Alguien cercano Capítulo 5 La disputa de Don Ernesto
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Capítulo 5 La disputa de Don Ernesto

El bosque al norte de Oakhaven parecía tragarse todos los sonidos.

La nieve cubría el suelo con una capa tan profunda que cada paso exigía un esfuerzo. Las ramas de los pinos se inclinaban bajo el peso del hielo y, de vez en cuando, una de ellas se quebraba con un crujido seco que hacía levantar la cabeza a los agentes.

El automóvil abandonado estaba detenido junto a una carretera secundaria, a menos de diez kilómetros de la frontera con Canadá. No pertenecía a Mateo Álvarez. Había sido denunciado como robado esa misma mañana por un residente de Oakhaven.

Las puertas estaban cerradas, pero no con llave.

En el asiento trasero, dentro de una bolsa de tela, se encontraba el portátil de Clara Morales.

En el volante había varias manchas de sangre.

El detective Gabriel Rivas permanecía junto al vehículo mientras un técnico recogía muestras. Lucía Torres seguía las huellas que conducían desde la carretera hasta el bosque.

—Solo una persona salió del automóvil —dijo ella al regresar—. Las pisadas llegan hasta los árboles y después se vuelven difíciles de distinguir.

—¿Por la nieve?

—Por una zona de piedras. Puede haber cambiado de dirección.

Rivas observó el camino blanco que desaparecía entre los pinos.

—¿Encontraron sangre fuera del vehículo?

—Dos gotas junto a la puerta del conductor. Nada más.

—Podría ser una herida pequeña.

—O alguien pudo dejar la sangre para hacernos creer que estaba herido.

El detective miró el interior del automóvil.

Mateo había salido de Oakhaven con una maleta y documentos del negocio. Eso parecía claro. Pero no sabían si se había llevado el portátil de Clara inmediatamente después del crimen o si otra persona se lo había entregado.

Tampoco sabían de quién era la sangre.

—¿Hay teléfono? —preguntó.

Lucía negó con la cabeza.

—Ni cartera, ni documentos, ni abrigo.

—¿Abrigo?

—Encontramos una chaqueta negra en el maletero. Parece la misma que llevaba en la cámara de la tienda.

Rivas frunció el ceño.

La temperatura estaba muy por debajo de cero. Nadie se internaría voluntariamente en aquel bosque sin ropa adecuada.

—Entonces pudo cambiarse antes de entrar.

—O alguien se llevó su abrigo.

Uno de los agentes se acercó desde la carretera.

—Detective, los perros están listos.

—Utilicen el asiento del conductor y la chaqueta. Quiero saber si el rastro pertenece a la misma persona.

—Sí, señor.

Rivas se volvió hacia Lucía.

—Regresa a Oakhaven.

—¿Por Don Ernesto?

—Por el abrigo, las botas y ese botón. Si todo coincide, tendremos que detenerlo.

—¿Y Mateo?

—Yo me quedaré con la búsqueda.

Lucía guardó las manos en los bolsillos.

—Es extraño.

—¿Qué cosa?

—Si Mateo mató a Clara, tomó el ordenador y escapó, ¿por qué abandonó el automóvil tan cerca de la frontera?

—Tal vez pensó que lo encontrarían en un puesto de control.

—Podría haber dado la vuelta.

—O alguien lo estaba esperando aquí.

Lucía miró hacia el bosque.

—¿Crees que está muerto?

Rivas no respondió enseguida.

—Creo que alguien quiere que nos hagamos esa pregunta.

La casa de Don Ernesto Navarro estaba separada de la propiedad de Clara por una cerca de madera y una franja estrecha de terreno cubierto de nieve.

Desde el dormitorio del segundo piso, Ernesto podía ver el tejado del antiguo hogar de los Morales. También podía ver la cinta policial alrededor del porche y a los técnicos que todavía entraban y salían.

