Capítulo 4 Rostros conocidos, secretos ocultos #3
—Mateo es una persona con quien necesitamos hablar. Pero no puedo decirte que fue él hasta que tengamos pruebas suficientes.
Samuel bajó la cabeza.
—Mamá confiaba en él.
Nadie supo qué responder.
A la una de la tarde, David Morales entró en la comisaría.
No había sido arrestado. Había aceptado acudir voluntariamente, aunque su expresión indicaba que no estaba contento.
Llevaba un abrigo demasiado fino para el invierno y tenía los ojos enrojecidos. Al ver a Marta en el pasillo, abrió los brazos como si esperara recibirla con un abrazo.
Ella no se movió.
—Marta —dijo—. No puedo creerlo.
—¿Por qué dijiste que no hablabas con Clara desde hacía dos semanas?
David dejó caer los brazos.
—¿Qué?
—Hablaste con ella hace tres días.
Miró hacia los policías cercanos.
—No creo que este sea el lugar para hablar de asuntos familiares.
—Clara está muerta. Ya no existen asuntos familiares privados.
—No quería que la policía malinterpretara la conversación.
—Le pediste dinero.
—Era un préstamo.
—Ella te dijo que no.
David apretó los labios.
—No sabes todo lo que ocurrió.
—Entonces explícalo.
—Necesitaba pagar unas deudas.
—Siempre necesitas pagar alguna deuda.
—No tienes derecho a juzgarme.
—¿Y tú tenías derecho a presionar a una viuda para que te mantuviera?
El rostro de David se endureció.
—Clara tenía dinero.
—Era para Samuel.
—Daniel también era mi hermano.
—Eso no te convertía en dueño de lo que dejó.
David miró hacia otro lado.
—Yo no le hice daño.
—¿Dónde estuviste anoche?
—En casa.
—Solo.
Él tardó en responder.
—Sí.
—¿Todavía tienes una llave de la casa de Clara?
David volvió a mirarla.
—No.
—¿Estás seguro?
—La devolví hace años.
—¿Y el código de la alarma?
—No lo recuerdo.
El detective Rivas apareció en el pasillo.
—Señor Morales, estamos preparados para hablar con usted.
David dirigió una última mirada a Marta.
—No soy el enemigo.
—Clara también pensaba eso de otras personas.
El detective condujo a David a la sala de entrevistas.
Marta permaneció junto a la puerta, sintiendo una mezcla de rabia y cansancio. Ya no sabía qué parte de la conversación había nacido de su dolor y cuál de una sospecha verdadera.
Samuel se sentó en una silla cercana.
—No me gusta el tío David —dijo.
Marta se volvió hacia él.
—No deberías decidir que alguien es culpable porque no te agrada.
—Tú tampoco confías en él.
—Ahora mismo no sé en quién confiar.
Samuel apretó la bufanda contra su pecho.
—Yo confío en ti.
Aquellas palabras estuvieron a punto de romperla.
Marta se sentó junto a él y lo abrazó.
—Y yo en ti.
El interrogatorio de David duró más de una hora.
Al principio negó haber discutido con Clara. Después admitió que le había pedido treinta mil dólares. Aseguró que el dinero era para evitar la pérdida de su vivienda.
Los detectives ya sabían que no era cierto.
Parte de sus deudas procedían de un negocio fallido de reparación de vehículos. Otra parte correspondía a préstamos personales que llevaba meses sin pagar.
—Clara tenía la obligación de ayudarme —dijo David.
Rivas permaneció inmóvil al otro lado de la mesa.
—¿Por qué?
—Porque Daniel la dejó en una situación cómoda.
—También le dejó un hijo que mantener.
—Samuel nunca pasará necesidades.
—Eso no convierte el dinero de Clara en suyo.
David golpeó suavemente la mesa con la palma.
—No dije que fuera mío. Solo necesitaba ayuda temporal.
Lucía abrió una carpeta.
—Según los registros telefónicos, llamó a Clara seis veces el día de su muerte.
—No respondió a las primeras llamadas.
—La última duró once minutos.
—Estábamos intentando llegar a un acuerdo.
—Un vecino asegura haberlo visto cerca de su calle poco después de las siete.
David se quedó quieto.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque estaba en casa.
—No hay nadie que pueda confirmar su presencia.
—No significa que saliera.
Lucía colocó una fotografía frente a él. Mostraba una camioneta estacionada cerca de la casa de Clara.
—Esta imagen fue captada por la cámara exterior de una vivienda cercana. Parece su vehículo.
David observó la fotografía.
—Hay cientos de camionetas como esa.
—La luz trasera derecha está rota. Igual que la suya.
El color desapareció de su rostro.
Rivas se inclinó ligeramente hacia delante.
—Estuvo allí.
David respiró por la nariz.
—No entré en la casa.
—¿Qué hizo?
—Esperé fuera.
—¿Por qué?
—Quería hablar con Clara.
—Acababan de conversar durante once minutos por teléfono.
—Ella colgó.
—¿Así que condujo hasta su casa durante una tormenta?
—Todavía no era una tormenta.
—¿La vio?
David bajó la mirada.
—Salió al porche.
—¿Discutieron?
—Sí.
—¿La amenazó?
—No.
—¿Le dijo que se arrepentiría?
David levantó la cabeza.
—Estaba enfadado. La gente dice cosas cuando está enfadada.
—¿Qué dijo exactamente?
—No lo recuerdo.
—Inténtelo.
David respiró profundamente.
—Le dije que Daniel se avergonzaría de ella.
—¿Algo más?
—Que algún día necesitaría ayuda y nadie estaría allí para dársela.
—¿Entró en la casa?
—No.
