Capítulo 3 Una caída imposible #3
Samuel miró de una mujer a la otra.
—Quiero verla.
—Ahora no puedes.
—Quiero ir a casa.
—La policía está allí.
El niño se quedó quieto.
—¿Por qué está la policía?
Marta sintió que la pregunta la atravesaba.
No quería mentirle, pero tampoco podía contarle todo.
—Están intentando entender qué ocurrió.
Samuel la observó con los mismos ojos de Clara.
—Alguien le hizo daño.
No era una pregunta.
Marta respiró lentamente.
—Todavía no sabemos todos los detalles.
—Pero tú crees que sí.
El niño bajó la mirada.
Después comenzó a llorar.
No lo hizo con gritos. Solo se cubrió el rostro con ambas manos, como si quisiera esconderse del mundo.
Marta lo abrazó.
Esta vez no se apartó.
—No estás solo —le susurró—. Voy a cuidar de ti.
Samuel se aferró a su abrigo.
—Quiero a mi mamá.
—Lo sé.
—Quiero que vuelva.
—Yo también.
Permanecieron así durante varios minutos.
Cuando finalmente levantó la cabeza, Samuel tenía los ojos enrojecidos.
—Ayer estaba preocupada —dijo.
Marta se tensó.
—¿Tu mamá?
Samuel asintió.
—Cuando fue a dejarme, recibió una llamada.
—¿Escuchaste quién era?
—No. Pero discutió con alguien.
—¿Qué dijo?
El niño intentó recordar.
—Dijo: “No vuelvas a usar mi firma”. Después dijo que tenía todas las pruebas.
Marta sintió frío en las manos.
—¿Mencionó algún nombre?
Samuel negó con la cabeza.
—Cuando colgó, le pregunté qué pasaba. Dijo que era un problema de adultos.
—¿Algo más?
—Me dijo que no confiara en alguien solo porque fuera amable conmigo.
Marta apretó los labios.
—¿Te dijo de quién hablaba?
—No.
Samuel guardó silencio unos segundos.
—Pero antes de irnos de casa, Mateo estaba allí.
El corazón de Marta se detuvo por un instante.
—¿Mateo fue a verlos ayer?
—Sí.
—¿A qué hora?
—Antes de que mamá me llevara con Daniel.
—¿Entró a la casa?
—Sí. Estuvieron hablando en la cocina.
—¿Parecían enfadados?
Samuel miró hacia el suelo.
—Mamá le dijo que se marchara.
Marta sintió un nudo en la garganta.
Mateo le había dicho en el hospital que la última vez que estuvo en casa de Clara fue la semana anterior.
Había mentido.
—Samuel, necesito que pienses con cuidado. ¿Viste qué ropa llevaba Mateo?
—Un abrigo azul oscuro.
—¿Tenía botones?
El niño pareció confundido.
—Creo que sí.
—¿Faltaba alguno?
Samuel cerró los ojos, intentando recordar.
—No lo sé.
Marta se levantó y sacó el teléfono.
Marcó el número del detective Rivas.
Él respondió casi de inmediato.
—Señora Morales.
—Mateo mintió.
Hubo una breve pausa.
—¿Sobre qué?
—Dijo que no había estado en casa de Clara desde la semana pasada. Samuel acaba de decirme que estuvo allí ayer por la tarde.
La voz del detective cambió.
—¿Samuel lo vio personalmente?
—Sí.
—No le haga más preguntas por ahora. Necesitamos entrevistar al niño de manera adecuada.
—Hay algo más. Mateo llevaba un abrigo azul oscuro.
Rivas miró las fibras azules encontradas en el pasamanos, aunque Marta no podía verlo.
—Señora Morales, permanezca con Samuel. No contacte con Mateo.
—¿Va a detenerlo?
—Primero vamos a hablar con él.
—Podría escapar.
—Ya hay agentes vigilando su domicilio.
Marta cerró los ojos.
—Detective, él estuvo conmigo en el hospital anoche.
—Lo sé. Las cámaras lo registraron.
—Me preguntó qué sabía la policía.
—Y usted no se lo dijo.
—No.
—Hizo bien.
Antes de terminar la llamada, Marta recordó algo.
—Mateo dijo que habló con Clara por teléfono cerca de las cinco.
—Revisaremos los registros.
—Pero Samuel dice que estaba en la casa.
—Eso no significa necesariamente que mintiera sobre la llamada. Pudo haber hablado con ella antes de visitarla.
—Mintió sobre haber estado allí.
—Sí —respondió Rivas—. Y ahora tenemos que descubrir por qué.
A las diez y veinte, dos agentes llamaron a la puerta de Mateo Álvarez.
Nadie respondió.
Su automóvil estaba estacionado frente a la casa, cubierto por una fina capa de nieve. Las luces interiores estaban apagadas.
Los agentes rodearon la propiedad.
La puerta trasera no estaba cerrada con llave.
Dentro, la casa parecía ordenada.
Demasiado ordenada.
No había platos en el fregadero ni ropa fuera de lugar. Sobre la mesa del comedor descansaban varias carpetas abiertas. Los cajones de un archivador estaban vacíos.
En el dormitorio encontraron un armario entreabierto.
Faltaban varias prendas.
También faltaba una maleta.
Uno de los agentes llamó al detective.
—Rivas, no está aquí.
—¿Alguna señal de salida apresurada?
—Parece que hizo las maletas.
—¿El automóvil?
—Sigue frente a la casa.
Rivas miró por la ventana del ático de Clara hacia la carretera cubierta de nieve.
—Entonces utilizó otro vehículo.
—Hay huellas recientes en el callejón trasero.
—Cierren las carreteras principales y avisen a las estaciones de autobús.
—¿Ya es sospechoso formal?
Rivas observó la mitad de la denuncia de Clara.
El portátil desaparecido.
Las transferencias falsas.
Las fibras azules.
La mentira sobre la visita.
—Ahora sí —respondió.
Colgó y se volvió hacia Lucía.
—Mateo se ha ido.
—Eso no demuestra que sea el asesino.
—No.
Rivas miró la nieve que comenzaba a caer de nuevo.
—Pero demuestra que tiene algo que ocultar.