Alguien cercano Capítulo 4 Rostros conocidos, secretos ocultos
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Capítulo 4 Rostros conocidos, secretos ocultos

A media mañana, la tormenta había perdido fuerza, pero Oakhaven seguía enterrada bajo la nieve.

Las máquinas municipales avanzaban lentamente por las calles principales, apartando montones blancos hacia las aceras. Los negocios permanecían cerrados y pocas personas se atrevían a salir. Sin embargo, detrás de las ventanas iluminadas, los teléfonos no dejaban de sonar.

La noticia de la muerte de Clara Morales ya se había extendido por toda la ciudad.

Algunos decían que había resbalado mientras ordenaba el ático. Otros aseguraban que un ladrón había entrado durante la tormenta. En una versión más absurda, Clara había sorprendido a un desconocido escondido dentro de la casa.

Nadie mencionaba las transferencias bancarias.

Nadie hablaba de las marcas encontradas en sus brazos.

Y la policía todavía no había anunciado públicamente que buscaba a Mateo Álvarez.

Aun así, Oakhaven parecía saber que la muerte de Clara no había sido un accidente.

En casa de Laura, Marta permanecía sentada junto a la ventana de la sala mientras Samuel dormía en el sofá. El niño había llorado hasta quedarse sin fuerzas. Una manta le cubría el cuerpo y tenía una mano cerrada alrededor de la bufanda de su madre, que Marta había encontrado dentro de su mochila.

Laura estaba en la cocina preparando una sopa que nadie parecía dispuesto a comer.

—Deberías descansar un poco —dijo en voz baja.

Marta no apartó la mirada de la calle.

—No tengo sueño.

—No has dormido en toda la noche.

—Cada vez que cierro los ojos la veo debajo de las escaleras.

Laura dejó la cuchara sobre la encimera.

—No deberías quedarte sola con eso.

Marta miró a Samuel.

—No estoy sola.

—Sabes a qué me refiero.

Sí lo sabía.

Pero hablar no cambiaría lo ocurrido. No haría que Clara regresara ni borraría la sangre de sus manos. Tampoco explicaría por qué Mateo había mentido o dónde se encontraba ahora.

El teléfono de Marta vibró.

Era el detective Rivas.

Se levantó con cuidado para no despertar a Samuel y salió al pequeño recibidor.

—¿Lo encontraron?

—Todavía no —respondió Rivas—. Pero tenemos información nueva.

—¿Qué clase de información?

—Mateo utilizó una tarjeta en una gasolinera al norte de Oakhaven, poco antes de las seis de esta mañana.

—Entonces se fue.

—Eso parece.

—¿Hacia dónde?

—La gasolinera está cerca de la carretera que conduce a Canadá, pero también conecta con varias rutas locales. No podemos asegurar cuál tomó.

Marta cerró los ojos.

—Sabía que la policía iba a descubrirlo.

—No saque conclusiones todavía.

—Hizo una maleta, vació sus archivos y salió de la ciudad después de mentirme. ¿Qué otra conclusión debería sacar?

Rivas dejó pasar unos segundos.

—Huir puede indicar culpabilidad, pero no necesariamente culpabilidad por asesinato.

—¿Está diciendo que tal vez solo robó el dinero?

—Estoy diciendo que necesitamos pruebas.

La calma del detective comenzaba a irritarla.

—Clara está muerta mientras él conduce quién sabe hacia dónde. ¿Cuántas pruebas necesitan?

—Las suficientes para que no quede libre por un error nuestro.

Marta apoyó la frente contra la pared.

Sabía que Rivas tenía razón, pero aquello no disminuía su rabia.

—¿Para qué llamó?

—Necesito que venga a la comisaría.

—No puedo dejar a Samuel.

—Puede traerlo. La agente Torres está organizando una entrevista con una especialista infantil. También necesitamos hablar con usted sobre otras personas relacionadas con Clara.

—¿Otras personas?

—Mateo no era el único que tenía conflictos con ella.

Marta miró hacia la sala. Samuel continuaba dormido.

—Estaremos allí en una hora.

La comisaría de Oakhaven era un edificio pequeño de ladrillos oscuros, situado frente a la oficina de correos. Marta había entrado allí una sola vez, muchos años atrás, cuando alguien robó la bicicleta de Clara frente a la biblioteca.

En aquella ocasión, ambas habían estado más preocupadas por la reacción de su padre que por la bicicleta.

Ahora, al cruzar las puertas, Marta sintió que estaba entrando en un lugar completamente distinto.

Varias personas trabajaban detrás de escritorios abarrotados. Sonaban teléfonos, radios y teclados. En una pared había un mapa de Oakhaven con fotografías y notas sujetas alrededor de la casa de Clara.

Samuel caminaba junto a Marta sin levantar la cabeza.

Una mujer de cabello blanco y rostro amable se acercó a ellos.

—Samuel, me llamo Isabel. Trabajo con niños que han vivido momentos difíciles.

El niño no respondió.

—No eres policía —dijo finalmente.

—No.

—¿Vas a interrogarme?

Isabel se agachó un poco para quedar a su altura.

—Solo quiero conversar contigo. Puedes descansar cuando quieras y no tienes que responder nada que no recuerdes.

Samuel miró a Marta.

—Estaré cerca —le aseguró ella.

—¿Puedo llevar la bufanda de mamá?

—Claro.

Samuel siguió a Isabel hacia una sala contigua. Antes de entrar, se volvió una vez para comprobar que Marta continuaba allí.

Ella le dedicó una sonrisa débil.

La puerta se cerró.

El detective Rivas apareció desde el fondo del pasillo. Llevaba la misma camisa del día anterior y tenía sombras oscuras bajo los ojos.

—Gracias por venir.

