Alguien cercano Capítulo 4 Rostros conocidos, secretos ocultos #2
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Capítulo 4 Rostros conocidos, secretos ocultos #2

—¿Qué tipo de riesgos?

—Nuevos proveedores, préstamos para ampliar el almacén, contratos con empresas que Clara no conocía bien.

—¿Clara llegó a desconfiar de él?

Marta recordó la conversación de la cocina.

—Durante los últimos días, sí.

—¿Se lo dijo directamente?

—Solo dijo que había encontrado algo extraño en las cuentas.

—¿Sabía que Mateo tenía una deuda personal considerable?

Marta lo miró.

—No.

Lucía abrió otra carpeta.

—Hace ocho meses solicitó un préstamo utilizando una propiedad comercial como garantía. El negocio comenzó a perder clientes poco después. También hizo varias inversiones que no salieron bien.

—¿Clara lo sabía?

—Todavía no estamos seguros.

—¿Cuánto dinero desapareció?

—Hasta ahora hemos identificado casi doscientos mil dólares en transferencias sospechosas.

Marta se quedó inmóvil.

Había esperado una cifra grave, pero no aquella.

—Eso no puede ser.

—Las transferencias se realizaron durante diez meses —dijo Rivas—. Fueron divididas en cantidades menores y enviadas a distintas empresas.

—¿Empresas de quién?

—Algunas no existen. Otras están registradas a nombre de personas que dicen no conocer a Mateo ni a Clara.

Marta miró la fotografía nuevamente.

El hombre de la imagen había ayudado a Samuel a construir una caseta en el jardín. Había llevado comida cuando Clara estuvo enferma. Había hablado durante el funeral de Daniel sobre la importancia de cuidar a la familia.

¿Cómo podía esa misma persona haber robado durante meses?

—Clara no se habría dado cuenta tan tarde —dijo Marta—. Revisaba cada cuenta.

—Alguien manipuló los informes que ella recibía.

—Mateo.

—Es posible.

—Y cuando Clara descubrió la verdad, él la mató.

Rivas apoyó una mano sobre la carpeta.

—Todavía falta una parte importante.

—¿Cuál?

—La hora.

El detective colocó una hoja frente a ella.

—Según la cámara de una tienda, Mateo compró medicamentos a las ocho y cinco de la noche. El establecimiento está a treinta y cinco minutos de la casa de Clara en condiciones normales.

—Pero las carreteras estaban cubiertas de nieve.

—Exacto.

—Podría haber llegado antes del crimen.

—Sí. O después.

—¿Saben a qué hora cayó Clara?

—El médico forense sitúa las lesiones entre las siete y cuarenta y cinco y las ocho y treinta.

Marta observó la hora de la compra.

—Entonces todavía pudo hacerlo.

—Pudo. Pero la ventana es estrecha.

Lucía habló por primera vez en varios minutos.

—Además, la cámara muestra que llevaba una chaqueta acolchada negra.

Marta recordó las fibras de lana azul mencionadas por Samuel.

—¿Y su abrigo azul?

—No aparece en las imágenes.

—Tal vez se cambió.

—Tal vez —dijo Rivas—. Por eso no podemos ignorar a las otras personas que tuvieron motivos y oportunidades.

Marta se recostó en la silla.

Cada respuesta abría nuevas preguntas. Cada recuerdo que parecía conducir hacia alguien terminaba desviándose en otra dirección.

—¿Quién más? —preguntó.

Lucía colocó una última fotografía sobre la mesa.

Era una mujer de unos treinta y cinco años, con cabello castaño y gafas de montura fina.

Marta la reconoció.

—Elena Ruiz.

—¿La conoce?

—Es periodista. Escribe para el periódico del condado.

—También era amiga de Clara.

—No diría que fueran amigas cercanas. Se conocían desde la escuela.

—Elena visitó a Clara dos veces durante la última semana.

Marta frunció el ceño.

—Clara no me lo mencionó.

—Según Elena, estaban trabajando en una investigación.

—¿Qué investigación?

—No quiso decirlo.

—¿Una periodista se niega a hablar con la policía?

—Asegura que prometió proteger una fuente.

Marta sintió que la frustración regresaba.

—Clara está muerta. ¿Qué más necesita para romper esa promesa?

—Elena dice que la información no estaba relacionada con la muerte.

—¿Y ustedes le creen?

Rivas cerró la carpeta.

—No creemos ni descartamos nada todavía.

Mientras Marta hablaba con los detectives, Elena Ruiz esperaba en una cafetería situada a dos calles de la comisaría.

El local estaba casi vacío. En condiciones normales, a aquella hora habría empleados municipales, maestros y comerciantes ocupando las mesas. Aquella mañana solo había dos trabajadores retirando nieve de la entrada y una anciana leyendo junto a la ventana.

Elena tenía una taza de café frente a ella, pero apenas la había probado.

Sobre la mesa descansaba una libreta cerrada.

Dentro llevaba anotaciones que no había mostrado a la policía.

Clara la había llamado seis días antes.

No era raro recibir llamadas de personas que querían denunciar problemas del ayuntamiento, disputas con vecinos o decisiones injustas de alguna empresa. Pero Clara no era una mujer que buscara atención.

Su voz había sonado seria.

“Necesito que revises algo”, le había dicho.

Elena preguntó si se trataba de una historia para el periódico.

“No todavía. Primero necesito saber si lo que encontré es real.”

Se habían reunido al día siguiente en la casa de Clara. Ella le mostró copias de facturas, nombres de empresas y varias transferencias.

Elena reconoció una de las compañías.

Había aparecido en una investigación anterior sobre contratos municipales.

La empresa se llamaba Northpine Consulting.

