atacándola públicamente?
En el fondo de la caja había un sobre abierto.
Dentro estaba la copia de un cheque por quince mil dólares emitido por Northpine Consulting a nombre de Ernesto Navarro.
La fecha era de tres meses antes.
En el espacio del concepto solo aparecía una palabra:
Asesoría.
—Detective —dijo Lucía por teléfono—. Encontré el pago.
—¿Sabemos por qué lo recibió?
—Todavía no. Pero Clara también lo encontró.
—Entonces Ernesto tenía un motivo para entrar en el ático.
—Quería recuperar las pruebas.
—Localízalo.
Lucía salió de la casa y escuchó un mensaje de radio.
El automóvil de Ernesto había sido visto cerca del antiguo cementerio de Oakhaven.
El cementerio estaba situado sobre una colina, junto a una pequeña capilla de piedra que ya no se utilizaba durante el invierno.
Cuando Lucía llegó, encontró el automóvil estacionado frente a la entrada. Las huellas de Ernesto conducían entre las lápidas.
Lo vio al final del camino, frente a una tumba cubierta de nieve.
La caja de madera descansaba a sus pies.
Ernesto sostenía una pala pequeña.
—¡Señor Navarro!
El anciano se volvió.
No intentó huir.
Parecía cansado.
—Sabía que vendrían —dijo.
Lucía se acercó con cuidado.
—Aléjese de la caja.
—No contiene un arma.
—Aun así, aléjese.
Ernesto obedeció.
Lucía abrió la caja.
Dentro había varios sobres, recibos y un cuaderno.
—¿Qué es esto?
—Mi vergüenza.
—Necesito una respuesta clara.
El anciano miró la tumba.
El nombre grabado en la piedra era Ana Navarro, su esposa, fallecida hacía seis años.
—Perdí casi todos nuestros ahorros antes de que Ana muriera —dijo—. Nunca se lo conté.
—¿Cómo?