Aquella mañana había mantenido las cortinas cerradas.

Ahora se encontraba sentado en la sala, frente a la agente Torres, con los brazos cruzados y el bastón apoyado contra la mesa.

El abrigo azul había sido guardado en una bolsa para pruebas. Las botas también.

—No tenía derecho a llevárselos —dijo Ernesto.

—Usted dio su consentimiento.

—Porque dos policías se presentaron en mi puerta y empezaron a hablar de una orden.

—Podía haberse negado.

—Y entonces todos habrían pensado que ocultaba algo.

Lucía lo observó sin mostrar emoción.

—¿Oculta algo?

Ernesto soltó una risa breve.

—En esta ciudad, todos ocultan algo.

—Hablemos del botón.

—Ya dije que se cayó hace semanas.

—¿Dónde?

—No lo sé.

—El botón encontrado en casa de Clara parece pertenecer a su abrigo.

—“Parece” no significa nada.

—También encontramos fibras azules en el pasamanos.

Ernesto movió la mandíbula, pero no respondió.

—Y sus botas podrían coincidir con las huellas del ático —continuó Lucía—. Si el laboratorio confirma esas tres pruebas, será muy difícil explicar su presencia allí.

—Nunca subí a ese ático.

—¿Entró en la casa?

—No.

—¿La noche en que murió Clara?

—No.

—¿Alguna vez?

El anciano miró hacia la ventana cerrada.

—Hace años. Cuando vivían sus padres.

—No le pregunté por hace años.

Ernesto golpeó suavemente el suelo con la punta del bastón.

—Ya contesté.

Lucía abrió su libreta.

—Su automóvil fue visto cerca de la casa poco antes de las ocho.

—Mi casa está al lado.

—David Morales asegura que lo vio entrar en la calle desde la carretera principal.

—David Morales necesita dinero. Diría cualquier cosa para alejar la atención de sí mismo.

—¿Salió durante la tormenta?

—Fui a dar una vuelta.

—¿Por qué?

—No podía dormir.

—Eran las siete y media.

—Duermo cuando quiero.

—¿Adónde fue?

—Por el vecindario.

—¿Se acercó a la casa de Clara?

Ernesto no respondió.

Lucía dejó el bolígrafo sobre la libreta.

—Señor Navarro, una mujer murió. Si estuvo allí por un motivo que no tiene relación con el asesinato, este es el momento de decirlo.

—No tuve nada que ver con su muerte.

—Entonces ayúdeme a demostrarlo.

—La policía no quiere demostrar mi inocencia. Quiere encontrar a alguien a quien culpar.

—Eso no es cierto.

—Clara era querida. Yo discutía con ella. Para la gente de Oakhaven, eso es suficiente.

Lucía se inclinó ligeramente hacia delante.

—No estamos hablando de rumores. Estamos hablando de pruebas físicas.

Por primera vez, la expresión de Ernesto perdió parte de su desafío.

—Ese botón no demuestra que yo estuviera allí anoche.

—¿Cuándo estuvo?

El anciano la miró fijamente.

La pregunta había sido una apuesta. Lucía lo supo por la forma en que él dejó de respirar durante un segundo.

—Nunca —respondió al final.

Pero ya era demasiado tarde.

—Acaba de pensar en una fecha.

—No sé de qué habla.

—Sí lo sabe.

Ernesto se levantó lentamente.

—La entrevista terminó.

—No mientras exista una investigación abierta.

—No está arrestándome.

—Todavía no.

La palabra quedó suspendida en la sala.

Ernesto tomó el bastón.

—Fuera de mi casa.

Lucía se puso de pie, pero no guardó la libreta.

—Regresaré cuando tengamos los resultados del laboratorio.

—Traiga una orden la próxima vez.

La agente caminó hacia la puerta. Antes de salir, miró el perchero vacío donde había estado el abrigo azul.

