Alguien cercano Capítulo 3 Una caída imposible
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Capítulo 3 Una caída imposible

Marta permaneció mirando la hoja dentro de la bolsa transparente.

Las letras rojas escritas por Clara parecían más intensas bajo la luz blanca del hospital.

Falsa.

La palabra aparecía junto a cada transferencia, repetida una y otra vez con la letra firme de su hermana. No eran anotaciones hechas con prisa. Clara había revisado los movimientos con cuidado, había comparado cifras y había llegado a una conclusión.

Alguien estaba robando dinero.

—¿Está segura de que Mateo tenía acceso completo a las cuentas? —preguntó el detective Rivas.

Marta apartó la vista del documento.

—Sí. Él y Clara administraban el negocio juntos.

—¿Había algún otro empleado autorizado para realizar transferencias?

—La contadora podía preparar pagos, pero necesitaba la aprobación de uno de ellos. Las transferencias importantes requerían una firma digital.

—¿Y la contraseña?

—No lo sé.

El detective guardó la bolsa dentro de una carpeta.

—Necesitaremos revisar los registros bancarios y los equipos de la empresa.

Marta miró hacia la puerta de la habitación donde se encontraba Clara.

Todavía le parecía imposible pensar en ella como una víctima de homicidio. Una parte de su mente continuaba esperando que alguien apareciera para decirle que todo había sido un error. Que Clara estaba inconsciente, pero viva. Que el médico había confundido los expedientes.

Sin embargo, el silencio del pasillo no dejaba espacio para ninguna esperanza.

—Mateo no pudo haber hecho esto —dijo Marta.

Rivas no mostró sorpresa.

—¿Por qué lo cree?

—Porque era amigo de Clara. La ayudó después de que murió su esposo. Estuvo presente cuando Samuel enfermó. Venía a cenar con la familia. Clara confiaba en él.

—La confianza no descarta a una persona.

La frase cayó entre ambos con una dureza que Marta no pudo ignorar.

—No lo estoy defendiendo —respondió—. Solo intento entenderlo.

—Eso es lo que todos intentamos hacer.

Rivas cerró su libreta.

—Voy a necesitar que venga a la comisaría cuando se sienta capaz. No tiene que ser esta noche.

—¿Qué pasará ahora con Clara?

—El cuerpo será examinado por el médico forense.

Marta sintió una punzada de dolor al escuchar la palabra cuerpo.

—¿Es necesario?

—Sí. Debemos determinar la causa exacta de la muerte y reconstruir la caída.

—Ya sabemos que cayó por las escaleras.

—Sabemos dónde la encontró. No sabemos cómo llegó allí.

Marta recordó la marca sobre el pasamanos y las carpetas esparcidas por el ático.

—Ella negó que se hubiera caído.

—Lo sé.

—Entonces alguien la empujó.

Rivas sostuvo su mirada.

—Esa es una posibilidad seria.

Marta bajó la voz.

—No una posibilidad. Clara intentó decírmelo.

El detective no discutió.

—Volveré a hablar con usted mañana. Por ahora, debe descansar.

—No puedo descansar.

—Entiendo.

—No, no entiende.

La respuesta salió con más dureza de la que había pretendido. Marta cerró los ojos y respiró profundamente.

—Lo siento.

—No tiene que disculparse.

Rivas se preparó para marcharse, pero Marta lo detuvo.

—Detective.

Él se volvió.

—No le diga a nadie lo de Mateo todavía.

—No compartimos detalles de una investigación sin motivo.

—Oakhaven es pequeño. Las noticias se extienden antes de que la policía termine de escribirlas.

Rivas guardó silencio durante un momento.

—Tenga cuidado con lo que usted también dice. Si alguien hizo esto para ocultar un fraude, probablemente querrá saber cuánto descubrió Clara.

La advertencia dejó a Marta inmóvil.

—¿Cree que yo podría estar en peligro?

—No lo sé. Pero no quiero que suponga que todo terminó con la muerte de su hermana.

Rivas se alejó por el pasillo.

Marta observó cómo desaparecía detrás de las puertas dobles de urgencias.

Hasta ese momento, había pensado que el peligro pertenecía a la casa de Clara, al ático y a aquella escalera oscura. Ahora comprendía que podía seguir moviéndose por Oakhaven, escondido detrás de un rostro conocido.

Miró el reloj de la pared.

Eran casi las once y media.

Samuel seguía en casa de su amigo.

En algún momento tendría que contarle la verdad.

La idea le hizo sentir un peso insoportable en el pecho.

Se sentó de nuevo y tomó el teléfono. Tenía siete llamadas perdidas y más de veinte mensajes. Algunos eran de vecinos. Otros, de antiguos conocidos de Clara. La noticia ya había comenzado a circular.

Uno de los mensajes era de David Morales, hermano del difunto esposo de Clara.

“Me dijeron que hubo una ambulancia en casa de Clara. Llámame de inmediato.”

Otro era de Mateo.

“Marta, acabo de enterarme de que Clara está en el hospital. ¿Qué ocurrió? Voy para allá.”

Marta leyó el mensaje dos veces.

Había sido enviado veintidós minutos antes.

Levantó la mirada hacia la entrada del hospital.

Como si el pensamiento lo hubiera invocado, Mateo apareció detrás de las puertas de cristal.

Llevaba un abrigo oscuro cubierto de nieve. Su cabello estaba húmedo y respiraba con dificultad, como si hubiera corrido desde el estacionamiento. Miró alrededor hasta encontrarla.

—¡Marta!

Se acercó rápidamente.

—¿Dónde está Clara? Nadie quiere decirme nada.

Marta se puso de pie.

Por un instante no supo qué responder.

