Alguien cercano Capítulo 3 Una caída imposible #2
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Capítulo 3 Una caída imposible #2

—Señora Morales, soy el doctor Adrián Vega, del Instituto Forense del condado. Lamento llamarla a esta hora.

Marta miró el reloj.

Eran las tres y diecisiete.

—¿Ocurre algo?

—Acabamos de completar el examen preliminar de su hermana.

—Pensé que tardarían más.

—El detective solicitó prioridad.

Marta se sujetó del borde de la mesa.

—¿Qué encontraron?

El médico guardó silencio un instante.

—Las lesiones de la señora Morales no son consistentes con una caída accidental.

Marta sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Qué significa eso?

—Presenta una fractura en la parte posterior del cráneo y lesiones en el hombro y la espalda. Sin embargo, también encontramos hematomas recientes en ambos brazos.

—¿Hematomas?

—Marcas de presión. Alguien la sujetó con fuerza antes de la caída.

Marta cerró los ojos.

—Entonces tenía razón.

—Además, la trayectoria de las lesiones sugiere que no perdió el equilibrio en el primer escalón.

—No entiendo.

—Parece que cayó con un impulso considerable. Más del que produciría un simple tropiezo.

—La empujaron.

—Esa será una conclusión que deberá establecer la policía, pero médicamente hay indicios claros de intervención externa.

Marta se sentó.

Aunque ya sospechaba la verdad, escucharla de manera tan directa hizo que todo pareciera más real.

—¿Sufrió mucho?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

El médico respondió con una voz más suave.

—Probablemente perdió la conciencia poco después de caer.

Marta supo que intentaba consolarla.

No funcionó.

Clara había recuperado la conciencia.

Había sentido miedo.

Había sabido que estaba muriendo.

—Gracias por llamar —dijo Marta.

—El detective Rivas se pondrá en contacto con usted por la mañana.

La llamada terminó.

Marta permaneció sentada en la oscuridad.

Ya no había duda.

Clara no se había caído.

Alguien la había sujetado.

Alguien había luchado con ella.

Alguien la había empujado desde el ático.

A las siete de la mañana, el detective Rivas regresó a la casa de Clara.

La tormenta había disminuido, pero las carreteras seguían cubiertas de nieve. Dos vehículos policiales permanecían estacionados frente a la propiedad. Una cinta amarilla bloqueaba el porche.

Dentro, el equipo forense examinaba cada habitación.

Rivas subió al segundo piso, donde la agente Lucía Torres fotografiaba la escalera del ático.

—El forense llamó —dijo ella.

—También me envió el informe preliminar.

Lucía señaló el pasamanos.

—Encontramos fibras de lana azul aquí. No pertenecen a la ropa de Clara.

—¿Guantes?

—Tal vez un abrigo o una bufanda.

Rivas se agachó junto a la parte superior de la escalera. Había una pequeña mancha de sangre sobre el borde de madera y marcas de zapatos en el polvo.

—Dos tipos de huellas —explicó Lucía—. Una coincide con las botas de Clara. La otra es más grande.

—¿Talla masculina?

—Probablemente.

—¿El dibujo de la suela está completo?

—Solo tenemos fragmentos. Alguien intentó limpiar una parte.

Rivas observó el suelo.

—Eso indica conciencia.

—Y tiempo.

—No necesariamente mucho. La puerta quedó abierta. El responsable pudo salir con prisa después de intentar borrar lo más evidente.

Lucía levantó una pequeña bolsa de pruebas.

Dentro estaba el botón oscuro que Marta había visto.

—Plástico negro. De abrigo o chaqueta.

—¿Hemos revisado la ropa de los posibles visitantes?

—Todavía no.

Rivas se acercó al escritorio del ático.

Los documentos financieros estaban organizados ahora en bolsas numeradas. Había facturas falsas, transferencias bancarias y copias de firmas digitales. Una carpeta azul permanecía abierta bajo la luz.

—Clara estaba construyendo un caso —dijo Lucía.

—Sí.

—¿Contra Mateo Álvarez?

Rivas revisó uno de los documentos.

—Su nombre aparece en varias autorizaciones.

—Eso no significa que él realizara las transferencias.

—No. Pero significa que tenía la oportunidad.

Lucía señaló una página rota.

—Encontramos la mitad superior de una carta. Parece que Clara había comenzado a escribir una denuncia.

Rivas leyó las líneas visibles.

“Durante los últimos seis meses he identificado movimientos no autorizados en las cuentas de la empresa. He reunido documentos que demuestran…”

El resto de la página había sido arrancado.

—¿Encontraron la otra mitad? —preguntó.

—No.

—Entonces alguien se la llevó.

Lucía asintió.

—También falta el portátil de Clara.

Rivas la miró.

—¿Están seguros de que tenía uno aquí?

—Encontramos el cargador conectado y una marca rectangular limpia sobre el polvo del escritorio.

—¿Otros objetos de valor?

—Hay joyas en el dormitorio. Dinero en un cajón de la cocina. Nada parece haber sido robado.

—Excepto el ordenador y una parte de la denuncia.

—Exacto.

Rivas caminó hasta la ventana abierta.