En los registros públicos figuraba como una compañía de asesoría empresarial. No tenía empleados, oficina ni página oficial. Sin embargo, había recibido pagos de varias empresas pequeñas de Oakhaven.

Entre ellas, la de Clara y Mateo.

Elena había prometido investigar discretamente.

Dos días después, descubrió que la dirección registrada de Northpine pertenecía a un edificio abandonado.

Cuando llamó a Clara para contárselo, ella guardó silencio durante varios segundos.

“Entonces Mateo me ha estado mintiendo”, dijo finalmente.

Elena le pidió que no lo confrontara sola.

Clara aseguró que no lo haría.

Pero Clara no sabía fingir que nada ocurría.

Y Mateo la conocía demasiado bien.

Elena sacó la libreta y la abrió por una página marcada.

Había escrito tres nombres:

Mateo Álvarez.

David Morales.

Ernesto Navarro.

Debajo había un cuarto nombre que no había mencionado a la policía.

Tomás Vidal.

Era el contable externo que revisaba cada año los libros de la empresa. Según Clara, Tomás había certificado que las cuentas estaban en orden apenas dos meses antes.

Si el fraude era tan grande como parecía, debía haberlo visto.

A menos que formara parte de él.

Una sombra cayó sobre la mesa.

Elena cerró rápidamente la libreta.

Un hombre alto, con una chaqueta marrón y gorro de lana, se encontraba frente a ella.

—No deberías escribir sobre cosas que no entiendes —dijo.

Elena lo reconoció de inmediato.

Tomás Vidal.

—¿Me estabas siguiendo?

—Oakhaven es pequeño. No hace falta seguir a nadie.

—Entonces siéntate.

—No he venido a conversar.

Tomás miró alrededor. La anciana de la ventana continuaba leyendo. El empleado detrás del mostrador limpiaba unas tazas sin prestarles atención.

—Clara cometió un error —dijo.

Elena sintió que la espalda se le tensaba.

—¿Qué error?

—Empezó a señalar a personas sin comprender cómo funcionaban sus propias cuentas.

—¿Estás diciendo que las transferencias eran legítimas?

Tomás apretó la mandíbula.

—Estoy diciendo que no sabes toda la historia.

—Entonces cuéntamela.

—No es asunto tuyo.

—Clara me lo convirtió en asunto mío.

Tomás se inclinó un poco sobre la mesa.

—Clara está muerta. Tú todavía no.

Elena sostuvo su mirada.

—¿Eso es una amenaza?

El hombre pareció darse cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir.

—Es un consejo.

—No sonó como uno.

Tomás retrocedió.

—Aléjate de las cuentas de Northpine.

—¿Por qué?

—Porque hay personas que perderán mucho si sigues haciendo preguntas.

—¿Mateo?

Tomás no respondió.

—¿Sabes dónde está?

—No.

—Estás mintiendo.

Él se volvió hacia la puerta.

—Tomás.

El hombre se detuvo.

—La policía va a encontrarlo —continuó Elena—. Y cuando lo haga, revisará todos los informes que firmaste.

Tomás giró lentamente la cabeza.

—Ten cuidado, Elena. Las personas respetables de esta ciudad no siempre son lo que parecen.

—Eso ya lo sabía.

Tomás salió de la cafetería.

Elena esperó hasta que desapareció detrás de la nieve. Después tomó el teléfono y fotografió la matrícula de su automóvil mientras se alejaba.

No estaba segura de si debía llamar a la policía.

Todavía no confiaba en que todos los secretos de Clara pertenecieran a la investigación oficial. Los periódicos pequeños sobrevivían porque algunas personas se atrevían a hablar con la condición de no ser identificadas.

Pero Clara ya no podía protegerse.

Elena abrió de nuevo la libreta.

Junto al nombre de Tomás escribió una frase:

Sabe más de lo que admite.

En la comisaría, Samuel terminó su entrevista poco antes del mediodía.

Cuando salió de la sala, tenía los ojos cansados. Marta se levantó para recibirlo.

—¿Estás bien?

El niño se encogió de hombros.

Isabel se acercó al detective Rivas y le entregó unas notas.

—Samuel recordó algo importante —dijo.

Rivas se agachó frente al niño.

—¿Te parece bien contárselo otra vez a tu tía?

Samuel asintió.

—Ayer, cuando Mateo estaba en casa, escuché que mamá le dijo que tenía hasta la mañana siguiente.

Marta contuvo la respiración.

—¿Hasta la mañana siguiente para qué?

—No lo sé. Mateo dijo que podía explicarlo. Mamá respondió que ya era demasiado tarde.

—¿Escuchaste algo más?

Samuel jugueteó con el borde de la bufanda.

—Él dijo que, si llamaba a la policía, muchas personas resultarían perjudicadas.

Rivas tomó nota.

—¿Tu madre parecía tener miedo?

El niño pensó unos segundos.

—Parecía enfadada.

—¿Viste a Mateo marcharse?

—Sí.

—¿Por la puerta principal?

—Sí.

—¿A qué hora?

—No sé.

—¿Ya estaba nevando?

Samuel miró hacia arriba, intentando reconstruir el momento.

—Un poco. Pero todavía se veía el camino.

—¿Volvió después?

—No lo sé. Yo me fui con mamá.

Rivas cerró la libreta.

—Lo has hecho muy bien, Samuel.

—¿Mateo mató a mi mamá?

La pregunta dejó la sala en silencio.

Rivas no respondió de inmediato.

—Estamos buscando a la persona que lo hizo.

—Eso no fue lo que pregunté.

Marta puso una mano sobre el hombro del niño.

—Samuel…

—Quiero saberlo.

Rivas sostuvo su mirada con seriedad.