Había conocido a Mateo durante años. Había compartido comidas con él, celebrado cumpleaños y hablado de problemas familiares. Siempre parecía tranquilo, respetuoso y dispuesto a ayudar.

Aquella noche, sin embargo, Marta lo observó de otra manera.

Miró sus manos.

Miró los botones de su abrigo.

Todos estaban en su sitio.

—Marta —repitió él—. ¿Qué pasó?

La preocupación de su rostro parecía auténtica.

Eso era lo más inquietante.

—Clara murió —dijo ella.

Mateo quedó inmóvil.

La expresión se borró de su cara.

—No.

Marta no respondió.

—No puede ser —continuó—. Hablé con ella esta tarde.

—¿A qué hora?

La pregunta salió demasiado rápido.

Mateo la miró con sorpresa.

—Cerca de las cinco. Tal vez un poco después.

—¿Por teléfono?

—Sí.

—¿De qué hablaron?

—Del negocio.

—¿Qué parte del negocio?

Mateo frunció ligeramente el ceño.

—¿Por qué me preguntas eso ahora?

—Porque dijo que estaba revisando unas cuentas.

Él apartó la mirada por un segundo.

Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible.

—Clara siempre revisaba las cuentas.

—Esta vez había encontrado algo.

—¿Qué cosa?

Marta recordó la advertencia de Rivas.

No debía revelar cuánto sabía.

—No estoy segura.

Mateo respiró profundamente y se pasó una mano por el rostro.

—Dios mío. Samuel…

Su voz se quebró al pronunciar el nombre del niño.

—¿Él lo sabe?

—Todavía no.

—¿Dónde está?

—En un lugar seguro.

Mateo asintió lentamente.

—¿Cómo ocurrió?

—La encontré bajo las escaleras del ático.

—¿Se cayó?

Marta observó su reacción.

—Eso creen.

No era completamente cierto, pero quería escuchar su respuesta.

Mateo bajó la mirada y negó con la cabeza.

—Le dije muchas veces que arreglara esa escalera.

Marta sintió que algo se tensaba dentro de ella.

—¿Sabías que iba a subir al ático esta noche?

Mateo levantó la cabeza.

—No.

—Acabas de decir que le habías advertido sobre la escalera.

—Porque la casa es vieja. Todos lo sabíamos.

—¿Cuándo fue la última vez que estuviste allí?

Mateo la miró en silencio.

—Marta, estás en shock.

—Contesta.

—La semana pasada. Fui a dejar unos contratos.

—¿Entraste al ático?

—No.

La respuesta fue inmediata.

Demasiado inmediata.

Antes de que Marta pudiera preguntar algo más, una enfermera se acercó.

—Señora Morales, necesitamos que firme algunos documentos.

Mateo dio un paso hacia ella.

—Puedo hacerlo yo.

—No —respondió Marta.

—Solo intento ayudarte.

—Yo soy su hermana.

Mateo retrocedió.

La herida en su expresión pareció sincera, pero Marta ya no sabía qué creer.

—Por supuesto —dijo él—. Lo siento.

La enfermera condujo a Marta hasta un escritorio. Mientras firmaba, sentía la mirada de Mateo sobre ella.

Cuando terminó y regresó a la sala, él seguía allí.

—Voy a esperar contigo —dijo.

—No es necesario.

—Clara también era mi familia.

Marta sintió ganas de gritarle que no tenía derecho a decir eso. Pero todavía no tenía pruebas. Solo sospechas, una hoja de transferencias falsas y la última palabra de su hermana.

Traicionada.

—Ve a casa —dijo—. La policía querrá hablar contigo mañana.

La expresión de Mateo cambió apenas.

—¿La policía?

—Están investigando.

—¿Investigando qué?

—La muerte de Clara.

—Pero fue un accidente.

Marta sostuvo su mirada.

—Todavía no lo saben.

El silencio entre ellos fue breve, pero pesado.

Mateo se acomodó el cuello del abrigo.

—Claro. Tienen que revisar todo.

—Sí.

—Marta, pase lo que pase, cuenta conmigo.

Ella no respondió.

Mateo pareció esperar algo más. Al no recibirlo, se despidió y caminó hacia la salida.

Marta lo siguió con la mirada.

Justo antes de atravesar las puertas, Mateo sacó el teléfono de su bolsillo. Se detuvo junto a una columna y escribió un mensaje.

Luego miró hacia atrás.

Marta apartó la vista demasiado tarde.

Él sabía que lo estaba observando.

Mateo guardó el teléfono y salió a la tormenta.

La nieve continuó cayendo durante toda la noche.

A las dos de la madrugada, Marta llegó a su casa. Una patrulla la acompañó por recomendación del detective Rivas. El agente revisó las habitaciones antes de marcharse y le indicó que mantuviera las puertas cerradas.

La casa parecía extrañamente vacía.

Marta dejó el abrigo sobre una silla y se dirigió a la cocina. La taza de té que había preparado antes de salir seguía sobre la mesa.

Todo estaba exactamente igual.

Eso le resultó insoportable.

La vida de Clara había terminado, pero las cosas continuaban ocupando su lugar. El reloj seguía avanzando. La calefacción seguía funcionando. La nieve seguía cubriendo los árboles.

Marta tomó la taza y la arrojó al fregadero.

La cerámica se rompió con un golpe seco.

Apoyó ambas manos sobre la encimera y cerró los ojos.

No podía permitirse derrumbarse.

Samuel la necesitaría.

Aun así, cuando imaginó su rostro al recibir la noticia, las piernas dejaron de sostenerla. Se sentó en el suelo de la cocina y apoyó la espalda contra un armario.

Lloró en silencio.

No sabía cuánto tiempo pasó allí.

El sonido del teléfono la obligó a levantarse.

Era un número desconocido.

—¿Diga?