La nieve había entrado y cubierto una parte del suelo. En el marco exterior había una mancha oscura.

—¿Qué es eso?

Lucía se acercó.

—Parece barro mezclado con sal para carreteras.

—¿Alguien salió por la ventana?

—Es poco probable. El tejado es inclinado y está cubierto de hielo.

Rivas examinó el pestillo.

—Quizá la abrieron para alterar la escena. Hacer pensar que entró un desconocido.

—O para eliminar un olor.

—¿Qué clase de olor?

Lucía señaló una esquina.

—Encontramos restos de papel quemado dentro de una bandeja metálica.

Rivas se acercó.

Entre las cenizas había pequeños fragmentos que aún conservaban tinta.

—¿Pueden recuperarlos?

—El laboratorio lo intentará.

El detective observó nuevamente la habitación.

Clara había descubierto el fraude. Había reunido pruebas y preparado una denuncia. La persona responsable había ido a la casa, probablemente para convencerla de que guardara silencio.

La conversación se convirtió en discusión.

Después, en lucha.

Y finalmente, en asesinato.

Pero había algo que no encajaba.

—¿Por qué esconderla bajo las escaleras? —preguntó Rivas.

Lucía miró hacia el pasillo.

—Tal vez pensó que estaba muerta y quiso ganar tiempo.

—Entonces habría cerrado la puerta principal.

—Quizá escuchó algo y huyó.

Rivas descendió lentamente.

En la planta baja, uno de los técnicos examinaba el recibidor.

—Detective —lo llamó—. Tiene que ver esto.

El hombre iluminó el suelo cerca de la puerta principal.

A simple vista solo había agua derretida y suciedad. Bajo una luz especial aparecían varias marcas.

—Son huellas parcialmente limpiadas —dijo el técnico—. La persona entró con nieve en los zapatos y luego intentó borrar el rastro.

—¿Coinciden con las del ático?

—El tamaño parece similar.

—¿Entró o salió?

—Ambas cosas.

Rivas siguió la dirección de las huellas.

Comenzaban en la puerta, atravesaban el pasillo y subían hacia el ático. Después regresaban.

—Así que no fue una visita inesperada —dijo.

—¿Por qué?

—Clara dejó entrar a esa persona.

El técnico señaló el sistema de seguridad junto a la puerta.

—Hay otra cosa. La alarma fue desactivada a las siete y cuarenta y dos.

—¿Con qué código?

—Con el código personal de Clara.

Rivas frunció el ceño.

—¿Pudo desactivarla ella misma?

—Sí. O alguien que conociera el código.

—¿A qué hora volvió a activarse?

—No volvió a activarse.

Rivas miró la puerta entreabierta.

La escena hablaba de confianza.

Clara no había sido sorprendida por un extraño. Había permitido que aquella persona entrara. Tal vez incluso había preparado té para ambos.

Entonces la discusión comenzó.

—Busquen una segunda taza —ordenó.

El equipo revisó la cocina.

Pocos minutos después, encontraron una taza dentro del lavavajillas. Estaba sola y había sido colocada apresuradamente entre platos limpios.

—Alguien intentó lavarla —dijo Lucía.

—¿Huellas?

—El calor y el agua pudieron destruirlas, pero quizá quede ADN.

Rivas observó la taza.

El asesino no solo conocía a Clara.

Había estado sentado con ella en su cocina.

Había bebido algo caliente mientras la nieve caía afuera.

Después había subido con ella al ático.

A las nueve de la mañana, Marta llegó a casa de Laura para buscar a Samuel.

El niño abrió la puerta antes de que ella pudiera llamar.

Llevaba un suéter gris y el cabello desordenado. Al verla, sonrió al principio, pero la expresión desapareció cuando notó su rostro.

—Tía Marta, ¿dónde está mamá?

Marta sintió que todas las palabras preparadas durante el trayecto se borraban de su mente.

Laura apareció detrás del niño.

—Samuel, ven a sentarte.

—¿Qué pasó?

Marta se arrodilló para quedar a su altura.

Durante un segundo volvió a verlo como un bebé en brazos de Clara. Recordó la primera vez que su hermana se lo había entregado, orgullosa y aterrada al mismo tiempo.

—Samuel —dijo con voz temblorosa—, anoche tu mamá tuvo un accidente muy grave.

El niño la miró sin parpadear.

—¿Está en el hospital?

Marta tomó sus manos.

—Los médicos intentaron ayudarla.

Samuel comenzó a negar con la cabeza antes de que ella terminara.

—No.

—Lo siento mucho.

—No.

—Tu mamá murió anoche.

El niño retiró las manos.

—Estás mintiendo.

—Ojalá estuviera mintiendo.

—Hablé con ella antes de cenar.

—Lo sé.

—Dijo que vendría a buscarme por la mañana.

La voz de Samuel se quebró.

—Lo sé, cariño.

—Entonces vendrá.

Marta intentó abrazarlo, pero él retrocedió.

—¡Dijiste que tuvo un accidente! —gritó—. ¡La gente no muere solo porque se cae!

Laura se cubrió la boca para contener el llanto.

Marta no supo qué decir.