—¿Ha dormido algo? —preguntó Marta.

—Probablemente tanto como usted.

La condujo a una sala de entrevistas. No era como las habitaciones que aparecían en las películas. Había una mesa rectangular, cuatro sillas y una ventana estrecha que dejaba entrar la luz gris del invierno.

La agente Lucía Torres ya estaba allí. Junto a ella había varias carpetas.

—Señora Morales —saludó—. Lamento mucho lo de su hermana.

Marta tomó asiento.

Rivas colocó una grabadora sobre la mesa.

—Necesitamos hacerle algunas preguntas sobre las relaciones personales y profesionales de Clara.

—Ya les conté todo lo que sabía.

—Nos contó lo sucedido en la casa. Ahora necesitamos conocer mejor a las personas que formaban parte de su vida.

Lucía abrió una carpeta.

La primera fotografía mostraba a David Morales, el hermano del difunto esposo de Clara.

David tenía cuarenta y dos años, aunque en la imagen parecía mayor. Sus mejillas estaban hundidas y su cabello comenzaba a aclararse en la parte superior.

—¿Cuándo fue la última vez que Clara habló con David? —preguntó Lucía.

—No lo sé con exactitud.

—Él afirma que fue hace dos semanas.

Marta dudó.

—Eso no es verdad.

Rivas apoyó los brazos sobre la mesa.

—¿Por qué está segura?

—Clara habló con él hace tres días. Yo estaba en su cocina.

—¿Escuchó la conversación?

—Solo una parte. David le pedía dinero.

—¿Cuánto?

—No lo sé.

—¿Era habitual que le pidiera préstamos?

Marta suspiró.

—Después de que murió Daniel, David comenzó a visitar a Clara con más frecuencia. Al principio pensé que quería ayudarla con Samuel. Luego comprendí que casi siempre necesitaba algo.

—¿Clara le daba dinero?

—Algunas veces.

—¿Tuvieron alguna discusión reciente?

—Clara le dijo que no podía seguir prestándole.

Lucía tomó nota.

—¿Cómo reaccionó David?

—No lo sé. Clara salió de la cocina para hablar. Cuando regresó, estaba enfadada.

—¿Dijo algo?

Marta intentó recordar.

—Dijo que algunas personas confundían la bondad con la debilidad.

Rivas y Lucía intercambiaron una mirada.

—¿David tenía llaves de la casa? —preguntó el detective.

—Daniel tenía una copia cuando estaba vivo. No sé si David se quedó con ella.

—¿Conocía el código de la alarma?

—Tal vez. Visitaba la casa con frecuencia cuando Daniel vivía.

Lucía giró una página.

—David tiene problemas financieros importantes. Debe varios pagos de su vivienda y ha recibido avisos de cobro.

—Eso no significa que matara a Clara.

—No —respondió Rivas—. Pero podría darle un motivo para presionarla.

Marta observó la fotografía.

David nunca le había agradado demasiado. No porque fuera cruel, sino porque siempre parecía perseguido por sus propias decisiones. Cuando las cosas salían mal, encontraba a alguien a quien culpar.

Aun así, le costaba imaginarlo atacando a Clara.

—¿Dónde estaba anoche? —preguntó.

—Según él, en su casa.

—¿Alguien puede confirmarlo?

Rivas cerró la carpeta.

—Todavía estamos verificándolo.

Lucía colocó una segunda fotografía sobre la mesa.

Don Ernesto Navarro aparecía de pie frente a su vivienda, con los brazos cruzados y una expresión de permanente disgusto. Vivía junto a la propiedad de Clara desde hacía más de quince años.

—Su hermana mantenía una disputa con este hombre —dijo Lucía.

—Por una parte del terreno.

—Explíquelo.

—El abuelo de Clara y mío construyó una cerca entre las propiedades. Hace unos meses, Don Ernesto aseguró que la cerca estaba dentro de su terreno y que Clara se había apropiado de varios metros.

—¿Tenía razón?

—No lo sé. Clara contrató a un agrimensor. Según el informe, la cerca estaba bien colocada.

—Don Ernesto presentó una demanda.

—Sí.

—Y perdió una audiencia preliminar la semana pasada.

Marta asintió.

—Se enfadó mucho.

—¿Amenazó a Clara?

—Decía cosas. Siempre estaba gritando desde el jardín.

—¿Qué clase de cosas?

Marta se removió en la silla.

—Que ella se arrepentiría. Que nadie le robaba a Ernesto Navarro. Pero así hablaba con todo el mundo.

—Dos vecinos aseguran que el lunes lo escucharon decir que Clara no llegaría a disfrutar de aquella casa por mucho tiempo.

Marta levantó la mirada.

—No sabía eso.

—¿Cree que pudo entrar en la casa durante la tormenta?

—Su propiedad está al lado. Podría llegar caminando sin utilizar la carretera.

—¿Clara lo habría dejado entrar?

Marta pensó en la alarma desactivada y en la segunda taza.

—No voluntariamente.

Rivas anotó algo.

—A menos que él dijera que quería terminar la disputa.

—Don Ernesto nunca quería terminar una disputa. Quería ganarla.

La tercera fotografía era de Mateo.

Estaba tomada durante un evento benéfico del negocio. Llevaba una camisa blanca y sonreía junto a Clara. Ella parecía relajada. Confiada.

Marta apartó la vista.

—Ya saben lo que pienso de él.

—Queremos separar lo que piensa ahora de lo que pensaba antes —explicó Rivas—. ¿Clara confiaba completamente en Mateo?

—Sí.

—¿Alguna vez discutían?

—Todos los socios discuten.

—¿Por dinero?

—A veces por decisiones del negocio. Clara era muy cuidadosa. Mateo prefería asumir más riesgos.