—Por cierto —dijo—, el botón encontrado en casa de Clara tenía polvo antiguo en una de las ranuras.

Ernesto no reaccionó.

—Eso podría significar que llevaba tiempo allí.

Los ojos del anciano se movieron apenas.

Lucía abrió la puerta.

—O podría significar que cayó en el ático la noche del asesinato. El laboratorio nos dirá cuál de las dos cosas es cierta.

Salió sin esperar respuesta.

Desde el porche, se volvió hacia la ventana.

Ernesto seguía de pie en la sala.

Ya no parecía enfadado.

Parecía asustado.

Marta llevó a Samuel a su propia casa poco después del mediodía.

El niño no quería volver a la casa de Clara. Tampoco quería quedarse con Laura. Deseaba estar en un lugar que conociera, pero que no estuviera lleno de recuerdos de su madre.

Marta preparó la habitación de invitados para él.

Colocó una lámpara junto a la cama, dejó un vaso de agua sobre la mesa y abrió las cortinas para que entrara algo de luz. Samuel permaneció en la puerta, todavía con la bufanda de Clara entre las manos.

—Puedes cambiar lo que quieras —dijo Marta—. Si prefieres dormir en la sala, también está bien.

—Aquí está bien.

—Puedo quedarme contigo.

—No soy un bebé.

Marta reconoció la frase. Clara la decía cuando era niña y quería demostrar que no tenía miedo.

—Nunca dije que lo fueras.

Samuel dejó la mochila sobre el suelo.

—¿Encontraron a Mateo?

—Todavía no.

—¿Crees que está muerto?

La pregunta la sorprendió.

—¿Por qué dices eso?

—Escuché a un policía hablar del bosque.

Marta suspiró.

—No deberías escuchar conversaciones privadas.

—No eran privadas. Estaban hablando en el pasillo.

—No sabemos qué le ocurrió.

Samuel se sentó en la cama.

—Si está muerto, no podrá decir la verdad.

—La policía encontrará otras pruebas.

—¿Y si todos están mintiendo?

Marta se sentó a su lado.

—No todos mienten por la misma razón.

—Eso dijo el detective.

—Tiene razón.

Samuel miró la bufanda.

—Mamá nunca me mentía.

Marta quiso decirle que todos los padres ocultaban cosas para proteger a sus hijos, pero no era el momento.

—Tu mamá intentaba ser honesta contigo.

—Entonces ¿por qué no me contó lo del dinero?

—Porque quería resolverlo antes de preocuparte.

—Tal vez, si me lo hubiera contado, yo habría podido ayudar.

—Samuel, esto no era tu responsabilidad.

—Pero estaba en casa cuando Mateo fue.

La culpa en su voz hizo que Marta se volviera hacia él.

—Mírame.

El niño levantó los ojos.

—Nada de esto ocurrió por algo que hiciste o dejaste de hacer. Tu madre te llevó a casa de Daniel porque quería que estuvieras seguro y pasaras una buena noche.

—Pero ella regresó sola.

—No podías saber lo que pasaría.

—Tú tampoco.

Marta sintió el golpe de aquellas palabras, aunque sabía que el niño no pretendía hacerle daño.

—No —admitió—. Yo tampoco.

Samuel apretó la bufanda.

—¿Por qué alguien empujaría a una persona por unas cuentas?

—A veces la gente permite que el miedo y la codicia la lleven a hacer cosas terribles.

—¿Mateo era una mala persona?

Marta pensó en las cenas familiares, en las risas, en las veces que Mateo había ayudado sin que nadie se lo pidiera.

—Tal vez hizo cosas malas —respondió—. Pero todavía no sabemos toda la verdad.

—No contestaste.

—Porque no sé la respuesta.

El teléfono de Marta sonó en el bolsillo.

Era Elena Ruiz.

Durante unos segundos consideró no responder. No quería hablar con periodistas, especialmente después de saber que Elena había ocultado información a la policía.