—¿A qué hora se marchó?
—Cerca de las siete y media.
Lucía revisó sus notas.
—La alarma se desactivó a las siete y cuarenta y dos.
—Yo ya no estaba allí.
—¿Vio llegar a alguien?
David guardó silencio.
Rivas lo observó con atención.
—Vio a alguien.
—No estoy seguro.
—¿A quién?
—Un automóvil pasó junto a mí cuando salía de la calle.
—¿Reconoció el vehículo?
—Tal vez.
—Señor Morales.
David se frotó las manos.
—Era el automóvil de Don Ernesto.
Los agentes encontraron a Ernesto Navarro en su casa poco después de las dos.
No abrió la puerta hasta que amenazaron con solicitar una orden. Cuando finalmente apareció, llevaba un suéter grueso y sostenía un bastón que utilizaba solo cuando le convenía.
—Esto es una persecución —declaró antes de que nadie le hiciera una pregunta—. Esa mujer llevaba meses intentando quedarse con mi propiedad y ahora quieren culparme de su accidente.
La agente Lucía lo miró.
—Todavía no hemos explicado por qué estamos aquí.
Ernesto parpadeó.
—Toda la ciudad sabe lo ocurrido.
—La ciudad sabe que Clara murió. No que dejó de considerarse un accidente.
El anciano apretó la mano alrededor del bastón.
—No tengo nada que decir.
—Su automóvil fue visto cerca de la casa.
—Vivo al lado.
—Fue visto entrando en la calle desde la carretera principal.
—Salí a comprar medicinas.
—La farmacia cerró a las seis debido a la tormenta.
Ernesto frunció el ceño.
—No recuerdo la hora.
—¿Visitó a Clara?
—No.
Lucía observó el recibidor de la casa.
Junto a la puerta había un par de botas grandes, todavía manchadas con restos de barro y sal.
—Necesitaremos llevarnos esas botas.
Ernesto dio un paso para bloquearle el camino.
—No tocarán mis cosas.
—Entonces conseguiremos una orden.
—No tienen pruebas.
—Tenemos huellas de calzado en la casa de Clara.
Por primera vez, Ernesto pareció preocupado.
—Muchas personas visitaban esa casa.
—¿Incluido usted?
—No anoche.
—¿Posee un abrigo de lana azul?
El hombre miró hacia el perchero.
Había varios abrigos colgados.
Uno de ellos era azul oscuro.
Le faltaba un botón.
Cuando Rivas recibió la llamada de Lucía, Marta seguía en la comisaría.
El detective escuchó el informe sin apartar la mirada de la pared. Después colgó y se sentó frente a ella.
—Encontramos un abrigo azul en casa de Don Ernesto. Le falta un botón.
Marta sintió un vacío en el estómago.
—¿Coincide con el que estaba en casa de Clara?
—A simple vista, sí. El laboratorio tendrá que confirmarlo.
—Entonces fue él.
—También encontramos botas que podrían coincidir con las huellas.
—¿Por qué habría subido al ático?
—Eso es lo que intentamos averiguar.
—Tal vez quería destruir los documentos de la propiedad.
—Es posible.
Samuel levantó la cabeza desde la silla contigua.
—Don Ernesto odiaba a mamá.
Marta miró al detective.
—Todo el mundo sabía que la amenazaba.
Rivas asintió lentamente.
—Pero todavía tenemos un problema.
—¿Cuál?
—Los documentos financieros.
—Podría haberlos utilizado para desviar la investigación.
—O podrían no estar relacionados directamente con el asesinato.
Marta sintió que la habitación comenzaba a girar alrededor de demasiadas posibilidades.
Mateo había robado dinero y desaparecido.
David había mentido sobre su presencia en la calle.
Ernesto tenía un abrigo al que le faltaba un botón.
Y una periodista escondía información sobre una empresa desconocida.
Todos habían mentido.
Todos tenían algo que perder.
Rivas recogió una de las carpetas.
—En los casos como este, las personas rara vez ocultan una sola cosa. Algunas mienten porque cometieron un crimen. Otras mienten porque temen que salga a la luz un secreto diferente.
—¿Cómo se distingue una mentira de la otra?
—Siguiendo las pruebas hasta que una versión ya no pueda sostenerse.
El teléfono del detective sonó.
Respondió y escuchó durante varios segundos.
—Repita eso.
Marta observó cómo su expresión cambiaba.
—¿Dónde?
Tomó un bolígrafo y escribió rápidamente.
—No se acerquen. Mantengan la zona cerrada hasta que lleguemos.
Colgó.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Marta.
Rivas se puso el abrigo.
—Encontraron el automóvil que Mateo utilizó para salir de Oakhaven.
—¿Dónde está él?
—No estaba dentro.
—¿Encontraron algo?
El detective dudó.
—El portátil de Clara estaba en el asiento trasero.
Marta se levantó.
—Eso demuestra que fue él.
—Demuestra que tenía el ordenador.
—¿Qué más necesitan?
Rivas se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.
—También había sangre en el volante.
—¿De Clara?
—Todavía no lo sabemos.
—¿Y Mateo?
El detective sostuvo su mirada.
—Hay huellas que se alejan del automóvil hacia el bosque.
—¿Caminó hasta allí?
—Solo hay un grupo de huellas.
—Entonces búsquenlo.
—Eso estamos haciendo.
—¿Cree que está herido?
Rivas no respondió directamente.
—Quédese aquí con Samuel.
—Detective.
Él se volvió.
—¿Mateo sigue siendo sospechoso o ahora es otra víctima?
Rivas abrió la puerta.
—Hasta que encontremos a Mateo, puede ser cualquiera de las dos cosas.